Limpieza total (Serie hermanos Larsson nº 2)
© inepub.com
PRÓLOGO
—Entonces, ¿son míos?
Vi al sheriff Tristan Rodríguez asentir desde el otro lado de la mesa.
—Son tuyos —confirmó, y sentí cómo un peso se me quitaba del pecho mientras otro se posaba sobre mis hombros: la responsabilidad.
—Por lo visto, ella te incluyó en el certificado de nacimiento. Aunque la prueba de paternidad demuestra que no son hijos biológicos tuyos, los servicios de protección de menores te han autorizado la adopción plena.
Se puso de pie y me tendió la mano. Se la estreché, parpadeando, mientras él la sacudía dos veces y una sonrisa le iluminaba el rostro.
—Enhorabuena, papá.
—Gr-gracias —tartamudeé. De repente me sentía desconectado de todo aquello.
—Buena suerte —dijo, y me dio una palmada en el hombro con un apretón.
—Eh, sí —murmuré, y me dejé caer de nuevo en la silla de su despacho mientras la realidad se imponía.
Mierda, soy padre. ¿Qué coño sé yo de ser padre?
A mi lado, mis hijos dormían acurrucados el uno contra el otro, con las manitas entrelazadas.
Hacía una semana, en Navidad, me habían entregado a estos bebés.
Su madre, una mujer que recordaba vagamente haber contratado de forma temporal el año anterior, me los había legado.
No conocía sus circunstancias, apenas la recordaba más allá de una silueta borrosa de una mujer que atendía nuestros teléfonos mientras mi madre estaba de baja.
Pero ella sí se había acordado de mí. Lo suficiente como para confiarme esta responsabilidad. Su carta decía que quería que yo fuera el hombre que criara a sus bebés. Que los ayudara a convertirse en hombres de bien. Que les diera la vida y el amor que ella no podía darles.
—Joder —susurré. Una mano me golpeó la nuca y me lanzó hacia delante.
—¡Mamá!
—¡Esa boca! —me reprendió mi madre mientras se acomodaba en la silla de al lado y señalaba a los bebés con la cabeza—. Ya no eres un soltero, Erik. No puedes decir esas cosas delante de los niños.
Dios, otra prueba más de lo poco preparado que estaba para esta responsabilidad.
Me volví hacia mi madre, muerto de miedo.
—Mamá, no puedo con esto.
—Claro que puedes —me corrigió. Se inclinó para colocar bien la manta que cubría las piernas de mis hijos—. Solo son nervios.
—No, mamá, de verdad que no puedo.
Me levanté de golpe y tiré de la corbata para aflojarla junto con los dos primeros botones de la camisa. Solo me ponía traje por tres razones: negocios, funerales o bodas. Por lo visto, podía añadir convertirme en padre a esa lista.
—¿Qué sé yo de niños? ¿Y dos? ¿Gemelos? ¿Cómo dem...? O sea, ¿cómo voy a saber qué hacer?
—No lo sabes. Bienvenido a la paternidad.
Mamá se levantó, se irguió cuan alta era y abrió los brazos para abrazarme.
—Erik, eres un buen hombre. Te preocupas por los demás, te esfuerzas, y aprenderás. Tu padre, tus hermanos y yo estamos aquí para ayudarte. No vas a hacer esto solo.
Suspiré y dejé que mi madre me tranquilizara. Llamadme blandengue, llamadme lo que queráis, me daba igual. Era un maldito hijo de mamá y estaba orgulloso de serlo. Quitadme el carnet de macho, me da igual, porque daría la vida por esta mujer.
—Vas a ser un padre maravilloso.
Sorbió por la nariz, se apartó y me sacudió la chaqueta como si le hubiera salido pelusa en los últimos dos segundos.
—Venga, serénate y vamos a instalar a estos bebés.
Suspiré y me pasé una mano por la cara.
—Gracias, mamá.
—Enhorabuena, Erik.
Se puso de puntillas y yo me agaché para que me diera un beso en la mejilla.
—Estoy orgullosa de ti... papá.
Solté el aire.
—Vale —me volví y miré a los gemelos, que seguían durmiendo plácidamente. Sentía el corazón rebosante, invadido por una ternura cálida e incontenible—. Llevemos a mis hijos a casa.