Capítulo 8
Los preparativos del viaje a Milán comenzaron mucho antes de que Adrián nos comunicara las fechas definitivas, porque Carmina decidió que una invitación semejante exigía revisar todo nuestro vestuario, comprar maletas nuevas y aprender al menos veinte palabras en italiano.
Durante los días posteriores a la cena con Dante Valdieri, la sorprendí consultando vídeos de pronunciación mientras desayunaba, aunque sus progresos resultaron bastante discutibles cuando empezó a despedirse de las clientas con un entusiasta “buona sera” a las once de la mañana.
—Carmina, eso significa buenas noches —le recordé una vez, después de que una señora abandonara la boutique con una expresión desconcertada.
—¡Pues estupendo! Así se lo digo por adelantado y ya no tiene que preocuparse de que nadie se lo desee después.
La invitación oficial llegó un martes. Dante había cumplido su palabra y su equipo nos envió un correo con el programa de la visita, que incluía tres noches de alojamiento en un hotel de cinco estrellas, una presentación privada de la nueva colección femenina, una visita a las instalaciones de la firma y varias reuniones con los responsables comerciales.
También habían reservado tiempo libre para que pudiéramos conocer la ciudad, detalle que Carmina celebró con tanta alegría que Don Vito abandonó su cama para comprobar si había sucedido algo relacionado con la comida.
—¡Tres noches en Milán! —exclamó mientras examinaba el correo por quinta vez—. ¡Y en un hotel maravilloso! Kyra, cariño, tenemos que ir de compras.
—Trabajamos en una tienda de ropa.
—¡No me lo recuerdes constantemente! Una cosa es vender moda y otra muy distinta tener el vestuario adecuado para una reunión con empresarios italianos.
Adrián, que había venido a comer con nosotras para organizar el viaje, levantó la vista del ordenador.
—Tía, tienes más ropa que algunas influencers a las que conozco. Lo que necesitas es hacer una selección, no arruinarte comprando cosas nuevas.
—¡Qué fácil es hablar cuando tienes veintinueve años y cualquier cosa te queda bien!
—Gracias, cariño. Me encanta que reconozcas mis virtudes.
—No te emociones, que también tienes defectos.
—¿Cuáles?
—Que eres un mandón y que llevas media hora comiéndote las aceitunas que he puesto para todos.
Mi primo examinó el platito, donde únicamente quedaban dos, y decidió que lo más prudente era ofrecérselas a su tía antes de continuar explicándonos los detalles de la visita.
La cuestión de Don Vito quedó resuelta aquella misma tarde. Carmina había insinuado que podríamos llevarlo con nosotros, pero Adrián le recordó que pasaríamos buena parte del tiempo fuera del hotel y que el animal estaría mucho mejor acompañado en un entorno familiar.
Finalmente acordamos que se quedaría en casa de Lucía, la mujer que nos ayudaba con las tareas domésticas desde hacía varios años y que sentía auténtica debilidad por él.
Lucía tenía cuarenta y ocho años, dos hijos adolescentes y un pequeño jardín donde Don Vito podía entretenerse persiguiendo hojas sin necesidad de realizar grandes esfuerzos físicos.
Lo conocía desde que llegó a nuestra familia y, cuando le preguntamos si estaría dispuesta a cuidarlo, aceptó encantada.
—¡Pero si va a estar mejor que en un hotel! —nos aseguró—. Mis hijos se vuelven locos con él.
Carmina se repetía más que un disco rayado.
—A las nueve desayuna y a las ocho cena. Entre medias puedes darle alguna cosita, pero procura que no engorde demasiado —le recordaba cada día antes de marcharnos.
Lucía contemplaba al perro, que solía estar sentado junto a sus pies con una expresión de absoluta inocencia.
—¿Más?
—Mujer, ¡tampoco exageres! Está un poquito rellenito.
—Carmina, pesa casi lo mismo que una bombona de butano —intervine.
—¡Qué manía tenéis con hablar del peso ajeno! ¡Pobre criatura!
Lucía prometía seguir las instrucciones, aunque sospeché que Don Vito regresaría de aquellas vacaciones bastante más satisfecho de lo que recomendaba su veterinario.
