Capítulo 21
Los días que siguieron a la publicación de la denuncia fueron bastante peores de lo que había imaginado.
Al principio pensé que bastaría con mantenerme ocupada para no darle demasiadas vueltas a lo sucedido, pero descubrí que podía pasar una mañana entera atendiendo clientas, revisando pedidos y colocando prendas sin conseguir apartar a Dante de mis pensamientos.
En la primera mañana, cuando regresé del hotel, Carmina me recibió con un abrazo y me pidió que le contara. Yo iba acompañada por Adrián, a quien apenas le conté nada por el camino.
Reproduje la conversación que había mantenido con Dante. Carmina me escuchó con una expresión de tristeza que pocas veces le había visto.
—No voy a defender lo que ha hecho, cariño —me aseguró cuando terminé—. Mentirte de esa manera ha sido feo. Pero tampoco podemos dar por cierta una acusación tan grave sin saber qué ocurrió.
—Eso ya lo sé, Carmina.
—Entonces espera un poco antes de tomar una decisión definitiva.
—No necesito esperar. Aunque mañana se demostrara que Dante es inocente, no quiero volver a relacionarme con él.
Adrián intervino.
—Prima, estás muy dolida. Es normal que ahora lo veas todo negro, pero quizás dentro de unos días pienses de otra manera.
—No lo creo.
—Al menos date tiempo para decidirlo. Lo de Dante se terminará por aclarar. No lo creo capaz de tal cosa.
Aparté la taza sin haber probado el café.
—Lo que más me duele es que no necesitaba mentirme.
Si me hubiera contado que había tenido una relación con Isabella y que ella seguía enamorada, lo habría entendido.
No me habría gustado saber que quedó con ella en Milán sin decírmelo, pero podríamos haberlo hablado.
En cambio, prefirió soltarme una milonga.
Carmina me acarició la mano.
—Lo sé, hija.
—Álvaro nunca me mintió. Estuvimos años juntos y tuvimos nuestros problemas, como cualquier pareja, pero jamás necesitó inventarse una historia para conseguir que confiara en él. Ni siquiera cuando estaba enfermo y tenía miedo de lo que pudiera pasar.
La voz empezó a fallarme al recordar aquellos meses, durante los cuales habíamos aprendido a hablar de asuntos que antes nos parecían demasiado dolorosos.
—Dante y yo acabamos de empezar algo y ya tengo que preguntarme qué parte de lo que me ha contado es verdad. No quiero vivir así.
Adrián dejó el teléfono sobre la mesa y se acercó para abrazarme.
—Pues ahora no tienes que decidir nada. Vamos a ocuparnos de ti y de la tienda. Lo demás puede esperar.
Ojalá hubiera sido tan sencillo.
A la mañana siguiente descubrimos que la colaboración con Valdieri Milano también había quedado en el aire, algo que yo misma habría propuesto, de no ser así.
Giulia me llamó poco después de abrir la boutique para explicarme que la empresa estaba revisando sus compromisos comerciales mientras los abogados de Dante estudiaban la situación.
—Por el momento no vamos a realizar ninguna sesión fotográfica —me comunicó—. Preferimos aplazar el calendario hasta que las cosas se aclaren.
—Lo entiendo.
—Quiero que sepas que esto no tiene nada que ver con tu trabajo, Kyra. Estamos muy satisfechos con las propuestas que hiciste durante las reuniones.
Le agradecí sus palabras y pregunté si debía considerar suspendido mi contrato.
—Todavía no. El departamento jurídico está estudiando las distintas posibilidades. En cuanto sepamos algo, te llamaremos.
—Pues dadlo igual por suspendido, ya no me interesa —le contesté de un modo contundente.
Después de despedirme permanecí unos minutos revisando las anotaciones que había hecho para la campaña. Había dedicado tantas horas a imaginar las fotografías, los vídeos y las presentaciones que me resultaba extraño pensar que quizás nunca llegaría a realizarlos.
Carmina se acercó cuando vio que guardaba la carpeta en un cajón.
—¿Malas noticias?
—No, me han dicho que no sabían qué sucedería con mi contrato y les he ahorrado trabajo; no quiero seguir con esto.
Mi suegra contempló la carpeta antes de responderme.
—Era de esperar. Te conozco y sé que eres visceral. ¿Cómo estás?
—Bien. Pero habíamos hecho tantos planes...
—Y la vida sigue. Si estás sufriendo por el dinero, no te preocupes. Todo se va a solucionar y, además, nuestra deuda es ya mucho menor.
—Tenemos que seguir con los directos —comenté mientras abría el programa de gestión de la tienda—. No podemos permitirnos perder ventas ahora.
—Por supuesto que seguiremos. Esta tarde tenemos uno programado y no pienso cancelarlo.
—Entonces voy a preparar las prendas.
Carmina me observó durante unos segundos.
—Si no te encuentras con ánimos, Adrián y yo podemos hacerlo solos.
—No. Quiero participar. Además, las clientas están acostumbradas a que les explique cómo quedan las tallas y los tejidos.
