Lo nuestro no venía en el contrato Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—Escuchadme, porque esto puede funcionar de verdad.

Conozco marcas pequeñas que han multiplicado por bastante sus ventas gracias a los directos.

No os prometo que vaya a ocurrir de un día para otro, pero tenéis producto, experiencia y personalidad.

Si lo hacemos bien, podemos llegar a muchísima gente.

—¿Multiplicar por bastante las ventas? —repitió Carmina, interesadísima.

—Te lo firmo ya, si conseguimos crear una comunidad fiel. Yo me encargaré de grabar, preparar la iluminación, gestionar las redes y enseñaros cómo funciona todo. Al principio os ayudaré también con los pedidos. Y aprovecharé mis seguidores para daros visibilidad.

—¿Y yo tengo que salir enseñando vestidos? ¿De verdad? —le pregunté, todavía horrorizada.

—Vestidos, pantalones, blusas, abrigos, complementos... Lo que queráis vender. No tienes que convertirte en modelo profesional, prima. Solo enseñar cómo queda la ropa en una mujer de verdad.

—Pero me voy a morir de vergüenza.

—Pues procura hacerlo después del directo, que antes tenemos que vender.

Carmina comenzó a reírse con tantas ganas que Don Vito levantó la cabeza desde su cama, molesto por el escándalo.

—Adrián, hijo, ¡me encanta! ¡Vamos a hacernos famosas!

—Primero vamos a intentar vender ropa, tía. Lo de la fama ya veremos.

—Pues yo quiero fama. Y dinero, naturalmente. Pero sobre todo quiero que alguien me reconozca por la calle y me pida una fotografía.

—A ti te reconocen ya en medio San Sebastián —le recordé.

—Sí, cariño, pero porque les he vendido monerías. Yo quiero que me reconozcan por mi talento.

Adrián se levantó para coger uno de los pasteles y terminó ofreciéndole un trocito a Don Vito, que lo recibió con una rapidez sorprendente para un animal que llevaba toda la noche fingiendo estar demasiado cansado para moverse.

—¡No le des más comida! —protesté.

—Perdona, pero Don Vito también puede participar en los directos. Le ponemos su sombrerito, lo sentamos junto a la caja y hacemos que sea la mascota oficial de la boutique.

Carmina abrió mucho los ojos, encantada.

—¡Eso! ¡Y le compramos una corbata! ¡Una de esas negras que llevan los mafiosos!

—Tía, el perro ya parece el jefe de una organización criminal. No necesita más complementos.

Los observé mientras discutían sobre la posibilidad de convertir a Don Vito en una estrella de las redes sociales.

Adrián había conseguido que Carmina olvidara durante un rato la carta de Hacienda, y aquella alegría recuperada me hizo reconsiderar mi negativa. Sabía que la propuesta tenía sentido y que, si alguien podía ayudarnos a modernizar el negocio, era precisamente él.

—¿Y si hacemos una prueba? —le pregunté, interrumpiendo sus planes para el vestuario del perro.

Adrián dejó el pastel sobre el plato.

—¿Una prueba?

—Un directo corto. Pero sin prometer nada y sin anunciarlo a tus trescientos mil seguidores.

—Podemos empezar con algo sencillo —me aseguró—. Una selección de diez prendas, media hora de emisión y yo detrás de la cámara para ayudaros. Si te pones nerviosa, intervengo. Y si no te gusta, buscamos otra fórmula.

Carmina me rodeó los hombros con un brazo y me dio un beso en la sien.

—¡Esa es mi niña! Ya verás qué bien lo hacemos. Además, tú no tienes que preocuparte por hablar. De eso me encargo yo.

—Eso es precisamente lo que más miedo me da —murmuré.

Adrián soltó una carcajada y comenzó a explicarnos cómo organizaría la primera retransmisión.

Habló de colocar un fondo bonito, preparar los conjuntos con antelación, comprobar la conexión a internet y establecer un sistema para reservar las prendas que las clientas quisieran comprar.

Mientras lo escuchaba, fui comprendiendo que aquello exigía bastante más trabajo del que imaginé a priori, pero también que podía abrirnos una oportunidad que hasta entonces ni siquiera habíamos considerado.

Carmina volvió a mirar el teléfono de su sobrino, donde una mujer seguía mostrando vestidos ante cientos de espectadoras.

—Oye, Adrián, una cosa —lo interrumpió—. ¿Y la gente puede escribirnos mientras estamos en directo?

—Claro. Pueden preguntar precios, tallas, colores y lo que quieran.

—¿Y también pueden mandarnos corazones?

—Todos los que quieran, tía.

Sonrió con satisfacción y se acomodó en la silla.

—Pues estupendo. Porque como Ricardo se entere de que voy a salir por internet y empiecen a mandarme corazones otros hombres, igual se pone celoso.

—¿Ricardo? —Adrián arqueó las cejas—. ¿Pero todavía tienes a ese pobre señor haciendo oposiciones para ser tu novio?

—Y sin aprobar, nene. Es que últimamente los candidatos vienen muy poco preparados.

Se quejó sin ningún motivo, pero es que así era ella. Me eché a reír mientras Don Vito reclamaba otro trozo de pastel golpeando con una pata el zapato de Adrián. Por primera vez desde que había llegado aquella maldita carta, la preocupación pareció concedernos una tregua.

Todavía nos quedaba mucho por resolver, pero aquella noche, sentada en la cocina con mis dos personas favoritas y un carlino empeñado en comerse todo cuanto encontraba a su alcance, empecé a pensar que quizás Adrián tuviera razón.

A lo mejor había llegado el momento de atrevernos a hacer algo diferente.

Por mi parte, lo único que tenía que hacer era dejar mi timidez a un lado. Y, aunque la idea me generaba bastante vértigo, tendría que intentarlo por Carmina.