CAPÍTULO 4
Erik
¿De quién fue esta idea?
Me reprendí en silencio mientras mi hermana, mi propia carne y sangre, guiaba alegremente a un equipo de cámaras por mi casa, señalando horrorizada nuevos problemas de higiene para filmar.
—¡Encontré moho! —gritó alguien emocionado desde el baño de la planta baja.
—Aquí hay polvo —gritó otro desde el salón—. Capas enteras.
Un hombre adulto no debería emocionarse tanto por el polvo.
Laura estaba en mi cocina, mientras le retocaban el pelo y el maquillaje, esperando a que Liv consiguiera sus tomas.
Este era el segundo día de lo que supuse sería un ciclo de filmación interminable. El día anterior no había sido tan malo.
Me había despertado del mejor sueño en meses y me encontré con que Laura había alimentado, cambiado y bajado a los gemelos a la planta baja, con Mozart de fondo mientras les balanceaba juguetes blandos para que los agarraran.
Me había preparado el desayuno, había sonreído ante mis preguntas de dormido y luego me había indicado que me duchara.
Había planeado sacarla a ella y a los niños a dar un paseo rápido, pero Liv había llegado con su séquito a cuestas. Nos habíamos pasado el día posando para fotos y filmando tomas conmigo y los niños. Laura había explorado la casa mientras yo estaba ocupado.
Apreté los dientes y fui a buscar a mi hermana.
—Liv —la llamé, encontrándola en la habitación de los gemelos—. Tenemos que hablar.
Hizo un gesto desdeñoso e indicó al cámara que filmara algo en el baúl de juguetes de los niños. De todas las habitaciones de la casa, esta era la más limpia. Yo me encargaba de ello.
—Liv —ladré, ya sin paciencia—. ¡Ahora!
Suspiró, se enderezó y se acercó a mí.
—No te tenía por una diva.
—Liv —respiré hondo e intenté calmarme—. Mira, el tema es este: no puedes hacer nada que me ponga en riesgo de perder a los niños o que desprestigie mi negocio.
Frunció el ceño.
—¿Por qué diablos ibas a pensar que permitiría que eso pasara?
Solté el aire y me crucé de brazos.
—Esto es abrumador, Liv. De verdad que no sé si debería estar agradecido o cagándome de miedo. Hay gente por todas partes, has contratado a alguien para cuidar a mis hijos, hay una mujer ahora mismo rebuscando en mi cajón de trastos.
Sacudí la cabeza.
—Todo el mundo tiene trapos sucios, y los míos van a salir en la tele.
—Sí —respondió Liv, que se acercó y me puso una mano en el brazo—. Pero solo de una manera que haga parecer que estás desbordado.
Que lo estoy.
Sonrió.
—Lo tengo controlado, hermano. Estás a salvo. Los niños están a salvo. No voy a hacer nada que ponga en peligro tu vida.
—Que lo estás —dijo, apretándome ligeramente el brazo—. Y no pasa nada. La historia que estamos vendiendo es: padre estupendo, adora a sus hijos, empresario de éxito, simplemente desbordado por los cambios repentinos en su vida y que necesita un poco de ayuda.
Solté el aire que había estado conteniendo sin darme cuenta.
—Vale, claro. Gracias.
Liv se rio.
—Son los nervios. Estás bien, Erik. Respira. Todos estamos aquí para ayudar.
Asentí, todavía no del todo convencido, pero dispuesto a intentarlo.
—Genial, tengo que seguir. Ve a buscar a Laura a la cocina, te explicará su primera propuesta de cambio y lo filmaremos en una hora, cuando acuestes a los niños.
Dicho esto, Liv se dio la vuelta e indicó al cámara que hiciera una toma panorámica de la habitación.
Despachado y solo un poco menos ansioso, me fui hacia la cocina.
Laura estaba junto a la isla de la cocina, con un barreño transparente lleno de agua jabonosa a un lado y una pila de biberones sucios al otro.
—¿Listo?
