Limpieza total (Serie hermanos Larsson nº 2) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Laura

El Uber se detuvo frente a la casa mientras comprobaba la dirección en el móvil por tercera vez para confirmar que, sí, estábamos en el lugar correcto.

Vaya.

La moderna casa de playa tenía dos plantas, con un precioso balcón en la fachada y un montón de ventanas.

Pintada de un bonito azul marino con detalles blancos, se erguía en medio de un jardincito encantador repleto de flores, y hasta tenía una valla blanca de madera.

Casi esperaba que saliera corriendo un labrador meneando la cola, listo para recibirme.

—Parece una postal, ¿verdad? —comentó el conductor.

—Desde luego —asentí mientras cogía el bolso—. Gracias por el viaje.

—Cuando quiera, déjeme ayudarla con las maletas.

Salió del coche y me ayudó a descargar del maletero mis tres maletas y dos cajas con productos y herramientas de limpieza.

—¿Quiere que lleve esto hasta la casa? —preguntó, sacando mi carrito de mano y cargándolo con el equipaje.

Sí, era de esas mujeres que tienen y viajan con su propio equipo de mudanza.

—No, gracias. Ya me las apaño yo —sonreí—. Muchas gracias.

—Que tenga un buen día, Sra. Sweep.

Subió al coche y se marchó mientras yo contemplaba una vez más aquella casa de postal. La palabra «preciosa» se quedaba corta para describir la belleza de aquel lugar. Se respiraba... serenidad. Paz. Como un santuario.

Como un hogar...

Aparté el pensamiento de mi mente, agarré las asas del carrito y abrí la pequeña verja para empujar mis cosas por el sendero empedrado hasta el porche.

Unas enredaderas de glicina se enroscaban alrededor de un pequeño arco de entrada: una forma preciosa y caprichosa de darte la bienvenida al jardín.

Nota mental: el jardín necesita un buen repaso.

Por preciosa que fuera la entrada, no pude evitar catalogar los pequeños problemas que ya había detectado.

Las malas hierbas brotaban de la tierra fértil, las flores y los arbustos empezaban a descontrolarse, y el césped estaba un poco largo, como si hubiera necesitado un corte hacía una o dos semanas.

El porche en sí parecía abandonado: telarañas colgaban de las esquinas y me fijé en la capa de arena y polvo que cubría el columpio. Olía a mar y me pareció oír las olas rompiendo, aunque no sabía muy bien a qué distancia estaba del agua.

Levanté la mano para llamar a la puerta y, justo después de mi golpe enérgico, escuché un estruendo tremendo. Se hizo el silencio un momento y luego oí lo que parecía un hombre maldiciendo. A continuación, el llanto inconfundible de un bebé.

Dudé, preguntándome si debería volver más tarde.

Se oyeron pasos al otro lado y una voz profunda que decía:

—Ya voy, Liv.

—Oh —grité—. No soy...

La puerta se abrió de golpe mientras terminaba de decir:

—...Liv.

Parpadeé, con la mirada clavada en toda aquella piel que tenía delante, la mente completamente en blanco.

Piel. Hombre. Buenorro. Sucio. Piel. Mugriento. Hombre.

Tenía un pecho amplio con algo de vello y músculo. No una tableta de chocolate, pero lo bastante definido como para apreciar que este era alguien que hacía trabajo manual... o iba al gimnasio. Estaba cubierto de harina y de algo pegajoso.

¿Era eso... chocolate?

—Mierda, no eres Liv —murmuró el dueño de aquel pecho magnífico.

Apenas era consciente de que estaba hablando, porque lo único que veía era a un hombre sucio y mugriento.

Y quería montarlo como si no hubiera un mañana. Después de limpiarlo. Preferiblemente con la lengua.

Para el carro. Tranquilita, fiera. ¡Abortar misión! ¡Abortar!

Haciendo un esfuerzo consciente, me recompuse y logré alzar la vista hasta el rostro de aquel semidiós.

—Debes de ser la Reina de la Limpieza —dijo el tipo, con una pequeña sonrisa asomando en las comisuras de los labios.

—Laura Sweep —confirmé, tendiéndole la mano. Él me la estrechó y casi me muero. Su mano envolvió la mía e hizo que mi manaza pareciera pequeña y delicada. Tenía la palma callosa, pero cálida y fuerte, y me la apretó con suavidad.

Quería esa mano sobre mí. En todas partes. Ya.

¡Contrólate, Laura!

—¿Sweep?

—Apellido de familia —dije distraída—. Somos los dueños de Clean Sweep.

Bajé la mirada y casi me trago la lengua.

Lleva pantalones de chándal grises. Por favor, Señor, necesito ayuda ahora mismo. Perdóname porque estos pensamientos no son nada puros. Satanás está tentando a tu chica de lo lindo hoy, Señor.

Mis partes íntimas se despertaron por primera vez en... bueno, un tiempo de narices. Y estaba encantada de haberme topado con semejante pedazo de hombre.

—Pasa —me invitó—. Solo será un segundo. Tengo que ir a por el bebé.

Se dio la vuelta y se alejó a toda prisa por el pasillo hasta desaparecer. Entré, evaluando la situación de inmediato mientras intentaba quitarme de la cabeza la atracción que sentía por mi cliente.

La única vez que perdía el control así era cuando... En realidad, nunca. Nunca había perdido el control así. Esta era literalmente la primera vez que mi cerebro se quedaba en blanco por un frenesí sexual.

