Capítulo 19
Cuando desperté, Dante ya estaba levantado. Escuché correr el agua de la ducha y aproveché para incorporarme, recoger mi ropa y comprobar la hora en el teléfono.
Eran poco más de las siete, aunque tenía la impresión de haber dormido apenas un par de horas. La noche anterior regresó a mi memoria con una claridad deliciosa y sonreí al recordar algunos de los momentos que habíamos compartido.
Después pensé en Isabella.
Durante la madrugada había intentado convencerme de que no debía conceder demasiada importancia a unas palabras pronunciadas entre sueños, pero el tono angustiado de Dante seguía preocupándome.
No me gustaba la idea de preguntarle por algo tan personal, especialmente después de nuestra primera noche juntos, aunque tampoco quería guardarme dudas que podían resolverse con una conversación.
Estaba terminando de vestirme cuando salió del baño, con una toalla alrededor de la cintura y otra sobre los hombros. Al descubrirme junto a la cama, sonrió y se acercó para besarme.
—Buenos días, guapísima. ¿Has descansado?
—Sí.
—Me alegra. Yo he dormido estupendamente.
Lo observé mientras buscaba una camisa en el armario. Tenía el cabello todavía húmedo y una expresión relajada que contrastaba con la angustia que había mostrado durante la madrugada.
—Dante, ¿puedo preguntarte algo?
—Por supuesto.
Me senté en el borde de la cama, intentando encontrar una manera delicada de abordar el asunto.
—Esta noche te he oído hablar mientras dormías.
Dejó la camisa sobre una butaca y se volvió hacia mí.
—¿He hablado en sueños?
—Sí. Parecías estar teniendo una pesadilla. Pronunciaste algunas palabras en italiano y después repetiste un nombre.
Su expresión se volvió seria.
—¿Isabella?
Asentí, sorprendida de que lo hubiera adivinado tan deprisa.
Se sentó a mi lado y permaneció unos instantes contemplando sus manos.
—Isabella es el segundo nombre de una de mis hermanas, aunque yo suelo llamarla así —me explicó.
—A veces tengo pesadillas con un accidente de coche que sufrimos de jóvenes.
—Vaya, lo siento.
—No tenías por qué saberlo. Nunca hemos hablado de eso.
Le acaricié el brazo, arrepentida de haber despertado un recuerdo tan doloroso.
—No hace falta que me cuentes nada más.
—Quiero hacerlo.
Se volvió hacia mí y me tomó una mano.
—Yo tenía veintidós años y ella acababa de cumplir diecinueve.
Habíamos salido con unos amigos y, cuando decidimos regresar a casa, Isabella insistió en conducir.
Había bebido algunas copas. No estaba completamente borracha, pero tampoco debería haberse puesto al volante.
Yo también había bebido y no supe pararla. Así que me subí con ella.
Su voz se volvió más grave mientras recordaba aquella noche.
—Es muy cabezota, mi hermana. Y entonces más. Siempre conseguía salirse con la suya y aquella noche pensé que tampoco pasaría nada por dejarla conducir unos kilómetros. Teníamos muy poca sesera.
Apretó suavemente mis dedos.
—Pero pasó.
Lo escuché sin interrumpirlo.
—En una curva perdió el control del coche. Recuerdo el ruido de los neumáticos, las luces de otro vehículo y después el impacto. Cuando desperté estaba en el hospital. Isabella tampoco salió muy bien parada, pero ambos pudimos contarlo.
Me acerqué para abrazarlo y Dante me rodeó con los brazos, agradeciendo aquel gesto.
—Durante mucho tiempo me culpé por no haberle quitado las llaves —continuó—. Era el mayor y sabía que no estaba en condiciones de conducir. Tendría que haber insistido, llamar a un taxi o negarme a subir al coche.
—Erais muy jóvenes, Dante. Y tú también sufriste aquel accidente.
—Lo sé. Con los años he aprendido a convivir con lo ocurrido, pero hay noches en las que vuelvo a soñarlo. En mis pesadillas intento convencerla de que no conduzca y ella no me escucha. Supongo que eso fue lo que oíste.
