Limpieza total (Serie hermanos Larsson nº 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Erik

—Ya lo sé, te debo una —le pasé a Ulf a Rune—. Volveré mañana. La fórmula y los biberones están en la bolsa térmica, sus mantitas en la…

—Tranquilo, lo tengo —gruñó Rune, alzando a Ulf un poco más—. Vete.

Dudé. Mi hermano había cuidado a mis chicos unas cuantas veces, pero eso no hacía más fácil dejarlos. Sospechaba que siempre sería así, da igual que tuvieran tres meses o treinta años.

Rune me cerró la puerta en las narices y suspiré. Mi hermano, pese a toda su rudeza, quería con locura a nuestra familia, y en especial a sus sobrinos. Ojalá encontrara pareja y sentara cabeza; Dios sabía que un poco de acción entre las sábanas le mejoraría el humor.

Hablando del tema…

Volví al coche; Laura estaba hablando por teléfono con su agente. Algo de un acuerdo de patrocinio para un producto ecológico que le encantaba.

Me vio y me dedicó una sonrisa radiante y un saludo mientras seguía charlando por teléfono. Me senté al volante y arranqué mientras ella terminaba la llamada.

—Gracias, Merry. Sí, me leeré las condiciones, pero si tú crees que está bien, seguro que lo está —hizo una pausa y se rio—. No, pero gracias por el voto de confianza. Hablamos luego. Adiós.

Colgó y dejó caer el teléfono en el bolso de mano.

—Perdona. Resulta que la oferta era más grande de lo que esperábamos y Merry quería comentar los cambios.

—Un patrocinio, ¿no?

—Sí. Será mi primer patrocinio importante. Pero una de las condiciones es que donen un porcentaje de las ventas de un producto concreto a una ONG de agua potable.

—¿Una ONG de agua potable?

—Ay, sí —Laura asintió con entusiasmo—. ¿Sabías que una de cada diez personas no tiene acceso a agua potable?

Y entonces se lanzó a explicar los entresijos del problema, a defender con pasión por qué esta causa le tocaba tan de cerca y a describir todo lo que estaba haciendo para que el agua potable llegara a todo el mundo.

Aparqué en el parking del restaurante, donde encontré un hueco libre cerca de la entrada.

—Perdona —dijo Laura al fin con una risita cohibida que detesté al instante—. Me dejo llevar cuando hablo de algo que me apasiona.

Me desabroché el cinturón y me incliné para rodearle la nuca con la mano y apretarle con suavidad.

—Queenie, no te disculpes nunca por algo que te apasiona. Está claro que amas lo que haces y que esta causa te importa mucho. Que puedas combinar las dos cosas es genial —volví a apretarle—. Vamos a celebrarlo. Me cuentas más durante la cena. Estoy orgulloso de ti.

Parpadeó dos veces y una sonrisa le iluminó la cara.

—Suena genial.

El restaurante era un bistró familiar cerca del muelle principal del pueblo. Iba allí desde que tenía uso de razón. La comida era de temporada y siempre deliciosa, el servicio cálido y auténtico.

¿Y las vistas? Bueno, me habían ayudado a mojar más de una vez.

El suspiro de asombro de Laura al entrar y ver la belleza del agua extendiéndose kilómetros ante nosotros hizo que se me moviera la polla.

Esta noche mojamos.

Me di una bofetada mental.

Laura llevaba un vestido negro favorecedor y cuñas. Llevaba el pelo recogido en un moñito del que escapaban mechones que le bailaban por las mejillas y el cuello. Parecía suave y tentadora. Hasta que le mirabas el escote, y entonces era pura sirena.

El escote del vestido tenía tiritas cruzadas sobre la curva de sus pechos, además de una V profunda que realzaba su generosidad.

Cada vez que la miraba, quería lamerle las curvas de los pechos. Quería sacárselos y chuparle los pezones, quería follármela contra una pared mientras sus tetas rebotaban libres al ritmo de mis embestidas.

Llevaba empalmado desde antes de salir de casa, y por mucho que pensara en impuestos y estadísticas de béisbol, no había manera de que se me bajara.

Nos sentaron en una mesa junto a las ventanas. Laura suspiró satisfecha mientras apoyaba la cara en la palma de la mano y miraba hacia fuera.

