Lo nuestro no venía en el contrato Capítulo 6
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Capítulo 6

A las ocho menos cuarto de aquella tarde, Carmina llevaba veinte minutos preguntándome si tenía los dientes manchados de pintalabios, Adrián había comprobado tres veces la conexión a internet y Don Vito estrenaba un sombrero negro de fieltro que, según su orgullosa propietaria, le confería un aire de empresario internacional.

El perro, por su parte, parecía considerar que aquella reunión constituía una vulneración de sus derechos, porque llevaba un buen rato intentando quitárselo mientras lanzaba resoplidos de indignación.

La videollamada con Dante Valdieri estaba prevista para las ocho, después del cierre de la boutique.

Adrián había preparado el ordenador portátil sobre una mesa auxiliar frente al sofá de terciopelo verde que utilizábamos para atender a las clientas que deseaban examinar catálogos o consultar encargos especiales.

Habíamos desplazado un perchero para despejar el fondo y colocado varias prendas de la nueva colección a nuestro alrededor, procurando que el establecimiento ofreciera una imagen elegante y profesional.

Mi primo también había insistido en que nos arregláramos, aunque terminó arrepintiéndose cuando su tía apareció con unos pendientes enormes y comenzó a preguntarle si debía cambiarse de zapatos.

—Tía, por última vez, el señor Valdieri solo va a verte de cintura para arriba —le recordó mientras ajustaba la cámara—. Puedes llevar zapatillas de andar por casa si te apetece.

—¡Ni hablar! Una mujer debe estar bien vestida de la cabeza a los pies. Imagínate que tengo que levantarme para buscar algo y descubre que llevo unas pantuflas.

—Pues pensará que eres una empresaria que valora la comodidad.

—O que soy una señora que se ha abandonado. Y yo no pienso darle esa impresión a un italiano tan bien parecido.

Adrián me dedicó una mirada resignada. Llevaba una camisa blanca, unos pantalones oscuros y una americana gris de corte moderno que le sentaba estupendamente.

Yo había elegido un vestido azul marino de punto fino, con escote cuadrado y mangas tres cuartos, y me había recogido el cabello en un moño bajo para evitar la tentación de apartármelo de la cara cada vez que me pusiera nerviosa.

Carmina, por supuesto, había optado por una blusa de seda color coral, un pantalón negro y sus mejores joyas.

—¿Y tú por qué estás tan callada? —me preguntó mi primo mientras comprobaba el encuadre.

—Porque estoy intentando comprender por qué tengo que participar en una reunión con un empresario italiano que ni siquiera conozco.

—Porque eres una parte fundamental del proyecto, prima. Ya te lo he explicado.

—Pero tú eres quien organiza los directos y Carmina es la propietaria de la boutique. Yo podría quedarme aquí al lado y...

—Y dejar de buscar excusas —me interrumpió con una sonrisa—. Dante ha preguntado expresamente si estaríais las dos. Además, quiero que vea cómo trabajamos juntos.

Aquello no contribuyó a tranquilizarme. Durante los días anteriores habíamos revisado la trayectoria de Valdieri Milano y descubierto que su fundador era bastante más importante de lo que imaginábamos.

La firma había comenzado con una pequeña colección masculina y, tras varios años de expansión, contaba con establecimientos en distintas ciudades europeas, además de una línea femenina que estaba adquiriendo cada vez mayor protagonismo.

Las fotografías de sus campañas mostraban modelos espectaculares, localizaciones exclusivas y prendas cuyo precio superaba con facilidad el presupuesto que algunas de nuestras clientas destinaban a renovar el armario de toda una temporada.

—Espero que no pretenda que vendamos vestidos de mil euros —comentó Carmina mientras se acomodaba en el sofá—. Porque aquí tenemos clientas con dinero, pero tampoco vamos a pedirles que hipotequen la casa para comprarse una chaqueta.

—Primero vamos a escuchar lo que tiene que proponernos —le recordó Adrián—. Y, por favor, no empecéis a hablar todas a la vez.

—¡Qué manía tienes con darnos instrucciones! —protestó su tía—. Cualquiera diría que vamos a reunirnos con el presidente del Gobierno.

—Tía, tú eres capaz de preguntarle al presidente del Gobierno si está casado antes de que termine de saludar.

—Pues dependerá de lo guapo que sea.

A las ocho en punto apareció en la pantalla la notificación de que Dante Valdieri se había incorporado a la reunión. Adrián aceptó la llamada y, unos segundos después, el rostro del empresario italiano ocupó buena parte del monitor.

La fotografía de su perfil no le hacía justicia, pues resultaba aún más atractivo en vivo y en directo.

Dante Valdieri tenía el cabello oscuro cuidadosamente peinado hacia atrás y facciones marcadas, con una mandíbula firme y unos ojos de un marrón tan profundo que parecían casi negros. Tenía la piel ligeramente bronceada y una sonrisa que suavizaba la seriedad de sus rasgos.

Vestía una camisa blanca de cuello abierto y una americana azul cielo, sin corbata, y se encontraba sentado en un despacho amplio donde se distinguían varias estanterías, una mesa de madera oscura y unos ventanales que dejaban entrever las luces de Milán.

