Capítulo 14
La mañana de nuestro tercer día en Milán comenzó con un desayuno tranquilo en el hotel y una propuesta de Adrián que Carmina aceptó antes de escucharla entera: salir a pasear sin horarios, entrar en las tiendas que nos apetecieran y aprovechar aquellas últimas horas de libertad antes del desfile.
El sol iluminaba las fachadas de los edificios y las terrazas empezaban a llenarse de gente cuando abandonamos el hotel, dispuestos a disfrutar de una ciudad que, después de dos días, comenzaba a resultarnos familiar.
Recorrimos varias calles del centro, compramos algunos recuerdos y nos detuvimos en una pequeña tienda de productos gastronómicos donde Carmina decidió adquirir aceite de oliva italiano, chocolates y una caja de galletas para Lucía y sus hijos.
Adrián encontró una librería de fotografía que lo mantuvo entretenido durante casi media hora, mientras yo aprovechaba para curiosear entre los escaparates de las boutiques.
Almorzamos temprano en una cafetería y regresamos al hotel poco después de las dos, porque un coche de Valdieri Milano pasaría a recogernos a las cuatro.
Carmina llevaba desde el desayuno hablando del desfile. Había elegido un vestido azul noche que reservaba para las ocasiones especiales y estaba convencida de que nos encontraríamos con algunas de las mujeres más elegantes de Italia.
Adrián, por su parte, había decidido estrenar la chaqueta azul eléctrico que compró la tarde anterior y no dejaba de preguntarme si conseguiría fotografiar a algún diseñador famoso.
Yo estaba bastante más tranquila. Me había puesto un vestido color rosa maquillaje, sencillo y favorecedor, con unos zapatos de tacón de aguja. Tenía muchas ganas de ver la colección terminada y descubrir cómo aquellas prendas que habíamos examinado en las oficinas cobraban vida sobre una pasarela.
A las cuatro en punto nos reunimos en el vestíbulo, donde el chófer nos esperaba junto a la entrada.
—¡Qué emoción! —exclamó Carmina mientras nos acomodábamos en el coche—. ¡Mi primer desfile importante en Milán!
—Tía, compórtate —le pidió Adrián—. No quiero verte levantándote para tocar las telas cuando pasen las modelos.
—¡Que sé estar perfectamente en cualquier sitio!
—Lo sé. Por eso ayer intentaste regatear en una tienda donde los precios estaban grabados en placas de mármol.
Me reí durante buena parte del trayecto, sin sospechar que aquella tarde sería yo quien terminaría dando motivos para que ambos se divirtieran a mi costa.
El desfile se celebraba en un antiguo edificio industrial rehabilitado, situado en una zona de Milán que no habíamos visitado.
Su fachada de ladrillo contrastaba con las grandes puertas de cristal y los arreglos florales que adornaban la entrada. Había fotógrafos, invitados vestidos con conjuntos extraordinarios y empleados que comprobaban las acreditaciones antes de permitir el acceso.
Una joven del equipo de Dante nos recibió y nos condujo hasta el interior.
El espacio era impresionante: una pasarela blanca atravesaba el salón, flanqueada por varias filas de asientos, mientras enormes pantallas mostraban imágenes de la nueva colección.
La música sonaba suavemente y numerosos asistentes conversaban junto a las mesas donde se servían bebidas.
—¡Madre del amor hermoso! —susurró Carmina—. ¡Esto es todavía mejor de lo que imaginaba!
Adrián ya había sacado el teléfono.
—Necesito grabarlo todo. Mis seguidores van a volverse locos.
Nos acompañaron hasta la primera fila, donde nuestros nombres aparecían escritos sobre pequeñas tarjetas. Me sorprendió encontrar mi asiento justo en el centro, junto al de Dante, aunque supuse que nuestro anfitrión había querido tenernos cerca por cortesía.
Apenas nos habíamos acomodado cuando apareció él, vestido con un traje gris oscuro, camisa blanca y corbata de seda. Saludó a Carmina y Adrián con afecto y después se volvió hacia mí.
—Estás muy guapa, Kyra.
—Gracias. Tú también estás muy elegante.
Su sonrisa se ensanchó.
—Hoy es un día importante para nosotros. Espero que disfrutéis de la presentación.
—¡Ya estamos disfrutando! —intervino Carmina—. ¡Esto es una maravilla, Dantito!
Dante se rio y consultó su reloj.
—Antes de que empiece, quiero enseñaros algo. Hay una parte de la presentación que hemos preparado de una manera un poco diferente.
Nos condujo por un pasillo lateral hasta una sala donde varias mujeres conversaban con miembros del equipo creativo. Algunas parecían nerviosas; otras se reían mientras examinaban las prendas que colgaban de unos percheros.
Francesca nos recibió con una sonrisa.
—¡Qué alegría volver a veros!
Después de saludarnos, nos explicó que aquella tarde presentarían una pequeña selección de prendas sobre mujeres que no se dedicaban profesionalmente al modelaje.
—Hemos invitado a clientas, colaboradoras, influencers y mujeres con profesiones muy diferentes —nos contó—. Queremos demostrar que la colección está pensada para la vida real, no únicamente para las pasarelas.
Me pareció una idea magnífica. Había mujeres de distintas edades, alturas y complexiones, todas ellas acompañadas por profesionales que las ayudaban a prepararse.
