Limpieza total (Serie hermanos Larsson nº 2) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Laura

Me acurruqué en mi abrigo mientras caminábamos por el muelle.

Era una hermosa noche de primavera, aunque un poco fresca.

Pero la luna estaba alta, la brisa era suave y las estrellas brillaban.

El sonido de las olas rompiendo resultaba reconfortante mientras paseábamos.

Al final del muelle había unas escaleras que bajaban a la playa.

Iba yo delante. Me quité los zapatos al llegar abajo y suspiré de placer cuando la arena se coló entre los dedos de mis pies.

Paseamos en cómodo silencio y nos sentamos bajo el muelle, protegidos de la brisa y de las miradas curiosas.

—No es una historia larga —dijo finalmente Erik, con su cadera y su pierna pegadas a las mías mientras nos acomodábamos en la arena—. Solo es una mierda.

Deslicé los dedos por la arena, con la cabeza ladeada hacia él, escuchando.

—Llevábamos tres años juntos. Pensé que era la mujer de mi vida.

Ella se había negado a mudarse al pequeño apartamento que tengo sobre la tienda y decía que no tenía sitio para mí en su piso de un dormitorio.

Así que andaba buscando un lugar nuevo. Un agente inmobiliario acababa de enseñarme un piso de dos habitaciones cuando ella salió del apartamento de enfrente, el que estaba en venta.

La vi morreándose con él mientras yo me quedaba allí plantado. Una experiencia muy divertida.

Me miró con una sonrisa irónica en los labios.

—Y luego se casó con él.

—Joder —murmuré, recogiendo las piernas contra el pecho y apoyando la cabeza en las rodillas—. Vaya mierda.

—Rompimos, obviamente. Pero me jodió mucho, ¿sabes? Dijo que no veía futuro conmigo, pero que tampoco había sabido cómo dejarme.

—Lo siento —le apreté la mano.

Se encogió de hombros.

—¿Sabes? Verla esta noche ha sido catártico, aunque no te lo creas.

—¿Mm?

Erik se quedó mirando el mar un buen rato y luego se volvió hacia mí.

—Me hace darme cuenta de que nunca estuvimos destinados a estar juntos.

Siempre pensé que sentiría algo si me la encontraba.

Rabia o arrepentimiento, quizá. Esta noche me ha pillado por sorpresa, claro.

Pero ahora que la he visto y lo he procesado, la verdad es que solo siento alivio.

Lo que hizo fue una mierda, sí. Pero quizá fue lo mejor.

—¿Lo mejor? —pregunté en voz baja, sin entender.

—Mm, no estábamos destinados a estar juntos. Pero ¿tú y yo? —me levantó la mano y me besó los nudillos—. Dime que hay algo aquí. Dime que no soy el único que siente esto.

Le sostuve la mirada, viendo el deseo y la esperanza en sus ojos oscuros, sabiendo que los míos reflejaban lo mismo.

Abrí la boca para negarlo, pero no me salieron las palabras.

—Hay algo —admití—. Y es algo muy grande.

—¿Pero...?

Tragué saliva, abriéndome en canal.

—Pero quiero esta carrera que he empezado. Quiero viajar y ayudar a la gente. Quiero ser Laura Sweep, la Reina de la Limpieza. Quiero marcar la diferencia.

—¿Y crees que no podrás si llevamos esto más lejos?

—No lo sé. Tienes hijos. ¿Cómo te sentirías con que viajara tanto?

—Cariño —Erik se inclinó hacia mí, con el rostro serio—.

Nunca te pediría que renunciaras a tu carrera ni a quien eres.

No puedes amar a alguien por quien quieres que sea.

Amas a alguien por quien es. Eres Laura, la Reina de la Limpieza.

Eres auténtica y transparente, y si tienes que viajar para ser tú misma, pues vale.

Lo haremos funcionar. Eso es lo que hace la gente.

Eso es lo que hace la gente.

¿De verdad era tan simple? ¿Tan fácil como decirle que sí?

Ni siquiera nos habíamos acostado todavía.

Mi cuerpo y mi corazón decían que sería increíble, pero mi cerebro pedía a gritos un poco de racionalidad. No había lógica en lo que sentíamos, ninguna explicación para la velocidad a la que avanzaba esta relación.

Hazlo. Arriésgate.

—Vale —susurré, y luego lo repetí más alto y con más convicción—. Vale. Hagámoslo. Descubramos qué es esto que hay entre nosotros, explorémoslo y construyámoslo y... y... —me detuve, abrumada—. Seamos nosotros.

Erik se levantó de un salto y me arrastró con él.

—Vamos —ordenó, tirando de mí. Me reí mientras el viento me revolvía el pelo y corríamos por la arena.

—¿Adónde vamos? —pregunté entre risas al ver su expresión decidida.

—Al taller. Está más cerca que mi casa, y hay una cama.

Corrimos por la arena, parando para besarnos y tocarnos, riendo mientras avanzábamos a trompicones por la playa hacia el puerto deportivo.

Erik sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta trasera de un gran almacén. Me pegué a él y le mordí el hombro juguetonamente mientras empujaba la puerta. Se rio, me metió dentro de un tirón y cerró de una patada. Su cuerpo se apretó contra el mío, cálido, duro, con olor a sal, arena y hombre.

Saboreé la risa y el deseo en sus labios, abriéndome para que él me saboreara a mí.

Nos fuimos desnudando en la entrada y en las escaleras que subían al apartamento. Un rastro de ropa marcaba nuestro camino.

Quizá debería haberme sentido cohibida o nerviosa, sobre todo porque acababa de ver a la ex de Erik, que era guapísima.

