Lo nuestro no venía en el contrato Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Las espectadoras parecieron encantadas con su sinceridad. Empezaron a preguntar por las tallas, los colores disponibles y las medidas de la cintura, mientras Adrián nos iba indicando qué cuestiones debíamos responder.

A los diez minutos ya habíamos vendido varias unidades del primer conjunto y comenzaban a llegar reservas del segundo, que todavía no habíamos presentado.

Cuando regresé del probador con un vestido verde esmeralda, Carmina estaba explicando a las espectadoras que era una prenda perfecta para una cena romántica.

—Y si el caballero que os invita no merece la pena, por lo menos os lleváis la satisfacción de haber salido guapísimas —añadió—. Que hay hombres que no justifican ni el precio del aparcamiento.

—¿Lo dices por alguien en particular? —le pregunté, divertida.

—No, cariño, yo hablo de manera general. Aunque, si Ricardo está viendo esto, que sepa que no me refiero a él.

Adrián soltó una carcajada y me señaló la pantalla. Entre los comentarios acababa de aparecer uno de una usuaria que preguntaba si Ricardo estaba soltero.

—¡Pero bueno! —exclamó Carmina al leerlo—. ¡Qué atrevidas sois! ¡Que una cosa es que todavía no haya decidido quedármelo y otra muy distinta que lo ponga en circulación!

Las risas se multiplicaron y el número de espectadores superó los tres mil.

Adrián nos indicó que la retransmisión estaba funcionando mucho mejor de lo previsto, aunque apenas tuve tiempo de procesar aquella información porque Carmina ya estaba presentando un conjunto de punto que, según ella, resultaba perfecto para visitar a la suegra sin parecer demasiado interesada en agradarle.

A mitad del directo llegó el turno de Don Vito.

Adrián lo colocó en su sillón, enfocó la cámara hacia él y anunció que íbamos a presentar al verdadero propietario de la boutique.

Nuestro perro observó el objetivo durante unos segundos, se relamió y comenzó a olfatear el bolsillo de Carmina, donde había descubierto que guardaba varias lonchas de jamón.

—Este es Don Vito —explicó ella, acariciándole la cabeza—. Es nuestro director financiero, aunque todavía no hemos conseguido que comprenda que los beneficios no pueden invertirse íntegramente en comida.

—¿Cuánto pesa? —pregunté al leer uno de los comentarios.

—Eso no se pregunta, cariño. ¡Qué falta de delicadeza! —protestó Carmina—. ¿A ti te gustaría que tres mil personas te preguntaran cuánto pesas?

Adrián nos indicó que el perro estaba causando sensación. Las espectadoras pedían que se acercara a la cámara, preguntaban dónde habíamos comprado su sombrero y enviaban corazones sin parar.

Carmina decidió aprovechar el entusiasmo para ofrecer un pequeño descuento en los complementos a quienes realizaran un pedido durante los siguientes diez minutos.

—¡Y recordad que Don Vito supervisará personalmente todos los paquetes! —anunció, mientras el animal intentaba arrebatarle el jamón de los dedos—. Aunque no garantizamos que lleguen sin babas.

El éxito de aquella ocurrencia fue inmediato. Los pedidos comenzaron a entrar a tal velocidad que Adrián tuvo que pedirnos que hiciéramos una pequeña pausa para comprobar las existencias.

Adrián echó un vistazo a una hoja llena de referencias y comprobó que varias tallas se acababan de agotar.

—¡Tía, tenemos que seguir! —nos animó—. ¡Está funcionando de maravilla!

Carmina se llevó una mano al pecho, emocionada.

—Hijo, ¡que me va a dar algo! ¡Que voy a terminar pagando a Hacienda gracias a un perro vestido de mafioso!

—¡No menciones a Hacienda en directo! —le advertí, horrorizada.

—¿Por qué no? ¡Si seguro que también nos están viendo! ¡Pues que compren algo, que bastante dinero quieren llevarse!

Adrián tuvo que apartarse del monitor porque no podía parar de reírse. Yo también terminé riéndome, y aquella reacción espontánea pareció gustar muchísimo a las espectadoras, que comenzaron a pedirnos que hiciéramos más retransmisiones.

Durante la siguiente media hora presentamos el resto de la colección. Me probé vestidos, pantalones, blusas y abrigos, mientras Carmina explicaba los tejidos, aconsejaba combinaciones y respondía a las preguntas con una naturalidad que habría envidiado cualquier presentadora profesional.

Poco a poco fui olvidándome de la cámara y empecé a disfrutar de aquella experiencia, especialmente cuando comprobé que las mujeres agradecían que enseñáramos las prendas sin filtros ni artificios.

—Kyra, cariño, ponte de lado para que se vea cómo queda la falda —me pidió Carmina cuando llegamos al último conjunto—. ¡Eso es! ¿Veis qué bonita? Tiene una cintura preciosa y, además, permite sentarse a comer sin tener que desabrocharse el botón.

—Esa es una ventaja importante —comenté, sonriendo.

—¡Importantísima! Yo no compro ninguna prenda que me impida comerme una buena croqueta.