Normal. O sea, ¿has visto a ese tío?

Me obligué a centrarme en la casa. Era...

bueno, llamarla zona catastrófica sería quedarse corto.

Ropa de bebé, juguetes, libros, mantas y lo que parecía un plato con una tostada a medio comer decoraban la entrada.

Un vistazo rápido a la primera habitación reveló un salón reconvertido en cuarto de juegos. También era un desastre.

¿Cuántos niños tiene esta pareja?

Liv había sido bastante vaga cuando me explicó este proyecto.

«Ha surgido una oportunidad. La casa es un desastre y necesitan una intervención urgente. ¿Puedes estar en Cape Hardgrave el viernes?».

Había dicho que sí de inmediato, pensando en tratarlo como cualquier otro trabajo. Viviría con la familia, observaría su día a día, intentaría averiguar qué les hacía descarrilar, y luego les enseñaría algunos trucos para organizar la casa y mejorar la limpieza.

Pan comido.

Solo que había un problema. Un problema muy grande, muy sin camiseta y muy atractivo. Y mis partes íntimas estaban totalmente de acuerdo con este problema en particular.

—Lo siento.

El tipo volvió por el pasillo. Llevaba dos bebés en brazos, y parpadeé mientras se acercaba con expresión avergonzada.

—Leif y Ulf tendrían que estar con sus abuelos, pero necesitaba coger algo de ropa y luego hubo un incidente con... en fin, lo siento.

Parpadeé, contemplando al tipo bueno que acababa de volverse aún más bueno con los bebés en brazos.

—Yo... necesito un minuto —le dije, llevándome una mano al pecho—. ¿Cómo te llamas?

Frunció el ceño.

—¿Liv no te lo dijo?

—No —murmuré, viendo cómo uno de los bebés se acurrucaba contra su pecho.

—Soy Erik, el hermano de Liv —levantó ligeramente a los bebés—. Y estos son mis hijos: Leif, y este grandullón es Ulf.

—Vaya —parpadeé mirando a los adorables bebés—. Gemelos. Tu mujer y tú debéis de estar muy ocupados.

—En realidad, estoy solo yo.

—¿Solo...? —miré el caos con otros ojos—. ¿Eres padre soltero?

—Sí, es largo de contar, pero adopté a estos dos —le dio un beso en la cabeza a Ulf—. Valen cada minuto de locura.

Adoptados. Había adoptado gemelos. Madre mía, este hombre se merecía una mamada seguida de una cerveza.

—Vaya —fue todo lo que pude decir—. Eres valiente.

Se rio.

—O estúpido. El jurado aún no se ha pronunciado.

Su casa no estaba sucia ni desorganizada por dejadez; era un caos porque el pobre tipo vivía solo con dos bebés y dormía poco.

Le puse la mano en la espalda a Ulf.

—¿Te echo una mano con uno?

Me miró con un agradecimiento desmesurado.

—En realidad, ¿podrías cogerlos a los dos un momento? Estaba intentando poner la lavadora pero se me cayó el detergente. Está todo perdido.

—Oye, ¿por qué no te quedas tú con ellos y yo lo arreglo? —miré hacia el pasillo—. ¿Dónde está el lavadero?

—Está pasando la cocina, pero...

No le dejé terminar y me puse en marcha de inmediato. Limpiar no solo estaba en mi nombre, en mi sangre o en mi profesión: era parte de mí.

Algunas personas odiaban limpiar. Lo sabía.

Pero mis primeros recuerdos eran acompañar a mi familia a los trabajos.

Mamá o papá me daban mi propio pulverizador y mi trapo y me dejaban limpiar una ventana o quitar el polvo de una mesa.

Escuchábamos música y me llenaban de besos en las mejillas, alabando mis esfuerzos y lo maravillosamente impecable que quedaba todo.

Según fui creciendo, también creció la necesidad de limpiar, de darle a la gente ese momento de ah...

que llegaba al entrar en una casa reluciente.

Cuando los vídeos en directo de redes sociales despegaron, empecé a publicar muestras de cómo limpiábamos distintas cosas sucias.

A la gente parecía gustarle, así que seguí publicando y la gente seguía viéndolos, y luego la cosa se descontroló.

Alguien había compartido un vídeo que hice limpiando sangre seca de una blusa.

Una cadena de noticias local se hizo eco y emitió la historia en su programa matutino.

Me invitaron a hablar sobre limpieza, les encantó y me pidieron que formara parte de una sección fija.

Liv lo había visto y me contactó para grabar una serie en la que ayudaba a familias que necesitaban una limpieza a fondo.

Cuando me quise dar cuenta, tenía ocho episodios grabados y la cadena quería otra temporada, esta vez de doce episodios.

Ver limpiar era adictivo, por lo visto. Quién lo iba a decir.

La cocina estaba igual de sucia que el resto de la casa. Comida incrustada en las superficies, el fregadero a rebosar. Harina y salsa de chocolate salpicaban el suelo y algunos armarios.

—Lo tiré buscando el bote de leche de fórmula de repuesto —dijo Erik con una risa mientras pasábamos—. Luego hice lo mismo en el lavadero intentando limpiar la camisa, que estaba llena de chocolate.

Le dediqué una sonrisa por encima del hombro mientras pasaba de largo el desastre.

—No te preocupes, sé exactamente cómo quitar las manchas de chocolate.