Lo nuestro no venía en el contrato Capítulo 11
49%

Capítulo 11

La sede de Valdieri Milano ocupaba un edificio de seis plantas en una zona de la ciudad donde las oficinas de grandes empresas convivían con estudios de diseño, galerías de arte y restaurantes que, a juzgar por sus terrazas, recibían a una clientela acostumbrada a comer sin preocuparse demasiado por los precios.

Durante el trayecto, Marco nos explicó que la firma había trasladado allí sus oficinas centrales unos años atrás, después de reformar por completo el inmueble para reunir a los equipos creativos, comerciales y administrativos.

Carmina escuchaba sus explicaciones con enorme interés, aunque de vez en cuando me daba un pequeño codazo para señalarme algún escaparate que le llamaba la atención.

Adrián, por su parte, había guardado la tableta y se dedicaba a observar los edificios mientras comentaba las diferencias entre aquella zona de Milán y las calles comerciales de San Sebastián.

Cuando el coche se detuvo frente a la entrada principal, descubrimos una fachada de cristal y piedra clara, con grandes ventanales distribuidos en líneas horizontales y el nombre de la firma grabado en letras metálicas sobre la puerta.

Dos árboles de copa redondeada flanqueaban el acceso y, tras los cristales, se distinguía un vestíbulo amplio donde varias personas conversaban junto a una recepción de diseño contemporáneo.

Marco nos acompañó hasta la entrada y nos explicó que nos recogería al terminar la visita. Apenas cruzamos la puerta, una joven vestida con un traje color crema se acercó para saludarnos en español.

—Buenas tardes. Bienvenidos a Valdieri Milano. Soy Giulia, del departamento de relaciones comerciales. El señor Valdieri me ha pedido que los acompañe hasta su despacho.

Nos ofreció agua mientras comprobaba que los tres estábamos cómodos después del viaje y nos condujo hacia los ascensores.

El vestíbulo estaba decorado con fotografías de campañas anteriores, algunas en blanco y negro y otras protagonizadas por modelos que reconocí de revistas internacionales.

En el centro había una instalación formada por piezas de tejido suspendidas a distintas alturas, cuyos colores cambiaban gradualmente desde el blanco hasta un azul profundo.

—¡Qué maravilla! —comentó Carmina mientras la examinaba—. ¡Esto sí que es una entrada con categoría!

Giulia sonrió, satisfecha.

—Es una obra creada especialmente para la firma. Representa las distintas etapas del proceso de diseño, desde la elección del tejido hasta la prenda terminada.

Adrián aprovechó para preguntarle si podríamos fotografiar algunas zonas del edificio.

La joven nos explicó que no habría inconveniente en los espacios comunes, aunque las nuevas colecciones todavía estaban sujetas a confidencialidad y tendríamos que esperar a recibir autorización antes de publicar imágenes.

—Por supuesto —le aseguró mi primo—. No queremos estropear ninguna sorpresa.

Subimos hasta la última planta, donde un pasillo decorado con fotografías de desfiles conducía a varias salas de reuniones.

Giulia abrió una puerta doble y nos invitó a pasar a un despacho amplio, con una mesa de madera oscura, una zona de estar y varias estanterías donde se exponían libros de arte, pequeñas esculturas y muestras de tejidos.

Dante estaba hablando por teléfono junto a su escritorio. Al vernos, sonrió, terminó la conversación con unas palabras en italiano y se acercó para recibirnos.

—¡Por fin estáis aquí! —exclamó, abriendo los brazos—. Bienvenidos a vuestra casa en Milán.

Llevaba un traje verde bosque de corte impecable y una camisa blanca sin corbata. Su cabello estaba peinado como de costumbre y, cuando se acercó a saludarnos, percibí un perfume suave, con notas amaderadas, que me resultó muy agradable.

Besó a Carmina en ambas mejillas, estrechó la mano de Adrián y después se volvió hacia mí.

—Kyra, qué alegría volver a verte. Espero que hayas tenido un buen viaje.

—Muy bueno, gracias. Milán me está pareciendo preciosa.

—Entonces tendremos que asegurarnos de que conozcas sus rincones más interesantes.

Me dedicó una sonrisa antes de indicar a Giulia que podía traer lo que habían preparado para nosotros. La joven salió del despacho y regresó poco después acompañada por otro empleado, que llevaba dos ramos de flores envueltos en papel color marfil.

Uno estaba compuesto por rosas de tonos melocotón, pequeñas flores blancas y ramas verdes; el otro combinaba peonías rosadas con flores de temporada en tonos crema.

Dante tomó el primero y se lo entregó a Carmina.

—Para ti, por supuesto. Un pequeño detalle de bienvenida.

—Dante, ¡qué preciosidad! —exclamó ella, acercándose para besarlo de nuevo—. ¡Pero qué hombre tan atento eres!

Después recogió el segundo ramo y se volvió hacia mí.

—Y estas son para ti, Kyra. Espero que te gusten.

Contemplé las flores, sorprendida por aquel gesto.

—Son preciosas. Muchísimas gracias, Dante. No tenías por qué molestarte.

—No es ninguna molestia. Me alegra que te gusten.