Me dejó continuar con los preparativos, aunque durante el resto de la mañana se las arregló para permanecer cerca de mí sin hacer demasiadas preguntas.
El directo comenzó a las siete. Adrián había colocado el teléfono sobre el trípode, preparado la iluminación y seleccionado una música alegre para los minutos previos.
Carmina llevaba un conjunto de pantalón y blusa estampada que le sentaba estupendamente, mientras yo había elegido uno de los vestidos de la nueva colección.
Antes de empezar, mi primo me examinó con atención.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo?
—Completamente.
—Pues vamos allá. Y recuerda que, si necesitas descansar, mi tía puede hablar durante tres horas sin repetir una sola anécdota.
—Eso es mentira —protestó Carmina—. Algunas las repito porque son buenísimas.
Me reí y Adrián aprovechó para iniciar la transmisión.
Durante los primeros minutos conseguí concentrarme en las prendas.
Saludamos a las espectadoras habituales, presentamos varios conjuntos y respondimos preguntas sobre precios, colores y disponibilidad.
Carmina estuvo especialmente divertida, improvisando combinaciones que provocaron numerosos comentarios.
—Este pantalón tiene una ventaja importantísima —explicó mientras se colocaba frente a la cámara—. Puedes ir a una comida elegante y repetir postre sin que nadie lo descubra.
Adrián soltó una carcajada detrás del teléfono.
—Mi tía acaba de inventar una nueva categoría de moda: ropa compatible con los excesos gastronómicos.
—Y tendría muchísimo éxito —replicó ella.
Las ventas comenzaron a llegar y, durante un rato, disfruté de aquella actividad que tantas alegrías nos había dado desde que iniciamos los directos.
Hasta que apareció un comentario preguntando si seguíamos colaborando con Valdieri Milano.
Adrián lo vio antes que yo y continuó hablando de los artículos disponibles, pero enseguida surgieron nuevas preguntas. Algunas espectadoras querían saber cuándo llegarían las prendas italianas; otras mencionaban las noticias que estaban circulando sobre Dante.
Me costó mantener la sonrisa cuando una usuaria preguntó directamente si era cierto que el diseñador había sido denunciado.
Carmina intervino con naturalidad.
—Chicas, hoy estamos enseñándoos las novedades de nuestra boutique. Sobre otros asuntos no tenemos información que podamos compartir, así que vamos a centrarnos en estos vestidos tan bonitos.
Adrián cambió la imagen para mostrar un detalle del tejido y yo aproveché para beber agua. Necesité unos segundos antes de recuperar el tono alegre que exigía aquella transmisión.
—Este modelo también está disponible en color cereza —continué—. Y os aseguro que el color es todavía más bonito al natural.
Conseguimos terminar el directo sin volver a mencionar a Dante. Cuando Adrián desconectó la cámara, me senté en uno de los sillones del probador y me quité los zapatos.
—Lo has hecho estupendamente, prima —me aseguró.
—Ha sido agotador.
—Pues hemos vendido bastante. Mira las reservas.
Me mostró la pantalla del ordenador y comprobé que habíamos superado nuestras previsiones. Debería haberme alegrado mucho más, pero estaba demasiado cansada para celebrar nada.
Carmina apareció con tres vasos de agua.
—Mañana prepararemos los pedidos y el viernes haremos otro directo. No podemos abandonar algo que está funcionando tan bien.
Asentí mientras repasaba mentalmente las tareas pendientes.
—Mañana tenemos que llamar también al proveedor de los bolsos. Quedan muy pocos del modelo marrón.
—Me encargo yo —respondió Adrián—. Tú vete a casa y descansa.
Aquella noche cenamos los tres en la cocina. Lucía había dejado preparada una tortilla de patatas y una ensalada, y Don Vito permaneció sentado junto a mi silla durante buena parte de la comida, esperando que algún trozo acabara misteriosamente en el suelo.
—No vas a conseguir nada —le advertí.
El carlino me observó con sus enormes ojos oscuros y apoyó una pata sobre mi zapatilla.
—No te fíes —intervino Adrián—. Está utilizando técnicas de manipulación emocional.
Carmina cortó un trocito de tortilla y lo apartó de su plato.
—Pues conmigo funcionan.
—No le des eso, tía. Ya ha cenado.
—Era para mí.
—Claro. Y el sombrero que lleva debajo de la mesa también es tuyo.
La conversación me arrancó una sonrisa, aunque el buen humor desapareció cuando mi teléfono vibró sobre la mesa.
Era un mensaje de Dante.
“Sé que necesitas tiempo. No voy a presionarte, pero quiero que sepas que estoy haciendo todo lo posible por aclarar lo ocurrido. Siento profundamente haberte mentido. Te echo de menos”.
Lo leí dos veces antes de apagar la pantalla.
—¿Es él? —me preguntó Carmina.
Asentí.
—¿Vas a responderle?
—No.
