Lo nuestro no venía en el contrato Capítulo 7
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Capítulo 7

El viernes por la tarde, cuando faltaba menos de una hora para cerrar la boutique, estaba convencida de que lo más emocionante que nos ocurriría aquel día sería conseguir terminar de preparar los veintitrés pedidos que todavía teníamos pendientes.

Carmina había pasado buena parte de la jornada hablando con proveedores, yo llevaba desde después de comer envolviendo prendas en papel de seda y Don Vito había conseguido introducir la cabeza en una caja de cartón de la que tuvimos que rescatarlo porque se negaba a abandonar un trocito de galleta que había descubierto en el fondo.

A las siete y cuarto en punto sonó mi teléfono. Era Adrián.

—Prima, ¿seguís en la tienda?

—Sí. ¿Por qué?

—No os marchéis. Voy para allá.

—¿Ha pasado algo?

—Acaba de llamarme Dante Valdieri.

Dejé de doblar la blusa que tenía entre las manos.

—¿Dante? ¿Qué quería?

—Está en San Sebastián.

—¿Cómo que está en San Sebastián?

—Pues que ha venido. En persona. Y quiere invitarnos a cenar esta noche.

Miré a Carmina, que estaba comprobando unas facturas detrás del mostrador.

—¿A cenar?

—Me ha preguntado si estaríamos disponibles y le he dicho que intentaría organizarlo. Estoy a quince minutos de la boutique. No os mováis.

—Adrián, espera. ¿No podías haberle dicho que necesitábamos un poco más de tiempo?

—Se lo he dicho, cariño. Y me ha respondido que entendería perfectamente que tuviéramos otros compromisos, pero que le encantaría aprovechar su estancia para conocernos. Ha sido encantador.

—¿Y por qué no nos ha avisado antes?

—Esa es una pregunta estupenda que podremos hacerle durante la cena. Ahora tengo que colgar, porque voy conduciendo. ¡Y dile a mi tía que no se salga del pellejo!

La llamada terminó antes de que pudiera responderle.

Permanecí unos segundos contemplando la pantalla del teléfono, intentando asimilar que el empresario italiano con el que habíamos hablado por videollamada apenas unos días antes se encontraba en nuestra ciudad y pretendía invitarnos a cenar dentro de una hora.

—¿Qué ocurre? —me preguntó Carmina al verme tan sorprendida.

—Era Adrián. Dante Valdieri está en San Sebastián y quiere cenar con nosotros esta noche.

Mi suegra dejó caer el bolígrafo sobre las facturas.

—¿Cómo?

—Ha llamado a Adrián hace un momento. Nos invita a cenar a las ocho.

Carmina se llevó ambas manos al cabello.

—¡Pero bueno! ¡Y yo con estas pintas!

La observé de arriba abajo. Llevaba un pantalón negro, una blusa de seda verde botella, unos zapatos de tacón y unos pendientes dorados que le había regalado Ricardo por su cumpleaños.

—Estás estupenda.

—¡Estoy vestida para trabajar, cariño! ¡No para cenar con un magnate italiano!

—Pues tendrás que conformarte, porque no nos da tiempo a ir a la peluquería.

Carmina consultó su reloj y comenzó a caminar hacia los probadores.

—¡Madre mía! ¡Qué hombre tan imprevisible! ¿Y dónde vamos a cenar?

—No lo sé. Adrián viene para acá.

—¿Y tú qué vas a ponerte?

Miré mis vaqueros oscuros, la camisa blanca y las bailarinas negras que llevaba desde aquella mañana.

—Esto.

—¡Ni hablar!

—Carmina, no tenemos tiempo.

—¡Tenemos una tienda llena de ropa, hija de mi vida! ¡Algo encontraremos!

Antes de que pudiera protestar, empezó a recorrer los percheros con una determinación que me hizo comprender que cualquier resistencia resultaría inútil.

Cuando Adrián apareció veinte minutos después, encontró a su tía examinando tres vestidos sobre el mostrador y a mí intentando convencerla de que no necesitábamos convertir aquella cena en una ceremonia de entrega de premios.

—¡Menos mal que has llegado! —exclamó Carmina—. ¡Dile a esta criatura que no puede presentarse delante de ese hombre con unos vaqueros!

Mi primo me examinó de arriba abajo y sonrió.

—Pues tiene razón, prima. Estás muy mona, pero podemos mejorar el conjunto.

—¿Os habéis puesto de acuerdo para volverme loca?

—Kyra, trabajamos en moda. Sería una vergüenza profesional que no aprovecháramos nuestros propios recursos.

Adrián eligió un vestido midi de color azul noche, con una caída preciosa y un escote discreto que me pareció adecuado para la ocasión.

Carmina decidió cambiarse por un conjunto de pantalón palazzo y blusa de satén color champán, mientras mi primo se quitó la chaqueta que llevaba y la sustituyó por una americana negra que teníamos reservada para una colaboración fotográfica.

A las ocho menos cuarto estábamos los tres frente al espejo de la boutique, examinando el resultado de aquella transformación improvisada.

—¡Pues estamos estupendos! —declaró Carmina, satisfecha—. ¡A ver si ese italiano sabe apreciar el esfuerzo!

—Tía, te recuerdo que vamos a hablar de negocios —le advirtió Adrián.

—¡Y yo te recuerdo que una cosa no quita la otra!

Mi primo consultó el teléfono.