La verdadera sorpresa llegó cuando Ernesto nos envió el resumen actualizado de la situación económica de la boutique.
Habíamos trabajado sin descanso desde el primer directo, preparando pedidos, gestionando devoluciones y atendiendo a clientas que habían descubierto nuestro negocio a través de las redes sociales.
Adrián también había organizado otras tres retransmisiones, cada una con mejores resultados que la anterior, y los proveedores comenzaban a ofrecernos condiciones más favorables al comprobar el volumen de mercancía que estábamos moviendo.
Aquella tarde cerramos media hora antes para revisar las cuentas. Carmina extendió varios documentos sobre la mesa central y Adrián abrió una hoja de cálculo donde había registrado las ventas, los costes de las prendas, los gastos de envío, las comisiones y los importes pendientes de cobro.
—Antes de que os emocionéis, quiero aclarar una cosa —nos advirtió—. Facturar mucho no significa ganar todo ese dinero. Hay que descontar los gastos y reservar lo correspondiente a impuestos.
—¡Hijo, no empieces hablando de impuestos, que me torpedeas la alegría! —protestó Carmina.
La deuda con Hacienda no era moco de pavo.
Ernesto había presentado la solicitud de fraccionamiento y continuaba estudiando las posibilidades de recurrir determinados conceptos de la liquidación, pero nos recomendó actuar con prudencia y no contar con una resolución favorable hasta tenerla por escrito.
Adrián nos mostró el dinero que habíamos conseguido generar después de descontar el coste de la mercancía, las devoluciones previstas y los gastos necesarios para mantener el negocio funcionando.
Habíamos reservado también una cantidad para reponer existencias, porque no podíamos permitir que la boutique se quedara sin productos precisamente cuando las ventas comenzaban a despegar.
—Con todo eso cubierto, tenemos doce mil euros que podemos destinar a rebajar la deuda —nos explicó—. No está nada mal para el tiempo que llevamos trabajando.
Carmina tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Doce mil euros?
—Doce mil que podemos aplicar sin dejar la caja temblando —le confirmó Adrián—. Y todavía quedan algunos pedidos pendientes de cobro que no he incluido.
Contemplé la cifra con una mezcla de incredulidad y satisfacción.
Habíamos pasado de preguntarnos cómo afrontar una deuda inesperada a disponer de una cantidad suficiente para cubrir una parte considerable de ella, y todo gracias a una idea que, apenas unas semanas antes, me había parecido una auténtica locura.
—Entonces nos quedarían quince mil cuatrocientos ochenta —calculé.
—Exactamente —me confirmó mi primo—. Siempre que Ernesto nos indique cómo hacer el ingreso dentro del procedimiento de fraccionamiento.
Carmina se llevó ambas manos a la boca y comenzó a reírse, aunque enseguida advertí que tenía los ojos húmedos.
—¡No sabéis el peso que me estáis quitando de encima!
Adrián se levantó para abrazarla y terminé uniéndome a ellos.
Durante los días posteriores a la notificación de Hacienda, Carmina había intentado disimular su preocupación con bromas y ocurrencias, pero yo sabía cuánto le había costado dormir y cuántas veces había revisado las cuentas intentando encontrar una solución.
—Todavía queda una buena cantidad —le recordé con cariño—, pero vamos a poder afrontarla.
—¡Claro que sí! —respondió, secándose una lágrima—. ¡Y pensar que todo empezó porque tu primo quería grabarnos vendiendo pantalones!
—No olvides a Don Vito —intervino Adrián—. Nuestro director financiero ha contribuido muchísimo al éxito.
—¡Pues habrá que darle una prima! —celebró Carmina.
—¿Otra? —pregunté—. Si ya se come la mitad del presupuesto familiar.
Terminamos riéndonos los tres, y aquella noche regresé a casa con una sensación de alivio que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.
El viaje a Milán seguía pareciéndome una aventura extraordinaria, pero ahora sabía que no lo emprendíamos huyendo de nuestros problemas, sino después de haber demostrado que éramos capaces de encontrar soluciones.