Limpieza total (Serie hermanos Larsson nº 2) EPÍLOGO DOS
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EPÍLOGO DOS

Erik

Tres años después

—¡Quiero a mamá! —gritó Leif, dando una patada en el suelo como protesta.

—Campeón, ya te lo he dicho, mamá está en un avión, ¿recuerdas?

—¡Fiuuu! —dijo Ulf a mi lado, con los brazos extendidos mientras se balanceaba de un lado a otro.

—Lo has pillado a la primera, campeón —lo felicité. Levanté la camiseta una vez más, preparado para negociar con mi hijo testarudo.

—Venga, Leif. Si te pones la camiseta, te dejo tomar leche con chocolate en el desayuno. Pero no se lo digas a mamá, ¿trato hecho?

Se lo pensó, mirando la camiseta con recelo.

—¿Ulf también?

—Claro —prometí, desesperado por cerrar el trato.

—Vale. —Levantó los brazos en el aire, esperando a que se la pusiera.

Suspiré aliviado mientras le metía la camiseta a duras penas. Ya vestidos, compartimos el desayuno —el caprichito prohibido de la leche con chocolate, devorado con avidez— y luego cogimos las bolsas que ya teníamos preparadas para ir a casa de la abuela.

—Venga, chicos —grité mientras los empujaba por la puerta hacia mi madre—. ¡Pasadlo bien!

—Erik, ¿no quieres pasar un—

—¡No tengo tiempo! —grité, frenético—. ¡Me tengo que ir, te quiero, mamá!

Oí a mi padre reírse desde dentro mientras mi madre se quedaba en la puerta, con el ceño fruncido, viéndome prácticamente salir corriendo hacia el coche.

Llamadme mal padre, pero les había mentido a mis hijos. Y no sentía ni pizca de vergüenza.

Mamá no seguía en un avión. El avión de mamá ya había aterrizado y ella venía en un taxi de camino a casa en ese mismo instante.

Y llevaba más de tres días mandándole mensajes subidos de tono a papi. Esa mujer estaba a punto de recibir su castigo.

Apenas logré mantenerme dentro del límite de velocidad de camino a casa y conseguí aparcar en la entrada justo cuando el taxi se detenía junto al bordillo.

Aparqué, abrí la puerta de un tirón, la cerré de un portazo y pulsé el cierre del mando mientras iba hacia mi mujer.

Salió del taxi con el bolso colgado de un hombro, radiante y completamente irresistible con un precioso vestido de verano que se ceñía a cada curva.

—Hola, desconocido —me saludó con una sonrisa que le iluminaba el rostro.

Dios, qué guapa es.

Lo pensaba cada vez que la veía. Lo pensaba cada vez que volvía de sus viajes. Lo había pensado el día que caminó hacia mí por el pasillo de la iglesia, con flores en el pelo y esa sonrisa preciosa en los labios.

Fui hacia ella, la atraje hacia mí y la besé con hambre.

—Malditos recién casados —murmuró el conductor mientras salía a descargar las maletas de Laura.

Lo ignoré y me concentré en mi esposa.

Habían pasado tres años desde que Laura entró en mi casa hecha un desastre y lo puso todo en orden. Había convertido esta casa en un hogar, había querido a mis chicos, me había querido a mí.

Seguía con su carrera; su programa había ganado un Emmy el año anterior.

Sus números en redes sociales estaban por las nubes y no paraban de crecer, con ofertas de patrocinio que le llegaban cada día.

Lo hacíamos funcionar porque merecía la pena.

Cada momento juntos compensaba todo el estrés, los malabares y los viajes.

—Te he echado de menos —murmuró contra mis labios.

—Yo más —respondí.

Nos separamos un poco, Laura todavía entre mis brazos pero intentando asomarse por detrás de mí.

—¿Dónde están mis chicos? —preguntó con el ceño fruncido.

—En casa de la abuela.

Laura me miró con una sonrisa pícara asomándole a los labios.

—¿Ah, sí?

—Ajá. —Me incliné para besarla otra vez, pero el conductor me interrumpió.

—Perdonen —murmuró—. ¿Necesitan algo más?

—No, gracias.

Lo despedimos con la mano, recogí sus maletas y la seguí al interior de la casa.

—Erik —dijo con una risa encantada—. No me lo puedo creer.

Dejé las maletas en la entrada, cerré la puerta y fui a abrazarla por la cintura, apoyando la cabeza en su hombro.

—Es la que querías, ¿verdad?

Me miró con el corazón en los ojos.

—Sí, y es perfecta.

Hacía tiempo que había aprendido que el camino al corazón de Laura no pasaba por las flores ni el chocolate —aunque eso también le gustaba—. No, el mejor regalo era un aparato de limpieza nuevo.

Esta vez me había lucido. Para ser justos, era la vez que más tiempo había estado fuera —tres semanas en total—. La había echado de menos, los chicos la habían echado de menos, nuestra casa la había echado de menos.

Que no se entere, pero había llamado a la familia para que viniera ayer a ayudarme a ordenar. Puede que ella sea la Reina de la Limpieza, pero yo seguía siendo, sin duda, el Rey del Desorden. Y lo último que quería hoy era algo que la distrajera.

Se apartó y pasó las manos por la limpiadora de alfombras industrial.

—Es preciosa —murmuró mientras levantaba la manguera—. Oh, ligera y ergonómica.

