Capítulo 22
Habían transcurrido diez días desde que se publicó la denuncia contra Dante y, aunque empezaba a acostumbrarme a su ausencia, todavía había momentos en los que me sorprendía buscando su nombre en el teléfono.
No habíamos vuelto a hablar desde nuestra conversación en el hotel y, después de los primeros mensajes que me envió, tampoco había intentado ponerse en contacto conmigo.
Supuse que estaría demasiado ocupado afrontando lo que sucedía en Milán, aunque una parte de mí agradecía que respetara la distancia que le había pedido.
Durante aquellos días me entregué al trabajo con una energía que ni siquiera sabía que tenía. Llegaba a la boutique con las pilas cargadas, revisaba los pedidos, atendía a las clientas y preparaba nuevas propuestas para los directos.
Por las tardes me ocupaba de organizar el almacén y de buscar nuevos proveedores, y cuando regresaba a casa siempre encontraba alguna tarea pendiente con la que mantenerme entretenida.
Carmina comenzó a preocuparse por mi actividad incesante.
—Cariño, llevas tres días sin sentarte a comer en condiciones —me reprochó una mañana, cuando me encontró revisando unas facturas mientras mordisqueaba un bocadillo—. Si sigues así, voy a tener que esconderte el ordenador.
—Estoy bien. Solo quiero terminar esto antes de que llegue el repartidor.
—Eso mismo me dijiste ayer y terminaste cerrando la tienda casi una hora más tarde.
Le prometí que aquella tarde saldría a mi hora, aunque ambas sabíamos que probablemente encontraría alguna excusa para quedarme.
Adrián tampoco estaba dispuesto a permitir que continuara encerrándome entre las paredes de la boutique. El viernes apareció con una propuesta que llevaba varios días preparando.
—Mañana vamos a cenar con Sergio, Marcos y unos amigos suyos. Después iremos a tomar algo. Y tú vienes conmigo.
—Gracias por la invitación, pero no me apetece.
—No te he preguntado si te apetece. Te estoy informando de nuestros planes.
—Pues informa también a tus amigos de que no voy.
Adrián se sentó frente a mí y apartó el montón de etiquetas que estaba colocando sobre unas prendas.
—Prima, llevas casi dos semanas trabajando de la mañana a la noche. Cuando llegas a casa te encierras en tu habitación y, si alguien menciona a Dante, cambias de conversación. Necesitas salir y divertirte un poco.
—No creo que esté preparada para divertirme.
—Precisamente por eso quiero que vengas. Nadie va a preguntarte por tu vida sentimental y te prometo que Sergio contará suficientes disparates para mantenernos entretenidos toda la noche.
Carmina, que escuchaba nuestra conversación desde el mostrador, intervino a su favor.
—Yo creo que deberías ir, nena. Te vendrá bien cambiar de ambiente.
Terminé aceptando, más por conseguir que dejaran de insistir que por verdadero entusiasmo.
El sábado por la noche me reuní con Adrián y sus amigos en un restaurante del centro.
Sergio, a quien ya conocía, era un muchacho extrovertido que trabajaba como peluquero y tenía una facilidad extraordinaria para convertir cualquier anécdota cotidiana en una historia divertidísima. Los demás lo escuchábamos perplejos.
Durante la cena hablamos de viajes, trabajo y de las últimas aventuras sentimentales de uno de sus amigos, que acababa de descubrir que el hombre con el que llevaba varias semanas quedando estaba casado.
—Lo peor no es que tuviera mujer —comentó Sergio—. Lo peor es que le dijo que estaba separado y después se enteró de que ambos acababan de celebrar su aniversario de boda por todo lo alto. Vamos, que era un hipócrita de libro.
—Pues al menos sabes que es un hombre constante —replicó Adrián, bromista.
Todos nos reímos y durante unos minutos conseguí participar en la conversación sin tener que fingir demasiado.
Después fuimos a tomar algo a un local cercano. La música estaba bastante alta y Adrián insistió en que bailáramos, aunque terminé refugiándome junto a Marcos, que había decidido quedarse sentado porque al día siguiente tenía que madrugar.
—¿Lo estás pasando bien? —me preguntó.
—Sí. Sois geniales.
—Adrián estaba preocupado por ti.
Sonreí con cierta tristeza.
—Últimamente parece que todo el mundo está preocupado por mí.
—Eso significa que tienes gente que te quiere.
Contemplé a mi primo, que bailaba con Sergio mientras intentaba imitar unos pasos que ninguno de los dos dominaba demasiado bien.
—Lo sé. Y soy muy afortunada por eso.
