Lo nuestro no venía en el contrato Capítulo 12
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Capítulo 12

Cuando regresamos al hotel, pasaban unos minutos de las siete y yo empezaba a notar el cansancio de una jornada que había comenzado antes del amanecer.

Sin embargo, la ilusión por la cena con Dante pudo más que las ganas de quitarme los zapatos y meterme en la cama. Carmina, por supuesto, parecía conservar intactas sus energías y, apenas salimos del ascensor, anunció que necesitaba una hora para prepararse.

—¡Y vosotros procurad estar presentables! —nos advirtió mientras buscaba la tarjeta de su habitación—. ¡Que esta noche vamos a cenar con un hombre que sabe distinguir un buen traje a veinte kilómetros!

—Tía, acabamos de pasar toda la tarde con él —le recordó Adrián—. No creo que necesitemos impresionarlo otra vez.

—¡Ay, hijo, precisamente porque ya nos conoce! ¡Hay que mantener el nivel!

Me despedí de ellos entre risas y entré en mi habitación, donde encontré el ramo de flores que Dante me había regalado aquella tarde colocado en un jarrón sobre el escritorio.

Alguien había tenido la delicadeza de acompañarlo con una pequeña tarjeta que indicaba cómo conservar las flores frescas durante nuestra estancia.

Me acerqué para aspirar su perfume y después me dirigí al baño, decidida a disfrutar de una ducha antes de enfrentarme a otra velada que prometía ser memorable.

Elegí un vestido negro de escote cuadrado y manga francesa, ajustado en la cintura y con una falda que caía hasta media pierna.

Lo había adquirido meses atrás para una celebración familiar y apenas tuve ocasión de utilizarlo.

Me recogí parte del cabello con una pequeña pinza, dejé el resto suelto sobre los hombros y completé el conjunto con unos pendientes largos y unos zapatos de tacón alto.

Cuando Adrián llamó a mi puerta, llevaba un traje en burdeos con una camisa negra que le sentaba estupendamente.

—Prima, estás preciosa —me aseguró después de examinarme—. Ese vestido debería salir más de tu armario.

—Gracias. Tú también estás guapísimo.

—Lo sé, cariño. Llevo cuarenta minutos admirándome en el espejo.

Carmina apareció poco después con un vestido de seda color ciruela, unos pendientes impresionantes y un pequeño bolso dorado. Había conseguido que su cabello formara unas ondas perfectas y llevaba los labios pintados de un rojo intenso que combinaba maravillosamente con el conjunto.

—¡Bueno, bueno! —exclamó al vernos—. ¡Qué familia tan elegante tengo!

—Venga, tía, que el coche nos espera —le recordó Adrián mientras consultaba su teléfono.

—¡Pues vamos! ¡Que no quiero hacer esperar a Dantito!

Mi primo y yo nos volvimos hacia ella al mismo tiempo.

—¿Dantito? —repetí, sorprendida.

—¡Sí, hija! ¡Dante me parece demasiado serio para un hombre tan encantador!

Adrián comenzó a reírse.

—Tía, por favor, no lo llames así delante de sus empleados.

—¡Pues no se lo diré a sus empleados! ¡Se lo diré a él!

El restaurante estaba situado en una calle elegante del centro, detrás de una fachada discreta que no permitía adivinar el lujo de su interior.

Un empleado nos recibió en la entrada y nos condujo a través de un salón decorado con paneles de madera oscura, grandes cuadros contemporáneos y mesas vestidas con manteles blancos.

La iluminación resaltaba los arreglos florales y las piezas de porcelana sin restar protagonismo a los comensales, que conversaban en voz baja mientras los camareros se desplazaban entre las mesas.

Dante nos esperaba junto a una mesa redonda, situada en una zona algo apartada del comedor. Se levantó al vernos y se acercó para saludarnos con una sonrisa que terminó de disipar mis últimos nervios.

—¡Qué alegría volver a veros!

Besó a Carmina en ambas mejillas y después me saludó de la misma manera, con una naturalidad que agradecí. Adrián recibió un abrazo cordial y una palmada en el hombro.

—Estáis magníficos —añadió nuestro anfitrión—. Creo que esta noche me superáis, no he podido pasar por casa a cambiarme.

—¡Eso es imposible, Dantito! —respondió Carmina, encantada.

Dante abrió los ojos con sorpresa.

—¿Dantito?

—¡Ay, perdona! Es que me ha salido del alma. ¡Me pareces tan encantador que Dante se me queda demasiado serio!

Durante un instante temí que nuestro anfitrión se sintiera molesto, pero soltó una carcajada tan sincera que varias personas se volvieron hacia nosotros.

—Entonces tendré que acostumbrarme. Mi madre me llamaba también con diminutivos cuando era pequeño.

—¡Pues tu madre y yo tenemos un gusto excelente!

Adrián se llevó una mano a la frente, aunque su sonrisa demostraba que estaba disfrutando de la situación.

Nos acomodamos alrededor de la mesa y Dante nos explicó que había elegido aquel restaurante porque su cocina combinaba recetas tradicionales italianas con propuestas más actuales.

El maître se acercó para presentarnos el menú y recomendarnos varios platos, aunque nuestro anfitrión insistió en que pidiéramos lo que más nos apeteciera.

Carmina examinó la carta con una concentración extraordinaria.

