Capítulo 5
Tras el directo, descubrí que la fama tenía consecuencias bastante curiosas, entre ellas que una desconocida pudiera detenerte en mitad de la calle para preguntarte si los pantalones que llevabas puestos eran los mismos que se habían agotado durante la retransmisión anterior.
La mujer, encantadora por otra parte, me reconoció cuando salía de una panadería con una barra de pan debajo del brazo y, antes de que pudiera reaccionar, comenzó a explicarme que llevaba tres días intentando conseguir una talla treinta y ocho.
—Es que os vi el otro día y me encantó cómo te quedaban —me aseguró mientras examinaba mis pantalones con una atención que me hizo desear haber salido de casa en chándal—. ¿Vais a traer más?
—Sí, estamos esperando una reposición. Si quieres, puedes dejarnos tus datos en la tienda y te avisaremos cuando lleguen.
—¡Qué maravilla! Y dile a tu compañera que es divertidísima. Mi marido y yo nos reímos muchísimo con lo del perro.
Le prometí que se lo transmitiría y continué caminando hacia la boutique, todavía sorprendida por aquel encuentro.
Durante los cuatro días transcurridos desde nuestro primer directo, las redes sociales se habían convertido en una fuente inagotable de novedades.
Adrián nos enviaba estadísticas, capturas de pantalla y mensajes de clientas a cualquier hora, mientras Carmina había adquirido la costumbre de consultar su teléfono incluso durante el desayuno, algo que hasta entonces criticaba con especial dureza cuando lo hacía otra persona.
La boutique también había cambiado. Detrás del mostrador se acumulaban cajas de cartón, sobres acolchados y rollos de papel de seda, y habíamos tenido que reorganizar el pequeño almacén para preparar los envíos.
Las ventas de aquella primera retransmisión superaron nuestras expectativas y los pedidos pendientes de reposición obligaron a contactar con varios proveedores, algunos de los cuales se mostraron encantados de reservarnos nuevas unidades cuando Adrián les enseñó los resultados.
Al entrar, encontré a Carmina subida a una pequeña escalera, colocando una chaqueta en uno de los percheros superiores. Esa mañana salió de casa con nuestro perrito antes que yo porque fue a hacer un recado, y de ahí directa al negocio.
Llevaba un conjunto de punto azul petróleo, unos pendientes de aro y el cabello recogido con una pinza dorada. Don Vito dormitaba en su sillón, aunque levantó una oreja al escuchar la campanilla de la puerta.
—¡Hola, estrella de la televisión! —me saludó Carmina—. ¿Has visto cuántos seguidores tenemos ya?
—Buenos días a ti también.
—¡Ocho mil cuatrocientos! ¡Y subiendo! Ayer teníamos ocho mil ciento veinte. Esto es una barbaridad, cariño.
Dejé el bolso detrás del mostrador y me acerqué para sujetarle la escalera.
—Baja de ahí, por favor. Como te caigas, tendremos que hacer el siguiente directo desde urgencias.
—Pues tampoco sería mala publicidad. Imagínate el titular: “Empresaria de San Sebastián se rompe una pierna por amor a sus clientas”.
—Carmina...
—Niña, ¡qué poco sentido del espectáculo tienes!
Bajó finalmente y me dio un beso antes de dirigirse hacia el escaparate.
Habíamos decidido presentar aquella tarde una selección de prendas de entretiempo, con vestidos de punto, conjuntos de pantalón y blusa, chaquetas ligeras y varios abrigos.
Adrián insistió en que debíamos aprovechar el impulso del primer directo, aunque nos prometió que esta vez reduciría el despliegue técnico y procuraría que todo resultara más sencillo.
Naturalmente, ninguna de las dos le creyó.
—Por cierto —comentó Carmina mientras retiraba una etiqueta—, Ricardo me ha llamado esta mañana.
—¿Y qué quería?
—Invitarme a comer el domingo.
—¿Y qué le has dicho?
—Que tenía que consultarlo con mi agenda.
—¿Qué agenda?
—La mía, cariño. Una mujer tiene derecho a disponer de su tiempo.
—El domingo no tenemos nada.
—Eso lo sabes tú porque vives conmigo. Ricardo no tiene por qué conocer todos los detalles de mi vida privada.
Sonreí mientras comenzaba a ordenar las prendas que acababan de llegar.
Desde que habíamos iniciado aquella aventura digital, Carmina parecía haber recuperado parte de la tranquilidad que perdió con la notificación de Hacienda.
Ernesto continuaba estudiando el expediente y nos había recomendado solicitar el fraccionamiento de la deuda mientras preparaba las alegaciones que correspondieran, pero el incremento de las ventas nos permitía contemplar el futuro con algo más de optimismo.
—Podrías aceptar —le sugerí—. Te vendría bien salir y desconectar un rato.
—Ya veremos. Tampoco quiero que se acostumbre a tenerme disponible cada vez que le apetezca.
—Lleva más de un año intentando que te acostumbres tú a él.
—Precisamente. Si después de tanto tiempo sigue interesado, será porque algo bueno debo de tener.
—Un montón de cosas buenas. Entre ellas, una capacidad extraordinaria para volver loco a un hombre.
Carmina soltó una carcajada y me lanzó una etiqueta que acababa de desprender de una chaqueta.