—Es precioso —comenté—. Seguro que al público le encanta.
Dante intercambió una mirada con Francesca.
—Me alegra que pienses eso, porque hay algo que todavía no te hemos contado.
Me volví hacia él.
—¿Qué cosa?
Francesca se acercó a uno de los percheros y retiró una funda protectora.
Debajo apareció un conjunto extraordinario: unos pantalones de cintura alta, confeccionados en una tela coral de caída impecable, y una blusa de seda en un tono marfil que se ajustaba delicadamente en la cintura.
Lo completaba una chaqueta larga, ligeramente entallada, con un corte que reconocí de inmediato.
Era una de las prendas sobre las que había opinado durante nuestra primera visita a las oficinas.
—Hemos incorporado algunas de tus sugerencias —me explicó Francesca—. Y nos gustaría que fueras tú quien presentara este conjunto.
La miré sin comprender.
—¿Presentarlo?
—En la pasarela —aclaró Dante.
Durante unos segundos pensé que había escuchado mal.
—¿Cómo que en la pasarela?
—Desfilando con él —respondió Francesca, sonriente.
Sentí que la cara empezaba a arderme.
—¡No! ¡No, no, no! ¡Eso es imposible!
Adrián soltó una carcajada tan sonora que varias personas se volvieron hacia nosotros.
—¡Prima! ¡Pero qué maravilla!
—¡Kyra, qué ilusión! —exclamó Carmina, llevándose las manos al pecho.
Los miré horrorizada.
—¡Vosotros estáis locos! ¡Yo no sé desfilar!
—Ninguna de las mujeres que participan en esta parte es modelo profesional —me recordó Francesca—. Precisamente queremos que se sientan naturales.
—¡Pues yo me siento natural sentada en primera fila!
Dante comenzó a reírse, aunque enseguida adoptó una expresión tranquilizadora.
—Kyra, no tienes ninguna obligación. Queríamos sorprenderte porque nos pareció que sería una experiencia especial para ti, pero si no te apetece, lo entenderemos perfectamente.
—¡Es que me muero de vergüenza!
—¡Pues te mueres guapísima! —intervino Adrián—. ¡Porque ese conjunto es espectacular!
Carmina se acercó y me tomó de las manos.
—¡Escúchame, cariño! ¡Tú puedes hacerlo perfectamente! ¡Mira qué oportunidad tan bonita te están ofreciendo!
—¡Carmina, hay cientos de personas ahí fuera!
—¡Pues que te vean! ¡Que llevas toda la vida escondiéndote detrás de los mostradores!
Aquellas palabras me hicieron sonreír a pesar de los nervios. Adrián aprovechó para rodearme los hombros y comenzar a explicarme que bastaba con caminar hasta el final de la pasarela, detenerme unos segundos y regresar.
—¡Como cuando sales del probador para enseñarnos un vestido! —insistió—. Solo que esta vez habrá un poquito más de público.
—¡Un poquito más! ¡Eres insoportable!
Francesca nos dejó unos minutos para decidirlo y Dante se quedó conmigo mientras Carmina y Adrián examinaban las prendas.
—De verdad, Kyra, no quiero que te sientas presionada —me aseguró—. Pensé en ti porque has participado en el desarrollo de esta colección y porque tienes una manera muy especial de mostrar la ropa.
—Pero una cosa es enseñar un vestido delante de una cámara y otra desfilar delante de toda esa gente.
—Lo sé. Aunque tampoco creíste que serías la mejor haciendo directos, ¿verdad?
Negué con la cabeza.
—La primera vez casi me da algo.
—Y ahora tienes clientas que esperan tus recomendaciones. A veces descubrimos nuestras capacidades cuando nos atrevemos a hacer algo que nos asusta.
Lo observé unos instantes. Había preparado aquella sorpresa con una ilusión evidente y, aunque seguía pareciéndome una auténtica locura, comenzaba a sentir curiosidad por la experiencia.
—¿Y si me tropiezo?
—Te levantas y continúas. Aunque estoy convencido de que no ocurrirá.
—¿Y si me quedo paralizada?
—Entonces habrás hecho todo lo posible por intentarlo. Nadie va a juzgarte.
Respiré profundamente y miré hacia el conjunto que Francesca había preparado.
—¿Puedo probármelo antes de decidir?
Dante sonrió.
—Por supuesto.
Veinte minutos después estaba frente a un espejo de cuerpo entero, vestida con aquel conjunto que parecía confeccionado especialmente para mí.
Los pantalones estilizaron mi figura y la blusa de seda resultaba tan suave que apenas notaba su contacto. La chaqueta completaba un conjunto elegante, moderno y perfectamente adaptable a una mujer que quisiera sentirse atractiva sin renunciar a la comodidad.
Una maquilladora había retocado discretamente mi rostro y una peluquera había recogido mi cabello en un moño bajo, dejando algunos mechones sueltos alrededor de la cara.
Cuando Francesca entró para comprobar el resultado, sonrió satisfecha.
—Estás preciosa. Es exactamente la imagen que buscábamos.
Carmina apareció detrás de ella y se llevó una mano a la boca.
—¡Qué guapísima estás!
Adrián entró a continuación y comenzó a aplaudir.
—¡Señoras y señores, tenemos estrella internacional!
—¡Calla, por favor! —le supliqué, aunque terminé riéndome.