EPÍLOGO UNO
Laura
Tres meses después
—¡Ya está en directo! —gritó Liv desde el salón. Tras su anuncio, se desató una estampida cuando todos los Larsson corrieron a colocarse.
Intercambié una mirada con Ella, la futura cuñada de Erik. Puso los ojos en blanco y soltó una risita.
—Bienvenida a la familia —dijo, cogiendo un cuenco enorme de palomitas—. Acostúmbrate a la estampida de saqueadores. El ruido no disminuye nunca.
Agarré dos paquetes gigantes de patatas fritas y la seguí al salón. Gunnar, sentado en el sillón, había agarrado a su prometida y la estaba subiendo a su regazo, cubriéndole el cuello de besos mientras ella reía y se retorcía, intentando que no se volcaran las palomitas.
Miré a Erik y lo pillé sonriéndole a su hermano.
—¿Podéis dejar los arrumacos para luego? —preguntó, alargando la mano para quitarle el cuenco a Ella.
—Qué va, estoy a gusto así —respondió Gunnar, aprovechando que Ella tenía las manos libres para atraerla hacia él y besarla.
Me reí, tiré las patatas sobre la mesa y me lancé hacia Erik.
—Venga, seguro que les ganamos en el concurso de pareja empalagosa.
Me atrajo hacia él, murmurando:
—Acepto el reto.
Le llené la cara de besos y chillé cuando se dejó caer en el sofá, arrastrándome con él.
—¡Chicos! —espetó Jemma, la madre de Erik—. Dejad a las chicas en paz. Quiero ver esto antes de que los niños se despierten.
Me reí, me aparté de Erik rodando y me acomodé a su lado. Me pasó un brazo por los hombros, atrayéndome hacia él. Ella hizo amago de moverse, pero Gunnar la retuvo contra su pecho, sin dejarla bajar de su regazo.
Es casi como si fueran familia.
Disimulé mi sonrisa divertida mientras esperaba a que Liv, Astrid y Rune se sentaran. Sune, el padre de Erik, me pasó una cerveza.
—¿Estás lista para esto? —preguntó, acomodándose a mi lado en el sofá.
—Desde luego.
—Yo no —gruñó Erik—. ¿Seguro que tenemos que hacer esto?
—¡Sí! —respondieron todos a coro.
Me reí y le di unas palmaditas en la pierna a Erik.
—Lo siento, cariño. Estás en minoría.
Soltó un suspiro de resignación.
—Vale. Pues venga, dadle.
Sune le dio al play y el episodio comenzó.
—Oh, Erik —susurró Jemma cuando mostraron el moho en su baño—. ¿En serio?
—Lo siento, mamá. Ya no está.
Negó con la cabeza y se metió un puñado de palomitas en la boca.
Sune se inclinó hacia mí.
—No ha parado de hablar maravillas de ti a toda la familia.
—No tiene nada que agradecerme —respondí mientras en pantalla aparecíamos limpiando la cocina de Erik—. Él hizo todo el trabajo duro.
El episodio continuó con su familia metiéndose con él cuando mostraron las imágenes del trastero y cómo ordenaba su desastre.
Salía yo enseñándole a quitar manchas a los niños y explicándole la regla de los quince minutos por noche para limpiar, la que yo usaba para que no se me acumulara el desorden y no perder el fin de semana.
Siguieron pasando imágenes del último día de grabación antes de que me marchara. Salía yo hablando de mi experiencia y de lo que esperaba para Erik y sus gemelos.
—Espero que encuentre algo de paz en lo que le he enseñado. No es fácil ser padre soltero, y solo siento amor y admiración por él.
Las últimas imágenes me mostraban colgando en su despacho la camiseta del St Johanna que había mandado enmarcar antes de irme.
—¿Por qué no haces algo así por mí? —le preguntó Sune a Jemma.
—Porque tú eres de los Hogs —respondió ella, sin dignarse a mirarlo.
Me reí entre dientes.
