Limpieza total (Serie hermanos Larsson nº 2) CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Una hora y media después me despedí del cliente, con un contrato firmado en la mano y un peso menos en los hombros. Ian se acercó y me dio una palmada en el hombro.

—¿Ha firmado?

—Ha firmado —confirmé—. Parece que tenéis trabajo asegurado al menos unos meses más.

Ian sonrió; sus dientes destacaban contra el rojo de su barba.

—Hablando de trabajo, no quiero agobiarte más, pero ha llamado tu hermana.

Me quedé helado.

—¿Astrid?

—No, la arpía.

Me estremecí y cerré los ojos. Liv.

—¿Ha dicho qué quería?

Negó con la cabeza y el serrín salió volando de su pelo con el movimiento.

—Ella no habla con gente como yo.

Eso es porque le gustas.

No era de los que se metían en asuntos ajenos; ya lo descubriría él solo.

—Mejor la llamo entonces.

—Aye —murmuró, dejando escapar un poco de su acento escocés.

Saqué el móvil y llamé a mi hermana. Contestó al primer tono.

—Solo escucha, no hables —ladró Liv.

Me preparé para lo peor. La experiencia me había enseñado a esperarlo cuando se trataba de Liv.

Por favor, que no se haya fugado para casarse. No quiero tener que enterrar tu cuerpo.

—Rune ha llamado, tu casa es una pocilga. Vale. Lo entiendo. Eres padre soltero, copropietario de un negocio, tienes problemas con la niñera. Erik, lo-en-tien-do.

Abrí la boca para hablar, pero ella me cortó.

—Pero escucha. No puedes vivir así. Y no pienso permitir que mis sobrinos vivan de esta manera. Así que esto es lo que voy a hacer por ti.

Cerré los ojos, me pellizqué el puente de la nariz y respiré hondo, sabiendo que iba a odiar lo que fuera a salir de su boca.

—Mi nuevo programa está despegando y nos acaban de renovar para una segunda temporada.

Al público de prueba le encanta. Le encanta, Erik.

Tengo un mes libre a partir del viernes.

En lugar de irme a Fiyi como tenía planeado, voy a recoger a mi chica y traerla junto con mi equipo a tu casa.

Pasaremos el mes haciendo lo nuestro y te dejaremos todo arreglado.

Liv hizo una pausa dramática.

—Ya puedes darme las gracias.

Conté hasta tres lentamente antes de responder.

—Liv, sabes que te quiero...

—Oh, lo sé.

—Pero —continué—, estoy bien. Los niños están bien. Estamos bien. Solo ha sido una semana ajetreada.

—Eh, no. Rune encontró una rata muerta en el cuarto de los niños.

Me incorporé de golpe.

—¿Qué?

—Mira el chat familiar.

Aparté el teléfono de la oreja y mis dedos volaron hasta nuestro chat familiar. Efectivamente, después de un montón de respuestas, incluida una de mi madre en la que amenazaba con volver a casa de inmediato, ahí estaba la foto. Una rata muerta junto al Sr. Mimoso.

Sentí una arcada y solté una maldición.

—Joder.

—Sí —coincidió Liv—. Y tengo la solución.

—Dime.

—La Reina de la Limpieza.

Fruncí el ceño.

—¿Eh?

—Es el programa del que te hablé en Navidad, ¿recuerdas?

No.

—Vagamente —mentí.

Liv resopló molesta. Para ser justos, el día de Navidad fue cuando me entregaron a los gemelos, así que todo lo demás desde entonces hasta este preciso momento era bastante borroso.

—Encontré a Laura en Instagram. Publicaba un montón de vídeos de limpieza del negocio familiar.

Es limpiadora de cuarta generación y hacen de todo.

Escenas del crimen, casas particulares, locales comerciales...

lo que se te ocurra, ellos lo limpian. Los vídeos son adictivos.

Incluso a mí me dieron ganas de limpiar.

Vaya, eso sí que es un milagro.

Mi hermana no era precisamente una diosa del hogar.

—Así que la contacté y resulta que al otro lado había una tía increíble. Hermano, es genial. Guapísima, divertida, inteligente, y nunca, ni una sola vez, hace sentir mal a la gente por cómo limpia. Simplemente entra y quiere ayudar. Es como... si Mary Poppins y Tina Fey tuvieran un bebé.

