Lo nuestro no venía en el contrato Capítulo 18
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Capítulo 18

Hacía mucho tiempo que no me sentía tan deseada.

Después de perder a Álvaro, había llegado a pensar que aquella parte de mi vida pertenecía definitivamente al pasado, pero con Dante todo estaba ocurriendo de una manera distinta, sin que necesitara comparar lo que sentía ahora con lo que había vivido antes.

Me trataba con una mezcla de ternura y deseo que me permitía abandonar mis inseguridades.

Había algo profundamente emocionante en descubrir que podía volver a entregarme a otra persona, disfrutar de su cercanía y dejarme llevar por una atracción que llevaba días creciendo entre nosotros.

Nos buscamos una y otra vez, entre besos, abrazos y palabras pronunciadas muy cerca del oído, hasta que la noche dejó de tener horarios y el resto del mundo perdió importancia.

Llevaba días imaginando cómo sería besarlo. Desde aquella primera despedida en Milán, cuando sus labios apenas habían rozado mi mejilla, había recordado muchas veces la cercanía de su rostro y la manera en que me acariciaba el cabello.

Sin embargo, ninguna de aquellas fantasías se parecía demasiado a lo que estaba experimentando.

Dante besaba con una intensidad extraordinaria, aunque también sabía detenerse para contemplarme, sonreír o acariciarme el rostro antes de volver a buscar mis labios.

Sus manos recorrían mi espalda y mi cintura, mientras las mías se entretenían en su cabello y en los hombros que tantas veces había admirado bajo sus impecables chaquetas.

Le desabroché el primer botón de la camisa, una pequeña travesura que provocó una sonrisa distinta, cargada de una intención que me hizo desear besarlo de nuevo.

—Kyra, me estás poniendo las cosas muy difíciles.

—¿Qué cosas?

—Mi propósito de comportarme como un caballero —bromeó.

—Creo que ya te has comportado bastante bien.

Soltó una carcajada y me abrazó, levantándome apenas del suelo antes de volver a depositarme sobre la alfombra.

Después me besó con un entusiasmo que me electrizó y nos quedamos unos minutos junto a la entrada, olvidados de nuestros abrigos, del bolso que todavía llevaba colgado del hombro y de cualquier conversación que no estuviera relacionada con lo mucho que deseábamos estar juntos.

Cuando finalmente nos separamos, me quitó el bolso con delicadeza y lo dejó sobre una consola. Después se despojó de la chaqueta y la colocó sobre una butaca, mientras yo aprovechaba para observar la habitación.

Era una suite amplia, decorada en tonos cálidos, con una zona de estar separada del dormitorio por un pequeño distribuidor.

Sobre una mesa descansaban algunos documentos de trabajo y un ordenador portátil, señales de que Dante había pasado parte de la tarde ocupado con los preparativos de la campaña.

—Perdona el desorden —comentó al advertir mi curiosidad—. Apenas he tenido tiempo de instalarme.

—Si esto te parece desorden, deberías ver la habitación de Carmina cuando prepara una maleta.

Se rio y se acercó por detrás para rodearme la cintura. Me apartó el cabello de un hombro y depositó un beso junto a mi cuello, provocando que olvidara inmediatamente lo que estaba a punto de contarle.

—Prefiero no hablar de maletas —murmuró—. Llevo toda la semana pensando en volver a verte.

Me volví entre sus brazos.

—¿Toda la semana?

—Desde que te despediste de mí en Milán.

—Pues podrías haber venido antes.

—Créeme, lo intenté.

Había algo delicioso en aquella conversación, en descubrir que el deseo no era únicamente mío y que Dante también había contado los días hasta nuestro reencuentro.

Le acaricié el rostro y seguí con los dedos la línea de su mandíbula, disfrutando de la manera en que cerraba los ojos cuando mis caricias se volvían más lentas.

—Me gustas mucho, Kyra —me confesó.

Aquellas palabras, pronunciadas sin bromas ni rodeos, me emocionaron más de lo que esperaba.

—Tú también me gustas, Dante.

Me besó otra vez y, mientras lo abrazaba, comprendí que ya no tenía sentido seguir fingiendo una tranquilidad que ninguno de los dos sentía.

Nos habíamos conocido trabajando, habíamos compartido cenas, paseos y conversaciones que poco a poco se volvieron más personales, pero aquella noche deseábamos descubrirnos de una manera distinta.

Dante me tomó de la mano y me condujo hacia el dormitorio.

Antes de llegar, se detuvo para besarme una vez más, y yo respondí acercándome a él con una confianza que me sorprendió.

Me sentía hermosa bajo sus caricias, deseada sin necesidad de representar ningún papel, y aquella sensación resultaba especialmente valiosa después de tantos años sin compartir mi intimidad con nadie.

—¿Estás bien? —me preguntó cuando advirtió que me había emocionado.

Asentí, aunque tardé unos segundos en encontrar las palabras.

—Muy bien. Es solo que hace mucho tiempo que no estaba con nadie.

Dante me acarició la mejilla.

—Podemos ir despacio. Tenemos toda la noche.

—No quiero que te preocupes tanto.

—Me importa cómo te sientes.

Lo besé con ternura y apoyé las manos sobre su pecho.

—Entonces te diré cómo me siento. Estoy nerviosa, sí, pero también estoy feliz. Y quiero estar contigo.

Su expresión se suavizó antes de abrazarme.

—Ven aquí, preciosa.

Aquella palabra, dicha tan cerca de mi oído, me hizo sonreír. Dante me estrechó contra él y nos quedamos abrazados durante unos instantes, hasta que levanté la cabeza para buscar sus labios.

