Lo nuestro no venía en el contrato Capítulo 17
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Capítulo 17

Regresamos a San Sebastián con tres maletas más llenas que a la ida, cientos de fotografías y una noticia que todavía me costaba creer.

Durante el trayecto desde Bilbao, Carmina repasó por tercera vez las condiciones de mi futura colaboración con Valdieri Milano, mientras Adrián seleccionaba las imágenes del desfile que publicaríamos en nuestras redes sociales.

Yo apenas participé en sus conversaciones, entretenida con los mensajes que Dante me había enviado desde nuestra despedida.

Los días siguientes transcurrieron entre el trabajo en la boutique, las llamadas con su equipo y los preparativos de una campaña que empezaba a adquirir una dimensión real.

Un abogado revisó el contrato, le pareció perfecto y terminamos estableciendo las condiciones definitivas de los seis meses de colaboración.

Ernesto, por su parte, recibió con alivio la noticia de que pronto podríamos disponer del dinero necesario para afrontar la deuda pendiente, aunque nos recordó que debíamos respetar los plazos y trámites establecidos por Hacienda.

La actividad en la tienda también había aumentado gracias a los vídeos del desfile.

Adrián publicó una selección de imágenes en las que yo aparecía luciendo el outfi t con el que desfilé y, durante varios días, recibimos mensajes de mujeres interesadas en saber cuándo podrían comprarlo.

Carmina estaba tan entusiasmada que comenzó a reorganizar los escaparates antes de que tuviéramos una fecha definitiva para recibir las primeras prendas.

Una semana después de nuestro regreso, cuando acabábamos de cerrar la boutique, recibí una llamada de Dante.

—Buenas noches, Kyra. ¿Te pillo en mal momento?

Su voz me produjo una alegría inmediata.

—En absoluto. Estamos terminando de recoger. ¿Cómo estás?

—Bien, aunque llevo una semana bastante complicada. Precisamente por eso quería llamarte: mañana llego a San Sebastián con parte de mi equipo.

Dejé sobre el mostrador la caja que estaba preparando.

—¿Mañana?

—Tenemos previstas varias reuniones para organizar la campaña y visitar algunas localizaciones. Me habría gustado avisarte antes, pero hasta esta tarde no hemos confirmado todos los desplazamientos.

—No te preocupes. ¿A qué hora llegaréis?

—A media mañana. Giulia se pondrá en contacto con Adrián para coordinar las reuniones. Pero hay algo que prefiero preguntarte personalmente.

Esperé, intrigada.

—¿Te gustaría cenar conmigo mañana por la noche? Los dos solos.

Miré hacia el fondo de la tienda, donde Carmina discutía con Adrián sobre la colocación de unos maniquíes.

—Me encantaría.

—Entonces pasaré a recogerte por la boutique a las nueve. Tengo muchas ganas de verte.

—Yo también, Dante.

Cuando colgué, permanecí unos segundos con el teléfono en la mano, intentando asimilar que volvería a verlo al día siguiente.

—¿Era Dantito? —me preguntó Carmina desde el escaparate.

Asentí.

—Llega mañana con su equipo. Y me ha invitado a cenar.

Adrián abandonó inmediatamente el maniquí que estaba colocando.

—¿Mañana? ¿Otro de sus asaltos? —bromeó.

—Acaba de confirmarlo.

—Perfecto. ¿Y tú por qué tienes esa cara?

—Porque estoy nerviosa.

Carmina se acercó y me tomó del brazo.

—Pues no tienes ningún motivo, cariño. Ya has cenado con él, has desfilado para su empresa y has aceptado trabajar en su campaña. No entiendo por qué ahora te preocupas tanto.

—Porque esta vez es diferente.

Mi primo sonrió.

—Claro que es diferente. Esta vez no estaremos nosotros vigilando desde la mesa de al lado.

—Precisamente.

—Kyra, le gustas —me aseguró—. Y a ti te gusta él. No hace falta organizar una conferencia para comprenderlo.

Carmina asintió, satisfecha.

—Además, tienes un armario lleno de vestidos preciosos. Lo único que debes hacer es elegir uno y disfrutar de la noche.

Aquella recomendación parecía sencilla, pero durante las horas siguientes descubrí que era incapaz de pensar en otra cosa.

