Capítulo 3 #2
Me trataba como a una hermana mayor, aunque aprovechaba cualquier ocasión para recordarme que solo nos separaban tres años y que mi manera de vestir algunos días parecía propia de una señora jubilada. Pese a que no lo fuéramos de sangre, me llamaba prima.
Era alto, de complexión atlética y guapísimo, con el cabello castaño oscuro, los ojos celestes y unos rasgos expresivos que aprovechaba de maravilla delante de una cámara.
Le apasionaba la moda y tenía un estilo atrevido, aunque siempre elegante. Aquella noche llevaba unos pantalones negros anchos, una camiseta blanca y una chaqueta de cuero burdeos que probablemente costaba más que mi sueldo de una semana.
Adrián era influencer de moda y estilo de vida, una profesión que Carmina seguía describiendo como “ganarse la vida haciendo monerías con el teléfono”.
Tenía cerca de trescientos mil seguidores entre Instagram y TikTok, colaboraba con marcas de ropa, cosmética y complementos, y viajaba con frecuencia para asistir a eventos y campañas publicitarias.
Había conseguido convertir su afición por las redes sociales en un negocio rentable gracias a una mezcla de creatividad, constancia y una capacidad extraordinaria para conectar con la gente. También era gay y el ser humano con más soltura que jamás conocí.
—¡Mis dos mujeres favoritas! —exclamó mientras dejaba al perro en el suelo y me daba un beso—. Os traigo pasteles porque soy una persona maravillosa y porque necesito que me adoréis.
—Pues has llegado en un momento estupendo —le respondió su tía—. Estamos a punto de declararnos insolventes.
Adrián dejó la bolsa sobre la mesa y la observó con preocupación.
—¿Qué ha pasado?
Le contamos lo ocurrido con Hacienda mientras preparábamos chocolate caliente. Su expresión fue cambiando conforme conocía los detalles, aunque procuró no interrumpirnos hasta que terminamos de explicarle la situación.
—Vale, lo primero es que Ernesto revise bien esa liquidación —opinó—. Y lo segundo es que tenemos que conseguir que la boutique facture más.
—¡Qué idea tan extraordinaria! —exclamó Carmina—. ¿Cómo no se me habrá ocurrido antes? Mañana pongo un cartel que diga “Se ruega comprar el doble porque Hacienda quiere arruinarme”.
—Tía, estoy hablando en serio.
—Yo también, nene. Incluso puedo poner una fotografía mía llorando para dar pena.
Adrián sonrió, sacó el teléfono del bolsillo y comenzó a buscar algo.
—Llevo meses diciéndoos que estáis desaprovechando las redes sociales. Tenéis una boutique preciosa, ropa estupenda y una clientela que os adora, pero prácticamente nadie os conoce fuera de San Sebastián.
—Tenemos Instagram —le recordé.
—Prima, subir tres fotografías de perchas a la semana no es tener Instagram. Es demostrar que sabéis utilizar una cámara.
Nos enseñó varios vídeos de tiendas de ropa que realizaban retransmisiones en directo para presentar sus colecciones.
En ellos aparecían mujeres mostrando conjuntos, explicando tallas, respondiendo preguntas y enseñando cómo quedaban las prendas puestas. Algunas retransmisiones acumulaban miles de visualizaciones y generaban pedidos durante toda la emisión.
—Esto es lo que tenéis que hacer —nos explicó, pasando de un vídeo a otro—.
Directos de venta. Dos o tres a la semana, bien preparados, con prendas seleccionadas y una forma sencilla de gestionar los pedidos.
Podemos empezar con envíos a toda España y, cuando funcione, montar una tienda online en condiciones.
Carmina se inclinó sobre el teléfono, fascinada por una mujer que enseñaba unos pantalones mientras respondía a los comentarios.
—Pues tampoco parece tan complicado. Yo puedo explicar las prendas perfectamente.
—Tú vas a presentar los directos, tía. Tienes una gracia natural que engancha a cualquiera. Pero necesitamos a alguien que se pruebe la ropa.
Los dos volvieron la cabeza hacia mí.
—No —respondí antes de que abrieran la boca.
—Kyra...
—Que no, Adrián. Ni se te ocurra.
Mi primo sonrió con aquella expresión que siempre anunciaba problemas.
—Cariño, tienes treinta y dos años, eres guapísima, tienes una figura estupenda y llevas años vendiendo ropa. ¿Qué problema hay?
—Que no pienso ponerme delante de una cámara para que me vean miles de desconocidos. Por ahí no paso.
—Pues empezaremos con cincuenta, no te preocupes. Ya iremos ampliando el público cuando aprendas a respirar.
Carmina soltó una carcajada.
—¡Qué maravilla! ¡Yo hablando y Kyra desfilando! Podemos poner música, enseñar vestidos, hacer sorteos...
—Y tú, tía, procura no insultar a las clientas cuando te pregunten si una talla cuarenta sirve para una cuarenta y seis.
—Yo jamás insulto a nadie. Simplemente digo la verdad.
Adrián dejó el teléfono sobre la mesa y adoptó una expresión más seria.