Giulia nos explicó que los ramos serían enviados al hotel para que no tuviéramos que cargar con ellos durante la visita. Carmina aceptó encantada, aunque antes insistió en que Adrián nos hiciera una fotografía con las flores.

Mi primo obedeció, colocándonos junto a una de las estanterías, y después nos pidió que nos acercáramos un poco más a Dante para conseguir una imagen de los tres.

El empresario aceptó con una sonrisa y se situó entre nosotras, colocando una mano en la espalda de Carmina mientras yo sostenía el ramo frente a mí.

—Perfecto —anunció Adrián después de tomar varias fotografías—. Esto va a quedar estupendo en el álbum del viaje.

Cuando Dante se volvió hacia Giulia para darle unas indicaciones, mi primo se inclinó entre nosotras y murmuró con una expresión de fingida indignación:

—Muy bonito todo, pero a mí ni una margarita. Está claro que aquí los mimitos son exclusivamente para las señoras.

Carmina tuvo que llevarse una mano a la boca para contener la risa.

—¡Ay, hijo, no seas envidioso!

—Tía, yo también tengo sentimientos. Y me gustan las flores. Que conste que estoy profundamente ofendido.

—Pues te damos una de cada ramo —le ofrecí, divertida.

—No, cariño. A estas alturas quiero una compensación importante. Por lo menos una orquídea.

La carcajada de Carmina terminó llamando la atención de Dante, que se acercó con curiosidad.

—¿Me he perdido algo?

—Nada, nada —respondió su invitada, todavía riéndose—. ¡Cosas de familia!

Adrián recuperó una expresión profesional y guardó el teléfono, aunque antes me guiñó un ojo.

Dante nos invitó a sentarnos en la zona de estar, donde habían dispuesto café, agua y una bandeja de pequeños dulces italianos.

Durante unos minutos conversamos sobre el viaje, el hotel y nuestras primeras impresiones de la ciudad. Carmina aprovechó para agradecerle los regalos que encontramos en las habitaciones y le aseguró que el pañuelo le había parecido una auténtica maravilla.

—Lo llevo puesto, ¿ves? —comentó, señalándose los hombros—. ¡Y pienso presumir de él cuando vuelva a San Sebastián!

—Te favorece muchísimo —le respondió Dante—. Elegí esos colores porque recordaba el conjunto que llevabas durante nuestra cena.

Carmina abrió los ojos, encantada.

—¡Pero bueno! ¡Encima tienes una memoria extraordinaria!

—En mi trabajo conviene prestar atención a los detalles.

Después se volvió hacia mí y observó el pañuelo que llevaba anudado al cuello.

—Veo que también has estrenado el tuyo.

—Sí. Me gustó mucho y combinaba con la ropa que había elegido para hoy.

—Has acertado. El azul te sienta especialmente bien.

Agradecí el cumplido y procuré concentrarme en la taza de café que tenía entre las manos.

Dante resultaba tan natural al hacer aquellas observaciones que no sabía muy bien cómo reaccionar, sobre todo porque su presencia imponía bastante más de lo que sugería su trato cercano.

Adrián comenzó a preguntarle por la organización de la empresa y nuestro anfitrión aprovechó para explicarnos el programa de la tarde.

Primero visitaríamos el departamento creativo, donde podríamos conocer a algunos de los diseñadores responsables de la nueva línea femenina. Después nos enseñarían una selección de prendas y nos explicarían los criterios que habían seguido para desarrollar la colección.

Finalmente, tendríamos una breve reunión con el equipo comercial para hablar de las posibilidades de distribución en España.

—No quiero abrumaros con demasiada información el primer día —nos advirtió—. Mañana tendremos ocasión de profundizar en los aspectos comerciales. Hoy prefiero que conozcáis la esencia del proyecto.

Carmina asintió con entusiasmo.

—¡Pues estamos deseando verlo todo!

Dante se levantó y nos invitó a acompañarlo. Antes de salir, recogió una carpeta que contenía algunos documentos y se la entregó a Adrián.

—Aquí encontrarás información general sobre la firma y las líneas de negocio que estamos desarrollando. Hay también algunos datos que quizás os resulten útiles para preparar vuestra propuesta.

—Perfecto. Muchas gracias —le respondió mi primo, examinando el contenido.

Abandonamos el despacho y recorrimos un pasillo donde varias personas saludaron a Dante al cruzarse con nosotros.

Él se detuvo un par de veces para intercambiar unas palabras en italiano con algunos empleados, pero enseguida retomó la conversación y continuó explicándonos cómo se organizaban los distintos departamentos.

El área de diseño ocupaba una planta amplia y luminosa, distribuida en diferentes espacios de trabajo.

Había mesas cubiertas de bocetos, ordenadores con programas de diseño, paneles donde se combinaban muestras de tejidos y fotografías de inspiración, y varios maniquíes vestidos con prendas en distintas fases de confección.

Me llamó la atención la cantidad de personas que trabajaban allí y la variedad de tareas que realizaban.

Algunas examinaban patrones sobre grandes mesas, otras comparaban colores y varias discutían detalles de una chaqueta que estaba colocada sobre un maniquí.