A la mañana siguiente llegué a la boutique antes de lo habitual. Revisé los pedidos pendientes, preparé varias prendas para un directo y comprobé el correo de la empresa, aunque tuve que leer algunos mensajes dos veces porque mi atención se desviaba continuamente hacia el teléfono.

Dante me escribió poco después del mediodía para avisarme de que ya estaba en San Sebastián. Tenía reuniones hasta última hora de la tarde y esperaba que no me importara que nos viéramos directamente a las nueve.

Le respondí que no había ningún problema.

A las ocho, cuando terminamos de atender a la última clienta, Carmina decidió que necesitaba supervisar personalmente mi aspecto antes de marcharse.

—Ese vestido te sienta estupendamente —comentó, examinando el conjunto azul oscuro que había elegido—. Y no te pongas más maquillaje. Estás preciosa así.

Adrián apareció con las llaves de la tienda.

—¿Podemos dejar de prepararla para una audiencia con el rey? Va a cenar con un hombre que lleva semanas buscando excusas para verla.

—No lleva semanas —le recordé.

—Pues imagínate lo eficaz que está siendo.

Carmina me dio un beso y recogió su bolso.

—Nos vamos a casa. Disfruta de la cena y no te preocupes por la hora. Mañana quiero que Dante venga a conocer a Don Vito, que ya va siendo hora.

—Se lo diré.

—Y no hace falta que nos cuentes nada que no quieras contarnos —añadió Adrián con una sonrisa—. Aunque agradeceríamos una descripción razonablemente detallada.

Los acompañé hasta la puerta y, cuando se marcharon, regresé al interior para comprobar por última vez que todo estuviera recogido.

Dante llegó cinco minutos antes de las nueve.

Lo vi detenerse frente al escaparate y observar durante unos segundos el conjunto que habíamos colocado aquella mañana. Después entró, vestido con un traje de corte impecable y una camisa blanca abierta en el cuello.

—Buenas noches, Kyra.

Su sonrisa terminó de desbaratar la serenidad que llevaba toda la tarde intentando conservar.

—Hola, Dante. Has llegado pronto.

—Tenía ganas de verte.

Se acercó y me besó en ambas mejillas, aunque al apartarse conservó una mano sobre mi cintura durante un instante.

—Estás preciosa.

—Gracias. Tú también estás muy guapo.

Recorrió con la vista el interior de la boutique y se interesó por las novedades que habíamos introducido desde nuestro viaje.

Le mostré el escaparate, algunas fotografías del desfile y la zona desde la que realizábamos los directos.

Escuchó mis explicaciones con interés, pero cuando terminamos volvió a acercarse.

—¿Nos vamos? He reservado mesa.

Cogí el bolso y apagué las últimas luces.

—Por cierto, Carmina quiere que mañana vengas a casa para que entres en relaciones con Don Vito.

Dante soltó una carcajada.

—Empiezo a pensar que vuestra familia no me aceptará hasta que ese perro dé su aprobación.

—Probablemente tengas razón.

—Entonces mañana iré a presentar mis respetos.

Había elegido un restaurante pequeño y elegante, situado en una calle tranquila del centro. Nos acomodaron en un comedor decorado con fotografías antiguas de San Sebastián y muebles de madera clara, donde varias parejas conversaban mientras los camareros terminaban de servir las cenas.

Dante me contó que había pasado buena parte del día reunido con su equipo y que las primeras sesiones fotográficas podrían organizarse antes de lo previsto.

Habían visitado algunas localizaciones y estaban estudiando la posibilidad de combinar interiores con escenarios exteriores de la costa guipuzcoana.

—Quiero que la campaña tenga una identidad española, pero también que conserve algo de tu mundo —me explicó—. Por eso me interesa trabajar aquí.

—Me gusta la idea. Además, será mucho más fácil compaginarlo con la boutique.

—Esa es la intención.

La conversación derivó hacia nuestros respectivos días.

Le conté las ocurrencias de Carmina, los últimos vídeos de Adrián y la enorme cantidad de mensajes que habíamos recibido desde el desfile.

Dante se rio cuando le expliqué que Don Vito había conseguido aparecer en una videollamada con una de nuestras proveedoras y que, durante varios minutos, nadie había prestado atención a las prendas que intentábamos enseñar.

—Mañana espero comprobar personalmente si es tan irresistible.

—Te advierto que Carmina le ha contado que vienes.

—Entonces procuraré estar a la altura de las expectativas.