Regresamos a casa cerca de las dos. Adrián estaba encantado porque había conseguido hacerme salir y yo agradecía su esfuerzo, aunque al cerrar la puerta de mi dormitorio descubrí que seguía sintiéndome tan triste como antes de marcharme.
Me quité los zapatos y me senté sobre la cama. Había pasado varias horas rodeada de personas agradables, escuchando música y riéndome de sus ocurrencias, pero durante toda la noche había tenido la sensación de estar representando un papel.
Echaba de menos a Dante. Echaba de menos sus llamadas, sus bromas y aquella manera tan cariñosa de tratarme que había conseguido devolverme la ilusión por compartir mi vida con alguien.
Y me enfadaba conmigo misma por seguir queriéndolo.
Al día siguiente comenzaron a publicarse las primeras noticias sobre los avances de la investigación.
Adrián llegó a la boutique con varias páginas abiertas en el teléfono y nos explicó que los abogados de Dante habían aportado los mensajes intercambiados con Isabella antes de su encuentro.
Según las informaciones publicadas, ella llevaba semanas intentando convencerlo de que retomaran su relación. Dante había rechazado sus propuestas en varias ocasiones y, finalmente, accedió a verla después de que Isabella insistiera en que tenían un asunto urgente que resolver.
—Eso coincide con lo que te contó —me recordó mi primo.
—Sí, pero todavía no demuestra lo que ocurrió aquella noche.
—Claro que no. Aunque hay más cosas.
Los investigadores también habían examinado los registros de acceso al edificio donde vivía la modelo y las cámaras de seguridad de las zonas comunes. Las imágenes situaban a Dante entrando en el inmueble a la hora que había declarado y abandonándolo menos de media hora después.
—Al menos sabemos que no estuvo allí toda la noche —comentó Carmina.
—Eso no significa que no pudiera ocurrir algo durante el tiempo que permaneció en el apartamento —le respondí.
Mi suegra asintió.
—Tienes razón, cariño. Habrá que esperar.
Durante los días siguientes continuaron apareciendo informaciones sobre la investigación. Algunos medios italianos publicaron fragmentos de los mensajes, aunque los abogados de ambas partes evitaron hacer declaraciones sobre su contenido completo.
Yo seguía las noticias con una mezcla de esperanza y temor. Deseaba que Dante fuera inocente, pero también me preocupaba descubrir que había confiado en un hombre capaz de cometer una agresión semejante.
A pesar de todo, continué trabajando. Aquella semana organizamos dos directos, recibimos una nueva colección de vestidos y atendimos a varias clientas que buscaban conjuntos para celebraciones.
Adrián se ocupó de preparar los vídeos promocionales y Carmina consiguió que participara en algunas fotografías para las redes sociales, aunque tuvo que repetirme varias veces que sonriera.
—No pongas esa cara, hija, que estamos vendiendo ropa, no anunciando una visita al dentista.
—Estoy sonriendo.
—Pues dile a tu sonrisa que se esfuerce un poquito más.
Terminé riéndome de verdad y Adrián aprovechó para tomar la fotografía.
La noticia que cambió el rumbo de la investigación llegó cuatro días después.
Estábamos terminando de almorzar en casa cuando Adrián recibió una llamada de Giulia. Habían mantenido el contacto por cuestiones relacionadas con la campaña y ella quería informarlo de una novedad importante antes de que apareciera en los medios.
Mi primo escuchó durante varios minutos y, cuando terminó la conversación, nos pidió que nos sentáramos.
—Parece que han encontrado a una testigo que puede resultar decisiva.
Carmina dejó su taza sobre la mesa.
—¿Qué testigo?
—Una empleada del edificio donde vive Isabella. Trabaja en la recepción de la zona residencial y estaba de vacaciones fuera de Milán cuando se publicó la denuncia. Regresó hace un par de días y, al enterarse de lo ocurrido, se puso en contacto con los investigadores.
—¿Y qué ha contado? —le pregunté.
—Que aquella noche escuchó una discusión entre Isabella y Dante.
Adrián nos explicó que la empleada estaba terminando su turno cuando ambos comenzaron a discutir cerca de la entrada del edificio. Según su declaración, Isabella había seguido a Dante hasta el vestíbulo después de que él abandonara el apartamento.
La mujer aseguró que la modelo parecía muy alterada y que le gritó varias veces que no permitiría que la abandonara. Dante intentó tranquilizarla, pero Isabella continuó increpándolo delante de otras personas que se encontraban en la zona de recepción.
—¿Y qué más? —preguntó Carmina.
—Pues aquí viene lo importante. La empleada asegura que Isabella lo amenazó.
Sentí una inquietud creciente.
—¿Con qué?
