Capítulo 12 #2
Nuestro anfitrión sonrió y aprovechó para preguntarle si ella tenía pareja. Carmina se acomodó en su asiento y adoptó una expresión que conocía perfectamente.
—¡Yo estoy divorciada, hijo! ¡Y muy bien divorciada, además!
Adrián comenzó a reírse.
—Tía, no te ha preguntado por tu estado civil, sino por tu vida sentimental.
—¡Pues eso! ¡Que estoy muy bien!
—¿Y Ricardo? —intervine, incapaz de resistirme.
Carmina me dedicó una mirada de advertencia.
—¡Ricardo es un amigo!
—Un amigo que se parte el lomo por ti —aclaró Adrián.
Dante nos escuchaba con una sonrisa divertida.
—Entonces parece un hombre perseverante.
—¡Demasiado! —protestó Carmina—. ¡Aunque reconozco que tiene sus encantos!
—Pues quizás deberías darle una oportunidad —le sugirió nuestro anfitrión—. A veces las personas interesantes aparecen cuando menos las esperamos.
La conversación siguió por otros derroteros, aunque advertí que aquella última observación me había hecho pensar en las palabras de Adrián durante nuestra reciente salida nocturna.
Mi primo llevaba tiempo animándome a abrirme a nuevas experiencias, y allí estaba yo, cenando en Milán con un hombre que parecía reunir todas las cualidades que cualquier mujer podría desear.
Cuando llegó el postre, Dante me preguntó si estaba disfrutando de mi primera visita a Italia.
—Muchísimo —le respondí—. Me ha impresionado la ciudad, aunque apenas hemos tenido tiempo de conocerla.
—Mañana tendremos ocasión de solucionarlo. Después de la reunión de la mañana, me gustaría enseñaros algunos de mis lugares favoritos.
—¡Qué maravilla! —exclamó Carmina—. ¡Yo quiero volver al Duomo y a todas esas galerías preciosas que salen en las revistas! Las visité en su día, pero me supo a poco.
—Entonces empezaremos por allí —le prometió Dante—. Y después podremos pasear por algunas calles que creo que os van a encantar.
Adrián comenzó a preguntarle por los lugares más interesantes para comprar ropa y nuestro anfitrión le aseguró que conocía varios establecimientos que merecían una visita.
—¿Y a ti qué te gustaría conocer, Kyra? —me preguntó después.
Pensé unos segundos antes de responderle.
—Me gustaría ver la ciudad sin prisas. Pasear por sus calles, entrar en alguna cafetería, descubrir sitios que no aparezcan necesariamente en las guías.
Dante sonrió.
—Entonces creo que mañana disfrutarás mucho. Milán tiene rincones maravillosos que suelen pasar inadvertidos para quienes vienen únicamente a comprar.
Terminamos la cena con licor y unos pequeños dulces que el restaurante nos ofreció como cortesía. Cuando Dante pidió la cuenta, Adrián intentó convencerlo de que nos permitiera contribuir, pero nuestro anfitrión rechazó la propuesta con una sonrisa.
—Os he invitado yo, sería lo último. Además, me estáis dedicando varios días de vuestro tiempo para conocer mi proyecto. Considerad esta cena una pequeña muestra de agradecimiento.
Carmina se levantó y le dio dos besos.
—¡Dantito, eres un cielo! ¡Nos estás tratando maravillosamente!
Dante volvió a reírse al escuchar el diminutivo y nos acompañó hasta la salida, donde el coche que nos llevaría al hotel ya estaba esperando.
Antes de despedirnos, me preguntó si me encontraba cansada después de aquella jornada tan larga.
—Un poco —admití—. Pero ha merecido muchísimo la pena.
—Me alegra. Descansa bien, Kyra. Mañana tendremos un día interesante.
—Buenas noches, Dante. Y muchas gracias por todo.
Me sonrió antes de despedirse de Carmina y Adrián, que todavía discutían sobre cuál había sido el mejor plato de la cena.
Durante el trayecto al hotel, mi primo se inclinó hacia nosotras con una expresión de absoluta satisfacción.
—Bueno, señoras, tengo que reconocer que nuestro italiano es un anfitrión extraordinario.
—¡Extraordinario se queda corto! —respondió Carmina—. ¡Y qué guapo estaba esta noche!
—Tía, vas a terminar enamorándote tú.
—¡No digas tonterías! ¡Que yo tengo a Ricardo esperando en San Sebastián!
Adrián y yo nos volvimos hacia ella, sorprendidos por aquella confesión involuntaria.
—¡Ah! ¿Entonces Ricardo te está esperando? —le pregunté con una sonrisa.
Carmina comprendió su error y comenzó a reírse.
—¡Bueno, ya está bien de interrogarme! ¡Que mañana tenemos muchas cosas que hacer!
Me acomodé en el asiento mientras los escuchaba bromear. Había disfrutado de una velada maravillosa y, aunque todavía no sabía qué pensar de la atención que Dante me dedicaba, empezaba a descubrir que conversar con él resultaba mucho más fácil de lo que había imaginado.
Al llegar al hotel, nos despedimos y regresé a mi habitación. Las peonías seguían sobre el escritorio, iluminadas por una pequeña lámpara, y su perfume me recibió cuando cerré la puerta.
Me quité los zapatos, dejé el bolso sobre una silla y me acerqué a contemplarlas una vez más.
Aquella noche me acosté pensando en Milán, en la colección y en todo lo que todavía nos quedaba por vivir durante el viaje. También recordé algunas de las conversaciones de la cena y la manera en que Dante se había interesado por mis opiniones, mis gustos y mis primeras impresiones de su ciudad.
Quizás Adrián tuviera razón y hubiera llegado el momento de permitir que la vida me sorprendiera un poco.
Y aquella aventura, desde luego, estaba consiguiéndolo.