Le acaricié la mejilla.
—Debió de ser un susto terrible.
Me habló de Isabella durante un rato. Era divertida, impulsiva y apasionada por la música. De jovencita, le encantaba cantar mientras se arreglaba para salir y tenía la costumbre de apropiarse de sus chaquetas, aunque le quedaran enormes.
—¿Resultaste muy mal herido? —le pregunté.
—Bastante. Me rompí varias costillas, tuve una lesión en el hombro y necesité una operación. Todavía conservo un recuerdo.
Se levantó y se volvió ligeramente para mostrarme una cicatriz que recorría la parte superior de su costado, cerca de las costillas. Era una línea irregular y más clara que el resto de su piel, de varios centímetros de longitud que no aprecié la noche anterior, en la penumbra.
Me acerqué y la recorrí suavemente con las yemas de los dedos.
—¿Te duele alguna vez?
—Ya no. Aunque durante una temporada me dio bastantes problemas.
Levanté la cabeza y sonreí.
—Pues hasta tu cicatriz es bonita.
Dante soltó una carcajada y me atrajo hacia él.
—Eres una mujer extraordinaria, ¿lo sabías?
—Solo estoy siendo objetiva.
Me besó con ternura y permanecimos abrazados durante un rato. Sentía un enorme alivio por haber comprendido quién era Isabella, aunque también me entristecía imaginar el sufrimiento que Dante había soportado desde tan joven.
—Gracias por contármelo —le susurré.
—Gracias a ti por preguntarme. Prefiero que conozcas mi historia a que te quedes preocupada por algo que has escuchado mientras dormía.
Aquella respuesta me hizo sonreír. Le di otro beso y terminé apartándome cuando recordé que debíamos reunirnos con su equipo aquella mañana.
—Tenemos que darnos prisa. Carmina estará esperándome. Le he escrito antes.
—Entonces será mejor que me vista. No quiero que piense que soy un irresponsable.
—Creo que esa opinión está bastante lejos de lo que piensa de ti.
—Eso espero. Hoy tengo que superar la prueba de Don Vito.
Dante me llevó a casa poco después de las ocho. Durante el trayecto me preguntó si quería desayunar en algún sitio, pero le expliqué que Carmina siempre preparaba café y tostadas suficientes para alimentar a media familia. Además, necesitaba ducharme y cambiarme antes de reunirme con su equipo.
Cuando llegamos, me acompañó hasta la puerta y esperó mientras buscaba las llaves en el bolso.
No tuve tiempo de utilizarlas.
Carmina abrió antes de que pudiera introducirlas en la cerradura y nos recibió con una sonrisa que me hizo sospechar que llevaba un buen rato pendiente de nuestra llegada.
—Buenos días, pareja. Qué alegría veros.
—Buenos días, Carmina —la saludó Dante, acercándose para darle dos besos—. Espero que no te importe que haya traído a Kyra un poco tarde.
—¿Tarde? Anda ya. Pasad, que acabo de preparar café.
Don Vito apareció detrás de ella, atraído por las voces. Se acercó a Dante con su habitual expresión de desconfianza, olisqueó sus zapatos y después levantó la cabeza para examinarlo.
—Así que aquí está el famoso Don Vito —comentó Dante, agachándose.
El carlino lo observó durante unos segundos antes de permitir que le acariciara la cabeza. Después se apartó con dignidad y se dirigió hacia su cojín, donde se acomodó de espaldas a nosotros.
Carmina soltó una carcajada.
—No te preocupes, cariño. Se hace el interesante.
—Me parece una estrategia estupenda —respondió Dante—. Tendré que esforzarme para ganarme su confianza.
Aproveché que ambos estaban entretenidos para anunciar que subía a ducharme.
—No tardaré. En media hora estoy lista.
—Tómate tu tiempo, hija —me respondió Carmina—. Nosotros vamos a ir desayunando.
