Capítulo 16
A las siete y media de la mañana ya estaba vestida y llevaba casi una hora intentando decidir cómo contarle a Carmina lo que había sucedido durante la cena.
La noche anterior había leído tres veces la propuesta de Dante, deteniéndome en las cifras, las condiciones de colaboración y el calendario previsto para la campaña española.
Incluso había utilizado la calculadora del teléfono para comprobar cuánto dinero podría quedarme después de reservar una cantidad prudente para impuestos.
El resultado seguía pareciéndome extraordinario, aunque lo que más me ilusionaba era imaginar la expresión de Carmina cuando descubriera que nuestros problemas económicos podían estar a punto de terminar.
Cogí la carpeta, salí al pasillo y llamé a su habitación. Tardó unos segundos en abrirme y apareció envuelta en una bata de seda color champán, con el cabello recogido y una taza de café en la mano.
—¡Kyra! ¡Qué madrugadora! ¿Has dormido bien?
—Regular. ¿Puedo pasar?
—¡Por supuesto! ¡Entra, que estaba terminando de arreglarme!
Su habitación presentaba el aspecto habitual de cualquier estancia ocupada por Carmina: varios conjuntos extendidos sobre la cama, un neceser abierto en el baño y tres pares de zapatos entre los que todavía no había conseguido decidirse.
Y eso que solo debíamos desayunar y tomar el vuelo de regreso a casa.
Dejé la carpeta sobre una mesa y me senté frente a ella.
—Tengo que contarte una cosa.
Carmina depositó la taza sobre el platillo y me examinó con enorme interés.
—¿Qué ha pasado? ¿Te ha besado?
—¡Carmina!
—¡Bueno, hija, pregunto! ¡Que anoche os dejé solos por una buena causa!
Solté una carcajada.
—O sea, que reconoces que no estabas enferma.
—¡Hombre, tampoco me encontraba para correr una maratón! Pero cuéntame lo importante. ¿Qué pasó con Dante?
—Pues que me ha hecho una propuesta de trabajo.
La decepción que apareció en su rostro me hizo reír todavía más.
—¿De trabajo? ¡Con la ocasión tan bonita que tenía para hablar de amor!
—¿Quieres escucharme?
—¡Claro que sí! ¡Pero no me tengas en ascuas!
Abrí la carpeta y le expliqué que Dante quería convertirme en la imagen de la nueva colección femenina de Valdieri Milano para España.
Le hablé de las sesiones fotográficas, los vídeos publicitarios, las presentaciones y los seis meses de colaboración previstos, mientras ella me escuchaba con una atención que aumentaba a medida que comprendía la importancia del proyecto.
—¿Y quiere que seas tú quien aparezca en todas esas fotografías? —me preguntó, sorprendida.
—Eso me dijo. Sería una campaña protagonizada por una mujer que no es modelo profesional. Quiere transmitir una imagen cercana, aunque seguirían trabajando con sus modelos habituales.
—¡Pero qué idea tan maravillosa! ¡Y qué bien ha sabido elegir!
—Espera, que todavía no te he contado lo mejor.
Busqué la página donde aparecían las condiciones económicas y se la entregué.
Carmina se colocó las gafas que tenía junto a la taza y comenzó a leer. Al principio frunció el ceño, concentrada en las cantidades, pero enseguida levantó la cabeza para comprobar que había entendido correctamente.
—Kyra, hija, ¿esto es lo que van a pagarte?
Asentí.
—Es una propuesta inicial. Tendrían que preparar el contrato definitivo y revisar algunas cuestiones, pero Dante me aseguró que esas serían las condiciones de partida.
Volvió a examinar el documento y se llevó una mano a la boca.
—¡Ay, Dios mío!
—Con una parte de ese dinero podríamos terminar de pagar lo que queda de Hacienda. Y todavía me sobraría una cantidad estupenda.
Carmina dejó las hojas sobre la mesa y empezó a llorar.
—¡Hija mía, qué alegría más grande!
Me acerqué para abrazarla, emocionada también por su reacción. Durante semanas habíamos convivido con aquella deuda que amenazaba la estabilidad de la boutique, haciendo cuentas, aplazando compras y buscando soluciones que nos permitieran seguir adelante.
Verla emocionada y aliviada me recordó hasta qué punto la situación la había preocupado, aunque procurara disimularlo con su entusiasmo habitual.
—¡Pero no llores, mujer! —le pedí mientras le acariciaba la espalda—. ¡Que todavía no he firmado nada!
—¡Pues ya estás tardando! —exclamó, apartándose para buscar un pañuelo—. ¡Ni se te ocurra renunciar a semejante oportunidad!
—Quería hablarlo contigo antes de decidirme.
—¡Pues ya hemos hablado! ¡Aceptas y punto!
Me reí al verla recuperar su carácter.
—¿Y no quieres saber si me apetece hacerlo?
—¡Claro que quiero saberlo! ¡Pero si no te apetece, ya me encargaré de convencerte!
—Eso me suena bastante.
—¡Es que tienes una suerte extraordinaria! Te ofrecen un trabajo precioso, bien pagado, sin necesidad de abandonar San Sebastián y encima de la mano de un hombre que parece sacado de una revista.
—Lo de Dante no tiene nada que ver con el contrato.
Carmina me dedicó una sonrisa de absoluta incredulidad.
—¡Por supuesto que no, cariño! ¡Y yo estoy pensando en hacerme monja!
Nos echamos a reír y aproveché para contarle cómo había terminado la noche, incluido aquel momento frente al hotel en el que estuve convencida de que Dante iba a besarme.
