Capítulo 5 #2
—Mirad qué maravilla de vestido —anunció Carmina, señalándome—. Es cómodo, elegante y tiene una ventaja extraordinaria: puedes ponértelo para una comida familiar y seguir llevándolo cuando te inviten a cenar, sin necesidad de pasar por casa para cambiarte.
—Además, el tejido es elástico y no marca demasiado —añadí, acercándome para enseñar la textura—. Lo tenemos desde la talla treinta y seis hasta la cuarenta y seis, y también está disponible en azul marino.
—¡Y queda estupendo con botas! —intervino Carmina—. Aunque yo, personalmente, recomiendo acompañarlo con unos buenos tacones. Una nunca sabe cuándo va a encontrarse con un antiguo novio y conviene estar preparada para demostrarle lo que se perdió.
Adrián se llevó una mano a la frente detrás de la cámara, mientras los comentarios comenzaban a multiplicarse.
—Tía, recuerda lo que hemos hablado —le indicó en voz baja.
—¡Estoy hablando de moda, hijo! ¡No me interrumpas!
La retransmisión continuó con un ritmo mucho más ágil que la anterior. Me cambiaba de ropa mientras Carmina enseñaba complementos, y cuando regresaba respondía preguntas sobre tallas, tejidos y combinaciones.
Adrián nos ayudaba a seleccionar los comentarios más interesantes y nos avisaba cuando alguna prenda estaba a punto de agotarse.
A los veinte minutos, el vestido burdeos había desaparecido de nuestras existencias.
Poco después se agotaron dos modelos de pantalón y una chaqueta de ante sintético que Carmina presentó asegurando que era perfecta para salir a tomar algo con las amigas y regresar a casa con la dignidad intacta, aunque la noche hubiera terminado de manera inesperada.
—¿Qué significa eso? —le pregunté, divertida.
—Pues que una mujer puede divertirse todo lo que quiera, cariño, pero siempre debe procurar recordar dónde ha dejado el bolso.
Adrián soltó una carcajada que el micrófono recogió perfectamente.
—¡Tía, por favor!
—Niño, ¡qué delicado te has vuelto! ¡Si tú eres el primero que me cuenta unas cosas que me ponen los pelos de punta!
—¡Eso es información privada!
—Pues no me provoques.
Las espectadoras comenzaron a preguntar por Adrián, que terminó apareciendo unos segundos en pantalla para saludar. Varias lo reconocieron de sus redes sociales y celebraron que estuviera ayudándonos con la boutique.
—Sí, chicas, soy el sobrino de esta señora maravillosa —explicó mientras Carmina le colocaba bien el cuello de la camisa—. Y os aseguro que organizar estos directos es mucho más complicado que cualquier campaña profesional en la que haya trabajado.
—¡Porque aquí hay talento de verdad! —presumió su tía.
—Porque aquí nadie me hace caso, que es distinto.
Cuando llegó el turno de presentar una colección de conjuntos de punto, Adrián nos indicó que habíamos superado los seis mil espectadores simultáneos.
La cifra me impresionó, pero ya no experimenté el mismo deseo de esconderme que durante la primera retransmisión. Comenzaba a disfrutar explicando las prendas, respondiendo preguntas y descubriendo que muchas mujeres agradecían nuestros consejos.
—Kyra, ¿ese pantalón sirve para una mujer bajita? —leyó Carmina en la pantalla.
—Sí, aunque probablemente habría que ajustar el bajo. Yo mido un metro sesenta y siete y me queda justo por encima del zapato, así que una mujer más bajita podría llevarlo con tacones o acortarlo un poco.
—¡Y si no quiere tacones, que se ponga unas zapatillas bonitas! —añadió Carmina—. Que bastante hemos sufrido las mujeres con los pies para seguir martirizándonos por gusto.
Aquella respuesta provocó una avalancha de comentarios favorables. Adrián nos enseñó discretamente el monitor y comprobé que varias espectadoras estaban comprando el conjunto completo.
La sorpresa llegó cuando presentamos un abrigo largo de color camel. Carmina acababa de explicar que era una prenda atemporal cuando Don Vito decidió abandonar su sillón y acercarse a mí. Se detuvo junto a mis pies, olfateó el bajo del abrigo y comenzó a tirar suavemente de él con los dientes.
—¡Don Vito, suelta eso! —le ordené, intentando apartarlo sin dejar de sonreír a la cámara.
El perro ignoró mi advertencia y continuó tirando de la tela, convencido de que participábamos en algún juego extraordinario.
