Capítulo 20 #2
Recordé las fotografías que acababa de ver en el teléfono de Adrián y la fecha que figuraba en la noticia.
—¿Es allí donde dice que la agrediste?
—Sí, pero no ocurrió nada semejante. Discutimos y traté de marcharme.
Ella quiso impedírmelo. Cuando alcancé la puerta, se puso como loca, incluso trató de agredirme.
También pensé que podría agredirse ella misma.
Por eso le pedí por favor que parara. Lo pasé francamente mal y luego me prometió que me arrepentiría.
Sé que es una mujer de armas tomar. La situación se le fue totalmente de las manos.
Lo observé mientras intentaba comprender cómo podía estar escuchando aquella conversación del mismo hombre que, apenas unas horas antes, me había besado al despertar y había protestado porque tenía que levantarse para trabajar.
—¿Por qué no me contaste que habías quedado con ella?
—Porque no quería involucrarte en un problema que creía resuelto. Apenas nos conocíamos y aquella situación pertenecía a mi pasado.
—¿Y por qué me mentiste después?
Dante bajó la vista hacia sus manos.
—¿A qué te refieres?
—A Isabella. A tu hermana.
Su expresión cambió.
—Kyra...
—No me digas que tienes una hermana que también se llama Isabella. Por favor, no vuelvas a mentirme.
Se llevó una mano a la frente y respiró hondo.
—Sí la tengo. Pero aproveché la coincidencia para escudarme en ella.
Aunque ya lo sospechaba, escuchárselo reconocer me produjo una tristeza difícil de describir.
—Entonces inventaste toda aquella historia.
—El accidente ocurrió de verdad. Todo lo que te conté es cierto. La cicatriz que te enseñé es de aquella noche.
—¿Y por qué no fuiste sincero?
—Porque cuando me preguntaste por Isabella me asusté. Acabábamos de pasar nuestra primera noche juntos y no quería que pensaras que seguía teniendo algo con otra mujer. Elegí una explicación que creí que impediría que te preocuparas.
Lo escuché con una incredulidad creciente.
—¿Elegiste una explicación? —repetí—. Te abracé porque pensé que estabas reviviendo una tragedia.
—Lo sé. No fui honesto.
—¿Sabes lo que me dijiste cuando te agradecí que me lo contaras? Que preferías que conociera tu historia antes de que me quedara preocupada por algo que había escuchado mientras dormías.
Dante cerró los ojos durante un instante.
—Me avergüenzo de haberte mentido.
—Pues deberías.
Me levanté y caminé unos pasos para recuperar la compostura. La rabia empezaba a mezclarse con una inquietud mucho más difícil de soportar.
Recordé las palabras que había pronunciado mientras dormía.
“Isabella... per favore ...”. Por favor.
Hasta aquella mañana las había relacionado con una súplica desesperada para impedir que su hermana condujera. Ahora sabía que la mujer a la que se dirigía estaba viva y que lo había denunciado por una agresión sexual.
Regresé junto a él.
—Aquella noche, cuando te escuché hablar en sueños, parecías estar suplicándole algo.
—Estaba soñando con la maldita discusión, es evidente.
—¿Qué le pedías?
—Que dejara de insistir en que volviéramos a estar juntos.
—¿Estás seguro?
Me observó, desconcertado.
—Por supuesto.
—Porque ahora no puedo evitar preguntarme si le estabas suplicando que se acostara contigo. Y si, cuando ella se negó, decidiste conseguirlo por la fuerza.
Dante se levantó de inmediato.
—Kyra, jamás haría algo semejante.
—¿Cómo puedo saberlo?
—Porque te estoy diciendo la verdad.
Sentí que las lágrimas empezaban a empañarme los ojos.
—Eso mismo me dijiste cuando me hablaste de tu hermana.
Intentó acercarse, pero retrocedí antes de que pudiera tocarme.
—Te aseguro que no agredí a Isabella —insistió—. Estoy dispuesto a explicarte todo lo que ocurrió, pero necesito que me escuches.
—Te he escuchado, Dante. Y cada respuesta me ha dado una razón más para desconfiar de ti.
—No quiero perderte por algo que no he hecho.
—Puede que no hayas cometido los hechos que denuncia esa mujer. No lo sé y no voy a juzgarte sin conocer la verdad. Pero mentirme sí lo hiciste. Y utilizaste una desgracia terrible para conseguir que confiara en ti.
Sus ojos se humedecieron.
—Tienes razón.
Recogí el bolso del sillón y me dirigí hacia la salida. Dante me siguió unos pasos, aunque se detuvo cuando comprendió que no deseaba que me acompañara.
—Kyra, por favor. Dime al menos si podremos volver a hablar.
Me volví hacia él.
—Ahora mismo no sé quién eres, Dante. Y lo que más me duele es que hace apenas unas horas creía empezar a conocerte.
Salí del hotel antes de que pudiera responderme.
Adrián me esperaba en el coche, al otro lado de la calle. Cuando me vio acercarme, bajó la ventanilla y me preguntó si estaba bien.
Negué con la cabeza mientras abría la puerta.
—Llévame a casa, por favor.
Durante el trayecto recordé su sonrisa cuando le dije que hasta su cicatriz era bonita.
Entonces comprendí que lo ocurrido en Milán podía destruir mucho más que lo que había surgido entre ambos. La denuncia amenazaba su reputación y su empresa, mientras que la mentira que acababa de reconocer había destrozado la confianza sobre la que empezábamos a construir algo en común.
Y tuve miedo de descubrir quién era realmente Dante Valdieri.