Lo nuestro no venía en el contrato Capítulo 4
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Capítulo 4

Cuando Adrián nos aseguró que organizaría un directo sencillo para comprobar si éramos capaces de vender ropa por internet, imaginé un teléfono sujeto a un trípode, diez prendas colocadas en un perchero y a Carmina hablando durante media hora mientras yo procuraba no aparecer demasiado en pantalla.

Lo que encontré aquella tarde al llegar a la boutique se parecía bastante más al montaje de un programa de televisión, con la diferencia de que el presentador llevaba una camisa de seda estampada, había traído a un técnico y estaba discutiendo con él porque una de las luces le proyectaba una sombra poco favorecedora sobre la nariz.

—Adrián, ¿qué demonios es todo esto? —le pregunté desde la entrada, todavía con las llaves en la mano.

Mi primo se volvió hacia mí y abrió los brazos con una sonrisa radiante.

—¡Bienvenida al nacimiento de un imperio, cariño!

—Te pregunté qué era todo esto.

—Y te estoy respondiendo. ¿No ves qué maravilla?

Recorrí el establecimiento con la vista, intentando reconocer la boutique que habíamos cerrado apenas dos horas antes. Adrián había desplazado la mesa central hacia uno de los escaparates y organizado un espacio de presentación frente a una pared decorada con molduras blancas.

A ambos lados había colocado dos percheros dorados con los conjuntos ordenados por colores, mientras que una alfombra beige delimitaba la zona por la que, según deduje con creciente inquietud, tendría que pasearme delante de una cámara.

Había focos, un monitor, un micrófono diminuto y una mesa auxiliar cubierta de accesorios. Incluso habían traído un enorme arreglo de flores naturales que perfumaba el local.

—Me dijiste que íbamos a hacer una prueba —le recordé, acercándome a uno de los focos—. Una prueba pequeña, Adrián. Con un teléfono.

—Y vamos a hacerla con un teléfono estupendo, este técnico divino y una iluminación que te va a quitar diez años de encima.

—Tengo treinta y dos.

—Pues vas a parecer de veintidós. Deberías estar agradecida.

Carmina apareció desde los probadores con un vestido rojo que jamás le había visto y unos pendientes dorados que le rozaban los hombros. Se había recogido parte del cabello y llevaba los labios pintados de un rojo intenso. Detrás de ella caminaba una muchacha cargada con un neceser de maquillaje.

—¡Kyra, cariño! —exclamó al verme—. ¡Mira qué guapa me han puesto! Adrián ha traído una maquilladora y todo. Me ha dicho que vamos a salir estupendas.

—¿Una maquilladora?

—Y una peluquera, pero esa ya se ha marchado. Por cierto, me ha encantado. Le he pedido el teléfono porque hace unas ondas preciosas.

Me volví hacia mi primo, que examinaba satisfecho el resultado de su trabajo.

—¿Cuánto nos va a costar todo esto?

—De momento, nada. Son amigos míos, me debían algunos favores y he conseguido que nos echen una mano. Si la cosa funciona, ya organizaremos los siguientes directos con un presupuesto razonable.

—¿Y cuánta gente sabe que vamos a hacerlo?

Adrián fingió concentrarse en la pantalla del monitor.

—Bueno, he publicado alguna cosilla.

—¿Qué cosilla?

—Un vídeo anunciando el directo. Un par de historias. Una publicación con las prendas que vamos a presentar...

—Adrián.

—Y quizás haya hecho un sorteo entre quienes compartan la retransmisión.

Carmina soltó una carcajada al ver mi expresión.

—Hija, ¡no pongas esa cara! ¡Que parece que vamos a entrar en quirófano! Además, mi sobrino dice que hay muchísima gente esperando.

—¿Cuánta?

Adrián consultó su teléfono y sonrió.

—El vídeo lleva ciento ochenta mil visualizaciones.

Tuve que sujetarme al respaldo de una silla.

—¿Ciento ochenta mil?

—Tranquila, que no van a entrar todos. Algunos estarán a lo suyo, otros trabajando y otros tendrán cosas mejores que hacer.

—¡Eso espero!

Mi primo (realmente sentía que lo era, como si compartiéramos sangre) me rodeó los hombros y me condujo hacia los probadores mientras me explicaba que había preparado doce conjuntos completos, con diferentes combinaciones de prendas y complementos.

Cada uno llevaba una referencia y un precio que aparecerían en pantalla. Las clientas podrían reservar las prendas mediante un formulario enlazado desde el perfil de la boutique, y una de sus colaboradoras se encargaría de controlar las existencias para evitar vender unidades que no tuviéramos.

—Tú solo tienes que probarte la ropa, caminar hasta la marca que hemos puesto en el suelo y dejar que mi tía hable —me explicó—. Cuando necesitemos enseñar un detalle, te lo indicaré. No tienes que memorizar nada.

—¿Y si me equivoco?

—Te equivocas y seguimos. Precisamente queremos que resulte natural.

Carmina se acercó con Don Vito en brazos. Nuestro carlino llevaba su sombrerito negro, una pajarita roja y un chaleco diminuto que apenas conseguía cerrarse sobre su barriga.