— Buonasera —nos saludó con una voz grave y un acento italiano que resultó mucho más atractivo de lo que estaba dispuesta a comentar—. Espero no haberles hecho esperar.

—¡En absoluto! —respondió Adrián, incorporándose ligeramente—. Dante, encantado de saludarte. Soy Adrián, aunque ya nos conocemos por los mensajes.

—Por supuesto. Es un placer, Adrián. Gracias por organizar la reunión.

Su español era excelente, aunque pronunciaba algunas palabras con una musicalidad particular que hacía agradable escucharlo. Sonrió al vernos a las tres personas sentadas frente al ordenador y se inclinó ligeramente hacia la cámara.

—Y ustedes son Carmina y Kyra.

—¡Exactamente! —respondió Carmina, encantada—. Yo soy Carmina, la propietaria de la boutique, y esta preciosidad que tengo a mi lado es Kyra, mi mano derecha. Aunque, si te soy sincera, últimamente empieza a parecerme que es ella quien manda aquí.

Dante soltó una carcajada.

—Entonces deberé tener cuidado con las dos.

—¡Muchísimo! —le aseguró Carmina—. Aunque no te preocupes, que somos bastante fáciles de tratar. Bueno, yo más que ella, porque Kyra es muy tímida.

Sentí deseos de esconderme detrás del ordenador.

—Carmina...

—¿Ves? Ya se está poniendo colorada.

El empresario sonrió y dirigió su atención hacia mí.

—Encantado de conocerte, Kyra. He visto los dos directos que habéis realizado y quería felicitarte personalmente. Me ha gustado mucho tu manera de presentar las prendas.

—Muchas gracias —le respondí, procurando que la voz no me temblara—. La verdad es que todavía estoy aprendiendo.

—Pues debo decirte que lo haces muy bien. Tienes una forma de comunicarte muy natural, y eso es algo que no siempre resulta fácil de conseguir.

—Gracias, de verdad.

Adrián intervino para explicarle cómo habíamos organizado las retransmisiones, los resultados obtenidos y los planes que teníamos para ampliar la venta online.

Dante lo escuchó con atención, formulando preguntas sobre el volumen de pedidos, las edades de nuestras clientas y las prendas que habían despertado mayor interés.

Tomaba algunas notas mientras hablábamos y, aunque su actitud era cordial, transmitía una seguridad que me hizo comprender por qué había conseguido levantar una empresa de semejante envergadura.

—Los resultados son excelentes para tratarse de dos retransmisiones —le comentó cuando Adrián terminó de mostrarle las cifras—. Especialmente si tenemos en cuenta que vuestra comunidad digital todavía es pequeña. Eso indica que habéis conseguido una conexión muy buena con el público.

—¡Y eso que todavía estamos empezando! —intervino Carmina—. Cuando aprendamos a hacerlo bien, no sé qué va a ser de nosotras.

—Precisamente esa espontaneidad es lo que más me interesa —le respondió Dante, sonriendo—. Hay muchas marcas que invierten cantidades enormes de dinero en campañas publicitarias y, sin embargo, no consiguen transmitir la cercanía que ustedes han logrado en una sola retransmisión.

Carmina se llevó una mano al pecho, encantada.

—¡Ay, qué cosas tan bonitas dices! ¡Así da gusto hacer negocios!

Adrián se rio y aprovechó para explicarle que su tía era la responsable de buena parte del éxito, porque tenía una facilidad extraordinaria para conectar con las espectadoras.

—Eso ya lo he comprobado —admitió Dante—. Aunque también me interesa mucho el papel de Kyra.

Levanté la cabeza al escuchar mi nombre.

—¿El mío?

—Sí. Me gustaría saber cómo seleccionas las prendas que presentáis. ¿Participas en las compras y en la elección de las colecciones?

—Sí, claro. Carmina y yo solemos elegirlas juntas. Visitamos proveedores, estudiamos las tendencias y procuramos comprar ropa que se adapte a nuestras clientas.

—¿Y qué criterios utilizas para decidir si una prenda merece la pena?

La pregunta me sorprendió, aunque era algo sobre lo que podía hablar con conocimiento. Me acomodé mejor en el sofá y procuré ordenar las ideas antes de responder.

—Bueno, para mí es importante que la ropa sea bonita, pero también que resulte cómoda y favorecedora.

Hay prendas que quedan estupendas en una fotografía y después no funcionan igual cuando te las pruebas.

Nosotras intentamos elegir diseños que las mujeres puedan utilizar de verdad, que no se queden olvidados en el armario después de una sola ocasión.

Dante asintió mientras me escuchaba.

—¿Y crees que las clientas valoran esa diferencia?

—Muchísimo. Algunas vienen buscando algo que han visto en una revista, pero cuando se lo prueban descubren que no les favorece o que no se sienten cómodas. Entonces intentamos ofrecerles alternativas. A veces terminan llevándose algo completamente distinto de lo que tenían pensado.

—Eso me parece muy interesante —comentó—. ¿Y qué opinas de las campañas de moda que utilizan exclusivamente modelos profesionales?