Capítulo 3
Aquella noche cenamos en la cocina, aunque ninguna de las dos tenía demasiado apetito.
Carmina había preparado una tortilla francesa y una ensalada de tomate que apenas tocó, mientras yo intentaba convencerla de que comiera algo más.
La llamada de Ernesto, nuestro asesor fiscal, no había contribuido a tranquilizarnos.
Nos explicó que Hacienda había rechazado varias deducciones correspondientes a ejercicios anteriores y que, aunque existían posibilidades de recurrir la liquidación, debíamos estudiar el expediente antes de tomar una decisión.
También nos habló de solicitar un aplazamiento o fraccionamiento de la deuda, una alternativa que Carmina recibió con el mismo entusiasmo que una invitación a someterse a una colonoscopia.
—Veintisiete mil cuatrocientos ochenta euros —repitió mientras pinchaba un trozo de tomate—. Es que cuanto más lo pienso, más ganas me entran de presentarme en Hacienda y preguntarles si aceptan órganos como forma de pago. Tengo dos riñones y, que yo sepa, funcionan estupendamente.
—Carmina, por favor, no empieces.
—¿Qué? Hay que estudiar todas las posibilidades, hija. Aunque, con mi suerte, seguro que me dicen que están usados y me los tasan por debajo de su valor.
Sonreí por compromiso, preocupada por el modo en que llevaba toda la tarde intentando quitarle importancia al asunto.
Habíamos revisado las cuentas de la boutique y comprobado que podríamos afrontar algunos pagos extraordinarios, pero no una cantidad semejante sin comprometer la actividad.
La mayor parte de nuestros ingresos se destinaba a reponer mercancía, pagar el alquiler del local y atender los gastos habituales del negocio. Hasta entonces habíamos vivido cómodamente, sin grandes lujos, pero tampoco con dificultades económicas.
—He estado pensando una cosa —comencé, dejando los cubiertos sobre el plato—. Podríamos reducir algunos gastos durante una temporada.
—Ya lo he contemplado. Voy a dejar de comprarme zapatos.
—Tienes ciento veintisiete pares.
—Ciento veintinueve. Los otros dos están en el zapatero de arriba, esperando a que me reconcilie con mis juanetes.
—Hablo en serio.
—Yo también. Esos zapatos me hicieron muchísimo daño.
Aguardé a que terminara de beber agua antes de plantearle la idea que llevaba horas rondándome la cabeza.
—Quiero renunciar a mi sueldo hasta que consigamos pagar la deuda.
Carmina dejó el vaso sobre la mesa y me observó con una expresión que conocía perfectamente. Era la misma que ponía cuando alguna clienta pretendía devolver una prenda después de haberla utilizado durante un fin de semana entero.
—Ni hablar.
—Escúchame primero. Vivo aquí, no pago alquiler y prácticamente todos los gastos de la casa los asumes tú. Tengo dinero ahorrado, no necesito cobrar durante una temporada y podemos organizarlo para que...
—Kyra, cariño, ¿qué parte de “ni hablar” te ha resultado difícil de comprender?
—Pero es que no sería ningún sacrificio. Podríamos acordar que no me ingresaras la nómina durante unos meses y...
—Pues mira, precisamente porque no sería ningún sacrificio, no vamos a hacerlo. ¿Te parece? Así nos ahorramos discutir.
Me incliné hacia ella, dispuesta a insistir, pero levantó una mano antes de que pudiera continuar.
—Tú trabajas en la boutique, cumples tu horario y te dejas la piel para que funcione.
Por tanto, cobras tu sueldo. Y lo de vivir aquí gratis vamos a dejar de utilizarlo como argumento, porque esta casa también es tuya mientras quieras seguir viviendo en ella.
Además, si empezamos a descontar todo lo que haces por mí, terminaría debiéndote dinero.
—Carmina...
—Y no pienso quedarme sin pagar a mi empleada favorita, aunque seas la única. Imagínate que mañana me denuncias por explotación laboral. Bastante tengo con Hacienda para que venga también la Inspección de Trabajo.
Solté una carcajada a pesar de mis preocupaciones. Ella aprovechó para levantarse y recoger los platos, aunque advertí que tenía los ojos algo enrojecidos.
—Encontraremos otra solución —añadió mientras abría el lavavajillas—. Ernesto estudiará el expediente, veremos qué posibilidades tenemos y, si hace falta, alquilaremos alguna habitación. Tenemos varios dormitorios libres y un perro que puede ejercer de portero.
Don Vito, que llevaba varios minutos instalado debajo de la mesa esperando que se produjera algún accidente gastronómico, levantó la cabeza, sabedor de que hablaba de él.
Su cuerpo rechoncho sobresalía por ambos lados del pequeño jersey azul que le habíamos comprado para los días fríos, y el sombrerito negro descansaba sobre una de sus orejas, proporcionándole el aspecto de un mafioso que acabara de regresar de una reunión clandestina.
—No creo que Don Vito sirva para vigilar nada —le comenté mientras le acariciaba el lomo—. El otro día dejó entrar al repartidor hasta la cocina porque traía una bolsa de comida.
—Eso demuestra que tiene criterio para seleccionar visitas. Además, no pienso alquilarle una habitación a cualquiera. Tendrá que ser alguien educado, aseado y que no ronque.