—Te encanta el agua, ¿eh? —comenté, disfrutando de mirarla desde el otro lado de la mesa.

—Siempre he soñado con vivir cerca del mar. Me encanta el olor, los sonidos y… todo, ¿sabes?

Me reí.

—Sí.

Suspiró, se echó hacia atrás y abrió la carta.

—Vaya, esto tiene una pinta increíble.

—Aquí no hay nada que falle.

Nos decidimos por un menú degustación del chef: seis platos con tres muestras de postre. La noche se alargó entre bocados y comentarios sobre la comida; Laura me contó cosas de su vida y yo de la mía.

Esta mujer es increíble.

No podía quitarme de encima la atracción que sentía por ella. La verdad era que era asombrosa, y cuanto más hablaba con ella, más la quería en mi vida, en la de mis hijos y en mi cama.

Eres un caso perdido.

Sí, y no me arrepentía ni por un momento. De repente entendí cómo mi hermano había podido mudarse al otro lado del país, irse a vivir con una mujer y decidir casarse en menos de seis meses.

Conocía a Laura desde hacía menos de dos semanas y ya quería que fuera la madre de mis hijos y de los que pudiéramos tener en el futuro.

¿Una locura? Probablemente.

Cargar no solo conmigo sino con dos niños sería mucho pedir. Pero Laura no parecía intimidada por los maestros del desastre.

Llegó la cuenta y estaba más que listo para irnos a casa.

Habíamos estado coqueteando descaradamente toda la noche; la tensión había ido creciendo entre nosotros mientras nuestros dedos se demoraban, nuestras miradas se encontraban y sostenían, las sonrisas y las insinuaciones se volvían cada vez más cómplices.

—¿Nos vamos? —pregunté en voz baja.

—Suena perfecto —respondió Laura, levantándose de la mesa.

Salimos del restaurante, y Laura se acurrucó bajo mi brazo, con uno de sus brazos rodeándome la cintura y el otro apoyado en mi estómago. Nuestros cuerpos se rozaban mientras caminábamos, riendo y charlando de camino al coche.

—¿Erik? —Una voz familiar me cayó como un jarro de agua fría.

Me quedé inmóvil. Laura se tensó al percibir mi reacción.

Nos giramos lentamente, a regañadientes, y vi a Claire y a su marido de pie junto a su coche. Ella sonrió, mirando a Laura y luego a mí.

—Erik, sabía que eras tú —se alejó de su coche y vino hacia nosotros con los brazos abiertos, como si fuera a abrazarme—. Qué alegría encontrarte.

Laura se apartó, dejando que Claire me abrazara. Permanecí inmóvil, como una piedra, con las emociones a raya mientras ella me estrechaba.

Todavía usa Chanel.

Su perfume se me quedó pegado, inundándome los sentidos.

Se apartó y le dedicó a Laura una sonrisa radiante.

—Hola, soy Claire. Seguro que Erik te ha hablado de mí.

Laura le estrechó la mano con una sonrisa forzada.

—Sí, claro —mintió.

—Estamos en la ciudad para la boda de la hermana de Connor —Claire le sonrió a su marido—. Aprovechamos que nos quedamos con la familia para salir una noche y descansar del bebé.

Tienen un bebé.

Me miró de nuevo, sin perder la sonrisa.

—Qué alegría verte, Erik. Que pases buena noche.

Se dio la vuelta, volvió a su coche y se metió dentro. Laura me rodeó la cintura con el brazo y observamos en silencio cómo arrancaban y se alejaban.

—¿Es la que te rompió el corazón? —preguntó Laura en voz baja.

Se me desmoronó algo en el pecho y solté el aire de golpe mientras el hielo en mis venas se derretía ante su franqueza.

—Sí.

—Parece una arpía.

Se me escapó una carcajada.

—¿Qué?

Laura se encogió de hombros.

—Se presenta pero no pregunta por mí. Habla de sí misma, deja caer lo felices que son con el bebé y se larga. No pregunta ni una vez cómo estás ni qué relación tenemos.

—Bueno… joder —murmuré—. Le has calado.

Laura señaló el muelle.

—¿Quieres hablar de ello?

Miré a la hermosa mujer que tenía a mi lado.

—Pues sí, la verdad.

—Deja que coja el abrigo del coche y damos un paseo.

—Vale.