¿Qué?

—Ajá —murmuré, pasándome una mano por el pelo—. Entonces, ¿vas a traerla aquí?

—Y dejar tu casa impecable. Necesitas ayuda, y Laura es la persona indicada.

—No sé —murmuré, pensando en las pilas de bodies sucios y en mi cesta de ropa que nunca se vaciaba. Por no hablar de los platos y biberones sucios que ocupaban casi todas las superficies de la cocina...

—Erik, había una rata en tu casa.

Mierda. Hora de tragarte el orgullo, tío.

—Vale, ¿cuándo puede empezar?

—El viernes —confirmó Liv—. Llegaremos el jueves por la mañana, nos instalaremos y empezaremos a grabar el viernes.

Eso me daba solo dos días para limpiar antes de que llegaran.

—Ah, y te quedas en casa de papá y mamá hasta el viernes.

—¿Qué voy a hacer qué?

—Una rata, Erik. Donde hay una, puede haber más. Los niños podrían pillar la peste. O que les coman la cara mientras duermen. ¿Es eso lo que quieres, Erik? ¿Un niño sin cara?

Me estremecí ante la imagen. El miedo y la vergüenza se me instalaron en el estómago. Necesitaba llamar a Rune, sacar a mis hijos de allí.

—Tengo que irme.

—Rune está en casa de mamá. Y no te preocupes, ya avisé a todos de que me encargo yo.

—Gracias —murmuré, sabiendo que mamá seguiría histérica.

Mejor añadir una llamada a mamá a la lista de tareas pendientes.

—Nos vemos el viernes, hermanito.

—Te quiero.

—Os quiero a ti y a los niños.

Colgó, dejándome a solas con mi rabia y mi autocompasión.

Mis niños se merecen algo mejor. Joder.

El teléfono sonó y miré quién llamaba.

—Tú eres la razón por la que estoy en este lío —le dije a mi hermano a modo de saludo.

—¿Una rata? —preguntó Gunnar—. ¿En serio?

—No sé cómo llegó allí —gemí.

—Bueno, parecía bastante mojada, fresquita y recién muerta, si te sirve de consuelo.

—No lo es.

Gunnar carraspeó.

—Oye, si es demasiado con los niños y con que me haya mudado aquí... bueno, Ella y yo lo hemos hablado y nosotros...

—Para, no —interrumpí—. Ni lo menciones —me pasé una mano por el pelo—.

Han sido unos días difíciles, nada más. Los gemelos tuvieron un pequeño malestar estomacal, tienen el sueño descontrolado, la niñera ha desaparecido del mapa, y estaba más pendiente de cerrar la cuenta de Del Laurentis que de limpiar.

—¿Lo prometes?

—Lo juro.

Hubo una pausa. Casi podía notar a Gunnar decidiendo si insistir. Al final, lo dejó estar y solté un suspiro de alivio en silencio.

—Entonces —preguntó—, ¿la conseguimos?

—Tío, ¿dudas de mi capacidad para cerrar un trato? Por supuesto que la conseguí.

Se rio.

—Debería haberlo sabido.

—Me hieres —dije en broma—. Por eso, te toca cuidar a los niños la próxima vez que vengas. Un fin de semana entero.

—Vale —gruñó Gunner. Lo oí aspirar de golpe, como si algo lo hubiera sobresaltado.

—¿Estás bien?

—Eh, nada. Yo... tengo que irme.

Puse los ojos en blanco.

—Viste a Ella.

—Sí.

—¿Está desnuda?

—Traje de baño nuevo.

Suspiré.

—Anda, ve. Déjame aquí haciendo el trabajo de tres mientras tú vas a lo tuyo.

—Gracias, te debo una.

Colgó y me quedé mirando el agua, aspirando el aire salado, escuchando los sonidos familiares de mi taller.

Respiré hondo una última vez, me volví hacia el taller y llamé:

—¿Ian? ¿Tienes un minuto? Tenemos que hablar de los turnos de este mes.

Más vale que la Reina de la Limpieza merezca la pena.