—Entonces tendremos que echar al perro.
—¡Ni se te ocurra! Don Vito es propietario vitalicio de esta casa.
El teléfono de Carmina comenzó a sonar sobre la encimera. Miró la pantalla y sonrió antes de intentar disimularlo, aunque yo ya había reconocido el nombre.
Ricardo Salcedo llevaba algo más de un año cortejándola con una perseverancia que empezaba a parecerme admirable.
Tenía sesenta y cinco años, era divorciado y había sido propietario de una empresa dedicada a la distribución de productos gourmet, un negocio que vendió al jubilarse y que le permitió disfrutar de una posición económica desahogada.
Alto, de cabello plateado y ojos oscuros, conservaba un atractivo sereno que se acentuaba con su manera de vestir.
Solía llevar pantalones de pinzas, camisas impecables y americanas de excelente corte, y jamás aparecía con un perfume demasiado intenso ni con una prenda fuera de lugar.
Era culto, educado y tenía un sentido del humor mucho más afilado de lo que su apariencia distinguida permitía sospechar.
A Carmina le gustaba muchísimo, aunque se empeñaba en fingir lo contrario.
Aceptaba sus invitaciones cuando le apetecía, lo llamaba para contarle cualquier tontería y se ponía especialmente guapa cuando sabía que iban a encontrarse, pero después podía pasar varios días rechazando sus propuestas con excusas cada vez más disparatadas.
Ricardo, que había dirigido una empresa con decenas de empleados, todavía no había conseguido averiguar qué lugar ocupaba en la vida de aquella mujer.
—Hola, Ricardo —le contestó, colocándose bien el cabello, aunque él no pudiera verla—. ¿Qué tal estás?
Escuchó su respuesta mientras Don Vito intentaba introducir el hocico en mi plato vacío. Le aparté suavemente la cabeza y señalé su cuenco, donde todavía quedaban algunas bolitas de pienso.
—¿Cena mañana? —repitió Carmina, mirando el calendario colgado junto a la nevera—. Ay, qué pena, precisamente mañana no puedo.
Levanté las cejas. Sabía perfectamente que no teníamos ningún compromiso.
—No, no es nada grave —continuó—. Es que tengo que ocuparme de una cosa importantísima en casa.
Ricardo debió de preguntarle de qué se trataba, porque ella miró alrededor buscando inspiración y terminó fijándose en nuestro perro.
—Tengo que bañar a Don Vito.
Me tapé la boca para contener la risa.
—Sí, bañarlo. Es una operación bastante delicada, Ricardo. Hay que prepararlo psicológicamente porque se pone nervioso con el agua.
El hombre respondió algo que la hizo reír.
—Pues no, no puedo bañarlo el jueves. El jueves tengo que recuperarme del miércoles. Tú no sabes lo que supone meter a este animal en una bañera.
Escuchó durante unos segundos y terminó prometiéndole que hablarían al día siguiente. Cuando colgó, me encontró observándola con una sonrisa.
—¿De verdad acabas de rechazar una cena con Ricardo porque tienes que bañar al perro?
—¿Y qué querías que le dijera? No tengo ganas de salir.
—Podrías haberle contado lo de Hacienda.
—Precisamente por eso no se lo he contado. Ricardo es capaz de presentarse mañana con un cheque y una solución empresarial que no le he pedido. Y bastante me cuesta aceptar que se ponga tan intenso normalmente como para que encima pretenda arreglarme la vida.
Me levanté para ayudarla a terminar de recoger la cocina. Comprendía su orgullo, pero también sabía que aquella preocupación podía acabar afectándola mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
—No quiero que te pongas mal por esto —le confesé mientras guardaba los vasos—. Llevas todo el día haciendo bromas, pero sé que estás agobiada.
Dejó el paño sobre la mesa y me acarició una mejilla.
—Claro que estoy agobiada, cariño. Sería una imbécil si no lo estuviera. Pero hemos salido de cosas muchísimo peores, ¿no te parece? Y, además, tengo una ventaja extraordinaria.
—¿Cuál?
—Que todavía estoy estupenda y, si todo se tuerce, siempre puedo buscarme un millonario que me mantenga.
—Ya tienes a Ricardo.
—Ricardo es un señor encantador, pero yo no he dicho que quiera casarme con él. Además, todavía no sabemos si ronca.
La carcajada que se me escapó coincidió con el sonido del timbre de la puerta principal. Don Vito salió disparado hacia el recibidor, aunque su velocidad quedó bastante limitada por el peso que arrastraba.
—¡Ya voy, criatura! —gritó Carmina mientras lo seguía—. ¡Que te va a dar un infarto antes de llegar!
Unos segundos después escuché una voz masculina que conocía desde hacía años.
—¡Pero bueno! ¿Qué le estáis dando de comer a este animal? ¡Si parece que se ha tragado un sofá!
Adrián apareció en la cocina con Don Vito en brazos y una bolsa de una conocida pastelería colgando de la muñeca.
Tenía veintinueve años, era sobrino de Carmina y primo de Álvaro, aunque para mí siempre había sido mucho más que un familiar político.
Nos conocíamos desde que empecé a salir con su primo y, con los años, habíamos desarrollado una complicidad que sobrevivió incluso a los momentos más difíciles de nuestra vida.