Lo nuestro no venía en el contrato Capítulo 9
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Capítulo 9

El sábado siguiente Adrián apareció en casa a las ocho y media de la tarde, cuando acababa de ponerme el pijama y estaba pensando en ver una peli tranquilamente.

Llevaba unos pantalones negros, una camisa de satén verde oscuro y una chaqueta corta que le sentaba estupendamente. Se había perfumado tanto que Don Vito comenzó a estornudar cuando se inclinó para saludarlo.

—Prima, vístete. Nos vamos.

Lo observé desde la puerta del salón.

—¿Adónde?

—A tomar algo.

—Estoy en pijama.

—Lo veo, cariño. Por eso te he dicho que te vistas.

Carmina apareció detrás de mí con una taza de té y examinó a su sobrino con interés.

—¿Sales esta noche?

—Sí, tía. He quedado con unos amigos y quiero llevarme a Kyra.

—¡Estupendo! —celebró ella—. ¡Ya era hora de que esta criatura saliera a divertirse un poquito!

—¿Os habéis puesto de acuerdo? —protesté.

—No hace falta, nena. Las personas inteligentes solemos llegar a las mismas conclusiones.

Adrián me dio media hora para prepararme y, aunque intenté convencerlo de que estaba cansada, terminó recordándome que llevaba demasiados fines de semana encerrándome en casa.

Elegí un vestido de punto en tono verde oliva y unos botines de tacón cómodo.

Me solté el cabello, me maquillé un poco más de lo habitual y regresé al salón, donde Carmina y Adrián me recibieron con expresiones de satisfacción.

—¡Ahora sí! —exclamó mi primo—. ¡Estás guapísima!

—¡Y no vuelvas antes de las tres! —añadió Carmina.

—¡Carmina!

—¡Que tienes treinta y dos años, no quince!

Salimos entre risas y caminamos hasta un pequeño bar donde Adrián había quedado con sus amigos para tomar la primera copa.

El local estaba bastante concurrido y tuvimos que abrirnos paso entre varios grupos antes de encontrar una mesa donde nos esperaban cuatro personas que se levantaron para saludarnos.

Me presentó a Sergio, un peluquero de treinta y tantos años que llevaba una camisa estampada de colores imposibles; a Marcos, un diseñador gráfico de sonrisa encantadora y pendientes de aro; a Hugo, un profesor de baile que parecía incapaz de permanecer quieto; y a Valeria, una fotógrafa de cabello corto y carácter expansivo que me abrazó nada más conocerme.

—¡Por fin conocemos a la famosa Kyra! —exclamó Sergio—. ¡Cariño, que nos tienes enganchadísimos a los directos!

—¡Y a tu Carmina! —añadió Marcos—. Esa mujer es una institución. Mi madre se ha comprado tres vestidos y ahora quiere que la adopte.

—Pues que se ponga a la cola —respondió Adrián—. Mi tía ya tiene suficientes hijos postizos.

Me reí mientras nos acomodábamos alrededor de la mesa.

La conversación comenzó a fluir con una facilidad que me sorprendió, especialmente porque los amigos de mi primo parecían conocer todos los detalles de nuestras aventuras comerciales.

Hugo aseguró que Don Vito merecía tener su propia cuenta de Instagram y Sergio propuso diseñarle una colección de sombreros para cada temporada.

—¡Pero de calidad, cariño! —insistió mientras agitaba una mano adornada con varios anillos—. ¡Nada de ponerle cualquier cosa a ese señor! ¡Que tiene una imagen pública que mantener!

—Pues ya puedes ir preparando un presupuesto —le respondió Adrián—. Porque mi tía está dispuesta a convertirlo en el próximo icono de la moda.

Después de la primera copa nos trasladamos a un local de ambiente que Adrián frecuentaba con sus amigos.

La música se escuchaba desde la calle y, al entrar, descubrí una pista de baile llena de gente, luces de colores y una barra donde varias personas conversaban animadamente.

El ambiente era alegre, desenfadado y acogedor, y enseguida comprendí por qué mi primo disfrutaba tanto de aquel lugar.

Sergio fue el primero en lanzarse a la pista.

—¡Venga, gente! ¡Que hemos venido a mover el esqueleto, no a contemplar el mobiliario!

Hugo lo siguió haciendo una reverencia exagerada, mientras Marcos nos ofrecía las manos a Valeria y a mí para arrastrarnos con ellos.

Durante los primeros minutos me limité a moverme con cierta timidez, pero Adrián comenzó a hacer el payaso a mi lado y terminé riéndome tanto que olvidé preocuparme por si alguien me estaba mirando.

Sergio bailaba con una expresividad extraordinaria, acompañando cada movimiento con gestos teatrales y comentarios que apenas conseguíamos escuchar por encima de la música. Cuando comenzó a sonar una canción de  pop mítica, levantó ambos brazos y anunció que había llegado su momento de gloria.

—¡Apartaos, criaturas, que esto es patrimonio cultural!

Hugo respondió improvisando una coreografía que todos intentamos seguir, aunque terminé equivocándome de dirección y chocando suavemente con Adrián. Mi primo me sujetó por la cintura para evitar que perdiera el equilibrio y comenzó a reírse.

—¡Prima, que vas a provocar un accidente!

—¡Pues deja de dar tantas vueltas!

—¡Eso se lo tienes que decir a Hugo, que se cree que estamos en un concurso de baile!

Bailamos durante más de una hora, interrumpiéndonos únicamente para beber algo, comentar las ocurrencias de Sergio y reírnos de los intentos de Marcos por conquistar a un muchacho que llevaba toda la noche sonriéndole desde el otro extremo de la pista.

Cuando finalmente salimos a tomar el aire, tenía las mejillas encendidas y los pies algo doloridos, pero me sentía extraordinariamente bien.