Antes de subir, me volví hacia Dante, que acababa de aceptar una taza de café.
—No dejes que te interrogue demasiado.
—Prometo defenderme.
Carmina fingió sentirse ofendida.
—Pero qué mala opinión tienes de mí. Solo quiero conocer un poquito mejor a este hombre que, por fin, ha logrado que pases una noche fuera de casa.
Cuando bajé, los encontré en el salón. Mi suegra estaba sentada en el sofá, con una taza de café entre las manos, mientras Dante intentaba convencer a Don Vito de que le devolviera uno de sus zapatos.
—¿Qué ha pasado aquí? —pregunté, sorprendida.
—Tu perro es un delincuente —me explicó Dante, divertido—. He cometido el error de quitarme un zapato porque tenía una piedrecita dentro y ha decidido apropiárselo.
Don Vito permanecía tumbado sobre la alfombra, sujetando el zapato entre las patas delanteras con una expresión de absoluta indiferencia.
—Dáselo, Vito —le ordené.
El carlino bostezó.
Carmina se levantó para intervenir.
—Déjamelo a mí, que sé negociar con este sinvergüenza.
Fue hasta la cocina, regresó con una pequeña golosina para perros y consiguió recuperar el zapato en menos de diez segundos.
—¿Ves, Dante? Con este no sirven las amenazas. Hay que ofrecerle algo a cambio.
—Lo tendré en cuenta para nuestra próxima negociación —respondió él mientras volvía a calzarse.
Me despedí de Carmina y salimos poco después, no sin que antes nos recordara que aquella noche nos esperaba a cenar.
La primera jornada de trabajo comenzó en una sala de reuniones del hotel, donde Giulia nos presentó al fotógrafo, la responsable de estilismo y dos miembros del equipo de producción.
Adrián llegó unos minutos después, cargado con su ordenador y una libreta que, según aseguró, contenía todas las ideas que había tenido durante el viaje de regreso de Milán.
Dedicamos la mañana a estudiar el calendario de la campaña y las primeras propuestas visuales.
Dante quería que las fotografías mostraran prendas elegantes en situaciones cotidianas, sin perder el carácter de la firma.
Me enseñaron varias combinaciones de ropa y me pidieron que eligiera aquellas con las que me sentiría más identificada.
—Esta chaqueta es preciosa —le comenté, examinando una de las fotografías—, pero creo que muchas mujeres preferirían combinarla con unos pantalones más sencillos.
Giulia tomó nota y Dante me sonrió desde el otro extremo de la mesa.
—Por eso quería que participaras desde el principio.
Adrián, que había estado revisando las propuestas para redes sociales, levantó la cabeza.
—Y yo propongo que hagamos algunos vídeos enseñando cómo transformar un conjunto de día en uno de noche. Eso funciona estupendamente con nuestro público.
La idea gustó tanto que terminamos incorporándola al plan inicial.
Después de almorzar visitamos dos posibles localizaciones para las sesiones fotográficas y regresamos al hotel para revisar las últimas cuestiones técnicas.
Fue una jornada intensa, aunque disfruté mucho más de lo que había imaginado. Dante se mostró atento conmigo, sin interferir en mi trabajo, y cada vez que coincidíamos a solas encontraba alguna excusa para acariciarme la mano o acercarse a darme un beso.
A las ocho y media salimos hacia casa, donde Carmina llevaba, según sus palabras, toda la tarde organizando una cena que aseguraba que iba a ser memorable. Yo sabía que, en realidad, la cena corrió a cargo de Lucía mientras ella estaba en la boutique.
Al llegar encontramos a Adrián colocando una fuente de aperitivos sobre la mesa del comedor.
—Menos mal que venís —nos recibió mi primo—. Mi tía lleva una hora preguntando si la mesa parece suficientemente elegante para un diseñador italiano.
—Porque una cosa es poner la mesa y otra hacerlo con gusto —replicó Carmina, apareciendo detrás de él.
Dante la saludó con dos besos y le entregó una caja de bombones.
