CAPÍTULO 2 #2
Encontré el lavadero y me reí. Dos montañas de ropa sucia se amontonaban sobre una encimera. La habitación era tan bonita como el resto de la casa, si pasabas por alto el desastre del momento.
Encontré el armario de la escoba y saqué un recogedor y un cepillo.
Limpié rápidamente el detergente derramado mientras tomaba nota mental de añadir cierres de seguridad a mi lista de temas que comentar con Erik.
Sus hijos aún eran pequeños, pero pronto estarían gateando, y un vistazo rápido al armario bajo el fregadero me reveló varias cosas que podrían hacerles daño.
—Gracias —dijo Erik a mi espalda mientras yo terminaba de limpiar lo derramado y empezaba a clasificar la ropa.
—No te preocupes —le ofrecí una sonrisa—. En realidad me encanta limpiar.
—Pues serías la primera en esta casa.
Ahora tenía un bebé en el brazo y un biberón en la mano. El otro bebé iba a su espalda, bien sujeto con un fular portabebés.
Debería haber parecido ridículo, o al menos un poco menos atractivo. En cambio, su atractivo aumentó y me descubrí frotándome las comisuras de la boca con disimulo para asegurarme de que no estaba babeando.
—Solo necesitaba algo de ropa decente para mañana —continuó, ajustando el biberón para que el pequeño bebiera—. Nos estamos quedando en casa de mis padres mientras ellos visitan a mi hermano y a su prometida. Esta casa está para tirarla, así que total, voy a jo... ejem, a desordenar la suya.
Oculté una sonrisa mientras empezaba a clasificar los montones de ropa sucia.
—Tampoco es para tanto. Es solo un poco de desorden, nada que no tenga arreglo.
—Eso dices ahora, pero espera y verás —advirtió Erik.
Se movió ligeramente y su corpachón rozó la escoba, que se cayó. Al golpear el suelo, los bebés se asustaron y los dos se echaron a llorar.
—¡Jo... eh, jolín! —exclamó, y empezó a dar saltitos de puntillas, arriba y abajo, intentando calmar a los bebés.
—¿Todavía te cuesta autocensurarte? —pregunté, disfrutando de ver a este hombre lidiar con el caos.
Soltó una carcajada.
—¿Quién iba a decir que soltaba tantos tacos? Nunca me había dado cuenta de que tenía la boca tan sucia.
Oh, cariño. Sé perfectamente lo que puedes hacer con esa boca sucia.
Me reprendí, cogí un montón de ropa de color ya clasificada y la metí en la lavadora. Añadí detergente y la encendí. Eché un vistazo por la puerta exterior del lavadero y me quedé paralizada.
—¿Qué pasa? —preguntó Erik, que se acercó enseguida—. ¿Es otra rata?
—¿Otra? ¡No! —me reí—. Y qué asco. ¿En serio? ¿Una rata?
Suspiró.
—Era pequeñita, pero aun así...
Negué con la cabeza.
—No, es el agua.
Acomodó al bebé que estaba dando de comer y señaló la puerta con la cabeza.
—¿Quieres verla?
Asentí entusiasmada.
Me llevó afuera. El lavadero estaba en un extremo de la casa. Fuera había una gran zona cubierta para reuniones, con parrilla, cocina exterior y un hogar. Había varios árboles centenarios, una amplia extensión de jardín trasero y una valla que separaba el césped del embarcadero.
—Estamos en la laguna. Si coges el barco en esa dirección —señaló con la cabeza hacia la izquierda—, en unos tres kilómetros llegas al océano.
—Vaya —susurré mientras veía el agua mecerse suavemente—. Esto es increíble. Tus hijos tienen mucha suerte de crecer en un sitio así.
—Hace menos de dos meses vivía en un pequeño apartamento encima de mi taller.
Levanté una ceja.
—¿Taller?
—¿Liv te contó algo sobre mí?
Negué con la cabeza y me volví hacia el agua.
—Solo que necesitabas mi ayuda.
—Vaya —murmuró—. Bueno, soy copropietario con mi hermano Gunnar de Thor's Shipbuilding.