Pero no fue así. Solo sentí deseo. Deseo por este hombre, deseo de conexión, deseo por lo que estábamos haciendo y lo que estábamos a punto de hacer.

Y en gran parte fue gracias a Erik. Me susurraba guarradas deliciosas mientras me quitaba la ropa.

Sus caricias eran reverentes pero firmes.

Me besaba, me miraba, me tocaba como si yo fuera lo único que deseaba en el universo.

Me tumbó en la cama y enseguida me quitó lo que quedaba de ropa. Tiró mi ropa interior a un lado y se arrodilló.

—Llevo soñando con esto... —se inclinó, quedándose suspendido un segundo interminable mientras la anticipación crecía, y entonces cerró la boca sobre mi sexo.

—Sí —suspiré, cerrando los ojos, aferrada al cabecero—. Dios, sí.

Erik me lamió con una dedicación digna de elogio. Su lengua y labios expertos hicieron que mis caderas se contonearan. Gemí animándolo mientras me adoraba.

Si yo era el sacrificio y él el sacerdote, este era un altar en el que moriría gustosa.

Me corrí en un crescendo de sensaciones. Cada célula de mi cuerpo explotó con la alegría y la emoción desquiciada que acompaña a un orgasmo satisfactorio dado por alguien a quien amas.

¿¡Amor!?

No tuve tiempo de quedarme dándole vueltas. Erik acaparó toda mi atención mientras se abalanzaba hacia mí en la cama. Gloriosamente desnudo, solo tuve un momento para apreciar tres cosas: tenía un cuerpo espectacular, unas proporciones magníficas y una polla enorme.

¡Toma ya!

Mi cuerpo se encendió cuando se apretó contra mí y su boca descendió sobre mis pechos. Los besó, llevándose primero un pezón y luego el otro a la boca. Los colmó de atención, los acarició; su boca marcaba mi cuerpo, deshaciéndome con cada toque tentador.

—Mi turno —le dije finalmente, y nos di la vuelta. Me senté a horcajadas sobre él mientras deslizaba los dedos por su delicioso pecho.

Erik me sonrió desde abajo con una mano detrás de la cabeza, el bíceps flexionado de forma deliciosa. Un mechón de pelo le cayó sobre la frente mientras, debajo de mí, su cuerpo se relajaba.

—Tus deseos son órdenes.

Mm, ya lo creo.

Era mi turno de volverlo loco. Fui saboreando su cuerpo. Con una lentitud agonizante, revelé sus secretos. Erik tenía los pezones sensibles. Había un punto junto a su cadera que le ponía la piel de gallina. Tenía un tatuaje sobre el corazón con los nombres de sus hijos ocultos en él.

Adoré su cuerpo, disfrutando de su respiración entrecortada, deleitándome con los gruñidos y gemidos mientras exploraba. A medida que bajaba, esos gemidos se convirtieron en órdenes susurradas. Y como buena chica que soy, las ignoré por completo.

Bajé la boca hacia la polla de Erik, colocándome en posición. Lo miré; sus ojos, oscuros e intensos, me devoraban con la mirada.

—¿Listo? —pregunté con voz entrecortada a propósito, sabiendo que el calor de mi aliento avivaría su expectación.

—Que Dios me ayude si no...

Me lo tragué; su polla llegó al fondo de mi garganta mientras él se interrumpía con una maldición ahogada.

—Joder, Queenie. Laura, chúpamela. ¡Más!

Las órdenes se sucedían sin parar, y descubrí que, a diferencia de antes, ahora no podía ignorarlo. Necesitaba complacerlo, necesitaba darle lo que quería.

Me tragué su polla, con la lengua provocando la punta, la boca caliente y hambrienta mientras saboreaba, provocaba y me ahogaba con ella.

Una parte oscura de mí disfrutaba con eso.

Mi cuerpo vibraba de deseo, los muslos empapados, cuando Erik finalmente cedió. Me agarró por debajo de los brazos y me subió por su cuerpo. Se tomó apenas un segundo para colocarme, su mirada clavada en la mía mientras empujaba hacia arriba y hacia dentro.

Un grito escapó de mi garganta; su polla me llenaba de la forma más perfecta.

—Joder —gruñó, embistiendo de nuevo—. Apretada, caliente, perfecta.

Me inmovilizó sobre él, mis tetas rebotando mientras su polla saqueaba mi cuerpo. Una mano bajó y su pulgar encontró mi clítoris.

Trazó un círculo, dos, y entonces me rompí. El cuerpo arqueado, el pelo cayéndome por la cara, mi coño ordeñó su polla mientras me corría y su nombre se escapaba de mis labios. Erik me siguió un momento después, gimiendo mientras se vaciaba dentro de mí.

Me desplomé sobre su pecho, y sus brazos me envolvieron de inmediato mientras recuperábamos el aliento.

—¿Erik?

—¿Mm?

—Creo que me has roto.

Se rio, y su cuerpo sacudió el mío.

—Lo mismo digo.

Nos quedamos en silencio. Sus manos me acariciaban suavemente la espalda, arriba y abajo.

—Esto es real, ¿verdad? —Levanté la vista y encontré sus ojos entrecerrados, una sonrisa satisfecha en el rostro.

—Oh, sí.

Me besó la frente y me estrechó entre sus brazos.

—¿Tienes algún problema con eso?

—No —admití, incapaz de encontrar una sola objeción—. Pero podría ser el sexo el que habla.

Se rio de nuevo y nos hizo rodar hasta quedar sobre mí.

—Entonces será mejor que te mantenga sexualmente satisfecha.

Bajó la cabeza para besarme de nuevo, y tuve que admitir que el hombre sabía muy bien cómo satisfacer.