—¿Eso es todo? —preguntó Astrid mientras la pantalla se oscurecía. Se inclinó hacia delante, arrebatando el último puñado de palomitas del cuenco.
—No, falta el resumen donde Laura vuelve unas semanas después de visita —dijo Liv, frotándose las manos—. Siempre es la parte en la que la gente llora.
Miré a Erik y arqueé una ceja. Negó con la cabeza, poniendo los ojos en blanco.
—No te hagas ilusiones.
Me reí, acurrucándome a su lado.
Empezaron las imágenes y fruncí el ceño, mirando a Erik.
—Esto no es el resumen.
—¿No? —preguntó, mirándome con cara de sorpresa—. Es lo que recuerdo haber grabado.
—Hola, soy Erik —dijo la imagen de Erik en la televisión—. Y soy un desastrólico en recuperación.
Me reí encantada.
—Gracias por ver este episodio en el que la Reina de la Limpieza viene a salvar el culo a este papá torpe. Laura, me has cambiado la vida. Por completo.
Las imágenes pasaron a un montaje de él y sus niños con… conmigo. Las fotos y los vídeos eran de las semanas que pasamos limpiando su casa, y terminaban con una imagen de Erik y yo besándonos aquella mañana en su terraza, con el sol de la mañana a nuestras espaldas.
—Erik —susurré, alzando la vista—. Parece que estemos en una historia de amor.
—Eso es porque lo estamos —dijo con una sonrisa, señalando la pantalla con la cabeza—. Sigue mirando, Queenie.
—Para que quede claro, Laura se ha venido a vivir conmigo —dijo el Erik de la pantalla—. Y gracias a Dios, porque la quiero.
La pantalla cambió a un vídeo grabado con el móvil por Liv. Estábamos con los niños en brazos, riéndonos mientras comíamos hamburguesas.
—¿Estás segura de que quieres mudarte con este tipo? —preguntó Liv tras la cámara.
Había acomodado a Ulf en mi regazo, riéndome mientras le lanzaba una patata frita a Erik.
—Acepto el reto.
La imagen volvió a Erik.
—Laura, puede que hayas vaciado mi casa, pero has llenado mi corazón.
El Erik de la pantalla se arrodilló.
—¿Quieres casarte conmigo?
Levanté la vista y vi a Erik observándome.
—¿Lo dices en serio?
—Totalmente.
Sacó un anillo del hueco entre el cojín del sofá y el reposabrazos y lo alzó.
—Laura Sweep, Reina de la Limpieza, mi Queenie. ¿Quieres casarte conmigo?
Puede que tartamudeara la palabra. O que la gritara. O que no dijera nada. No lo recordaba. Como el día en que nos conocimos, mi mente se quedó en blanco y todo lo que podía ver, saborear, oler y sentir era él.
Erik. Mi Erik.
Me deslizó el anillo en el dedo mientras me besaba, con un sabor tan maravilloso como la primera vez que nos besamos. Las lágrimas de alegría me corrían por las mejillas mientras su familia chillaba y saltaba, cubriéndonos de felicitaciones y separándonos poco a poco.
Alguien trajo a los gemelos y fueron pasando de mano en mano hasta llegar a Erik y a mí, mientras su madre nos juntaba para hacernos una foto.
Yo sostenía a Leif y Erik a Ulf mientras nos mirábamos, con la felicidad reflejada en cada rasgo de nuestros rostros.
—Ahora estás atrapada con nosotros —me dijo, atrayéndome hacia él para darme un beso en la frente.
—Pues será mejor que te vayas acostumbrando a tener la casa limpia.
—Queenie, nada me pone más que verte limpiar mis tuberías.
—¡Demasiada información! —gritó Gunnar, poniendo cara de asco—. ¡Jesús, hermano!
Nos reímos mientras su madre hacía la foto. Sería la imagen que usaría en las redes sociales para anunciar nuestro compromiso. La imagen que publicarían los periódicos y con la que los fans se derretirían.
Y sería la imagen que colgaría en nuestro dormitorio junto a nuestra foto de boda.
Era la imagen de la pura felicidad.