Adrián había colocado junto al mostrador un sillón tapizado en terciopelo verde para que pudiera participar en la retransmisión, aunque el animal parecía mucho más interesado en investigar las bolsas de comida que descansaban sobre una mesa.

—¿Qué te parece el vestuario de nuestro artista? —me preguntó Carmina, orgullosísima.

—Que parece el propietario de un casino clandestino.

—¡Exactamente! —celebró Adrián—. Esa es la imagen que buscamos.

—Pues espero que le hayáis preparado un contrato —añadí—. Porque trabaja exclusivamente a cambio de jamón.

—No te preocupes, prima. Tenemos provisiones suficientes para sobornar a toda la familia.

Un rato después, cuando faltaban quince minutos para empezar, terminé de ponerme el primer conjunto.

Era un pantalón de vestir color chocolate, una blusa de satén marfil y una americana entallada que me favorecía muchísimo.

La maquilladora me había arreglado el cabello, dejándolo suelto sobre los hombros, y aplicado un maquillaje discreto que resaltaba mis ojos sin hacerme sentir disfrazada. Aun así, cuando me vi reflejada en el espejo del probador, tuve la tentación de quitarme toda aquella ropa y regresar a casa.

Adrián apareció con unos auriculares alrededor del cuello y una tableta en la mano.

—Quedan cinco minutos. ¿Preparadas?

—¡Preparadísima! —respondió su tía, que estaba retocándose los labios frente a un espejo.

—Yo no —confesé.

Mi primo se acercó para colocarme bien el cuello de la americana.

—Escúchame, Kyra. Nadie espera que seas una presentadora profesional. La gente quiere ver cómo quedan las prendas, conocer los tejidos y pasar un rato agradable. Tú sabes de ropa muchísimo más que la mayoría de las personas que hacen estos directos. Confía un poco en ti.

—Es muy fácil decirlo cuando llevas años hablando delante de una cámara.

—La primera vez que grabé un vídeo tardé cuarenta minutos en pronunciar tres frases. Y después descubrí que había estado hablando con el micrófono apagado.

Me reí, agradecida por el intento de tranquilizarme.

—¿De verdad?

—No, cariño, pero estaba quedando precioso y no quería estropearlo.

Le propiné un pequeño golpe en el brazo y regresamos juntos a la zona de presentación, donde Carmina estaba dando instrucciones a Don Vito para que permaneciera sentado en su sillón.

El perro la escuchaba con la lengua fuera, ajeno a la importancia del acontecimiento.

Cuando Adrián levantó la mano para indicarnos que faltaban diez segundos, sentí unas ganas terribles de esconderme detrás de uno de los percheros.

Carmina, en cambio, se colocó frente a la cámara, se alisó el vestido y sonrió con una seguridad envidiable.

—Tres, dos, uno... ¡Estamos en directo! —anunció mi primo desde detrás del monitor.

—¡Muy buenas tardes, preciosidades! —saludó, agitando una mano—.

Soy Carmina y os doy la bienvenida a nuestra boutique.

Hoy vamos a enseñaros una colección maravillosa, aunque antes quiero aclarar una cosa: si me veis un poquito nerviosa, no es por la cámara, sino porque mi sobrino ha llenado la tienda de aparatos y llevo media hora intentando averiguar cuál de todos sirve para pedir un café.

Adrián comenzó a reírse detrás del monitor, mientras los primeros comentarios aparecían en la pantalla auxiliar. En apenas unos segundos se conectaron más de seiscientas personas, una cifra que me pareció descomunal hasta que vi que continuaba aumentando.

—Y esta preciosidad que tengo aquí es Kyra —prosiguió, haciéndome una seña para que me acercara—.

Es mi mano derecha, mi compañera de aventuras y la responsable de que esta tienda siga funcionando cuando yo me distraigo hablando con las clientas.

Además, está guapísima, aunque lleva toda la tarde amenazando con escaparse por la puerta trasera.

Me acerqué con una sonrisa tímida y saludé a la cámara.

—Hola, buenas tardes.

—¡Más fuerte, cariño, que estamos vendiendo ropa, no confesándonos! —me animó Carmina.

Los comentarios comenzaron a multiplicarse. Algunas espectadoras preguntaban por mi pantalón, otras querían saber de dónde era la americana y varias felicitaban a Carmina por su vestido.

Adrián nos indicó que había más de mil personas conectadas y levantó ambos pulgares para animarnos a continuar.

—Vamos a empezar con este conjunto maravilloso —anunció Carmina, señalándome—.

El pantalón tiene una caída estupenda, la blusa es una monada y la americana queda tan bien que estoy pensando en quedármela.

Aunque, naturalmente, tendría que convencer a Kyra para que me dejara utilizar su descuento de empleada.

—Tú eres la dueña —le recordé, olvidándome durante un instante de la cámara.

—¡Por eso mismo, cariño! ¡Porque tengo que dar ejemplo y no puedo ir regalándome cosas!

Las risas comenzaron a llenar la pantalla en forma de emoticonos. Adrián nos indicó que enseñáramos la parte trasera del pantalón y, cuando me volví, Carmina aprovechó para comentar que la prenda hacía un trasero estupendo.

—¡Carmina! —protesté, completamente avergonzada.

—¿Qué quieres que diga? ¿Que lo hace horrible? ¡Pues no, hija, que estamos aquí para vender!