Limpieza total (Serie hermanos Larsson nº 2) CAPÍTULO 3
43%

CAPÍTULO 3

Erik

Esa noche, tumbado en la cama, repasaba los acontecimientos del día, todos centrados intensamente en Laura.

Laura Sweep, una mujer con curvas, sonrisa fácil y un sentido del humor travieso. Le encantaban los niños, los animales y la limpieza. Mi casa le había encantado, le gustaba nuestro pueblo y se había volcado en ayudarme con los gemelos durante todo el día.

Si tuviera que describir a Laura en dos palabras, diría: alegre y capaz. Y para un padre soltero en apuros, eso era jodidamente atractivo. ¿Que además estaba buenísima? Un extra.

Dios, ¿qué tengo que hacer para que se quede?

Me dolía la polla. Habían pasado más de dos años desde mi última relación, y Dios sabía que, para cuando aquello terminó, ella había acabado con lo poco que me quedaba de mojo.

Digamos que, si Dolores Umbridge hubiera sido una tía buenísima de veintiocho años, esa habría sido mi ex.

Aparté de mi mente a aquella mujer que me había destrozado el alma y volví a concentrarme en Laura.

Sus curvas, su sonrisa, cómo arrullaba a Ulf mientras lo sostenía y yo daba de comer a Leif a la hora del almuerzo.

Después habíamos vuelto a casa y ella me había ayudado a acostar a los niños, a despejar la habitación de invitados donde se alojaba temporalmente, y luego nos habíamos sentado fuera a ver la puesta de sol mientras yo asaba unas hamburguesas y disfrutábamos de aquella noche de primavera inusualmente cálida.

Había llegado un día antes porque la inútil de la asistente de Liv había confundido los vuelos.

Gracias, Dios.

Deslicé una mano hacia abajo, me agarré la polla y contuve un gemido mientras imaginaba a Laura entrando en la habitación con un vestido de algodón que le rozaba las rodillas y una sonrisa cómplice en el rostro.

Si estuviera aquí, le ordenaría que se desnudara mientras yo contemplaba cómo sus preciosos pechos quedaban libres. Haría que gateara por la cama y luego recorrería su cuerpo con los labios, saboreándola y provocándola hasta convertirla en un lío sonrojado y tembloroso de deseo.

Apreté más fuerte. Sabía que estaba cerca mientras echaba la cabeza hacia atrás, imaginando su sabor, sus gemidos, ardiendo de deseo por una mujer a la que había conocido hacía apenas unas horas.

Un llanto entrecortado frenó mi deseo en seco, como un accidente de coche. Maldije, aparté las sábanas de golpe y me puse de pie mientras los llantos de Leif llegaban a través del monitor.

Me subí los pantalones de chándal con una mueca mientras me recolocaba la polla, dura como una piedra. Protestaba de dolor.

Lo sé, colega. Te entiendo. Nos han cortado el rollo. Otra vez. Mierda.

Fui a la habitación de mis hijos, intentando pensar en pañales llenos de caca y vómito de bebé para que el pedazo de erección se me bajara. Funcionó. Por los pelos.

Leif estaba en su cuna con las manitas apretadas, gritando fuerte y enfadado.

—Lo sé, pequeñín, estoy aquí —le arrullé mientras lo cogía y me lo acercaba al pecho—. El mundo es un lugar horrible y cruel. Cuéntaselo todo a papá.

Empecé con el típico balanceo de padre, intentando consolar a mi hijo mientras averiguaba qué le pasaba.

El pañal está bien. No tiene fiebre. Comió hace una hora, así que debería estar bien. ¿Gases?

Le puse una mano en la espaldita y le froté suavemente mientras él seguía protestando.

—¿Está bien? —preguntó una voz somnolienta desde la puerta.

Me giré y al instante me arrepentí de haber mirado. La erección volvió a la vida con fuerza. Dos años y pico de sequía sexual habían devuelto mi libido al Erik de catorce años.

Madre mía.

Si esto fuera un dibujo animado, se me habrían salido los ojos de las órbitas y la lengua me habría llegado al suelo.

Laura estaba deslumbrante.

Llevaba unos pantaloncitos de dormir diminutos y una camiseta larga. No llevaba sujetador y se le marcaban los pezones bajo la tela.