—Ay, ¡qué difícil! ¡Todo tiene una pinta maravillosa!

—Si quieres, podemos pedir varios entrantes para compartir —le propuso Dante—. Así tendrás ocasión de probar distintas especialidades.

—¡Eso me parece una idea estupenda! ¡Qué bien me entiendes!

Adrián levantó la vista de su carta.

—Ten cuidado, Dante. Como sigas consintiéndola, va a querer quedarse a vivir en Milán.

—No sería ningún inconveniente. Estoy seguro de que encontraríamos trabajo para ella.

—¡Pues no me tientes! —replicó Carmina—. ¡Que soy capaz de abrir una sucursal de la boutique aquí mismo!

Pedimos varios entrantes, pasta fresca y diferentes platos principales.

Mientras esperábamos, Dante quiso saber qué nos había parecido la visita a las instalaciones y si habíamos encontrado alguna dificultad para comprender el funcionamiento de la empresa.

Adrián le explicó que estaba impresionado por la organización de los equipos y por la atención que dedicaban a cada fase del diseño.

—Lo que más me ha gustado es comprobar que la colección tiene una identidad propia —comentó mi primo—. No parece un intento de vender prendas más baratas aprovechando el prestigio de la marca.

Dante asintió, satisfecho.

—Esa es precisamente nuestra intención. Queremos llegar a más mujeres sin perder aquello que nos distingue.

Carmina intervino para elogiar los tejidos y la variedad de tallas, mientras yo recordaba la conversación que había mantenido con Francesca durante la tarde.

—Me gustó mucho que estuvierais dispuestos a escuchar sugerencias —añadí—. No esperaba que una directora creativa tuviera tanto interés en conocer la opinión de alguien que trabaja en una boutique pequeña.

Dante se volvió hacia mí.

—Francesca me ha hablado de ti después de la visita. Le parecieron muy interesantes tus observaciones sobre los pantalones.

—Solo le conté lo que suelen pedir nuestras clientas.

—Precisamente por eso tienen valor. Los números nos explican qué se vende, pero las personas que atienden al público pueden contarnos por qué una mujer elige una prenda y descarta otra.

Me sorprendió la facilidad con la que conseguía hacerme participar en aquellas conversaciones. No me preguntaba únicamente por cortesía, sino que escuchaba mis respuestas y las incorporaba a sus razonamientos, algo que empezaba a darme confianza.

Los entrantes llegaron poco después y la conversación derivó hacia asuntos más personales. Dante nos contó que había crecido en una familia muy unida, con dos hermanas que todavía se burlaban de él cuando intentaba organizar las reuniones familiares con la misma precisión que las de su empresa.

—Mi hermana mayor asegura que soy incapaz de preparar una comida sin elaborar un programa —nos explicó mientras servía un poco de vino a Carmina—. Y probablemente tenga razón.

—¡Pues a mí me parece una virtud! —repuso ella—. ¡Con lo que me gusta tenerlo todo organizado!

Adrián soltó una carcajada.

—Tía, la semana pasada encontraste las llaves de la tienda dentro del frigorífico.

—¡Porque estaba pensando en otra cosa! ¡No saques los trapos sucios delante de este magnate!

Dante se rio y quiso saber si aquellas situaciones eran habituales en nuestra casa. Carmina aprovechó para contarle algunas de nuestras aventuras con Don Vito, incluida la ocasión en que el perro había conseguido robar una bolsa de panecillos y esconderlos detrás del sofá.

—¡Y después nos miraba con una cara de inocente! —exclamó—. ¡Si es que ese animal tiene más picardía que muchas personas!

—Tengo que reconocerlo —aseguró Dante—. Después de todo lo que me habéis contado, empiezo a pensar que es el verdadero propietario de la boutique.

—¡Pues casi! —respondió Adrián—. Mi tía le consulta más decisiones que a nosotros.

La cena continuó entre risas y anécdotas. Dante resultó un conversador extraordinario, capaz de hablar de negocios, viajes o gastronomía con el mismo entusiasmo.

Nos contó que disfrutaba cocinando cuando tenía tiempo y que su especialidad era un risotto que, según sus hermanas, preparaba con demasiada solemnidad.

—¡Pues tendrás que hacérnoslo algún día! —le propuso Carmina.

—Será un placer. Aunque os advierto que soy bastante exigente con los ingredientes.

—¡Ay, hijo, eso me encanta! ¡Los hombres que saben cocinar tienen muchísimo ganado!

Adrián aprovechó para preguntarle si estaba casado. La pregunta surgió con tanta naturalidad que apenas tuve tiempo de sentir vergüenza por la curiosidad de mi primo.

—No —nos respondió Dante con una sonrisa—. Nunca me he casado.

—¿Y tienes pareja? —insistió Adrián.

—Actualmente, no.

Carmina dejó los cubiertos sobre el plato.

—¡Pues no me lo explico! ¡Con lo guapo, educado y rico que eres!

—Tía, por favor —murmuró Adrián, divertido.

Dante recibió el cumplido con una carcajada.

—Te agradezco mucho la confianza, Carmina. Pero debo reconocer que mi trabajo no siempre facilita las relaciones personales. Viajo demasiado y paso muchas horas ocupado.

—¡Pues eso tiene arreglo! —sentenció ella—. ¡Lo importante es encontrar a una mujer que merezca la pena!