En fin. Mi mujer era la única que conocía que prefería una aspiradora a los diamantes. En serio, tenía un tablero de Pinterest lleno de lo que ella llamaba «porno de limpieza».

Esa es mi mujer.

—Ya la admirarás luego. —La levanté, me la eché al hombro y me dirigí hacia las escaleras.

Chilló y empezó a patalear mientras la llevaba al hombro como los bomberos.

—¡Erik! ¡Bájame! ¡Te vas a hacer daño en la espalda!

La ignoré y fui directo a nuestro dormitorio.

Tres semanas sin sexo. Tres semanas sin verla, sin olerla, sin saborearla.

Demasiado jodido tiempo.

La dejé en la cama, cubrí su cuerpo con el mío y mis labios buscaron los suyos.

Nos fundimos en un caos desesperado y sucio de extremidades aferradas, respiraciones entrecortadas y una liberación gloriosa.

Después, yacimos juntos en la cama, uno al lado del otro. Los dos jadeando mientras bajábamos de un subidón jodidamente increíble.

—Nunca más tres semanas —murmuró Laura con los ojos cerrados.

—Menos mal, joder.

Se rio sin abrir los ojos.

—Te he traído un regalo.

Me animé de golpe, sacando energía de donde creía que ya no me quedaba.

—¿Un regalo?

Se rio y se giró de lado.

—Está en mi bolso.

Bajé, encontré el bolso que había dejado tirado y lo subí a la habitación.

Cuando ella decía bolso, en realidad se refería a un bolsón gigante de la hostia.

En serio, era como si Mary Poppins le hubiera cedido sus trucos de magia.

Una vez pinchamos dos ruedas y pasamos más de cuatro horas tirados en el arcén esperando a la grúa.

La mujer sacó comida, toallitas y una cantidad milagrosa de entretenimiento para nuestros hijos de las profundidades de ese trasto.

Se lo pasé.

¿Es algo sexy? —pregunté esperanzado.

—No exactamente.

Sacó un paquetito envuelto y me lo dio.

Lo agité, atento.

—No tintinea. Ni ladra.

—No —dijo sonriendo.

—Hmm, entonces ¿no es un poni?

—Por desgracia, no.

—Mierda.

Pasé un dedo por el borde del papel de regalo y lo rasgué de un tirón. Ella me observaba mordiéndose el labio mientras sacaba la tela. La desplegué y parpadeé al ver el diminuto body. Un body que decía: Mi papi es dueño de Thor's Shipbuilding.

Miré el body, luego a Laura, otra vez el body, otra vez a Laura.

—Reina, ¿esto significa...?

Asintió con una sonrisa enorme iluminándole la cara.

—Resulta que lo que tenía en Grand Harbour no era gripe estomacal.

Apreté el body en un puño mientras la atraía hacia mí con la otra mano.

—¿Estás bien? ¿Cómo te encuentras? Joder, ¿hay que pedir cita con el médico? ¿De cuánto estás?

Se rio y me abrazó fuerte.

—Erik, todo va a ir bien. Solo estoy de unas ocho semanas. Ya tengo cita con el médico para mañana. He tenido algunas náuseas por las mañanas, pero nada del otro mundo.

Me incliné y la besé.

—Reina, no sé qué decir.

—¿Estás contento?

—Jodidamente extasiado. —La besé otra vez, y otra. De algún modo, saber que le había hecho un bebé me excitaba aún más. La sangre de mis ancestros cantaba en mis venas, exigiéndome que celebrara marcando a esta mujer.

Ella. Es. Mía.

Esta vez presté más atención a su cuerpo, notando cambios sutiles. Sus pechos estaban más sensibles. Su cuerpo más receptivo.

La giré para que me cabalgara, contemplando cómo rebotaban sus pechos, cómo se movía su cuerpo mientras nos llevaba a un orgasmo triunfal.

Mi Laura, mi voluptuosa, gloriosamente talentosa, maravillosamente inteligente e increíble Laura estaba embarazada.

Los dos nos corrimos otra vez, yo bramando su nombre, Laura con un grito entrecortado. Cayó a mi lado jadeando, y no pude evitar inclinarme a besarle el vientre.

Se rio y me dio un manotazo en la cabeza.

—¿Crees que será niña o niño? —pregunté mientras le acariciaba el vientre.

—Me da igual.

—Los niños se van a poner contentísimos.

—Ya te digo. ¿Crees que dejarán el tema del cachorro?

—Ni por asomo.

Los dos nos reímos.

Laura bostezó y se frotó un ojo.

—El otro inconveniente es el cansancio.

—Quédate aquí y echa una siesta. No tienes que hacer nada. Yo me encargo de tu equipaje.

Me puse con las tareas de la casa: deshice su maleta, puse la lavadora y preparé la olla de cocción lenta para la cena.

Volví al dormitorio con un sándwich y un vaso grande de agua. Me había pasado la última hora buscando en Google qué podían comer las embarazadas y qué no, y ya había hecho un pedido a domicilio.

Tengo que bordar este papel de marido de embarazada.

Laura seguía frita en la cama, roncando suavemente.

Me quedé un momento admirando a esa mujer magnífica antes de dejar el plato y el vaso en silencio sobre la mesita de noche.

Luego me incliné y le di un beso suave en el vientre.

—Bienvenido a la familia, pequeño vikingo.

¡Gracias por leer Clean Sweep!