Capítulo 5 #3
Me incliné para observar la fotografía con más atención. Era un hombre atractivo a rabiar, desde luego, aunque lo que más me llamó la atención fue el aspecto profesional de su perfil y las imágenes de las colecciones que aparecían en sus publicaciones.
—¿Y qué quiere? —le pregunté.
Adrián abrió el mensaje y comenzó a leerlo en voz alta.
—“Buenas tardes, Adrián. Mi nombre es Dante Valdieri y soy director ejecutivo de Valdieri Milano. He seguido con interés las retransmisiones que habéis organizado para la boutique de tu familia. Me parece especialmente acertada vuestra manera de presentar las prendas y conectar con el público. Estamos preparando una nueva colección femenina y estudiando posibles colaboraciones en España. Me gustaría conversar contigo sobre vuestro proyecto y conocer mejor a las personas que participan en él. Si te parece oportuno, podemos organizar una videollamada durante los próximos días. Un cordial saludo”.
Carmina abrió mucho los ojos.
—¡Pero bueno! ¡Que nos ha escrito un empresario italiano!
—Eso parece —respondió Adrián, todavía sorprendido.
—¿Y es importante?
Mi primo volvió a enseñarnos algunas fotografías de la firma.
—Bastante, tía. Valdieri Milano es una marca consolidada. Tiene colecciones muy interesantes y una estrategia de expansión que lleva tiempo llamando la atención en el sector. Que su director ejecutivo nos contacte directamente es una oportunidad que merece la pena estudiar.
Carmina se levantó del sofá y se acercó para examinar mejor la fotografía.
—Pues yo estoy dispuesta a estudiar lo que haga falta. Además, ese hombre tiene una pinta estupenda.
—Carmina, estamos hablando de negocios —le recordé.
—¡Y yo también, cariño! ¿O es que ahora resulta que los empresarios tienen que ser feos?
Adrián comenzó a escribir una respuesta mientras nos explicaba que lo más prudente sería concertar una videollamada para conocer sus intenciones. No quería hacernos ilusiones antes de tiempo, pero reconoció que el mensaje podía abrirnos puertas importantes.
—Le voy a proponer hablar el lunes —anunció—. Así tendremos tiempo para preparar un pequeño dossier de la boutique, nuestras cifras de ventas y los resultados de los directos.
—¿Y tenemos que estar nosotras? —pregunté.
—Por supuesto. Sois las protagonistas del proyecto.
—Pues espero que no tengamos que hacer otro desfile delante de ese hombre.
Carmina soltó una carcajada.
—¡Hija, por Dios! ¡Que tampoco te está pidiendo que te cases con él!
Adrián terminó de enviar el mensaje y guardó el teléfono. Después se volvió hacia mí con una sonrisa que conocía demasiado bien.
—Por cierto, prima, tengo que reconocer que el italiano está que cruje. Lo digo por aquello de tu ceguera selectiva, solo para los hombres. Y tienes que reconocer que este no puede estar más bueno.
—Eso ya lo ha dejado claro tu tía.
Había reconocido para mi interior su atractivo, aunque Adrián tenía razón en que ni siquiera solía hacer comentarios sobre hombres guapos. Es más, desde lo de Álvaro, no me había vuelto a relacionar prácticamente con nadie del sexo masculino. Sentía que con él, murió el amor de mi vida.
—No, cariño, mi tía ha sido muy discreta. Yo estoy diciendo que ese hombre tiene una cara que podría vender abrigos en pleno agosto.
Carmina comenzó a reírse mientras acariciaba a Don Vito.
—¡Pues imagínate lo bien que nos vendría para la colección de invierno!
—Os recuerdo que todavía no sabemos qué quiere —intervine, aunque también me hizo gracia el comentario.
—Ya lo averiguaremos —me aseguró Adrián—. Pero tengo la impresión de que esto puede ponerse muy interesante.
Mientras recogíamos las prendas que habíamos utilizado durante la retransmisión, volví a pensar en aquel mensaje.
Hasta hacía apenas unas semanas, nuestra mayor preocupación era conseguir que las clientas habituales se animaran a probar las novedades de temporada.
Ahora vendíamos ropa por toda España, acumulábamos pedidos pendientes y acabábamos de despertar el interés de un empresario italiano cuya firma parecía moverse en una dimensión completamente distinta de la nuestra.
Carmina, por supuesto, ya estaba pensando en cómo recibirlo si algún día decidía visitarnos.
—Habrá que comprar café italiano —comentó mientras guardaba los pendientes que se había quitado después del directo—. Y quizás unos buenos dulces. ¿Qué comen los italianos cuando vienen a España?
—Lo mismo que nosotros, tía —le respondió Adrián—. No son extraterrestres.
—¡Ya lo sé, hijo! Pero habrá que causar buena impresión.
Don Vito soltó un ronquido desde su sillón y Carmina lo observó con una sonrisa.
—Y a este tendremos que comprarle un sombrero de mayor caché. ¡Que se note que aquí sabemos recibir a la gente VIP!
Adrián se echó a reír y yo terminé contagiándome, aunque todavía no comprendía del todo la importancia de aquella llamada.
Lo único que sabía era que, por primera vez desde que habíamos recibido la notificación de Hacienda, el futuro de la boutique comenzaba a ofrecernos posibilidades que jamás nos habríamos atrevido a imaginar.