Capítulo 10
El día que viajamos a Milán, Carmina decidió despertarme a las cuatro de la madrugada, aunque nuestro vuelo no salía hasta las ocho y el taxi que nos llevaría al aeropuerto de Bilbao estaba reservado para las cinco y cuarto.
Cuando apareció en mi dormitorio, completamente vestida, maquillada y con una taza de café en la mano, tuve la impresión de que llevaba despierta varias horas.
—¡Arriba, cariño! ¡Que nos vamos a Italia!
Abrí un ojo y contemplé su figura recortada contra la luz del pasillo.
Llevaba un pantalón beige, una blusa blanca y una chaqueta de punto color camel, además de un pañuelo de seda anudado al cuello que le confería un aspecto de viajera experimentada.
El cabello le caía sobre los hombros en unas ondas perfectas y sus labios lucían el mismo tono frambuesa que utilizaba para las ocasiones especiales.
—Carmina, ¿qué hora es?
—Las cuatro.
—¿Y por qué estás vestida?
—Porque no pienso presentarme en el aeropuerto hecha un desastre. ¡Anda, levántate, que tenemos muchas cosas que hacer!
—Tenemos que coger un avión, no inaugurar una embajada.
—¡Pues precisamente! ¡Nunca se sabe con quién puede encontrarse una en un aeropuerto!
Se marchó antes de que pudiera responderle y la escuché bajar las escaleras mientras llamaba a Don Vito, que debía de estar roncando a placer.
La noche anterior habíamos preparado su equipaje para llevarlo a casa de Lucía, aunque Carmina insistió en que quería despedirse de él antes de que su cuidadora pasara a recogerlo.
Cuando bajé a la cocina, media hora después, encontré a nuestro carlino sentado sobre una manta, rodeado de juguetes, mientras Carmina le explicaba que se marcharía unos días y que debía comportarse correctamente.
—Y nada de pedir comida a todas horas, ¿me has oído? Lucía tiene dos niños y no quiero que los vuelvas locos.
Don Vito la observaba con la lengua fuera, pendiente de la tostada que sostenía en la otra mano.
—Creo que está prestando mucha atención —comenté mientras me servía un café.
—¡Por supuesto! ¡Es un perro inteligentísimo!
—Está mirando tu desayuno.
—¡Porque también tiene sentimientos, cariño! ¡Sabe que voy a echarlo de menos!
Lucía llegó poco después y recibió las últimas instrucciones de Carmina con una paciencia admirable, dada la hora que era.
Se llevó al perro, su cama, una bolsa de comida y otra de juguetes, además de una carpeta donde Carmina había anotado los teléfonos del veterinario, sus horarios y algunas recomendaciones que habrían servido para organizar la estancia de un niño en un campamento de verano.
—¡Y mándame fotografías! —le pidió mientras Don Vito se acomodaba felizmente en brazos de Lucía—. ¡Por lo menos dos al día!
—Te mandaré todas las que quieras, mujer. Anda, marcha tranquila y disfruta del viaje.
Adrián apareció cuando el taxi acababa de detenerse frente a la casa.
Llevaba unos pantalones negros, una camiseta blanca, una americana ligera y unas zapatillas impecables que Carmina examinó con aprobación.
Arrastraba una maleta de tamaño considerable y sostenía una bolsa de viaje que, según nos explicó, contenía únicamente lo imprescindible.
—¿Lo imprescindible para qué? —le pregunté al ver el tamaño de su equipaje—. ¿Para pasar tres meses en el extranjero?
—Cariño, vamos a Milán. No pretenderás que lleve dos camisetas y unos vaqueros.
—Vamos tres noches.
—Tres noches en la capital de la moda. Son conceptos completamente distintos.
Carmina asintió, encantada de encontrar un aliado.
—¡Eso llevo intentando explicarle desde hace días! ¡Esta niña no comprende la importancia de causar buena impresión!
—Lo comprendo perfectamente —protesté mientras cerraba la puerta—. Lo que no comprendo es por qué necesitáis tantas cosas.
Adrián recogió mi maleta y la colocó junto a las suyas en el maletero.
—Porque nunca sabemos qué oportunidades pueden surgir, prima. Imagínate que Dante nos invita a una cena importante y tú solo has traído un vestido.
—He traído tres.
—Pues estupendo. Ya estamos progresando.
Durante el trayecto hasta Bilbao, Carmina apenas dejó de hablar. Repasó el programa de nuestra estancia y nos explicó que pensaba aprovechar cualquier momento libre para visitar las tiendas de moda más conocidas de la ciudad.
Adrián le recordó que también teníamos compromisos profesionales, aunque terminó reconociendo que él mismo había preparado una lista de establecimientos que quería conocer.
Cuando llegamos al aeropuerto, todavía era de noche. Facturamos las maletas, pasamos el control de seguridad y buscamos una cafetería donde desayunar. Carmina pidió un café con leche y un cruasán, pero terminó comiéndose también la mitad del mío porque aseguró que los nervios le abrían el apetito.
—¿Estás nerviosa? —le pregunté, sorprendida.
—¡Pues claro, cariño! ¡Nos vamos a Milán invitados por un empresario importantísimo! ¡Y a conocer una colección antes de que salga al mercado! ¿Cómo quieres que esté?
