Capítulo 13
La mañana siguiente transcurrió entre reuniones, cifras y conversaciones sobre las posibilidades de introducir la nueva colección de Valdieri Milano en nuestra boutique.
Regresamos a las oficinas a las nueve, donde el equipo comercial nos presentó las condiciones generales de distribución, los márgenes previstos y el calendario de lanzamiento.
Adrián tomó notas, Carmina planteó numerosas preguntas sobre los pedidos mínimos y yo participé en una breve sesión dedicada a las preferencias de las consumidoras españolas.
Dante estuvo con nosotros durante buena parte de la reunión y, antes de despedirnos de sus colaboradores, nos recordó que al día siguiente asistiríamos a la presentación privada de la colección.
A mediodía, cuando empezábamos a preguntarnos dónde podríamos almorzar, anunció que había reservado una mesa para los cuatro y que pensaba dedicarnos toda la tarde.
—Hoy vais a conocer mi Milán —nos prometió mientras abandonábamos el edificio—. Y os advierto que no pienso aceptar quejas hasta que hayamos terminado.
—¡Pues yo estoy encantada! —respondió Carmina—. ¡Sobre todo si empezamos por comer, porque tengo un hambre espantosa!
Dante soltó una carcajada y nos condujo hasta el coche que esperaba frente a la entrada. Durante el trayecto nos explicó que había elegido una trattoria tradicional cerca de Brera, uno de sus barrios favoritos, donde podríamos disfrutar de la cocina milanesa antes de comenzar nuestro recorrido.
El restaurante ocupaba la planta baja de un edificio antiguo, con una fachada color ocre y una entrada adornada por macetas de plantas aromáticas.
En el interior había mesas de madera, fotografías antiguas de la ciudad y un mostrador donde se exponían distintos productos italianos.
El ambiente resultaba acogedor, bastante diferente del lujo de la noche anterior, y agradecí aquella oportunidad de conocer un lugar que parecía formar parte de la vida cotidiana de los milaneses.
Dante saludó al propietario en italiano y ambos intercambiaron unas palabras antes de que nos acompañaran hasta una mesa. Carmina aprovechó para preguntarle si acudía con frecuencia.
—Desde hace muchos años —nos explicó—. Venía con mi padre cuando era pequeño. Después empecé a traer aquí a mis amigos y todavía procuro reservar alguna comida cuando tengo tiempo.
—¡Pues eso es señal de que se come estupendamente! —sentenció ella mientras examinaba la carta.
Nuestro anfitrión nos recomendó probar el risotto alla milanese , preparado con azafrán, y una especialidad de ternera que, según nos aseguró, merecía la pena compartir.
Adrián decidió seguir sus consejos, mientras Carmina se interesó por una pasta rellena y terminó pidiendo que le explicaran la mitad de los platos.
—¡Qué paciencia tienes conmigo, Dantito! —le agradeció después de su tercera consulta.
—Ninguna molestia. Me gusta que mis invitados disfruten de la comida.
—¡Pues conmigo has acertado de lleno! ¡A mí se me conquista por el estómago!
Adrián levantó una ceja.
—Tía, ¿no habíamos quedado en que Ricardo tenía posibilidades?
—Ay, hijo, ¡qué manía tienes con Ricardo! ¡Que una puede disfrutar de una buena comida sin comprometerse sentimentalmente con el cocinero!
Dante comenzó a reírse y aprovechó para preguntarnos cómo habíamos dormido. Le contamos que el hotel era maravilloso y que Carmina había enviado fotografías de su habitación a varias amigas.
—¡Y a Ricardo! —añadió Adrián con una sonrisa maliciosa.
—¡Una fotografía del desayuno! Y porque se pone muy pesado —protestó su tía—. ¡Tampoco hace falta que lo cuentes todo!
El almuerzo transcurrió entre bromas y conversaciones sobre nuestras costumbres. Dante nos preguntó por San Sebastián, por nuestras playas y por los lugares que le recomendaríamos visitar cuando regresara.
Carmina comenzó a enumerar restaurantes y paseos, mientras Adrián le aseguró que debía reservar al menos un fin de semana completo para conocer la ciudad.
—Y tienes que venir a casa a ver a Don Vito —añadió Carmina.
—Lo tengo pendiente —reconoció Dante—. Aunque después de todo lo que me habéis contado, empiezo a sospechar que tendré que llevarle un regalo importante para ganarme su confianza.
—Con jamón tienes media batalla ganada —le aseguré.
—Entonces procuraré no presentarme con las manos vacías.
Cuando terminamos de comer, Dante nos propuso comenzar el recorrido por las calles de Brera.
El barrio estaba lleno de pequeñas galerías, tiendas de diseño, cafeterías y edificios antiguos cuyas fachadas, pintadas en tonos cálidos, parecían adquirir una personalidad distinta bajo la luz de la tarde.
Caminamos sin prisas, deteniéndonos cada vez que algo llamaba nuestra atención.
Adrián aprovechó para grabar algunos vídeos destinados a sus redes sociales y Carmina se entretuvo examinando los escaparates de varias boutiques.
Dante conocía a algunos comerciantes y nos presentó a una mujer que regentaba una tienda de complementos artesanales desde hacía más de treinta años.
