CAPÍTULO 1
Erik
—Astrid —me las apañaba con el teléfono encajado en el hombro, dando saltitos desesperado mientras Leif me gritaba al oído—.
Por favor, te lo suplico. El comprador llega en menos de treinta minutos.
La niñera me ha dejado tirado por tercera vez consecutiva, y mamá está en Capricorn Cove eligiendo el vestido de novia con Ella.
Mi hermano mayor, Gunnar, se iba a casar con una mujer increíble. Me caía bien Ella, adoraba a mi hermano, pero ¿hoy? Los maldecía a los dos. La dichosa boda no podía haber caído en peor momento.
Cerré los ojos cuando Ulf empezó a quejarse.
—Por favor, Astrid. Por favor, hermanita favorita. Por favor. Te lo suplico, ayúdame.
—Estoy en la universidad —me dijo mi hermana con pesar en la voz.
Se me cayó el alma a los pies mientras miraba de golpe el calendario de la pared.
—Mier... digo, rayos —murmuré al caer en la fecha.
Se me había olvidado cambiar el mes... dos veces.
—¿Cuándo empezaste las clases?
—La semana pasada —respondió, y escuché risas de fondo—. ¿No te acuerdas? Me quedé contigo en las vacaciones de primavera.
Parpadeé y suspiré cuando Ulf se unió a su hermano en su intento de romper la barrera del sonido. Un olor familiar me llegó cuando el culito de Leif hizo un ruido sospechoso bajo mi brazo.
—Jod... eh, diablos —murmuré mientras cambiaba a Leif de posición.
—¿Qué tal Liv? —preguntó Astrid, refiriéndose a nuestra hermana.
—Está en Grand Harbour rodando.
El pánico me atenazó la garganta.
—¿Papá? —preguntó Astrid, igual de desesperada.
—Con mamá.
—¿Rune? —preguntó, refiriéndose a nuestro hermano pequeño.
A la desesperada.
—Lo llamaré —prometí, rezando por ayuda—. Perdona la molestia.
—Cuando quieras. Buena suerte. Si hace falta, dile a Rune que estás cobrando el favor que me debe.
—¿Qué favor? —pregunté mientras llevaba a mi hijo a trompicones hasta el cambiador de mi despacho.
—No te preocupes, tú cóbralo y ya.
—Hecho, gracias, hermanita.
—Cuando quieras.
Colgué, dejé el teléfono a un lado y me centré en mi hijo.
—Venga, vamos a limpiarte y después llamamos al tío Rune.
Le quité el body y me dieron arcadas al abrir el pañal: un cacapocalipsis.
—Maldita sea, Leif. Tienes tres meses. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo?
Gorjeó contento, ya sin gritar ahora que estaba sin pañal. Este era mi nudista. Incluso con tres meses odiaba la ropa. Sabía que se la arrancaría en cuanto pudiera mover las manos.
Lo limpié como pude, intentando mantenerme limpio mientras la cosa se ponía literalmente marrón.
—Ya voy, Ulf —lo llamé al oírlo quejarse.
Terminé de vestir a Leif, lo levanté y me lo puse en el hombro.
Leif gorjeó feliz contra mi pecho, pataleando con sus piernitas mientras yo iba hacia la cuna y lo dejaba junto a su hermano.
Ulf, que odiaba quedarse solo, dejó de llorar de inmediato.
Extendió la manita y encontró a su hermano.
Los dos patalearon al unísono, gorjeando felices un momento mientras volvían a estar juntos.
—Tenéis suerte de ser tan monos —les dije a mis hijos, pasándome el brazo por la frente—. Compensa no haber pegado ojo anoche.
Solté un suspiro y miré el reloj.
—Jod... eh, diablos —murmuré. Cogí el teléfono y llamé a mi hermano.
—¿Qué? —respondió con su brusquedad habitual.
—Necesito un favor.
—No.
—Rune, escúchame. Astrid me ha dicho que te recuerde que le debes una y que la estoy cobrando en su nombre.
—Joder —murmuró mi hermano—. Vale, ¿dónde estás?
Sentí que se me relajaban los hombros del alivio.
—En el trabajo. Los niños están cambiados y necesitarán biberón en unos veinte minutos. Cuando terminen se dormirán, pero...
—Sí, sí. Entendido —Rune colgó y yo suspiré aliviado.
Mi hermano era antisocial con A mayúscula, pero adoraba a sus sobrinos.
También tenía su propio negocio, The Literary Academy, una librería-cafetería especializada en libros nuevos y de segunda mano, además de café y comida de muerte.
Había heredado la tienda en quiebra de mi abuela cuando por fin decidió jubilarse, y en dos años la había convertido en un negocio rentable.
Con todo resuelto (de momento), fui al baño a asearme y me vi en el espejo.
Joder.
Tenía unas ojeras enormes bajo los ojos inyectados en sangre. El pelo, despeinado y pidiendo a gritos un corte, y una barba descuidada de varios días cubriéndome las mejillas.
Mierda. Soy la viva imagen de la paternidad.
Los gemelos dormían más ahora, gracias a Dios. Pero tenían ciclos de sueño alternos, que te jodan, Satanás. Lo que significaba que cuando uno dormía, el otro parecía empeñado en tenerme ocupado.
Abrí el botiquín y saqué crema de afeitar, una maldita cuchilla desechable, colirio y un cepillo.
Mientras me arreglaba, bendije a mi madre por su previsión. Además de ser mi recepcionista y encargada de la oficina, tenía nuestro taller abastecido con todo tipo de cosas útiles para momentos como este.