—¡Mocosa! Anda, termina de preparar esos vestidos, que Adrián llegará en unas horas y nos pondrá a trabajar.
Adrián apareció tras el almuerzo con dos bolsas enormes, una caja de accesorios y un café que consiguió derramar parcialmente sobre su propia chaqueta antes de llegar al mostrador.
Llevaba unos pantalones caquis de pinzas, una camiseta negra y unas botas de piel que Carmina examinó con interés antes de preguntarle cuánto habían costado.
—Tía, no empieces —protestó mientras dejaba las bolsas—. Son una inversión profesional.
—¿Una inversión profesional? ¿Qué haces con ellas, hijo, alquilarlas por horas?
—Trabajo en moda. Mi imagen es importante.
—Pues ten cuidado, porque a este paso vas a tener una imagen estupenda y la cuenta corriente vacía.
Adrián le dio un beso y se acercó a mí para enseñarme el teléfono.
—Prima, tenemos que hablar.
—Eso nunca anuncia nada bueno.
—He preparado una campaña para esta tarde y está funcionando muchísimo mejor de lo que esperaba.
—¿Qué campaña?
—Un adelanto de la colección, un sorteo entre quienes compartan el directo y una colaboración con dos creadoras de contenido que van a conectarse para comentar los conjuntos.
Lo observé con resignación.
—Me prometiste que esta vez sería algo sencillo.
—Y lo será. Comparado con lo que podríamos hacer, esto es prácticamente una reunión de amigas.
—¿Cuántas personas crees que se conectarán?
—No lo sé, pero el vídeo promocional lleva más de trescientas mil reproducciones.
Carmina, que escuchaba desde el otro extremo de la tienda, dejó escapar un grito de entusiasmo.
—¡Madre mía! ¡Vamos a necesitar una alfombra roja!
—No, tía, lo que vamos a necesitar es que no enseñes las prendas antes de que Kyra se las ponga. El otro día vendiste tres chaquetas mientras ella todavía estaba intentando abrocharse los pantalones.
—¡Eso demuestra que tengo talento comercial!
Adrián se volvió hacia mí con una sonrisa cómplice.
—Y otra cosa. Hoy vamos a probar una dinámica nueva. Quiero que respondas algunas preguntas de las espectadoras y expliques por qué recomiendas determinadas prendas. Nada de limitarte a desfilar.
—¿Y si me pongo nerviosa?
—Te pondrás nerviosa, te reirás y seguirás. Es precisamente lo que gustó la otra vez. La gente conecta contigo porque no pareces una modelo intentando venderles algo, sino una mujer normal que conoce bien su trabajo.
Aquella observación me hizo pensar durante unos segundos. Siempre había considerado mi timidez un inconveniente, especialmente cuando tenía que hablar delante de desconocidos, pero Adrián parecía convencido de que podía convertirse en una ventaja.
—Está bien —acepté—. Lo intentaré.
—¡Esa es mi prima! —celebró, abrazándome—. Ahora vamos a conseguir que mi tía no mencione a Hacienda, a Ricardo ni los problemas digestivos del perro durante la retransmisión.
—¡Pues entonces no sé de qué quieres que hable! —protestó Carmina.
A las siete de la tarde, la boutique estaba preparada para recibir a nuestras espectadoras.
Adrián había organizado el espacio con dos cámaras, un monitor y una iluminación que resaltaba los colores de las prendas sin alterar su aspecto.
Esta vez también dispusimos de una pequeña mesa donde mostrar bolsos, cinturones y bisutería, porque varias clientas nos habían pedido que enseñáramos combinaciones completas.
Carmina apareció con un vestido estampado en tonos verdes y naranjas, el cabello suelto y una sonrisa que anunciaba problemas. Don Vito llevaba una pajarita azul marino y su inseparable sombrero negro, aunque Adrián tuvo que reajustárselo tres veces porque insistía en quitárselo con una pata.
—Hoy tenemos que comportarnos —nos advirtió mi primo mientras comprobaba el sonido—. Nada de improvisaciones excesivas, ¿de acuerdo?
—Por supuesto, cariño —le aseguró su tía—. Soy una profesional.
—Tía, el otro día llamaste “señora con problemas de circulación” a una clienta que preguntó si los pantalones apretaban mucho.
—¡Porque quería saber si eran cómodos! ¡Y yo le expliqué que no cortaban la circulación!
—Pues hoy vamos a intentar utilizar expresiones un poquito más comerciales.
Carmina asintió con una solemnidad que no me tranquilizó en absoluto.
Cuando comenzó el directo, más de mil personas se conectaron durante los primeros minutos. Adrián nos indicó que la cifra aumentaba rápidamente y Carmina saludó a las espectadoras con el entusiasmo de quien recibía a sus mejores amigas en una fiesta.
—¡Buenas tardes, preciosidades! ¡Aquí estamos otra vez! Me alegra muchísimo veros, aunque os advierto que hoy tenemos un problema importante: mi sobrino quiere que me comporte y eso, a mi edad, resulta bastante complicado.
Las risas comenzaron a aparecer en la pantalla mientras yo entraba en escena con un vestido midi de punto color burdeos. Tenía un escote discreto, mangas largas y una falda que se ajustaba suavemente a la cintura antes de caer hasta media pierna.