Mientras Carmina examinaba unos bolsos de piel, nuestro anfitrión se acercó a mí para mostrarme un pequeño taller situado al fondo del establecimiento. Allí, un artesano trabajaba sobre una mesa cubierta de herramientas, preparando los detalles de un cinturón.
—Me gusta traer aquí a las personas que trabajan en moda —me explicó—. A veces olvidamos cuánto conocimiento hay detrás de los objetos que utilizamos todos los días.
Observé al hombre mientras realizaba unas pequeñas perforaciones en la piel y después aplicaba un acabado sobre los bordes.
—Es impresionante la precisión que necesita.
—Y la experiencia. Lleva casi cuarenta años dedicándose a esto.
Permanecimos unos minutos contemplando su trabajo antes de reunirnos con Carmina y Adrián, que habían descubierto una colección de pañuelos estampados y discutían sobre cuál le favorecería más.
—¡Kyra, ven a ver este! —me llamó Carmina—. ¡Es precioso!
Dante examinó el pañuelo que sostenía y asintió.
—Tiene unos colores magníficos.
—¡Pues me lo llevo! —decidió ella—. ¡Que una no viene a Milán todos los días!
Continuamos el paseo hasta llegar a una plaza donde varias personas descansaban en las terrazas. Dante nos habló de la historia del barrio y de su relación con artistas y escritores, mientras Adrián se dedicaba a fotografiar algunos edificios que le habían llamado la atención.
—¿Te gusta viajar, Kyra? —me preguntó nuestro anfitrión cuando nos quedamos unos pasos por detrás de los demás.
—Mucho, aunque últimamente no lo he hecho demasiado.
—¿Por falta de tiempo?
—En parte. También porque me había acostumbrado a una vida bastante tranquila.
Dante asintió, interesado.
—A veces necesitamos una buena razón para cambiar nuestras costumbres.
—Supongo que sí. Desde luego, este viaje está siendo una razón estupenda.
—Me alegra escuchar eso. Espero que no sea el último.
Sonreí, agradecida por su amabilidad, y aceleramos el paso para alcanzar a Carmina, que acababa de descubrir una pastelería y estaba convenciendo a Adrián de que necesitábamos probar sus especialidades.
—¡Pero si acabamos de comer! —protestó mi primo.
—¡Ay, hijo, una cosa es comer y otra deleitarse con un dulce! ¡No confundas los conceptos!
Dante nos condujo al interior del establecimiento y pidió varios cafés, acompañados de pequeños pasteles que compartimos entre todos.
Carmina eligió uno de chocolate y avellanas, mientras Adrián se decidió por una especialidad rellena de crema.
Yo preferí un pequeño pastel de almendra que resultó delicioso.
—¿Está bueno? —me preguntó Dante al verme probarlo.
—Buenísimo. Creo que voy a tener que caminar mucho para compensar todo lo que estamos comiendo.
—Eso puedo solucionarlo. Todavía nos quedan bastantes lugares por visitar.
Después del café regresamos al coche, que nos llevó hasta las inmediaciones del Duomo. Nos propuso recorrer a pie la zona monumental y, cuando desembocamos en la gran plaza, tuve que detenerme unos segundos para contemplar la catedral.
La fachada de mármol blanco, adornada con innumerables esculturas, pináculos y detalles arquitectónicos, se alzaba sobre nosotros con una grandeza que ninguna fotografía había conseguido transmitirme.
La luz de la tarde resaltaba los relieves y las figuras, mientras cientos de personas cruzaban la plaza, se fotografiaban frente al edificio o permanecían contemplándolo desde distintos puntos.
—¡Madre mía! —exclamó Carmina—. ¡Pero qué maravilla!
Adrián levantó el teléfono y comenzó a grabar.
—Esto es espectacular. ¡Prima, ven, que quiero hacerte una foto!
Me coloqué junto a Carmina mientras nuestro anfitrión nos explicaba algunos detalles de la construcción. Después Adrián insistió en fotografiarnos a los cuatro y pidió ayuda a una pareja de turistas que aceptó encantada.
Dante se situó a mi lado y, antes de que tomaran la fotografía, me preguntó si estaba disfrutando del recorrido.
—Muchísimo. No imaginaba que la catedral fuera tan impresionante.
—Milán tiene esa capacidad de sorprender incluso a quienes llevamos toda la vida aquí.
Tras contemplar la plaza, nos dirigimos hacia la Galería Vittorio Emanuele II.
La entrada monumental daba paso a un espacio extraordinario, cubierto por una estructura de hierro y cristal que permitía contemplar el cielo sobre las galerías comerciales.
El suelo estaba decorado con mosaicos y, a ambos lados, los escaparates de firmas de lujo atraían a visitantes de todas las nacionalidades.
Carmina avanzó unos pasos y giró sobre sí misma para contemplar la bóveda.
—¡Ay, hijos, esto es una auténtica maravilla! ¡Yo me quedaría aquí a vivir!
—Tía, llevas diciendo lo mismo desde que hemos llegado —le recordó Adrián.
—¡Porque cada sitio es más bonito que el anterior! Me están gustando más que la vez anterior. Será porque entonces vine con mi ex…
Dante nos explicó algunas curiosidades sobre la galería y nos mostró el famoso mosaico del toro, donde numerosos visitantes se detenían para cumplir la tradición de girar sobre el talón y pedir buena suerte.