Adrián levantó la vista de su teléfono.
—Pues espero que cuando lleguemos te comportes con un poquito de seriedad.
—Ay, hijo, ¡qué pesado eres! ¡Que tengo sesenta y tres años y sé perfectamente cómo tratar a la gente!
—Lo sé, tía. Precisamente por eso me preocupa.
El embarque comenzó poco después. Teníamos asientos contiguos y, cuando nos acomodamos, Carmina decidió que necesitaba una fotografía de los tres para anunciar a nuestras seguidoras que estábamos a punto de emprender una aventura extraordinaria.
Adrián levantó el teléfono y consiguió que sonriéramos mientras yo intentaba colocarme el cinturón de seguridad.
—¡Perfecto! —celebró después de revisar la imagen—. Voy a subirla a las historias.
—¡Espera! —protestó Carmina—. ¡Que no se me ve bien el pañuelo!
—Tía, salimos estupendos.
—¡Pues enséñamela otra vez!
Mi primo le pasó el teléfono y ambos comenzaron a discutir sobre si debía publicar aquella fotografía o repetirla. Finalmente optaron por hacer otra, en la que Carmina apareció enviando un beso a la cámara mientras yo sonreía con resignación.
El avión despegó poco después de las ocho y, cuando atravesamos la capa de nubes que cubría el norte de España, la luz del sol comenzó a iluminar la cabina.
Carmina se acomodó en su asiento, sacó una revista de moda del bolso y anunció que pensaba aprovechar el vuelo para estudiar las últimas tendencias italianas.
Adrián, sentado junto a la ventanilla, se puso los auriculares y comenzó a revisar algunas fotografías que había descargado para preparar contenido sobre nuestro viaje.
Yo preferí contemplar el paisaje cuando las nubes nos lo permitían, todavía sorprendida por la rapidez con la que habían cambiado nuestras circunstancias.
Unas semanas antes, nuestra mayor preocupación era encontrar una manera de afrontar la deuda con Hacienda sin poner en peligro la boutique.
Ahora habíamos conseguido destinar doce mil euros a reducirla, los pedidos continuaban llegando y estábamos volando hacia Milán para conocer una colección que podía abrirnos nuevas oportunidades profesionales.
—¿En qué piensas? —me preguntó Carmina al advertir que llevaba un rato callada.
—En lo deprisa que ha pasado todo.
Cerró la revista y me dedicó una sonrisa cariñosa.
—Ya lo sé, hija. A veces me parece que voy a despertarme y descubrir que todo ha sido un sueño.
—Por lo menos ya no estamos tan preocupadas por Hacienda.
—¡Y eso es lo mejor de todo! —respondió, apretándome la mano—. Aunque te confieso que todavía me cuesta creer que estemos aquí gracias a unos directos en los que hemos vendido pantalones, vestidos y en los que no nos hemos vendido nosotras de milagro.
Me reí al recordar las ocurrencias de Don Vito.
—Nosotras no nos vendimos.
—¡Pues porque no quisimos! Si hasta podríamos vender los complementos de Don Vito.
Adrián se quitó uno de los auriculares.
—Tía, como sigas hablando de montar una colección para Don Vito, Dante va a terminar ofreciéndonos una línea de moda canina.
—¡Pues tampoco sería mala idea!
El resto del vuelo transcurrió entre conversaciones, alguna cabezada y las preguntas de Carmina sobre lo que debíamos hacer al llegar.
Aterrizamos en Milán a media mañana y, cuando salimos del avión, me sorprendió la sensación de estar comenzando algo completamente nuevo. No había visitado nunca la ciudad y llevaba días imaginando cómo sería la que tantas veces había visto en fotografías y revistas.
En la zona de llegadas encontramos a un conductor que sostenía una pequeña placa con nuestros nombres. Era un hombre de unos cincuenta años, vestido con traje oscuro, que nos saludó en un español correcto y se ofreció a hacerse cargo del equipaje.
—El señor Valdieri ha dispuesto un vehículo para trasladarlos al hotel —nos explicó—. Espero que hayan tenido un buen vuelo.
Carmina me dedicó una mirada de satisfacción mientras lo seguíamos hacia el aparcamiento.
—¡Cariño, qué categoría! ¡Nos están tratando como a auténticas celebridades!
El vehículo resultó ser una berlina negra de alta gama, con asientos de cuero color crema, amplios reposabrazos y un interior tan cuidado que me dio reparo apoyar el bolso sobre la tapicería. El conductor colocó nuestras maletas en el maletero y nos abrió las puertas antes de ocupar su asiento.
Durante los primeros minutos del trayecto contemplé el paisaje con una curiosidad casi infantil.
La carretera discurría entre zonas industriales, edificios modernos y amplias avenidas donde el tráfico avanzaba con una energía muy distinta de la que estaba acostumbrada a encontrar en San Sebastián.
Había motocicletas que se deslizaban entre los coches, tranvías que cruzaban determinadas calles y conductores que parecían mantener conversaciones enteras utilizando el claxon.
A medida que nos acercábamos al centro, la ciudad comenzó a transformarse. Los edificios adquirieron una elegancia que me impresionó, con fachadas de tonos cálidos, balcones de hierro forjado y portales monumentales que dejaban entrever patios interiores.