Joder, tío, que ahora eres padre. Deja de pensar guarradas.

Pero no podía. Joder, es que no podía. Quería besar esas piernas curvilíneas, quería follarme esas tetas y correrme por todo su cuerpo. Quería comérsela entera hasta hacerla pedazos y luego volver a empezar.

Debí de delatarme porque la tensión se disparó en la habitación. Sus preciosos pezones se endurecieron bajo mi mirada y un delicioso rubor le tiñó las mejillas.

—¿Q-quieres que te eche una mano? —preguntó mientras se cruzaba de brazos sobre el pecho, tapándome la vista.

Sí, por favor.

Me reprendí a mí mismo por el aluvión de imágenes de exactamente dónde quería que fuera la mano de Laura.

—Creo que estamos bien —dije con pesar—. Pero gracias.

Justo cuando lo dije, la ley de Murphy entró en acción y Ulf empezó a removerse, lo que rompió la tensión.

—Mier... digo —suspiré—. La verdad es que sí me vendría bien una mano. ¿Puedes coger a Ulf? Normalmente solo quiere que lo abracen.

—Ohh —Laura se acercó a la cuna, cogió a Ulf y se lo acercó al pecho—. ¿Te gusta que te achuchen? —preguntó mientras se acomodaba en la mecedora junto a la cuna.

Seguí paseando, sabiendo que Leif acabaría calmándose. Sus llantos entrecortados ya empezaban a disminuir.

—Por alguna razón esperas que los gemelos sean iguales.

El mismo aspecto, los mismos gestitos. Y a esta edad no esperas que tengan personalidad.

O sea, son demasiado pequeños para ser algo más que una bolita somnolienta de ternura.

Pero no es así. Leif es mi niño ruidoso.

Siempre berreando lo que quiere, haciéndole saber al mundo que está aquí y que lo quiere todo ya.

Ulf es más tranquilo. Le encanta acurrucarse, se relaja en tus brazos y deja que lo tengas en brazos sin protestar durante horas —sonreí mirando a mi pequeño—. Estoy deseando que empiecen a hablar.

Laura soltó una risita suave y agradable, y mi polla dio un tirón de aprobación.

—Ten cuidado con lo que deseas —dijo mientras empujaba con un pie y ponía la mecedora en un suave balanceo—.

Los hijos de mi hermana están locos. Desde que Arabella pudo hablar, no se ha callado.

Y es descarada. Los cuidé a ella y a su hermano hace unos meses.

Su hermano se cayó cuando yo no estaba pendiente y ella enseguida me dijo que no se chivaría si les daba chuches —se rio de nuevo—. Pequeña bribona.

Me sorprendí sonriendo; el agotamiento que arrastraba desde hacía meses, ese que me calaba hasta los huesos, se desvaneció por un instante. —Espero que la vida sea una locura, pero tengo muchas ganas.

Laura se mordió el labio y ladeó la cabeza mientras me observaba.

—Quieres saber por qué los acogí.

Se rio. —¿Tan obvio es?

—Qué va, es la misma pregunta que hace todo el mundo.

Acerqué a Leif hacia mí e inspiré su olor a bebé. Su manita se extendió y me rozó la mejilla mientras me observaba con sus ojazos somnolientos.

—Cuando me los entregaron, lo primero que pensé fue: ni de co... quiero decir, ni de broma podía hacer esto.

Laura agachó la cabeza, pero alcancé a ver su sonrisa divertida.

—Pero entonces, no sé. Leí la nota que me dejó su madre y vi sus cuerpecitos. Había nevado, y recuerdo que pensé: ¿cómo voy a echarlos al frío?

Negué con la cabeza y le dediqué una sonrisa. —No habrían estado en el frío de verdad. El sheriff estaba allí, y seguro que habrían llamado a Servicios Sociales o algo así.

Volví a mirar a Leif. —Pero era Navidad. Y estaban chillando y no había juguetes para ellos y simplemente pensé: vaya. Tengo que hacer algo.

—Y lo hiciste.

Asentí y volví a mirar a Laura. Sus ojos irradiaban aprobación, y tenía las mejillas ligeramente sonrosadas. En sus brazos sostenía a mi hijo, con su dulce cuerpecito acurrucado contra ella.

