Capítulo 15
Cuando abandonamos el edificio donde se había celebrado el desfile, yo seguía sin creerme lo que acababa de vivir.
Adrián llevaba casi media hora reproduciendo los vídeos que había grabado y Carmina se había empeñado en enseñarle mis fotografías a todo el que se cruzaba con nosotros.
Dante, que nos acompañaba hasta la salida, parecía disfrutar tanto como ellos de mi desconcierto y no dejaba de sonreír cada vez que alguno recordaba mi expresión al descubrir que tendría que subir a la pasarela.
—¡Qué tarde tan inolvidable! —exclamó Carmina mientras guardaba el teléfono en el bolso—. ¡Estoy deseando contárselo a todo el mundo!
—Por favor, espera al menos a que lleguemos a San Sebastián —le supliqué.
—Demasiado tarde, prima —intervino Adrián—. Ya he enviado un adelanto a medio mundo.
—¡Adrián!
—Tranquila, cariño, que he seleccionado uno en el que estás espectacular.
Dante soltó una carcajada y, antes de que pudiera reprender de nuevo a mi primo, nos preguntó si teníamos planes para aquella noche.
—Me gustaría invitaros a cenar para celebrar el éxito del desfile. Conozco un restaurante que creo que os encantará.
Carmina, que hasta ese momento parecía dispuesta a prolongar la celebración durante varios días, se llevó una mano al estómago y adoptó una expresión preocupada.
—¡Qué pena me da! Pero creo que esta noche no voy a poder acompañaros.
Los tres nos volvimos hacia ella.
—¿Te encuentras mal? —le pregunté.
—Un poquito indispuesta, hija. Debe de haberme sentado mal algo del almuerzo. Llevo un rato con el estómago revuelto y creo que lo mejor será regresar al hotel.
La observé con atención. Había pasado toda la tarde dando saltitos de entusiasmo, abrazándome y haciendo fotografías, pero ahora parecía haber perdido las fuerzas de repente. Conocía demasiado bien a Carmina para no advertir que su expresión de sufrimiento tenía bastante de representación teatral.
Adrián, que tampoco parecía especialmente preocupado, reaccionó con una rapidez sospechosa.
—Pues yo me voy contigo, tía. No quiero dejarte sola por si necesitas algo.
—¡Qué considerado eres!
Mi primo me dirigió una mirada fugaz y tuve la certeza de que ambos se habían puesto de acuerdo. Carmina podía ser la mujer más generosa del mundo, pero también era extraordinariamente cuca cuando se proponía conseguir algo.
—Entonces nos vamos los tres al hotel —resolví—. Ya cenaremos allí.
—¡De ninguna manera! —protestó Carmina, recuperando por un instante toda su energía—. ¡Tú te vas a cenar con Dante!
—Pero si no te encuentras bien...
—¡Tengo a mi sobrino para cuidarme! ¡Y tampoco estoy muriéndome, hija! ¡Un poquito de malestar y nada más!
Adrián asintió con tal solemnidad que me entraron ganas de darle un codazo.
—No te preocupes, prima. Yo me encargo de mi tía.
Miré a Dante, esperando que comprendiera lo embarazosa que resultaba aquella situación. Sin embargo, nuestro anfitrión parecía perfectamente cómodo.
—Por mi parte, estaré encantado de cenar contigo, Kyra —respondió—. Aunque, Carmina, si necesitas cualquier cosa, no dudes en avisarme.
—¡Qué encanto eres, Dantito! ¡Pero no te preocupes por mí!
Al despedirse, me dio dos besos y aprovechó para susurrarme al oído:
—¡Disfruta, hija, que te lo mereces!
Adrián se limitó a guiñarme un ojo antes de acompañarla hasta el vehículo que los llevaría al hotel.
Los observé alejarse y después me volví hacia Dante.
—Creo que acaban de tomarnos el pelo.
Él se rio.
—¿Tú también lo has pensado?
—Conozco a Carmina. Cuando está verdaderamente enferma, no tiene fuerzas para organizar nada. Y acaba de organizar nuestra cena en menos de dos minutos.
—Entonces tendremos que procurar que su esfuerzo haya merecido la pena.
Dante había reservado una mesa en un restaurante situado en la última planta de un elegante edificio del centro.
Desde la terraza acristalada se contemplaban los tejados de Milán, las cúpulas iluminadas y algunas de las torres modernas que se alzaban a lo lejos.
El comedor tenía una decoración refinada, con tonos cálidos, flores frescas y una música instrumental que permitía conversar sin necesidad de elevar la voz.
El maître nos acompañó hasta la mesa y Dante me ayudó a acomodarme antes de sentarse frente a mí.
—Espero que no te incomode que hayamos terminado cenando solos —comentó mientras nos entregaban las cartas.
—No, por supuesto. Aunque sigo pensando que Carmina y Adrián son unos tramposos.
—Puede que simplemente crean que nos llevamos bien.
—Eso seguro. Y Carmina, cuando cree algo, no suele conformarse con observarlo.
Dante sonrió y me preguntó si quería tomar algo antes de elegir la cena. Pedimos una copa de vino y nos dejamos aconsejar por las especialidades de temporada.
Durante los primeros minutos hablamos del desfile. Le confesé que todavía me sorprendía haber aceptado participar y él me contó que Francesca llevaba varios días insistiendo en que yo era la persona perfecta para presentar aquel conjunto.