Cuando terminamos el primer plato, Dante me preguntó si estaba contenta con el rumbo que estaba tomando mi vida profesional.

—Muchísimo. Aunque todavía tengo momentos en los que me parece que todo esto le está ocurriendo a otra persona.

—Pues tendrás que acostumbrarte. Acabamos de empezar.

Sonreí, agradecida por su confianza.

—Hay algo que quería preguntarte —añadí después de unos segundos—. ¿Sigues convencido de que soy la mejor opción?

—Si colocaras tu mano en mi pecho, obtendrías la respuesta.

Agradecí que el camarero apareciera en aquel momento para retirar nuestros platos, porque necesitaba unos segundos para recuperarme de aquella confesión.

Durante el postre desvié la conversación adrede. Hablamos de viajes, de nuestras familias y de las cosas que nos gustaba hacer cuando disponíamos de tiempo libre.

Dante me contó que disfrutaba navegando y que procuraba pasar algunos días de verano en la costa, le daba igual en qué parte del mundo.

Yo le hablé de mis paseos por San Sebastián, de las tardes de lectura y de lo mucho que había cambiado mi vida desde que Adrián comenzó a encargarse de nuestras redes sociales.

Al terminar, nuestro anfitrión consultó la hora.

—¿Te apetece que tomemos una última copa en el hotel? Está bastante cerca.

Acepté sin pensarlo demasiado. Había disfrutado tanto de su compañía que todavía no quería despedirme.

Salimos del restaurante y caminamos unos minutos hasta el coche que nos esperaba. Durante el trayecto hablamos de la reunión prevista para la mañana siguiente, aunque la conversación fue perdiendo importancia a medida que nos acercábamos al hotel.

Cuando llegamos, Dante me acompañó hasta el ascensor.

Ambos sabíamos muy bien por qué su hotel era el lugar elegido para esa última copa.

Como suele decirse, me lie la manta a la cabeza.

Lo cierto era que aún no nos habíamos besado, pero tampoco yo podía esperar mucho más para derretirme entre sus brazos.

Habíamos cruzado el vestíbulo y estábamos esperando cuando advertí que parecía debatirse entre dos decisiones. Miró hacia el salón donde se encontraba el bar y después volvió a observarme.

—Kyra, si prefieres que te lleve a casa, podemos hacerlo. No quiero que te sientas comprometida por haber aceptado venir.

Comprendí que me estaba ofreciendo una salida antes de que aquella noche avanzara hacia algo que ambos deseábamos.

—Quiero quedarme contigo —le respondí.

Su expresión cambió y me acarició la mejilla con los dedos.

—¿Estás segura?

Asentí.

—Mucho.

Subimos a su habitación sin volver a mencionar el bar. Durante el trayecto en el ascensor apenas intercambiamos unas palabras, aunque Dante mantuvo mi mano entre las suyas y me dedicó una sonrisa que aumentó mi impaciencia.

Cuando entramos, dejó la tarjeta sobre una mesa y se volvió hacia mí.

—Llevo días queriendo hacer esto.

Se acercó despacio, dándome tiempo para responder, y me besó.

Al principio fue un beso suave, casi una pregunta, pero enseguida lo correspondí y aquella prudencia desapareció.

Rodeé su cuello con los brazos mientras él me atraía hacia sí, y descubrí que el hombre que había conocido en las reuniones y las cenas podía ser extraordinariamente apasionado cuando dejaba de preocuparse por mantener las distancias.

Me besó de nuevo, con una intensidad que me hizo olvidar todos los nervios de la tarde. Sus manos recorrieron mi espalda y se detuvieron en mi cintura mientras yo deslizaba los dedos por su cabello.

—No sabes cuánto he deseado besarte —me confesó junto al oído.

—Podrías haberlo hecho en Milán.

Dante soltó una risa breve.

—Lo sé. Estuve a punto.

—Dos veces.

—Las recuerdo perfectamente.

Volvió a besarme y aquella conversación quedó interrumpida por una sucesión de caricias que terminó de borrar cualquier reserva entre nosotros.

Cuando nos separamos para respirar, me sostuvo el rostro entre las manos.

—Kyra, quiero que sepas que esto no tiene nada que ver con tu contrato ni con nuestra colaboración profesional.

—Lo sé, Dante.

—No quiero que mañana tengas ninguna duda.

Le acaricié la mejilla.

—Estoy aquí porque quiero estar contigo.