—Sí, la mejor decisión de mi vida —admití mientras acomodaba a Leif—. La más difícil también. Y la más ruidosa. Y la más caótica. Pero la mejor.

—Bueno.

Laura se levantó, llevó a Ulf a su cuna y lo acostó con cuidado. —No puedo ayudar con el ruido, pero con el desorden seguro que sí.

«¿Puedes ayudar también con lo duro?», preguntó mi polla.

Joder, soy un cabrón.

Me sonrió con un brillo en los ojos. —He hablado con Liv esta noche, me ha dicho el nombre del episodio.

Me preparé para lo peor.

—P.A.L.L. Papá Al que me gustaría Limpiarle.

Se rio mientras yo suspiraba y ponía los ojos en blanco.

—Liv está como una cabra.

—La adoro —declaró Laura. Se acercó a mí y extendió las manos hacia Leif. Se lo di y lo llevó a la mecedora, donde volvió a acomodarse—. Está haciendo realidad mis sueños.

—¿Soñabas con ser estrella de telerrealidad? —pregunté, y arqueé las cejas sorprendido.

—Qué va.

Meció la silla y acercó el cuerpecito de Leif a su pecho. Mi hijo inquieto se calmó de inmediato y la miró parpadeando, sorprendido.

«Ah, o sea que para ella sí lo haces, pero para mí no. Traidor».

No es que lo culpara. A mí tampoco me importaría estar acurrucado contra esos pechos ahora mismo.

«Para el carro, chaval».

—Mi verdadero sueño es montar algo por mi cuenta. Todos en mi familia tienen su lugar en la empresa. Pero yo fui una sorpresa inesperada. La bebé número cinco. La llegada tardía y fuera de lugar. Nadie sabía muy bien qué hacer conmigo, y necesitaba encontrar mi propio sitio.

Se encogió de hombros. —Resulta que esto es lo que se me da bien. Ayudar a la gente.

—¿Funciona? —pregunté. No podía apartar los ojos de ella.

—¿El qué?

—Los consejos de limpieza. ¿A las familias que ayudas les sirve?

—Ah.

Se rio. —A veces, sí. Tengo un grupo privado donde me mandan preguntas y comparten trucos de limpieza.

Una familia volvió enseguida a las andadas, pero tenían problemas más gordos de lo que yo podía solucionar.

Otras, en cambio, sí lo aplican. Es que nunca les habían enseñado a hacer las cosas, o pensaban que los productos de limpieza eran demasiado caros, o un millón de mitos más.

—¿Te gusta?

—Me encanta —dijo con una sonrisa—. No hay nada más satisfactorio que ayudar a la gente. Un ambiente limpio, organizado, ayuda a las personas a ser creativas, a recuperar el equilibrio. Les da espacio para reconectar. Tu entorno es tan...

Se interrumpió con una risa. —Estoy dando el sermón, perdona.

—No pasa nada.

Intenté disimular un bostezo, sin éxito. —Me interesa de verdad, pero es tarde y apenas he dormido tres horas en los últimos dos días.

—Venga, ve.

Laura levantó la mano y me hizo un gesto para que me fuera. —Yo me encargo de estos dos. Ve a dormir.

Parpadeé. —No puedo hacer eso.

«Pero, Dios, qué tentador».

—Claro que puedes. Tengo referencias impecables como canguro, una sonrisa estupenda y sé cambiar pañales.

Señaló la puerta con la cabeza. —Ve. Si necesito algo, te llamo.

Mis pies echaron a andar solos; la tentación de dormir era demasiado fuerte. —¿Segura...?

—Insisto.

Se rio. —Yo me encargo.

Volví a la cama, me dejé caer de bruces sobre el colchón y solté un largo suspiro de satisfacción.

—Es un buen papá —oí murmurar a Laura a través del monitor—. Tenéis mucha suerte de tenerlo.

Leif gorjeó y ella se rio bajito. —Oh, sí, la tenéis. Mucha, mucha suerte, ¿a que sí?

Sonreí con los ojos cerrados. La voz tranquilizadora de Laura y los ruiditos de mi hijo me fueron arrullando hasta que me quedé dormido.