Capítulo 2
Carmina tenía sesenta y tres años, aunque llevaba por lo menos diez asegurando que acababa de cumplir cuarenta y nueve.
Era una mujer de estatura media, con unas curvas generosas que sabía vestir de maravilla y una elegancia natural que no dependía del precio de la ropa.
Llevaba el cabello rubio miel, cortado a la altura de los hombros y peinado con unas ondas suaves que retocaba cada mañana delante del espejo.
Sus ojos eran de un verde grisáceo precioso, siempre resaltados con una línea discreta de maquillaje, y tenía una boca amplia, de labios carnosos, que rara vez abandonaba su barra de color frambuesa.
Se cuidaba muchísimo, acudía a la peluquería todas las semanas y defendía que una buena manicura podía solucionar casi cualquier disgusto, aunque aquella mañana empezaba a sospechar que necesitaríamos algo más que esmalte para solucionar el nuestro.
Nunca había sido una mujer especialmente delgada, pero tampoco pretendía serlo. Le gustaba comer, disfrutaba de una buena copa de vino y consideraba que renunciar al postre era una falta de respeto hacia quien lo había preparado.
Tenía una manera de caminar decidida, moviendo ligeramente las caderas, y acostumbraba a acompañar sus explicaciones con tantos gestos que, cuando hablaba por teléfono, resultaba divertido observarla desde el otro extremo de la tienda.
Su armario era un festival de colores, estampados y accesorios que combinaba con un gusto sorprendente.
Podía ponerse unos pantalones fucsias con una blusa de seda estampada y conseguir que el conjunto pareciera sacado de una revista de moda.
A veces me preguntaba cómo lograba mantener aquella apariencia impecable cuando yo necesitaba media hora para decidir qué jersey ponerme.
Sin embargo, su mayor atractivo no estaba en su aspecto físico, sino en aquella personalidad arrolladora que convertía cualquier situación cotidiana en una pequeña aventura.
Carmina hablaba con desconocidos en las colas del supermercado, conocía los problemas matrimoniales de medio barrio y tenía la extraordinaria habilidad de conseguir que las personas terminaran contándole intimidades que jamás pensaban compartir.
Era generosa, impulsiva, cabezota y tremendamente sentimental, aunque procuraba disimular esta última cualidad detrás de sus bromas.
También era capaz de discutir con una clienta porque insistía en comprarse una falda que le sentaba fatal, perder la venta y quedarse tan satisfecha, convencida de que había cumplido con su deber profesional.
Llevaba divorciada más de quince años. Su matrimonio había terminado cuando Álvaro todavía era adolescente, después de una convivencia que, según ella, se había convertido en una sucesión interminable de discusiones por asuntos domésticos y diferencias de carácter.
Nunca hablaba de su exmarido con verdadero rencor, aunque tampoco desaprovechaba ninguna oportunidad de recordar que su separación había sido una de las decisiones más acertadas de su vida.
Durante años compartieron la propiedad de la casa familiar, hasta que finalmente consiguió comprarle su mitad con los ahorros que había reunido gracias a la boutique.
Aquella operación le había proporcionado una tranquilidad inmensa, porque la vivienda representaba mucho más que cuatro paredes y un tejado.
Allí había criado a su hijo, celebrado cumpleaños, organizado reuniones familiares y vivido algunos de los momentos más felices y dolorosos de su existencia.
Álvaro se parecía bastante a ella, especialmente en los ojos y en aquella facilidad para encontrar el lado divertido de las cosas. Era alto, de hombros anchos, cabello castaño oscuro y una sonrisa preciosa que le formaba un pequeño hoyuelo en la mejilla izquierda.
Había estudiado Ingeniería Industrial y trabajaba en una empresa de proyectos e instalaciones, donde disfrutaba resolviendo problemas que a mí me parecían escritos en otro idioma.
Era inteligente, paciente y bastante organizado, aunque tenía la costumbre desesperante de dejar los calcetines junto al sofá y olvidarse de que existía un cesto para la ropa sucia.
Carmina aseguraba que aquella manía la había heredado de su padre y que, por fortuna, el resto de sus cualidades procedían de ella.
Nos conocimos cuando yo tenía veintiún años y él veinticuatro. Por entonces estudiaba y trabajaba a tiempo parcial, intentando abrirme camino sin demasiada ayuda, porque mi vida familiar había sido bastante distinta de la suya.
Nunca conocí a mi padre y perdí a mi madre siendo apenas una adolescente, cuando sufrió un accidente laboral en la empresa de limpieza donde trabajaba.
Apenas teníamos parientes cercanos, de modo que pasé los últimos años de mi adolescencia al cuidado de una tía abuela que hizo cuanto pudo por mí, aunque falleció poco después de que alcanzara la mayoría de edad.
Aprendí demasiado pronto a resolver mis problemas sola y a no esperar que nadie apareciera para solucionármelos.
Álvaro llegó a mi vida con una naturalidad que todavía recordaba con extremo cariño.
Nos enamoramos, comenzamos a compartir planes y, cuando nuestra relación se consolidó, alquilamos un piso pequeño cerca del barrio de Amara, en nuestro San Sebastián natal.
Tenía dos habitaciones, una cocina diminuta y un salón donde apenas cabían el sofá y la mesa del comedor, pero éramos felices allí.