Heredamos el negocio de mi padre cuando se jubiló, que a su vez lo heredó del suyo, y así sucesivamente.
Construimos barcos. Yates, kayaks, de lujo o comerciales, lo que quieras, lo construimos.
Somos conocidos, tenemos una buena cartera de clientes y un producto excelente.
Nos va bien, y este año nos hemos expandido con un nuevo taller en Capricorn Cove, ¿lo conoces?
—Pues no, la verdad.
Se encogió de hombros.
—Yo tampoco, hasta que mi hermano acabó allí por una avería en el motor y se topó con el amor de su vida. Pero el pueblo está bien situado y ahora somos dueños del puerto deportivo local. Nos estamos expandiendo y diversificando. ¿Sabes?
Asentí; mi familia había hecho lo mismo. La gente siempre necesita servicios de limpieza, pero unos tienen más demanda que otros cuando la economía se hunde.
—De todos modos, vivía en el taller, ahorré y tenía un buen colchón para cuando me casara y quisiera sentar cabeza —miró a su hijo—.
Al final el orden de los factores se alteró, pero no me quejo —me dedicó una sonrisa irónica—.
Quería comprar una casa para reformar, pero con estos dos sin darme tregua, mi madre me convenció de buscar algo listo para entrar a vivir, y antes de darme cuenta estaba comprando este lugar.
—Es perfecta —le dediqué una sonrisa burlona—, aunque un poco desordenada.
Soltó una carcajada.
—Sí, bueno, ahora mismo es más trabajo que otra cosa, estando yo solo.
Normalmente mi madre o mis hermanas echan una mano, pero últimamente están a lo suyo y yo estoy hasta arriba en el trabajo.
Es temporada alta, todo el mundo quiere comprarse un barco para el verano.
Una pena tener que darles la mala noticia de que nuestros barcos tardan más de una semana en construirse.
Volví a mirar hacia el agua y dejé escapar un suspiro de satisfacción.
—Puede que ahora sea más trabajo, pero a medida que crezcan, esta será la casa de toda la vida. Tus hijos harán barbacoas aquí atrás, nadarán en la laguna, construirán una casa en el árbol, y seguro que acabáis teniendo un perro.
—Calla —ladró, y fingió alejarse de mí mientras le tapaba una oreja a Leif—. No les des ideas.
Me reí.
—Has hecho lo correcto, Erik. Tus hijos te lo agradecerán.
Respondió con un gruñido evasivo.
Nos quedamos allí fuera, acompañados por el sonido del agua, el susurro de la brisa entre las hojas, el olor a sal y mar, y los gorjeos de los bebés.
Incliné la cabeza hacia el sol, cerré los ojos y disfruté del calor de aquel hermoso día de primavera. Un pensamiento deliciosamente egoísta me pasó por la cabeza.
Podría acostumbrarme a esto.
Un hombre atractivo, bebés hermosos y una casa preciosa. ¿Quién no podría?
Ni se te ocurra. Ignora esa atracción. Sabes que los padres solteros son tu kryptonita. ¡Aborta misión! ¡Aborta misión!
Pero no pude evitar esa pequeña semilla de... algo que brotó en mi interior. No era esperanza ni deseo ni nada tan simple. Era algo profundo y terrenal, arraigado y sólido. Algo complejo y único.
—¿Puedo invitarte a almorzar? —la pregunta de Erik me sacó de mi ensoñación.
—¿Almorzar? —repetí, como si no conociera la palabra.
—Sí, hay un montón de cafeterías geniales justo aquí cerca. ¿Puedo tentarte?
—Por supuesto —lo vi sonreír. Por un momento su mirada bajó, rozando mis pechos y recorriendo mi cuerpo. Vi el destello de aprobación en sus ojos antes de que volviera a centrarse.
—Déjame darme una ducha rápida y luego podemos ir.
—Claro.
Se alejó y le comí el trasero con los ojos sin ningún pudor. Firme y precioso. Cero arrepentimientos.
Oh sí, este hombre era muy peligroso.