Adrián me acompañó hasta una zona más tranquila de la terraza y pidió dos refrescos. Desde allí podíamos ver a sus amigos conversando junto a la entrada, mientras Sergio explicaba algo con tantos gestos que parecía estar dirigiendo el tráfico.

—¿Te lo estás pasando bien? —me preguntó mi primo.

—Muchísimo. Tus amigos son estupendos. A estos no los conocía, es que tienes tantos y tan variados…

—Son una panda de locos, pero me lo paso de muerte con ellos.

Sonreí mientras daba un sorbo a mi bebida. Adrián me observó durante unos segundos antes de hablar de nuevo.

—Me alegra verte así, Kyra.

—¿Así cómo?

—Riéndote, bailando, disfrutando. Hacía tiempo que no te veía tan despreocupada.

Su comentario me hizo pensar en los años transcurridos desde la muerte de Álvaro.

Había aprendido a continuar con mi vida, a trabajar, a cuidar de Carmina y a encontrar pequeñas alegrías en nuestra rutina, pero también era cierto que había construido alrededor de mí una tranquilidad demasiado estrecha, donde apenas dejaba espacio para conocer gente nueva o hacer planes que escaparan de lo habitual.

—Supongo que me he acostumbrado a estar en casa —admití.

Adrián dejó el vaso sobre una mesa cercana.

—Y no tiene nada de malo. Pero me gustaría que recordaras que todavía te quedan muchísimas cosas por vivir.

Lo miré con cariño.

—Lo sé.

—No estoy hablando de que tengas que buscar pareja ni de que salgas todas las noches. Solo quiero que te permitas disfrutar sin sentir que estás haciendo algo que no te corresponde.

Bajé la vista hacia mi bebida. Adrián había sido uno de mis mayores apoyos después de perder a Álvaro, y sabía que nunca me pediría que olvidara a su primo ni que dejara atrás los recuerdos que compartíamos.

—A veces me cuesta —le confesé—. Hay días en los que siento que estoy preparada para hacer cosas nuevas y otros en los que prefiero quedarme donde estoy.

—Eso es normal, cariño. Pero abrirte a la vida no significa dejar de querer a mi primo. Puedes seguir llevándolo contigo y, al mismo tiempo, permitirte ser feliz de otras maneras.

Sus palabras me emocionaron. Había pasado cinco años convencida de que mi vida sentimental pertenecía al pasado, sin plantearme seriamente la posibilidad de conocer a alguien que despertara en mí algo diferente.

No era una decisión consciente, sino una costumbre que terminó convirtiéndose en una especie de refugio.

—¿Y si no sé hacerlo? —le pregunté.

Adrián sonrió y me rodeó los hombros.

—Pues empiezas por cosas pequeñas. Sales con tus amigos, viajas, bailas, te ríes... Y si algún día aparece alguien que te haga ilusión, no salgas corriendo antes de averiguar qué quiere.

—¡Qué fácil lo haces parecer!

—Kyra, yo tampoco tengo la vida sentimental resuelta. La semana pasada quedé con un tío que se pasó toda la cena hablando de su gimnasio y de los gramos de proteína que tomaba al día. Cuando llegó el postre, estaba deseando que se atragantara con una almendra.

Solté una carcajada.

—¡Adrián!

—¡Es verdad! ¡Y encima me preguntó si no me parecía excesivo comer tarta por la noche! Imagínate el panorama. Un tío guapísimo, con unos abdominales estupendos y una personalidad que cabía en un bote de suplementos.

Continuamos riéndonos hasta que Sergio apareció para reclamarnos desde la puerta.

—¡Parejita de filósofos! ¡Que están poniendo nuestra canción y os vais a perder el espectáculo!

Adrián me ofreció la mano con una sonrisa.

—¿Bailamos otra?

La acepté sin pensármelo.

—Venga. Pero esta vez procura no pisarme.

—¡Qué poca confianza tienes en mi talento!

Regresamos a la pista, donde nuestros amigos nos recibieron con aplausos y una coreografía improvisada que terminó convirtiéndose en un pequeño desastre colectivo.

Bailé hasta que me dolieron los pies, me reí de las ocurrencias de Sergio y acabé abrazada a Valeria mientras cantábamos a pleno pulmón una canción que ambas conocíamos desde adolescentes.

Cuando regresé a casa, pasadas las cuatro de la madrugada, Carmina dormía profundamente y Don Vito roncaba en su cama junto al sofá. Me quité los zapatos en la entrada y subí las escaleras procurando no hacer ruido, todavía con la música resonándome en los oídos.

Antes de acostarme consulté el teléfono. Adrián me había enviado una fotografía de todos nosotros en la pista de baile, acompañada de un mensaje que me hizo sonreír.

“Así quiero verte más a menudo, prima. Guapa, feliz y disfrutando. Te quiero”.

Le respondí que también lo quería y dejé el móvil sobre la mesilla. Después me metí en la cama, cansada y satisfecha, pensando en lo mucho que habían cambiado nuestras vidas durante aquellas últimas semanas.

La boutique comenzaba a recuperarse, la deuda con Hacienda ya no parecía una amenaza imposible de afrontar y dentro de pocos días viajaríamos a Milán para conocer una colección que podía abrirnos nuevas oportunidades profesionales.

Además, aquella noche había descubierto que todavía era capaz de divertirme sin reservas, de conocer personas nuevas y de regresar a casa con la agradable sensación de haber aprovechado cada minuto.

Quizás Adrián tuviera razón y hubiera llegado el momento de abrir un poco más las puertas de mi vida.

No sabía todavía qué encontraría al otro lado, pero por primera vez en mucho tiempo sentí verdadera curiosidad por descubrirlo.