—¡Cielos! —exclamó, llevándose una mano al pecho—. ¡Y no te besó!
—No.
—¡Qué hombre más considerado! ¡Aunque también podría haber sido considerado después del beso!
—¡Carmina, por favor!
—¡Bueno, una tiene derecho a opinar!
En aquel momento llamaron a la puerta. Se levantó para abrir y apareció Adrián, impecablemente vestido, con el teléfono en una mano y una gran sonrisa en el rostro.
Al descubrir los ojos enrojecidos de su tía, dejó de sonreír.
—¡Tía! ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás llorando? ¡No me digas que Ricardo te ha dejado!
Carmina lo miró indignada.
—¡Qué tonterías dices! ¡Para dejarme primero tendría que conseguir que lo aceptara!
Adrián soltó una carcajada, aunque enseguida se volvió hacia mí.
—Prima, ¿qué ha pasado?
—Ven, que tenemos algo que contarte.
Mi primo dejó la bolsa sobre la mesa y se acomodó a nuestro lado. Carmina, que ya había recuperado su entusiasmo, no me permitió comenzar.
—Resulta que Dante quiere contratar a Kyra para que sea la imagen de su nueva colección en España.
Adrián abrió mucho los ojos.
—¿Cómo?
Le expliqué la propuesta y le mostré las condiciones económicas. A medida que avanzaba en la lectura, su expresión fue transformándose hasta que terminó levantándose de un salto.
—¡Prima, esto es una barbaridad! ¡Pero una barbaridad maravillosa!
—Todavía me da un poco de vértigo.
—¿De vértigo? —repitió, incrédulo—. Cariño, si te han ofrecido el trabajo que cualquier creadora de contenido soñaría conseguir.
—¡Eso mismo le estoy diciendo yo! —intervino Carmina.
—Pero es que yo no soy una creadora de contenido.
—Ahora ya sí, ¿o es que la visión de un tío tan bueno como Dante te ha dejado amnésica?
Adrián comenzó a pasearse por la habitación, enumerando las posibilidades que se abrirían para nuestra boutique. Habló de las campañas, de los directos conjuntos, del crecimiento de nuestra comunidad y de la oportunidad de asociar nuestro negocio con una firma internacional.
—Y lo mejor es que no tendrías que convertirte en alguien diferente —añadió cuando volvió a sentarse—. Precisamente te quieren por lo que ya haces. Eso es lo que llevamos meses intentando demostrarte.
Carmina me tomó una mano.
—Escúchame, cariño. Lo de Hacienda es responsabilidad mía. Si aceptas ese trabajo, quiero que lo hagas por ti, porque te ilusione y porque te permita construir algo bonito. No quiero que pienses que tienes que ganar dinero para solucionar mis problemas.
—Pero vivimos juntas, trabajamos juntas y la boutique también es mi casa. Si puedo ayudar, quiero hacerlo.
—¡Bueno! —murmuró, emocionándose otra vez—. ¡Vas a conseguir que me pase todo el desayuno llorando!
Adrián le ofreció una servilleta de la bolsa.
—Tía, iré corriendo a por una caja de pañuelos antes de que se te corra el rímel y huela a tragedia.
—¡Pues ya estás tardando!
Aquella ocurrencia terminó de desatar nuestras risas.
Hablamos de los preparativos que necesitaría la campaña y de cómo podríamos organizar el trabajo en San Sebastián.
Adrián se ofreció a revisar conmigo las cuestiones relacionadas con las redes sociales, aunque insistió en que el contrato debía examinarlo un profesional antes de firmarlo.
—Eso por supuesto —le aseguré—. Dante también me dijo que me tomara el tiempo necesario.
—Pues tiempo para revisar el contrato, todo el que quieras. Para decidir si te apetece, creo que ya lo tienes bastante claro.
Lo observé unos segundos y terminé asintiendo.
—Sí. Me apetece muchísimo. Aunque me siga dando….
Carmina levantó los brazos.
—¡Pues asunto resuelto! Nada de vértigos de esos. Y ahora vamos a desayunar, que tengo que abrazar a Dantito. Se lo merece.
Cuando bajamos al restaurante del hotel, Dante todavía no había llegado. Elegimos una mesa amplia y pedimos café mientras Adrián consultaba los horarios del vuelo y Carmina enviaba un mensaje a Lucía para preguntarle por Don Vito.
Nuestro avión saldría de Milán un rato después y teníamos previsto abandonar el hotel después del desayuno, con tiempo suficiente para llegar al aeropuerto.
Dante apareció unos minutos más tarde, vestido con un traje azul marino y una camisa clara. Llevaba el teléfono en la mano y conversaba brevemente con uno de los empleados cuando Carmina lo descubrió.
—¡Dantito, cariño! ¡Ven aquí, que tengo que darte un abrazo!
Nuestro anfitrión se acercó sonriente, aunque su expresión cambió al advertir que tenía los ojos todavía algo enrojecidos.
—Carmina, ¿te encuentras mejor? Espero que hayas descansado.
—¡Muchísimo mejor, hijo! ¡Y ahora estoy en la gloria!
Lo abrazó con tanto entusiasmo que Dante terminó riéndose.
—Me alegra comprobarlo.
Adrián se levantó para saludarlo y aprovechó para felicitarlo por el desfile. Después comenzaron a hablar de las fotografías y de la repercusión que estaba teniendo la presentación en las redes sociales, mientras Carmina insistía en que necesitábamos organizar cuanto antes una campaña conjunta.