—Un pequeño detalle para agradecerte la invitación.
—Qué encanto eres, Dantito. Pero no tenías que traer nada.
Don Vito apareció en aquel momento con uno de sus sombreros de mafioso torcido sobre la cabeza. Se detuvo frente a Dante, lo examinó de arriba abajo y, en lugar de acercarse, giró sobre sus patas y se marchó hacia el salón.
—Vaya, parece que ya no somos amigos —comentó nuestro invitado.
—Está ofendido porque esta mañana te llevaste el zapato —le expliqué.
Adrián soltó una carcajada.
—No, prima. Está esperando a que lo sigas. Le encanta que las visitas se interesen por él.
Dante obedeció y encontró al carlino instalado en su cojín, junto a una pequeña colección de juguetes. Se agachó para acariciarlo, pero Don Vito levantó una pata y la apoyó sobre su mano, impidiéndole continuar.
—¿Y ahora qué significa esto?
—Que quiere un premio —respondió Carmina—. Pero no se lo des, que acaba de cenar.
El perro retiró la pata, indignado, y se volvió de espaldas.
—Tiene un carácter extraordinario —comentó Dante.
—Y una figura que demuestra lo bien que vive —añadió Adrián.
Durante la cena hablamos de la campaña, del éxito del desfile y de los proyectos que Dante tenía previstos para España. Carmina quiso conocer los detalles de las sesiones fotográficas y terminó proponiendo que alguna se realizara en la boutique.
—Podríamos preparar un escaparate especial para la ocasión —sugirió—. Incluso organizar un directo desde allí.
—Me parece una buena idea —respondió Dante—. Lo hablaré con Giulia.
Adrián aprovechó para preguntarle por las próximas colecciones masculinas y, cuando Dante mencionó la posibilidad de ampliar aquella línea, mi primo se llevó una mano al pecho.
—Espero que estés pensando en mí para las fotografías. Tengo experiencia, presencia y una extraordinaria capacidad para llevar chaquetas caras.
—Sobre todo para comprarlas —le recordé.
—La moda exige sacrificios, prima.
Carmina negó con la cabeza.
—El único sacrificio que haces es el de tu cuenta corriente.
Nos reímos y la conversación continuó entre anécdotas del viaje y recuerdos de los primeros directos.
Dante escuchaba con interés, participaba en las bromas y, de vez en cuando, buscaba mi mano bajo la mesa.
Me gustaba verlo tan integrado en nuestra pequeña familia, disfrutando de aquella cena sin ninguna de las formalidades que solían acompañarlo en su trabajo.
Cuando terminamos el postre, Don Vito decidió que había llegado el momento de reclamar protagonismo. Apareció en el comedor arrastrando una pequeña corbata roja que Adrián utilizaba para vestirlo durante los directos y la depositó junto a los zapatos de Dante.
—Creo que te ha elegido como estilista —comenté.
Mi primo recogió la corbata.
—No, cariño. Lo que quiere es que le hagamos fotografías. Ha visto demasiadas veces cómo funciona esto.
Dante se agachó y permitió que Adrián colocara la corbata al perro. Después se sentó a su lado para hacerse una fotografía, pero Don Vito aprovechó el momento para intentar meter el hocico en el bolsillo de su chaqueta.
—¿Qué busca ahora? —preguntó nuestro invitado, riéndose.
—Los bombones —respondió Carmina—. Ha visto dónde los guardabas y cree que son para él.
—Pues va a llevarse una decepción.
Don Vito resopló, abandonó la sesión fotográfica y se dirigió directamente a Lucía, que estaba recogiendo los platos.
—Ahí lo tienes —comentó Adrián—. Cuando un representante no consigue lo que quiere, busca otro.
La ocurrencia provocó una nueva ronda de carcajadas.
Cerca de la medianoche, Dante anunció que debía marcharse. Carmina me miró, lo miró a él, y sin decir nada, me lo dijo todo. Salimos de la mano un minuto después camino de su hotel. Una nueva noche de pasión nos aguardaba.