En cinco minutos tenía un aspecto, si no presentable, al menos de persona viva.
—Servirá —murmuré. Tiré la cuchilla y guardé el resto.
De vuelta en mi despacho, los niños miraban el móvil de pequeños drakkars, vikingos y valquirias, y, por alguna razón, un dragón, que bailaba y brillaba sobre sus cabezas. Pataleaban con sus piernitas y agitaban los bracitos mientras balbuceaban felices.
Sí, definitivamente eran mis hijos.
Los dejé gorjear, escuchando a medias mientras preparaba rápidamente una bolsa para Rune y ensayaba mentalmente mi argumento de venta.
Este nuevo cliente era un pez gordo con dinero para gastar.
Quería algo elegante y caro para el cumpleaños de su esposa.
Había conocido a Nick cuando me llevó en avión a Londres justo antes de Navidad, antes de que mi vida saltara por los aires.
El tipo se había enterado de que abríamos un segundo taller en Capricorn Cove y estaba dispuesto a firmar, con suerte.
Resulta que su esposa era de allí, algo extraño teniendo en cuenta que hacía menos de seis meses yo ni siquiera había oído hablar del lugar.
Quería esta venta. Con todas mis fuerzas. Sería nuestra primera comisión para el nuevo taller y un gran comienzo para nuestra expansión.
En Thor's Shipbuilding nos enorgullecíamos de nuestra atención al detalle. Nuestros productos, ya fuera un kayak de madera a medida o un extravagante catamarán de quince metros, eran de la mejor calidad disponible.
Contaba con un equipo de veinte personas que trabajaban en nuestros proyectos.
Además, tenía contratistas de confianza a los que recurría para trabajos especializados.
Este modelo de negocio permitía flexibilidad y seguridad financiera.
Si un contratista no cumplía con la calidad que yo exigía, ese era su problema.
Si el mercado fluctuaba, no tenía que despedir a mi equipo principal.
Solo que, últimamente, al equipo principal le faltaban dos.
Gunnar estaba en Capricorn Cove montando nuestro segundo taller y se había llevado a nuestro capataz, Mac, con él.
Me alegraba que el negocio se estuviera expandiendo; Dios sabía que teníamos más proyectos pendientes de los que podíamos abarcar.
Pero la ausencia me estaba pasando factura.
Había confiado en Mac para dirigir el taller y que todo funcionara mientras Gunnar se encargaba de las finanzas además de trabajar en las construcciones. Yo diseñaba y construía, pero en los últimos años mi papel había pasado a ser el trato con los clientes.
La realidad era que, desde que papá se había semijubilado, Gunnar y yo habíamos hecho crecer el negocio.
Ahora vendíamos a clientela exclusiva que quería lujo a medida.
Yo diseñaba y nuestros chicos les construían ese sueño.
Habíamos consolidado nuestra reputación y construido un negocio sostenible que nos permitía expandirnos sin renunciar a los placeres de la vida.
Sin Gunnar y Mac, gran parte de la responsabilidad había recaído sobre mí mientras intentaba encontrar sustitutos.
Otra cosa más que añadir a mi lista de tareas pendientes; podía ir justo después de encontrar una niñera nueva y más fiable, abrir fondos universitarios para los niños y comprar más leche de fórmula.
—Ey —saludó Rune al entrar en mi despacho. Fue directo hacia los niños con paso firme y se inclinó para poner una mano en el estómago de Ulf—. ¿Están listos?
Cogí la bolsa y se la di con un agradecido:
—Sí.
—Genial.
Mi hermano medía un metro noventa y ocho y era un armario.
Parecía una montaña, sonaba como un oso y caminaba con la sutileza de una manada de búfalos en estampida.
Pero cuando quería ser sigiloso, el cabrón se movía sin hacer el menor ruido.
Me había dado sustos de muerte más veces de las que me gustaría reconocer.
—Hay leche de fórmula en la bolsa y...
—Estamos bien —murmuró Rune, cogiendo a Leif y metiéndolo en el cochecito doble. Después fue Ulf, y lo vi acomodar a mi hijo con manos delicadas cuando empezó a quejarse—. Nos vemos en casa.
Mierda.
—¿No puedes llevártelos a tu casa?
Rune arqueó una ceja.
—No.
—Mira, es que... han tenido unos días difíciles, y la niñera obviamente está despedida. O puede que haya salido corriendo y gritando.
¿Puedo unirme a ella?
—De todos modos, no he tenido tiempo de limpiar nada todavía.
Rune se encogió de hombros y empujó el cochecito hacia la puerta.
—Luego nos vemos.
—Jolines —murmuré con un suspiro, sabiendo exactamente cómo estaba mi casa. ¿Zona de desastre? Qué va. Más bien vertedero de residuos tóxicos—. Mamá se va a enterar de esto.
—¿Jefe? —Ian asomó la cabeza por la puerta—. Acaba de llegar un tío en un cochazo.
Me enderecé, cogí la chaqueta del traje y me la puse.
—Gracias. Voy yo.
Me hizo un gesto de aprobación con el pulgar y salió.
«Bien. Si superas esto, organizas los pedidos, publicas un anuncio para un nuevo capataz carpintero de ribera, y luego das de comer a los niños, los bañas y los acuestas, puedes tomarte una cerveza».
Solté un suspiro y me pasé una mano por el pelo.
—Esperemos que este tío valga la pena.