—¡Madre mía! —exclamó Carmina—. ¡Que el director financiero está intentando sabotearnos la colección!
Adrián enfocó al animal mientras yo procuraba recuperar el abrigo.
—¡Don Vito, cariño, eso no se come! —le explicó su dueña—. ¡Que luego te sienta mal y tenemos que llevarte al veterinario!
Las espectadoras comenzaron a enviar corazones y mensajes divertidos. Una preguntó si el perro también estaba disponible para la venta, y Carmina respondió sin pensárselo dos veces.
—¡Ni por todo el oro del mundo, preciosa! Aunque, si me ofreces una cantidad interesante, podemos negociar una visita de fin de semana.
Finalmente conseguí recuperar el abrigo a cambio de una pequeña galleta que Adrián sacó de su bolsillo.
Don Vito regresó satisfecho a su sillón, donde se acomodó con la tranquilidad de quien acababa de cumplir una importante misión empresarial.
La retransmisión terminó después de una hora y veinte minutos, cuando Adrián nos indicó que habíamos agotado prácticamente todas las prendas seleccionadas.
Carmina agradeció a las espectadoras su participación, prometió que organizaríamos otro directo en cuanto repusiéramos existencias y se despidió lanzando besos a la cámara.
—¡Muchísimas gracias, preciosidades! ¡Os queremos muchísimo! Y recordad que, si tenéis dudas sobre alguna prenda, podéis escribirnos. Eso sí, no me preguntéis si un pantalón os va a quedar bien sin decirme qué talla utilizáis, porque todavía no he desarrollado poderes sobrenaturales.
Cuando Adrián cortó la retransmisión, nos abrazamos los tres entre carcajadas. El cansancio comenzaba a hacerse notar, pero la emoción por los resultados nos mantenía llenos de energía.
—¡Esto ha sido una barbaridad! —exclamó mi primo mientras consultaba las estadísticas—. ¡Hemos superado las ventas del primer directo!
Carmina se llevó ambas manos a la cabeza.
—¡No me lo puedo creer! ¡Vamos a necesitar contratar a alguien para preparar tantos paquetes!
—Probablemente —admitió Adrián—. Y también tendremos que ampliar el catálogo, porque la gente nos está pidiendo más variedad.
Me acerqué para observar la pantalla. Las cifras eran extraordinarias y, aunque todavía debíamos descontar el coste de las prendas y los gastos correspondientes, el volumen de ventas superaba con creces nuestras previsiones.
—¿Cuántos pedidos tenemos pendientes? —le pregunté.
—Un montón. Y lo mejor es que muchas clientas han comprado varias prendas. Eso significa que confían en vosotras y que están dispuestas a repetir.
Carmina se sentó en el sofá mostaza y recogió a Don Vito, que comenzó a roncar casi de inmediato.
—¡Ay, hijo, qué alegría me estás dando! —confesó, emocionada—. Después del susto de Hacienda, esto me parece un regalo del cielo.
Adrián se inclinó para besarla en la mejilla.
—Todavía nos queda trabajo, tía, pero vamos por buen camino. Ya verás.
Estábamos comentando las posibilidades de ampliar el negocio cuando su teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa. Adrián lo recogió, leyó la pantalla y frunció el ceño con curiosidad.
—Vaya...
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—Tengo un mensaje privado bastante interesante.
Carmina levantó la cabeza.
—¿De algún admirador? Porque si es guapo, rico y tiene un hermano, podríamos repartirnos el trabajo.
—Tía, por favor —protestó Adrián, divertido—. Es un mensaje profesional.
—¡Pues mejor todavía! ¡Los profesionales suelen tener nómina!
Mi primo volvió a leerlo antes de levantar la vista hacia nosotras.
—¿Os suena el nombre de Dante Valdieri?
Negué con la cabeza, aunque Carmina pareció pensárselo durante unos segundos.
—¿Es italiano?
—Sí. Es el propietario de una firma de moda con sede en Milán. Tiene tiendas en varios países y está ampliando su presencia en España.
Adrián nos mostró el perfil desde el que había llegado el mensaje. Aparecía una fotografía de un hombre de unos cuarenta años, vestido con un traje azul marino de corte impecable. Tenía una expresión segura y una sonrisa discreta que le proporcionaba un atractivo indiscutible.
—¡Madre mía! —exclamó Carmina, acercándose para verlo mejor—. ¡Pero qué hombre tan bien hecho!
Adrián soltó una carcajada.
—Tía, compórtate.
—¡Estoy apreciando la calidad del producto, hijo! ¡Que para eso tenemos una boutique!