—Dante nos espera a las ocho y media. Me envía ubicación. Cenaremos en el mejor hotel de San Sebastián, donde se aloja, no hace falta ni decirlo.

Carmina abrió mucho los ojos.

—Hijo, ¡qué categoría! ¡Este hombre sí que sabe invitar a una mujer!

—A tres personas, tía. Nos ha invitado a tres personas.

—Pues mejor todavía. ¡Así demuestra que es generoso!

El hotel nos recibió con la elegancia que siempre había admirado desde fuera.

Sus salones, decorados con materiales nobles, lámparas imponentes y muebles de líneas clásicas, transmitían una sofisticación que me hizo sentir algo fuera de lugar.

Había pasado muchas veces por delante de aquel edificio, pero nunca tuve ocasión de entrar para cenar.

Un empleado nos acompañó hasta el restaurante, donde Dante nos esperaba junto a una mesa situada en una zona tranquila del comedor. Se levantó en cuanto nos vio y avanzó unos pasos para recibirnos.

En persona resultaba todavía más impresionante que a través de la pantalla.

Era alto, de hombros anchos y figura atlética, con un traje gris oscuro que parecía confeccionado expresamente para él.

Llevaba una camisa blanca sin corbata y un reloj elegante que asomaba discretamente bajo el puño.

Su cabello oscuro brillaba y su sonrisa, amplia y sincera, nos recibió antes que él.

—¡Carmina! ¡Adrián! ¡Kyra! —nos saludó con entusiasmo—. Qué alegría veros por fin en persona.

Se acercó primero a Carmina, tomó su mano entre las suyas y le dio dos besos.

—Estás magnífica. Muchísimas gracias por aceptar mi invitación con tan poco tiempo.

—Ay, Dante, ¡por favor! ¡Con una invitación así, cualquiera reorganiza su agenda! —le respondió ella, encantada.

Después saludó a Adrián con un apretón de manos y un abrazo cordial. Cuando llegó mi turno, me ofreció la mano con una sonrisa que me hizo sentir todavía más consciente de su presencia. Y luego me dio dos besos.

—Kyra. Es un placer conocerte.

—Igualmente —respondí, estrechándosela.

—Estás preciosa esta noche.

Agradecí el cumplido con una sonrisa tímida, aunque tuve que concentrarme para no bajar la vista hacia mis zapatos. Dante, que parecía advertir mi nerviosismo, no insistió y nos invitó a sentarnos.

—Antes de nada, debo disculparme por esta invitación tan precipitada —comenzó mientras un camarero nos ofrecía las cartas—.

He tenido varias reuniones en Bilbao y he decidido prolongar mi estancia para conocer San Sebastián.

Me pareció una oportunidad excelente para veros, pero no quería presentarme en vuestra boutique sin avisar.

—¡Pues podrías haber venido perfectamente! —le aseguró Carmina—. ¡Nos habría encantado recibirte!

Dante sonrió.

—Te lo agradezco, pero me parecía poco considerado aparecer en vuestro lugar de trabajo sin daros la posibilidad de decidir si queríais verme. Además, prefería que pudiéramos conversar con tranquilidad, lejos de las interrupciones de la tienda.

Adrián asintió, aunque advertí una expresión divertida en sus ojos.

—Ha sido una sorpresa considerable —reconoció—. Pero nos alegra que hayas pensado en nosotros.

—Espero no haber alterado demasiado vuestros planes.

—¡En absoluto! —respondió Carmina—. Aunque he tenido que cambiarme de ropa a toda velocidad. ¡Menos mal que tengo una boutique!

Dante soltó una carcajada.

—Entonces debo agradecer también a vuestra colección que hayáis llegado tan elegantes.

El camarero regresó para tomar nota de las bebidas y explicarnos algunas de las especialidades del restaurante. Dante nos recomendó varios platos, aunque insistió en que eligiéramos lo que más nos apeteciera.

Carmina, que había recuperado por completo su habitual desenvoltura, comenzó a preguntarle por sus viajes, por Milán y por las diferencias entre la moda italiana y la española.

Durante los primeros minutos hablamos de cuestiones generales.

Dante nos contó que había nacido en Milán, que su familia seguía viviendo allí y que había comenzado a trabajar en el sector de la moda siendo muy joven.

También nos explicó que viajaba constantemente por motivos profesionales, aunque procuraba reservar tiempo para disfrutar de las ciudades que visitaba.

—San Sebastián me parece una ciudad extraordinaria —comentó mientras el camarero servía el vino—. Tiene una elegancia muy particular. Y debo reconocer que la gastronomía es una razón excelente para regresar.

—¡Pues ya verás cuando pruebes nuestros pintxos! —le aseguró Carmina—. Aunque te advierto que aquí somos muy exigentes con la comida.

—Lo he comprobado. La primera vez que vine, hace años, cené en un restaurante pequeño del casco antiguo y salí convencido de que necesitaba pasar más tiempo en esta ciudad.

Adrián aprovechó para preguntarle por su firma y los planes de expansión que había mencionado durante la videollamada. Dante dejó la copa sobre la mesa y adoptó una expresión algo más seria, aunque mantuvo el tono cordial.

—Precisamente quería hablaros de eso. Valdieri Milano está preparando una nueva línea femenina que representa un cambio importante en nuestra estrategia comercial.

Carmina se inclinó ligeramente hacia él, interesada.

—¿Qué clase de cambio?