Cuando terminamos de presentar el último vestido, Adrián nos indicó que estábamos a punto de alcanzar los cinco mil espectadores simultáneos. Carmina abrió mucho los ojos y se acercó a la cámara para agradecer a todas las personas que nos habían acompañado.

—¡Muchísimas gracias, preciosidades! ¡No sabéis lo felices que nos habéis hecho! Prometemos volver pronto con más ropa, más consejos y, por supuesto, con Don Vito, que ahora mismo está descansando porque esto de hacerse famoso agota muchísimo.

El perro, instalado en su sillón, respondió con un ronquido tan sonoro que el micrófono lo recogió perfectamente.

—¡Madre mía! —exclamó Carmina entre carcajadas—. ¡Perdonadlo, que todavía no ha aprendido a comportarse delante de las cámaras!

Adrián nos indicó que nos despidiéramos y, cuando finalmente terminó la retransmisión, me dejé caer sobre el sofá mostaza de la boutique, agotada y con una sonrisa que no conseguía borrar.

—¡Lo hemos conseguido! —exclamó Carmina, abrazándome—. ¡Y tú estabas preciosa, Kyra! ¡Si hasta parecía que llevabas toda la vida haciendo esto!

—No vuelvas a decirme que una falda me hace buen trasero delante de cinco mil personas.

—Pues no te prometo nada, porque era verdad.

Adrián se acercó con la tableta en la mano y una expresión de incredulidad que me hizo incorporarme.

—Chicas, creo que todavía no sois conscientes de lo que acaba de pasar.

—¿Qué ocurre? —le pregunté.

—Que hemos vendido absolutamente todas las unidades disponibles de las prendas que hemos presentado. Todas. Y tenemos una lista enorme de personas que quieren reservar tallas y colores agotados.

Carmina se llevó ambas manos a la boca.

—¿Todas?

—Todas, tía. Y lo mejor es que seguimos recibiendo solicitudes. Hay clientas que quieren conjuntos completos, otras preguntan cuándo repondremos existencias y varias nos están pidiendo que les avisemos cuando hagamos el próximo directo.

Me acerqué a la pantalla y contemplé las cifras que Adrián nos mostraba.

Habíamos conseguido vender en poco más de una hora una cantidad de ropa que normalmente nos habría llevado varias semanas despachar.

Además, la lista de pedidos pendientes seguía creciendo y tendríamos que contactar con nuestros proveedores a primera hora de la mañana para comprobar qué prendas podían servirnos de nuevo.

—Pero ¿esto es de verdad? —le preguntó Carmina, todavía emocionada—. ¿No será una broma de esas que hacéis los jóvenes con los ordenadores?

—Es completamente real, tía. Y todavía no hemos terminado. Tenemos que organizar los pedidos, confirmar los pagos y preparar los envíos, pero esto puede cambiar el futuro de la boutique.

Carmina se sentó junto a mí y me cogió la mano. Durante unos segundos contempló la pantalla, donde aparecían las referencias agotadas y las cifras de ventas, hasta que se volvió hacia su sobrino con los ojos brillantes.

—Álvaro estaría orgullosísimo de vosotros —murmuró.

Adrián dejó la tableta sobre la mesa y se acercó para abrazarnos. Aquellas palabras me emocionaron más de lo que esperaba, porque sabía que Carmina llevaba días preocupada por la posibilidad de perder el negocio que tanto esfuerzo le había costado levantar.

—Pues todavía tenemos mucho trabajo por delante —nos recordó él, recuperando su habitual entusiasmo—. Mañana quiero que llaméis a todos los proveedores, porque vamos a necesitar más mercancía. Y, por cierto, ya podéis ir pensando en el próximo directo.

—¡Por supuesto! —exclamó Carmina—. ¡Yo estoy dispuesta a hacer uno todos los días!

—Ni hablar —intervine—. Primero tenemos que descansar.

—Hija, ¡qué poco espíritu empresarial tienes! —protestó, levantándose para recoger a Don Vito—. ¡Con lo bien que se nos ha dado! Además, estoy convencida de que en el próximo podemos vender todavía más.

Adrián sonrió mientras consultaba su teléfono.

—Eso es precisamente lo que vamos a intentar, tía. Porque os aseguro que lo de hoy no ha sido más que el principio.

Carmina besó a Don Vito en la cabeza y lo levantó frente a ella, orgullosísima.

—¿Has oído, cariño? ¡Somos famosos! ¡Y ricos!

—Ricos todavía no —le recordó Adrián, divertido—. Primero tenemos que pagar a los proveedores, los gastos y los impuestos.

—¡No me hables de impuestos, hijo, que me estropeas la noche!

Nos echamos a reír y, por primera vez desde que llegó aquella carta de Hacienda, vi a Carmina disfrutar de una alegría que no necesitaba disimular ninguna preocupación.

Aquella noche habíamos descubierto que nuestra pequeña boutique podía llegar mucho más lejos de lo que jamás imaginamos.

Y todo había comenzado con un perro gordito vestido de mafioso, una mujer de sesenta y tres años que no sabía callarse y otra de treinta y dos que habría preferido esconderse debajo del mostrador antes que aparecer delante de una cámara.