Me acerqué y me puse a su lado. El equipo de producción se movía de un lado a otro, colocándose en posición.
—Bueno... —señalé con la cabeza a la multitud que nos observaba con avidez—. ¿Seguro?
Se rio.
—Céntrate solo en mí. Se hace más fácil, te lo prometo.
Oh, cariño. Me centraré en ti todos los días.
Aparté el pensamiento y me moví disimuladamente. Resultaba que Laura era un imán para mi polla.
—Vale —dijo Liv, colocándose junto al cámara—. Vamos a empezar.
Nos miró.
—Silencio, chicos, ¡y acción!
Laura sonrió directamente a la cámara.
—Si no das el pecho, hoy vamos a hablar de una de las tareas de limpieza más importantes que puedes hacer en la cocina cuando tienes niños pequeños: esterilizar los biberones.
Procedió a explicar la importancia de una buena esterilización y el porqué: evitar las bacterias. Escuché, interesado y a la vez un poco excitado por lo buena que era en esto. Laura... brillaba. Desprendía una energía y una calidez que decían: «No estoy aquí para sermonear, estoy aquí para ayudar».
Y yo me lo bebía todo. La observé sumergir el biberón en el agua jabonosa mientras explicaba dónde había que prestar especial atención al limpiar.
—Hoy en día, la mayoría de los biberones se pueden meter en el lavavajillas, pero conviene saber qué buscar cuando los sacamos. El lavavajillas hace un gran trabajo y ahorra mucho tiempo, pero no es perfecto.
Luego se volvió hacia mí.
—Erik, ¿me ayudas?
Las cámaras y las luces me siguieron mientras metía las manos en el agua caliente y seguía sus instrucciones.
—Muy bien —me felicitó, mostrando la tetina y el biberón ya limpios—. Ahora vamos a hablar de cómo guardar todo esto de forma organizada. Como bien sabe Erik, lo peor es intentar encontrar un biberón y su tapa en las tomas de madrugada, ¿verdad?
Me reí entre dientes. —Intenta decirle a un bebé de tres meses que espere para comer. ¿Quieres saber cómo es el infierno? Mi hijo te lo puede contar perfectamente.
Ambos nos reímos.
—¡Corten! —gritó Liv, acercándose a nosotros de inmediato—. Ha sido increíble, chicos. Hay una química brutal entre vosotros. La conexión es... —se llevó el puño a los labios y sopló como si se hubiera quemado— abrasadora.
Puse los ojos en blanco. —Gracias, supongo.
—Vamos a montar la escena de la despensa, así que tenéis cinco minutos. Coged algo de beber o lo que sea y empezamos. —Liv se alejó, desapareciendo de nuevo en el caos.
—He de reconocer que nunca pensé que aprender a limpiar fuera a ser interesante.
Laura se rio. —Nadie lo piensa.
—¿Quieres cenar conmigo? —Las palabras me salieron de la boca antes de poder pensármelo dos veces.
Laura se quedó paralizada, con la boca formando una pequeña «o». —¿En serio?
—Mierda, perdona. —Me pasé una mano por el pelo—. Joder, eso ha estado mal, ¿verdad? Lo siento.
—No, quiero decir... —se aclaró la garganta— me encantaría.
Me animé. —¿En serio?
—Sí. —Una sonrisa cálida se dibujó en sus labios—. En serio.
Sí. No la cagues.
Me aclaré la garganta. —Genial, buscaré una canguro. ¿Te viene bien el próximo fin de semana?
—Suena perfecto.
Nos sonreímos durante un largo momento.
—Laura, ¿puedes venir un momento? —llamó mi hermana desde el salón, rompiendo el momento entre nosotros.
—No hay tregua para los pecadores —suspiró Laura, poniendo los ojos en blanco con buen humor.
La observé moverse por la habitación, mirándole el culo sin ningún disimulo. Mi polla latía de aprobación.
Ya no tienes catorce años, imbécil. Contrólate.
Lo hice, pero, joder, fue difícil.