El beso que siguió fue largo, apasionado y lleno de una complicidad que no habíamos tenido ocasión de explorar hasta entonces.

Entre caricias y sonrisas, nos fuimos desprendiendo de la formalidad que había acompañado nuestros encuentros anteriores.

Dante dejó de ser por un rato el empresario elegante y atento que presidía reuniones y organizaba desfiles; conmigo se mostraba espontáneo, cariñoso y dispuesto a dejarse llevar por lo que sentía.

Yo tampoco reconocía del todo a la mujer que estaba siendo aquella noche.

Había pasado tanto tiempo convencida de que mi vida sentimental pertenecía al pasado que me sorprendía descubrir la facilidad con la que podía volver a ilusionarme.

Y, sin embargo, no experimentaba culpa ni tristeza al recordar a Álvaro.

Lo había amado profundamente y siempre formaría parte de mi historia, pero aquel amor no me impedía sentir algo nuevo.

Dante debió de advertir mi sonrisa, porque me preguntó qué estaba pensando.

—Que Adrián va a ponerse insoportable cuando se entere de que tenía razón.

—¿Sobre nosotros?

—Lleva semanas asegurando que entre nosotros dos pasaría algo.

—Entonces habrá que reconocerle cierta capacidad de observación.

Me reí y lo abracé por el cuello.

—No pienso darle esa satisfacción.

—Guardaremos el secreto.

Volvió a besarme y, poco después, nos dejamos llevar por una intimidad que habíamos deseado desde mucho antes de atrevernos a reconocerla.

La noche avanzó entre abrazos, besos y palabras cariñosas, mientras descubríamos una confianza que parecía haber estado esperándonos desde nuestro primer encuentro.

Más tarde, cuando el reloj de la mesilla marcaba cerca de las dos, descansábamos juntos bajo las sábanas. Dante tenía un brazo alrededor de mi cintura y me acariciaba el cabello mientras yo permanecía acomodada contra su hombro, escuchando el sonido lejano de algún vehículo que atravesaba la calle.

—¿En qué piensas? —me preguntó.

—En que mañana Carmina va a interrogarme.

—¿Mucho?

—No te haces una idea.

Dante soltó una carcajada.

—Entonces tendré que preparar mis respuestas antes de enfrentarme a Don Vito.

—Con el perro no tendrás problemas. Es mucho más discreto.

—Eso me tranquiliza.

Levanté la cabeza para contemplarlo y él aprovechó para darme un beso en la frente.

—¿Te arrepientes de haberte quedado? —quiso saber.

—Ni un poquito.

—Me alegra.

—¿Y tú?

—Kyra, llevo una semana deseando que llegara esta noche. Creo que puedes imaginar mi respuesta.

Sonreí y volví a acomodarme a su lado. Poco a poco, el cansancio terminó imponiéndose. Dante apagó la lámpara y me atrajo hacia él, acomodando la almohada para que pudiera descansar mejor.

—Buenas noches, preciosa.

—Buenas noches.

Me besó suavemente y cerré los ojos, disfrutando de la sensación de volver a dormirme abrazada a alguien.

Durante los últimos años había aprendido a estar sola, a organizar mis días sin contar con un hombre y a encontrar felicidad en las pequeñas cosas.

Sin embargo, aquella noche descubrí cuánto había echado de menos algunos gestos sencillos: una mano que buscaba la mía, una conversación antes de dormir y el calor de otro cuerpo junto al mío.

No sabía qué nos depararía el futuro ni cómo evolucionaría nuestra relación, pero me apetecía descubrirlo.

Me desperté de madrugada porque necesitaba beber agua. Dante dormía profundamente a mi lado y la habitación permanecía a oscuras, iluminada apenas por la claridad que se filtraba entre las cortinas.

Me incorporé con cuidado para alcanzar la botella de la mesilla y, mientras bebía, lo escuché murmurar unas palabras.

Al principio pensé que estaba despertándose, pero tenía los ojos cerrados y su respiración conservaba el ritmo pausado del sueño.

—No... —susurró.

Me volví hacia él.

Pronunció varias palabras en italiano que no conseguí comprender. Después movió la cabeza sobre la almohada y habló otra vez, con un tono de súplica que me sorprendió.

—Isabella... per favore ...

Dejé la botella sobre la mesilla. Isabella.

Había pronunciado el nombre con tanta claridad que no cabía duda de lo que había escuchado. Esperé unos segundos, pensando que quizás añadiría alguna otra palabra que me ayudara a comprender, pero se acomodó de nuevo y continuó durmiendo.

Lo observé, desconcertada por aquella expresión de angustia que había aparecido en su rostro. No sabía quién era Isabella ni qué lugar ocupaba en su vida.

Me acosté de nuevo y, cuando notó mi movimiento, me rodeó la cintura y me acercó a él sin despertarse. Su mano descansó sobre mi espalda y, poco después, volvió a respirar con tranquilidad.

Permanecí despierta durante un rato, recordando los momentos que habíamos compartido aquella noche y preguntándome por qué aquel nombre había surgido acompañado de tanta inquietud.

No quería sacar conclusiones precipitadas. Dante tenía cuarenta años, una vida anterior a nuestro encuentro y recuerdos que yo todavía desconocía. También yo guardaba una historia que él apenas empezaba a conocer.

Aun así, cuando finalmente cerré los ojos, una pregunta continuaba rondándome la cabeza.

¿Quién era Isabella y por qué Dante parecía sufrir tanto al recordarla?