Los días siguientes transcurrieron entre cajas, facturas y llamadas de proveedores. Cada mañana abríamos la boutique a la misma hora y nos repartíamos las tareas pendientes.
Carmina atendía a las clientas, Adrián preparaba contenidos para las redes y yo me ocupaba de los pedidos y de las consultas que llegaban por correo.
El viernes celebramos otro directo, esta vez dedicado a prendas de entretiempo. Conseguí desenvolverme mejor que en el anterior, aunque tuve que hacer un esfuerzo considerable para mantener la alegría cuando algunas espectadoras volvieron a preguntar por la colección italiana.
Por las noches consultaba las noticias, a pesar de haberme prometido que dejaría de hacerlo.
La denuncia seguía apareciendo en medios italianos y españoles, acompañada de fotografías de Dante e Isabella. Algunas publicaciones repetían las acusaciones y otras recogían declaraciones de los abogados de Valdieri, que negaban los hechos y pedían respeto por la investigación.
No encontraba nada que permitiera saber qué había sucedido realmente en aquel apartamento.
Dante me escribió un par de veces más y seguí haciendo caso omiso. Sabía por Giulia que había regresado a Milán para atender los asuntos legales y empresariales que requerían su presencia.
Aquella noticia me produjo una tristeza inesperada. Aunque había decidido alejarme de él, saber que ya no estaba en San Sebastián hizo que su ausencia resultara más definitiva.
El sábado por la tarde cerramos la boutique después de una jornada especialmente intensa. Adrián se marchó para reunirse con unos amigos y Carmina me propuso que fuéramos a tomar algo antes de regresar a casa.
Elegimos una cafetería cercana y pedimos dos infusiones y una porción de tarta para compartir. Durante un rato hablamos de asuntos sin importancia, hasta que mi suegra dejó la cucharilla sobre el plato.
—Quiero preguntarte una cosa, cariño. ¿De verdad crees que nunca podrás perdonarlo?
Contemplé las personas que pasaban por la calle antes de responderle.
—No sé qué ocurrirá dentro de diez años, Carmina. Pero ahora no quiero volver con él.
—Lo entiendo. Solo me preocupa que tomes una decisión por el dolor que estás sintiendo.
—No es únicamente dolor. Es decepción. Dante sabía lo que había significado Álvaro para mí. Sabía cuánto me había costado volver a confiar en alguien y, aun así, decidió mentirme.
Carmina asintió.
—Álvaro también cometía errores, cariño. No quiero que termines comparando a todos los hombres con él.
—No espero encontrar a otro Álvaro. Sé que nadie es perfecto. Pero él nunca me mintió sobre algo importante y mucho menos inventó una desgracia para ocultarme la verdad.
—En eso tienes toda la razón.
Tomé un pequeño trozo de tarta y lo dejé sobre el plato sin llegar a probarlo.
—Además, tengo miedo de lo que pueda descubrirse. No quiero creer que Dante sea capaz de agredir a una mujer, pero tampoco puedo descartar esa posibilidad porque haya sido cariñoso conmigo.
—Y haces bien en no sacar conclusiones precipitadas —me respondió—. Tendremos que esperar a conocer los hechos.
—Vosotros podéis esperar, Carmina. Yo no necesito saber si es inocente para tener claro que no quiero continuar nuestra relación.
Mi suegra me acarició la mano y aceptó que, al menos por el momento, aquella era mi decisión.
Cuando regresamos a casa, Don Vito salió a recibirnos con uno de sus sombreros entre los dientes. Carmina intentó quitárselo para colocárselo correctamente, pero el perro salió corriendo hacia el salón, convencido de que habíamos iniciado un juego.
Lo perseguimos entre risas hasta que terminó escondiéndose detrás de una butaca, desde donde nos contempló con aire victorioso.
Aquella noche me acosté temprano. Antes de apagar la luz revisé las ventas de la semana y comprobé que los directos seguían proporcionándonos ingresos suficientes para afrontar los gastos inmediatos de la boutique.
Todavía teníamos un camino largo por delante para resolver la deuda, pero al menos continuábamos avanzando.
Después abrí la conversación con Dante. Su último mensaje seguía sin respuesta.
Durante unos minutos recordé nuestra segunda noche juntos, la facilidad con que habíamos empezado a compartir confidencias y la felicidad que sentí al despertar a su lado.
Me dolía aceptar que aquellos momentos habían sido reales y, al mismo tiempo, que la confianza sobre la que empezaba a construir nuestra relación se había apoyado en una mentira.
Apagué el teléfono y lo dejé sobre la mesilla.
El lunes volvería a abrir la boutique, atendería a nuestras clientas y prepararía otro directo con Carmina y Adrián. Seguiríamos trabajando para sacar adelante el negocio, aunque tuviera que esconder mi tristeza detrás de una sonrisa.
Porque, después de haber perdido a Álvaro, había aprendido que la vida continuaba incluso cuando una deseaba que todo se detuviera.
Lo que todavía no sabía era cuánto tiempo necesitaría para dejar de echar de menos a un hombre al que había decidido no volver a creer.