Adrián consultó las notas que había tomado durante la llamada.
—Según su declaración, le dijo algo parecido a: “Si no vuelves conmigo, voy a destruirte. Conseguiré que todo el mundo crea que eres un monstruo y perderás tu empresa y tu reputación”.
Me llevé una mano a la boca.
—¿Estás seguro de que dijo eso?
—Es lo que la mujer ha declarado. Giulia me ha explicado que los investigadores están comprobando su testimonio.
Carmina negó con la cabeza, impresionada.
—Eso es gravísimo.
—Y hay algo más —continuó mi primo—. La empleada no fue la única persona que presenció la discusión. Había un vigilante de seguridad y otro trabajador que también estaban en el vestíbulo.
Los investigadores habían localizado a ambos y sus declaraciones coincidían en los aspectos esenciales.
—¿Y por qué no habló antes esa mujer? —le pregunté.
—Porque se marchó de vacaciones al día siguiente y estuvo fuera de Italia. Según Giulia, apenas consultó las noticias durante el viaje y no se enteró de la denuncia hasta que regresó al trabajo.
Permanecimos un rato comentando aquella información. Por primera vez desde que comenzó el escándalo, aparecía un testimonio independiente que podía explicar el comportamiento de Isabella después de la ruptura y que coincidía con otros elementos de la investigación.
Sin embargo, yo necesitaba algo más que una conversación telefónica para creer que todo estaba resuelto.
—¿Y ahora qué ocurrirá? —pregunté.
—Tendremos que esperar a que el juez valore las pruebas —me respondió Adrián—. Pero Giulia dice que los abogados de Dante están bastante esperanzados.
Dos días después, la noticia ocupó las portadas de varios periódicos italianos.
La autoridad judicial encargada del procedimiento había examinado las declaraciones de los testigos, los registros del edificio, las grabaciones de seguridad y los mensajes aportados a la investigación.
Según la resolución, los elementos reunidos no proporcionaban una base suficiente para mantener la acusación contra Dante.
El testimonio de la empleada resultó especialmente relevante porque su relato coincidía con las imágenes y con las declaraciones de los otros trabajadores.
Además, los mensajes posteriores al encuentro y determinadas contradicciones en la versión de Isabella reforzaban las dudas sobre los hechos denunciados.
Finalmente, el juez acordó el archivo de la denuncia contra Dante, sin perjuicio de las vías de revisión legalmente previstas, y dispuso que se remitieran los antecedentes para valorar si existían indicios de una posible denuncia falsa por parte de Isabella.
Aquello no significaba que ya hubiera sido condenada por mentir, pero sí que se abría la posibilidad de investigar su actuación.
Adrián fue quien me comunicó la noticia. Entró en el almacén de la boutique mientras yo terminaba de colocar unas cajas y me mostró el teléfono.
—Prima, ya está. Han archivado la denuncia contra Dante.
Dejé la caja sobre una estantería y leí el titular.
Durante unos segundos sentí un alivio tan intenso que tuve que sentarme. Había deseado aquella noticia desde el primer momento, aunque hasta entonces no me había atrevido a imaginar que pudiera llegar tan pronto.
—Me alegro por él —murmuré.
Adrián se sentó a mi lado.
—Parece que las pruebas han sido bastante sólidas. Y ahora van a estudiar si Isabella cometió algún delito al denunciarlo.
Mi primo me abrazó y permanecimos un rato juntos antes de regresar a la tienda.
Carmina recibió la noticia con una alegría que no intentó disimular.
—Qué descanso, cariño. Ese hombre debe de haber pasado unos días espantosos.
—Seguro que sí —respondí.
—¿Vas a llamarlo?
La pregunta me sorprendió, aunque sabía que terminaría haciéndomela.
—No.
Mi suegra me observó con cariño.
Asentí y continué trabajando, aunque durante el resto de la tarde me costó concentrarme.
Aquella noche, después de cenar, entré en mi dormitorio y busqué las últimas noticias sobre el caso.
Por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, pude pensar en él sin sentir miedo por lo que pudiera haber hecho.
Me alegré de que su reputación empezara a recuperarse y de que pudiera regresar a su trabajo sin cargar con una acusación que no había encontrado respaldo suficiente en la investigación.
Después abrí nuestra conversación. El último mensaje de Dante seguía allí, esperando una respuesta que nunca había llegado.
Durante unos minutos recordé la felicidad de nuestras noches juntos, las conversaciones que habíamos mantenido en Milán y la ilusión con la que imaginaba nuestro futuro.
También recordé su mentira.
Ahora sabía que la investigación había terminado favoreciéndolo, pero eso no cambiaba lo que había ocurrido entre nosotros.