—Cuando incorporamos tus sugerencias al diseño, se nos ocurrió que sería bonito que fueras tú quien lo mostrara —me explicó—. Aunque reconozco que no estaba seguro de que aceptaras.
—¡Pues casi no acepto! Si me hubieras avisado ayer, habría pasado toda la noche sin dormir.
—Por eso preferimos que lo descubrieras allí.
—¡Menuda estrategia! —protesté, divertida—. Me habéis dejado sin tiempo para inventarme una excusa.
—Y has terminado disfrutándolo.
—Muchísimo —reconocí—. Ha sido una de las experiencias más bonitas de mi vida.
Dante levantó su copa.
—Entonces brindemos por eso. Y por todas las cosas que todavía te quedan por descubrir.
Chocamos suavemente las copas y bebí un sorbo de vino mientras contemplaba las luces de la ciudad. Me sentía extraordinariamente cómoda con él, algo que habría considerado imposible apenas unos días atrás.
La cena comenzó con una conversación sobre nuestros respectivos trabajos. Dante me preguntó cómo había llegado a la boutique de Carmina y le conté nuestra historia, incluido el tema de Álvaro.
Me escuchó con atención y delicadeza, dejándome decidir cuánto quería contarle.
—Carmina ha sido mi familia desde entonces —le expliqué—. En realidad, ya lo era antes, pero después de lo de Álvaro nos apoyamos muchísimo la una en la otra.
—Debéis de tener una relación muy especial.
—La tenemos. A veces discutimos por tonterías, pero no imagino mi vida sin ella.
Dante me escuchó con atención.
—Se nota que os queréis. Y también que Adrián forma parte de ese pequeño equipo.
—Adrián es maravilloso. Aunque no pienso decírselo porque se volvería insoportable.
Nos reímos y la conversación continuó por asuntos más ligeros. Me habló de sus hermanas, de las reuniones familiares que tanto disfrutaba y de lo difícil que le resultaba encontrar tiempo para sí mismo.
Cuando terminaron de servirnos el plato principal, Dante dejó los cubiertos y me observó con una expresión distinta, más seria.
—Kyra, hay algo que llevo tiempo queriendo proponerte.
—¿Relacionado con la boutique?
—En parte. Pero, sobre todo, relacionado contigo.
Lo miré con curiosidad.
—Te escucho.
—Cuando descubrí vuestros directos, me llamó la atención la forma en que presentabas las prendas. No utilizabas discursos preparados ni intentabas parecerte a nadie. Hablabas con naturalidad, explicabas cómo sentaba cada diseño y conseguías que las mujeres confiaran en tus recomendaciones.
—Bueno, eso es porque conozco a nuestras clientas.
—Y porque tienes algo que no se aprende fácilmente. Transmites cercanía, elegancia y credibilidad.
Bajé la mirada hacia mi copa, un poco avergonzada por tantos elogios.
—Dante, vas a conseguir que me ponga colorada.
—Entonces procuraré explicarme antes de que eso ocurra.
Sonrió, pero enseguida recuperó su tono profesional.
—Queremos lanzar la nueva colección en España con una campaña diferente.
No buscamos únicamente modelos profesionales.
Queremos que las mujeres puedan identificarse con quienes presentan nuestras prendas, que vean cuerpos reales, rostros cercanos y una belleza que no dependa de cumplir determinados cánones.
Asentí, recordando la presentación de aquella tarde.
—Me parece una idea estupenda.
—Y quiero que tú seas la protagonista de esa campaña.
Me quedé mirándolo.
—¿Yo?
—Tú.
—¿La protagonista de qué campaña?
—De la campaña española de Valdieri Milano. Quiero que seas la imagen de nuestra nueva colección femenina: su rostro y su figura en las fotografías promocionales, los vídeos, los catálogos y las presentaciones que organicemos en España.
Durante unos segundos fui incapaz de responder.
—Pero... Dante, eso no puede ser.
—¿Por qué no?
—¡Porque yo no soy modelo!
—Ya lo sé.
—¡Y tengo treinta y dos años!
—Una edad estupenda.
—¡Y no tengo ninguna experiencia!
—Esta tarde has desfilado delante de cientos de personas.
—¡Porque me habéis tendido una trampa!
Dante comenzó a reírse.
—Una trampa que ha funcionado bastante bien.
Negué con la cabeza, convencida de que estaba exagerando.
—Hablas de fotografías profesionales, publicidad, catálogos... ¡Eso lo hacen mujeres que llevan años preparándose!
—Y seguirán haciéndolo. No pretendemos sustituir a nuestras modelos profesionales, Kyra. Queremos incorporar una imagen diferente para una línea dirigida a mujeres que trabajan, compran, salen con sus amigas y desean sentirse guapas con la ropa que llevan. Tú representas muy bien esa idea.
—Pero hay miles de mujeres que podrían hacerlo.
—Seguramente. Yo quiero trabajar contigo.
Aquella afirmación me dejó sin argumentos. Dante extendió una mano sobre la mesa y la apoyó suavemente sobre la mía.
—Escúchame. No te estoy proponiendo que abandones tu vida ni que te traslades a Milán. La campaña se desarrollaría en España. Organizaríamos las sesiones fotográficas y las grabaciones con suficiente antelación, procurando que pudieras compaginarlas con tu trabajo en la boutique.
Lo miré, todavía desconcertada.
—¿Todo sería en España?