Lo nuestro no venía en el contrato
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Capítulo 1
La primera señal de que aquel martes iba a torcerse apareció a las diez y diecisiete de la mañana, cuando Carmina descubrió que alguien había colocado una blusa de seda natural junto a las prendas rebajadas.
La segunda llegó apenas veinte minutos después, dentro de un sobre blanco que llevaba el logotipo de la Agencia Tributaria. Si hubiera sabido lo que contenía, probablemente habría dejado que el cartero se lo llevara de vuelta y nos concediera unas cuantas horas más de felicidad.
Nuestra boutique ocupaba la planta baja de un edificio señorial del centro de San Sebastián, a pocos minutos de la catedral del Buen Pastor.
Tenía dos escaparates amplios, enmarcados por una carpintería verde botella que Carmina se negaba a cambiar, y una puerta acristalada cuya campanilla anunciaba la llegada de las clientas desde hacía décadas.
El interior conservaba el encanto de los comercios tradicionales, aunque habíamos ido modernizándolo con los años.
Las paredes eran de un blanco cálido, el suelo de madera clara y los percheros de hierro dorado sostenían colecciones que seleccionábamos personalmente en ferias y showrooms de distintas ciudades.
Una mesa central de roble exhibía los complementos de temporada, mientras que, al fondo, junto a los tres probadores, habíamos colocado un sofá de terciopelo mostaza donde las acompañantes terminaban tomando café y opinando sobre vestidos que nadie les había pedido que juzgaran.
A Carmina le gustaba decir que aquella tienda era una mezcla de boutique y confesionario, porque algunas mujeres entraban buscando unos pantalones y acababan contándonos por qué querían divorciarse.
Lo cierto era que habíamos conseguido reunir una clientela fiel, acostumbrada a recibir un trato cercano y a encontrar prendas que no se veían en todas las cadenas comerciales.
El negocio funcionaba bien, teníamos las cuentas al día y, hasta aquella mañana, nuestra principal preocupación había sido decidir si incorporábamos una nueva firma portuguesa a la colección de invierno.
—Kyra, cariño, explícame por qué este modelo de vestido de la nueva colección, que se vende como churros, no ha llegado en rosa empolvado —me preguntó Carmina mientras examinaba su calidad.
—Porque olvidaste seleccionar ese color cuando hiciste el pedido.
—Eso es una acusación muy grave.
—Tengo testigos.
—¿Quiénes?
—Los dos maniquíes.
Soltó una carcajada y devolvió el vestido a su perchero. Llevaba unos pantalones negros de corte recto, una camisa estampada en tonos fucsias y unos pendientes dorados que se balanceaban cada vez que movía la cabeza.
A sus sesenta y tres años conservaba una energía que me resultaba imposible seguir algunos días y una coquetería que no disminuía ni cuando bajaba a comprar el pan.
—Pues que declaren, pero te advierto que el de la derecha tiene antecedentes. Lleva tres semanas enseñando un pecho porque no hay manera de colocarle bien la blusa.
Me reí mientras terminaba de doblar unas camisetas monísimas. Estaba acostumbrada a sus ocurrencias, aunque todavía conseguía sorprenderme después de tantos años viviendo juntas.
Carmina había sido la madre de Álvaro, mi novio, pero hacía mucho que nuestra relación dejó de necesitar explicaciones.
Desde la muerte de su hijo, cinco años atrás, compartíamos casa, trabajo, preocupaciones y una cantidad considerable de discusiones relacionadas con la alimentación de Don Vito, nuestro carlino, que pesaba bastante más de lo recomendable.
La campanilla de la puerta interrumpió nuestras bromas. El cartero nos saludó desde la entrada y Carmina acudió a recoger la correspondencia mientras yo terminaba de colocar unas faldas.
—Facturas, publicidad... ¡Mira, otra carta del banco! —comentó mientras examinaba los sobres—. Qué pesados son. Desde que terminé de pagarle a mi exmarido su parte de la casa, no hacen más que ofrecerme préstamos. Deben de pensar que tengo una fábrica de billetes escondida en el sótano.
—Podrías decirles que sí y preguntar cuánto te pagan por guardarles los suyos.
—No me des ideas, hija, que bastante tengo con Ricardo intentando convencerme de que invierta en no sé qué fondo —comentó, refiriéndose a ese encantador hombre que pretendía ocupar su corazón.
Entonces reparó en el último sobre, el único que venía certificado.
Vi cómo fruncía el ceño al reconocer el remitente y, aunque intentó abrirlo con la misma despreocupación con la que había revisado los anteriores, terminó rasgando uno de los bordes. Extrajo varias hojas, desplegó la primera y comenzó a leer.
—¿Qué pasa? —le pregunté al comprobar que había dejado de hablar.
