CAPÍTULO 9
Laura
Había despertado a Erik con una mamada, y él me lo había devuelto lamiéndome hasta hacerme correr. Dos veces.
Una chica podría acostumbrarse a esto.
Habíamos pasado el resto del domingo con sus hijos, besándonos mientras dormían la siesta, relajándonos y conociéndonos mejor.
Cuando los recogimos, Rune me había entregado en silencio tres libros.
Dos eran guías para padrastros, y el último, una novela que llevaba tiempo queriendo leer pero no había tenido ocasión de conseguir.
Erik me había explicado que así era como Rune mostraba su aprobación. Su superpoder era saber exactamente qué libro querías, y te lo regalaba para demostrarlo.
Nunca le había regalado un libro a la ex de Erik, y no pude evitar sentirme un poco satisfecha por eso.
El lunes amaneció demasiado temprano, cuando llegó el equipo para la última semana de rodaje.
Liv tardó menos de diez minutos en darse cuenta de que la dinámica entre Erik y yo había cambiado. Me llevó aparte, se cruzó de brazos y arqueó las cejas con gesto inquisitivo.
—¿Qué? —pregunté, intentando no sonreír.
—No me vengas con «qué», señorita. Suéltalo.
Me pasé los dedos por los labios como si los cerrara con cremallera y fingí tirar la llave.
—Descarada —Liv puso los ojos en blanco, sin ningún reproche en sus palabras—. Está bien, solo prométeme que serás amable con él.
—Lo prometo.
Suspiró.
—Supongo que era demasiado bueno para ser verdad. ¿Al menos vas a terminar esta temporada?
Ladeé la cabeza.
—Liv, ¿por qué piensas que voy a renunciar?
Parpadeó.
—¿No vas a hacerlo?
—No —resoplé—. Y Erik me mataría si lo hiciera. Lo hemos hablado. Vamos a hacer que funcione. Tendremos que reestructurar el programa. No quiero pasar más de dos semanas seguidas lejos de los niños, pero creo que podemos conseguirlo.
Liv parpadeó varias veces seguidas.
—Laura.
—¿Mm?
—Mi hermano es idiota si no se casa contigo.
Me reí, y una tensión que ni sabía que llevaba encima se disipó de mis hombros.
El resto de la semana fue un torbellino de actividad mientras terminábamos el rodaje. Entre toma y toma, Erik había hecho todo lo posible por gestionar su negocio, cumplir con los requisitos de filmación y compaginar sus responsabilidades como padre.
Me descubrí enamorándome cada vez más de aquel hombre que parecía empeñado en no decepcionar a nadie.
Amor.
Era una palabra que aún no había salido de nuestros labios. Pero flotaba en la punta de mi lengua como un secreto a punto de revelarse.
Quizás hoy.
Me había despertado temprano y encontré la casa extrañamente silenciosa. Ayer había sido nuestro último día de rodaje. Después de volver a casa a recoger mis cosas, regresaría en unas semanas para el resumen final y para mudarme con Erik.
Un pensamiento aterrador.
No podía esperar.
Me había escabullido del dormitorio, dejando a Erik dormido como un tronco. En cuanto me fui, se movió, atrajo mi almohada hacia él y se hundió en ella. El hombre era un abrazador empedernido.
Llevé una taza de café al embarcadero, me senté con los pies colgando sobre el agua y bebí café mientras veía el sol naciente centellear en la superficie.
—Último día —comentó Erik, sentándose a mi lado un rato después. Me pasó una taza de café recién hecho con un dónut en equilibrio sobre la tapa.
Sonreí y le di un mordisco.
Dejó su taza y su dónut a un lado, sacó el vigilabebés del bolsillo del chándal y lo colocó detrás de nosotros.
Nos quedamos en un silencio cómodo, disfrutando de la luz de la mañana.
—Hubo un tiempo —dijo Erik— en que soñaba con algo así. Los niños en la cama, durmiendo tranquilos. Compartir la mañana temprano con mi mujer —me miró con esa sonrisa suya capaz de pararte el corazón—. Esto es mejor que cualquier sueño.
Suspiré y me recosté contra él.
—No te vi venir, Erik Larsson.
—¿Eso es malo?
Me reí.
—No, para nada.
—Te quiero, Laura.
Las palabras calaron hondo y mi corazón se expandió. Una calidez me invadió mientras su declaración se asentaba en mi alma.
—Yo también te quiero.
Sellamos nuestra declaración con un beso y luego juntamos las frentes, sonriendo.
Un aplauso interrumpió nuestro momento. Con las frentes aún pegadas, nos giramos y vimos a la familia de Erik —su familia entera— además del equipo observándonos.
Corrección, grabándonos.
Erik suspiró.
—¿Segura de que quieres unirte a esta casa de locos? Todavía estás a tiempo de salir corriendo.
Con todo el amor de mi corazón, le di mi respuesta final.
—No, ahora estás atrapado conmigo.
—Menos m... eeh, menos mal.
Y con eso, Erik me besó.