Los domingos desayunábamos tarde, discutíamos por quién tenía que bajar la basura y hacíamos planes para comprar una vivienda cuando consiguiéramos ahorrar lo suficiente.
Álvaro quería tener hijos; yo también, aunque siempre le respondía que primero necesitábamos una casa donde cupieran sus herramientas, mis libros y una criatura sin que tuviéramos que dormir por turnos.
Carmina me acogió desde el principio con un entusiasmo que al comienzo me resultó abrumador. Acostumbrada a una vida bastante solitaria, tardé en comprender que aquella mujer pudiera interesarse tanto por mis cosas sin esperar nada a cambio.
Me invitaba a comer, me compraba pequeños regalos y aparecía en nuestro piso con recipientes llenos de comida porque estaba convencida de que no nos alimentábamos adecuadamente.
Cuando empecé a trabajar en su boutique, nuestra relación se estrechó todavía más. Aprendí el negocio a su lado, descubrí que disfrutaba aconsejando a las clientas y terminé encontrando en ella a la madre que tanto había echado de menos.
Todo cambió cuando diagnosticaron a Álvaro un cáncer. Durante los primeros meses intentamos continuar viviendo en nuestro piso, pero los tratamientos comenzaron a debilitarlo y llegó un momento en que necesitaba más cuidados de los que podíamos proporcionarle entre aquellas habitaciones pequeñas.
Decidimos trasladarnos a casa de Carmina, una vivienda amplia distribuida en dos plantas, con dormitorios espaciosos, un salón enorme y suficiente sitio para que pudiera descansar sin renunciar a nuestra compañía.
Ella reorganizó media casa para recibirnos, preparó una habitación especialmente cómoda para nosotros y se empeñó en que yo conservara un pequeño espacio propio donde refugiarme cuando necesitara escribir, escuchar música o simplemente llorar.
Fueron diez meses difíciles, llenos de hospitales, tratamientos, esperanzas y decepciones.
Entre las dos nos organizábamos para acompañarlo, atender la boutique y mantener una rutina que nos ayudara a sobrellevar aquella situación.
Álvaro falleció a los treinta años, y su muerte nos dejó un vacío que ninguna sabía cómo afrontar. Yo había perdido al hombre con quien imaginaba compartir mi vida, mientras que Carmina acababa de despedirse de su único hijo.
Durante las semanas siguientes permanecimos juntas, apoyándonos en los recuerdos y en los pequeños hábitos que habíamos adquirido durante su enfermedad.
Cuando llegó el momento de plantearme regresar a nuestro antiguo piso, ella me pidió que me quedara. Acepté porque también necesitaba seguir a su lado y porque, mucho antes de perder a Álvaro, ya nos habíamos convertido en familia.
Unos meses después apareció Don Vito, un carlino de color beige, hocico negro y unos ojos enormes que parecían suplicar comida incluso cuando acababa de terminar su ración.
Lo adoptamos siendo cachorro, convencidas de que un perro nos obligaría a salir, pasear y recuperar algunas costumbres que habíamos abandonado.
Lo que no imaginábamos era que terminaríamos compartiendo nuestra casa con un pequeño tirano de cuatro patas, completamente incapaz de resistirse a cualquier alimento y dotado de una capacidad extraordinaria para roncar.
Carmina lo bautizó después de ver una peli de mafiosos una noche de domingo, y el nombre terminó condicionando buena parte de su vestuario.
Le compró un sombrerito negro de ala corta que llevaba sujeto con una cinta suave, un pequeño collar con una placa dorada y hasta una pajarita que reservaba para las ocasiones especiales.
Con su cuerpo rechoncho, sus patas cortas y aquella expresión permanentemente malhumorada, parecía un mafioso retirado que hubiera decidido dedicarse a la buena vida.
Se sentaba en su sillón favorito con el sombrero ligeramente ladeado y observaba cuanto sucedía a su alrededor con una autoridad que habría resultado intimidante de no ser porque solía tener una migaja de galleta pegada al hocico.
También venía con nosotras a la boutique, donde disponía de una cama acolchada detrás del mostrador y un cuenco de agua que Carmina renovaba varias veces al día.
Las clientas habituales lo conocían, le llevaban premios y preguntaban por él cuando no aparecía.
Habíamos tenido que colocar un pequeño cartel junto a la caja rogando que no le dieran comida, porque su tendencia a engordar empezaba a preocuparnos.
Carmina, naturalmente, era la primera en incumplir aquella norma.
A veces pensaba que Don Vito había llegado a nuestra vida para recordarnos que todavía quedaban muchas cosas por las que reír.
Ella lo adoraba, aunque discutía con él cada mañana porque se negaba a caminar cuando llovía, y yo disfrutaba observándolos mientras desayunábamos en la cocina.
Habíamos construido una existencia tranquila, llena de rutinas compartidas, conversaciones interminables y pequeños placeres que nos ayudaban a recordar a Álvaro sin renunciar a seguir viviendo.
Y precisamente por eso me preocupaba tanto la carta que acabábamos de recibir.
Ella había dedicado buena parte de su vida a levantar aquella boutique y convertir nuestra casa en un hogar donde nunca faltara sitio para nadie.
Después de cuanto habíamos pasado, merecía disfrutar de su tranquilidad sin tener que preocuparse por perder aquello que tanto esfuerzo le costó conseguir.