—Es de Hacienda.
—¿Y qué quieren?
—Pues no lo sé, cariño. Supongo que felicitarme por lo estupendamente que contribuyo al sostenimiento del Estado.
Se colocó las gafas de lectura y volvió al principio del documento. Durante unos segundos movió los labios mientras recorría las líneas, hasta que apartó una de las hojas y buscó la última página.
—Carmina, ¿qué ocurre?
—Un momento, que estoy intentando entender este lío.
Me acerqué al mostrador y esperé a que terminara. Había perdido el color de la cara y sostenía el papel con ambas manos, algo que me preocupó bastante más que su repentina falta de humor.
—Veintisiete mil cuatrocientos ochenta euros —murmuró.
—¿Qué?
—Que estos señores dicen que les debo veintisiete mil cuatrocientos ochenta euros.
Le quité las hojas con cuidado y comencé a leer. Se trataba de una liquidación tributaria relacionada con una comprobación de ejercicios anteriores.
Hacienda había revisado determinados gastos y deducciones de la actividad, rechazaba parte de ellos y reclamaba una cantidad que incluía intereses de demora.
—Pero ¿cómo vamos a deber todo esto? —le pregunté, repasando las cifras—. Si siempre hemos presentado las declaraciones con la gestoría.
—Eso mismo quisiera saber yo. Llevo veinte años pagando hasta por respirar y ahora resulta que debo una fortuna. Maldita sea…
Se quitó las gafas y las dejó sobre el mostrador. Después caminó hasta la mesa central, enderezó mecánicamente un bolso que estaba perfectamente colocado y regresó a mi lado.
—Tengo que llamar a Ernesto, el asesor.
—Claro. Que nos explique qué ha pasado y si podemos recurrir.
—Porque esto tiene que ser un error, Kyra. Tiene que serlo.
Busqué el teléfono de la asesoría mientras ella volvía a leer la primera página.
Conocía demasiado bien sus gestos para no darme cuenta de que estaba asustada.
Carmina podía bromear con cualquier desgracia, discutir con un proveedor durante cuarenta minutos y convencer a una clienta de que un vestido verde le sentaba mejor que el negro que llevaba buscando toda la mañana.
Sin embargo, aquella cifra la había dejado sin respiración.
—Lo peor es que no tengo ese dinero —admitió cuando terminé la llamada y le expliqué que Ernesto estaba reunido—. Antes sí lo tenía, pero ya sabes que me gasté prácticamente todos los ahorros en comprarle a tu querido exsuegro su mitad de la casa.
—Y fue una buena decisión.
—Eso pensaba yo hasta hace diez minutos. Ahora resulta que tengo una casa entera, un perro obeso y veintisiete mil euros de deuda. Menudo patrimonio.
Intenté sonreír, aunque empezaba a comprender la magnitud del problema.
La boutique generaba ingresos suficientes para mantenernos y vivir con comodidad, pero una cosa era que el negocio funcionara y otra muy distinta disponer de semejante cantidad sin tocar el dinero destinado a proveedores, nóminas y gastos corrientes.
—Encontraremos una solución —le aseguré, acercándome para abrazarla.
Me rodeó la cintura y permaneció unos instantes junto a mí, antes de separarse para buscar un pañuelo en el bolsillo.
—Pues más nos vale, Kyra, porque como tenga que vender la casa, Don Vito, tú y yo acabaremos debajo de un puente. Y con lo que ronca ese animal, nos echan hasta los indigentes.
Esta vez conseguí reírme, aunque advertí que tenía los ojos húmedos.
—No vamos a vender la casa.
—Siempre podemos alquilar una habitación a alguien —propuso, recuperando una pizca de su habitual entusiasmo—.
Tenemos espacio de sobra desde que reformamos la planta de arriba.
Eso sí, nada de estudiantes que organicen fiestas.
Y si encontramos a un señor atractivo, educado y con dinero, mejor que mejor.
—Carmina, que tú ya tienes a Ricardo —le recordé.
—¿Y qué? También tengo ojos en la cara. Y ningún compromiso con él, te lo recuerdo.
La abracé otra vez, consciente de que sus bromas eran el único recurso que había encontrado para no ponerse a llorar delante de mí.
Mientras la campanilla anunciaba la entrada de nuestra tercera clienta de la mañana, guardé la notificación en un cajón y me prometí que haría cuanto estuviera en mi mano para ayudarla.
Todavía no sabía cómo íbamos a conseguirlo, pero aquella boutique y aquella casa eran mucho más que un negocio y un lugar donde vivir.
Eran todo lo que nos quedaba de la familia que habíamos construido junto a Álvaro, y no estaba dispuesta a permitir que una carta de Hacienda nos arrebatara lo que tanto nos costó conservar.