Lo nuestro no venía en el contrato Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Algunas calles estaban flanqueadas por árboles y otras desembocaban en pequeñas plazas donde las terrazas de las cafeterías se llenaban de personas que conversaban frente a diminutas tazas de café.

Me llamó especialmente la atención la convivencia entre lo antiguo y lo moderno. Junto a edificios históricos de piedra clara aparecían escaparates de firmas internacionales, tiendas de diseño y establecimientos donde la decoración parecía estudiada hasta el último detalle.

Los milaneses caminaban con una seguridad que me hizo pensar en las fotografías de las revistas de moda, aunque pronto descubrí que también había estudiantes con mochilas, repartidores apresurados y personas que salían de las oficinas hablando por teléfono.

—¡Mirad qué maravilla de edificios! —exclamó Carmina, señalando una fachada adornada con relieves y balcones—. ¡Qué ciudad tan elegante!

Adrián levantó el teléfono para grabar algunos segundos del recorrido.

—Es preciosa. Y eso que todavía no hemos llegado a la zona más espectacular.

El conductor nos explicó que estábamos atravesando uno de los barrios comerciales de la ciudad y nos señaló algunas calles conocidas por sus boutiques y galerías. También nos indicó por dónde se encontraba el Duomo, aunque no llegamos a verlo durante aquel trayecto.

Me habría gustado pedirle que condujera más despacio para poder observarlo todo.

Había algo fascinante en aquellas calles donde los tranvías amarillos avanzaban junto a edificios centenarios y las bicicletas compartían espacio con coches de lujo.

Incluso las pequeñas floristerías parecían formar parte de una composición cuidadosamente pensada, con cubos de flores frescas colocados junto a las puertas y escaparates que invitaban a detenerse.

—Me encanta —confesé, volviéndome hacia Adrián—. No imaginaba que fuera tan bonita.

—Pues espera a que salgamos a pasear. Te voy a enseñar sitios que te van a volver loca. ¡Y tiendas! —añadió Carmina—. ¡Muchas tiendas!

—Tía, vamos a trabajar.

—¡Y a inspirarnos, nena! ¡Que una empresaria tiene que conocer el mercado!

El coche se detuvo finalmente frente a un hotel situado en una elegante calle del centro.

La fachada, de piedra clara y grandes ventanales, tenía una entrada protegida por un toldo discreto, junto al que aguardaban dos empleados uniformados.

Apenas descendimos del vehículo, uno de ellos se acercó para hacerse cargo de nuestras maletas mientras otro nos acompañaba hacia el interior.

Dante lo había elegido y se notaba. Él corría con todos los gastos de nuestro viaje.

El vestíbulo me dejó impresionada. El suelo de mármol reflejaba la luz de una enorme lámpara de diseño, las paredes combinaban paneles de madera oscura con superficies revestidas de piedra y varios arreglos florales aportaban color a un espacio donde todo parecía pensado para transmitir lujo sin resultar ostentoso.

Había sillones tapizados en terciopelo, mesas bajas con libros de arte y un aroma suave que no conseguí identificar.

Carmina se detuvo junto a mí y me apretó el brazo.

—¡Kyra, cariño, mira esto! ¡Pero si parece un palacio!

Adrián sonrió mientras se acercaba al mostrador de recepción.

—Pues acostumbrémonos, porque vamos a pasar aquí tres noches.

Una recepcionista nos saludó en español y nos explicó que nuestras habitaciones estaban preparadas.

Dante había reservado tres habitaciones individuales en una de las plantas superiores, con vistas a diferentes zonas de la ciudad.

También nos informó de que encontraríamos algunos detalles de bienvenida enviados por el señor Valdieri.

—¡Qué hombre tan atento! —murmuró Carmina mientras esperábamos los ascensores—. ¡Si es que no se le escapa una!

Subimos hasta nuestra planta y descubrimos que las habitaciones estaban situadas muy cerca unas de otras. Adrián nos propuso dejar las maletas, descansar unos minutos y reunirnos después para comprobar el programa de la jornada.

Cuando abrí la puerta de mi habitación, tardé unos segundos en decidir qué admirar primero.

Era una estancia amplia, decorada en tonos crema, gris perla y azul profundo, con una cama enorme vestida con sábanas blancas, un cabecero tapizado y dos mesillas de mármol.

Frente a ella había un pequeño salón con un sofá, una mesa baja y un escritorio de madera oscura, mientras que las cortinas enmarcaban unos ventanales desde los que se distinguían los tejados de varios edificios históricos.

El cuarto de baño era todavía más impresionante, con paredes de mármol claro, una bañera exenta y una ducha de grandes dimensiones. Había toallas perfectamente dobladas, albornoces, zapatillas y pequeños frascos de productos de una firma italiana que conocía de algunas revistas.

Sobre la mesa del salón encontré una caja rectangular de color azul oscuro, adornada con una cinta de seda. Junto a ella descansaba un sobre con mi nombre escrito a mano.

Lo abrí con curiosidad.

“Querida Kyra:

Bienvenida a Milán. Espero que disfrutes de tu primera visita a nuestra ciudad y que estos días resulten tan interesantes como agradables. Será un placer enseñarte personalmente el trabajo que estamos preparando.

Dante”.

Sonreí mientras volvía a leer aquellas líneas. Después abrí la caja y descubrí un pañuelo de seda estampado en tonos azules y dorados, con el pequeño emblema de Valdieri Milano bordado en una esquina. Era precioso, delicado y de una calidad que se apreciaba nada más tocarlo.

Apenas había terminado de examinarlo cuando llamaron a la puerta. Era Carmina, que apareció sosteniendo una caja idéntica y con una expresión de entusiasmo extraordinaria.

—¡Kyra, cariño! ¡Mira lo que nos ha dejado Dante!