Lazos de Lujuria (Los Pecados de Binsfeld nº 3) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

SIENNA

El mundo exterior intentó reclamarme una última vez, como el eco lejano de una vida que ya no me pertenecía.

Tres días después del incidente en el muelle, Marcus Vaughn apareció frente a la torre Binsfeld.

Lo observaba desde el ventanal del ático, envuelta en una bata de seda negra.

Mis muñecas aún lucían las sombras moradas de las cadenas de Asher, y mi piel se sentía extrañamente tirante, marcada por el recuerdo de su posesión.

—¡Sienna, baja ahora mismo! —La voz de Marcus llegó distorsionada a través del intercomunicador—. No te bastó con desaparecer y abandonar tu cargo. ¡Sabemos lo de Petrov! ¡Si te quedas ahí, serás cómplice de por vida!

Sentí el calor de Asher pegándose a mi espalda. Sus manos, grandes y expertas, se deslizaron bajo la seda de mi bata, reclamando mi vientre con una familiaridad que me hizo estremecer.

—Dile que la Sienna que buscaba justicia murió en aquel almacén —susurró Asher en mi oído, su cuerpo presionando contra el mío—. Dile que ahora eres el vicio de un Binsfeld.

Tomé el intercomunicador. Mi mano no tembló; no quedaba rastro de la duda que me había atormentado durante años.

—Vete, Marcus. Ya no hay nada que salvar. La mujer que conociste se ha ido, y la que queda... ha encontrado una verdad que tus leyes nunca podrán explicar.

Asher apartó el micrófono de mi mano y dio una orden seca al equipo de seguridad. Vimos a Marcus retirarse, una figura pequeña y vencida bajo la lluvia de neón de la ciudad. Él representaba la ley; Asher representaba la libertad de abrazar mi propia sombra.

La ceremonia no tuvo lugar en una iglesia. Dios no tenía jurisdicción en el Edificio Binsfeld. Se celebró a medianoche en el jardín privado, un santuario de mármol negro y flores que solo se abrían para recibir la oscuridad.

Los seis hermanos estaban allí, formando un semicírculo de poder y pecado.

Lucien presidía con Elena a su lado; ella me miró con una piedad gélida, la mirada de una reina que reconoce a su sucesora en el abismo.

Dante mantenía a Ivy cerca, su mano enguantada apretando la de ella con una posesividad que ya no me resultaba extraña.

Verlas allí me dio una paz retorcida: no estaba sola en mi perdición.

Caminé hacia Asher. Mi vestido era de encaje negro, una red sutil que revelaba el arnés de cuero que él mismo me había ajustado antes de bajar. No llevaba velo, sino una corona de espinas de oro que pesaba sobre mis sienes como una promesa.

Lucien dio un paso al frente. No hubo oraciones, solo un pacto sellado en el silencio.

—Sienna Holt. —La voz de Lucien resonó como una sentencia—. ¿Renuncias a tu nombre y a tu ley para ser la Consorte de la Lujuria? ¿Aceptas que tu voluntad muera en manos de Asher para renacer en nuestra estirpe?

—Acepto. —Mi voz fue un eco de acero.

Asher tomó una daga de oro y trazó una línea fina en su palma. Hizo lo mismo con la mía. Unimos nuestras manos, dejando que la sangre se mezclara y cayera sobre la pira de fuego azul que ardía entre nosotros. El siseo del fluido vital consumiéndose fue nuestro único voto.

ASHER

La vi arrodillarse ante mí al finalizar el rito. Delante de mis hermanos, le coloqué el regalo definitivo: una gargantilla de oro macizo con un candado grabado con el sello de Asmodeo. La llave colgaba de mi cuello, justo sobre mi corazón.

—Levántate, mi vicio —le dije, alzándola en mis brazos bajo la mirada analítica de Levi y la aprobación silenciosa de Lucien.

La cargué hasta nuestra suite, cerrando la puerta al mundo exterior. Al soltarla sobre las sábanas de seda negra, el contraste de su palidez contra el encaje oscuro fue el detonante final. Sienna no se cubrió; se ofreció con una devoción que rozaba lo sacrílego.

—De rodillas —ordené.

Obedeció al instante, deslizándose hasta el borde de la cama. Me despojé de mi ropa, dejando que sus ojos verdes recorrieran cada marca de mi cuerpo. Cuando estuve frente a ella, su lengua humedeció sus labios en una invitación que me incendió la sangre.

—Úsame, Asher —susurró—. Borra cualquier rastro de la mujer que fui.

La tomé por el cabello, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás, y la invadí con mi boca. Quería sentir su rendición total. Sienna aceptó el contacto con una voracidad que me confirmó que ya no quedaba nada de la fiscal.

Me arrodillé y rasgué el encaje de su vestido.

La prenda se abrió como una herida, dejando su cuerpo expuesto y palpitante bajo la luz tenue.

La empujé de espaldas, abriendo sus piernas hasta que sus rodillas tocaron sus hombros, e inmovilicé sus tobillos con las cuerdas de seda roja que colgaban del dosel.

Estaba totalmente abierta, un altar de carne esperando ser reclamado por su dueño.

Entré en ella de una sola estocada profunda, sintiendo cómo sus paredes se cerraban alrededor de mí en un abrazo desesperado.

—¡Asher! —Su grito fue una melodía de éxtasis en el silencio del ático.

Empecé a moverme con una cadencia brutal, rítmica y demoledora. Cada embestida era un martillazo contra su pasado. Mis manos se clavaron en su cintura, dejando marcas que tardarían semanas en desvanecerse.

—Mírame, Sienna. —Mordí su hombro sin dejar de embestirla—. Mira cómo te convierto en el receptáculo de mi pecado.

Ella arqueó la espalda. Sus pezones endurecidos rozaban mi pecho.

El primer orgasmo la alcanzó con una sacudida que me apretó hasta el delirio.

Sin salir de ella, la giré para que quedara a cuatro patas, manteniendo sus manos atadas al cabecero.

La vista desde atrás era la perfección: su espalda arqueada, el oro de la gargantilla brillando y su cuerpo ya dilatado por mi ritmo.

Cambié el ángulo, entrando en ella con una presión posesiva que le arrancó un alarido ronco.

El dolor inicial fue devorado por la plenitud absoluta.

Mis dedos buscaron su clítoris, estimulándola mientras la tomaba por detrás, llevándola a un estado de delirio sensorial donde no existía nada más que mi cuerpo dentro del suyo.

—¡Me pierdo, Asher! —gritó, con la voz quebrada.

—Piérdete en mí —respondí, aumentando la velocidad hasta que mi visión se volvió borrosa.

El clímax final fue sísmico. Me derramé dentro de ella con un rugido que nació desde lo más profundo de mis entrañas. Sienna colapsó bajo mi peso, con su cuerpo sacudiéndose en espasmos que parecían no tener fin.

Me retiré lentamente, viendo mi rastro goteando por sus muslos. Con el dedo, recogí una gota de sangre de mi propia palma y la mezclé con mi simiente sobre su vientre.

—Consagrada —susurré contra su piel.

La desaté con una lentitud tortuosa, besando cada marca que ahora me pertenecía legal y espiritualmente.

Horas después, cuando la luna empezaba a ocultarse tras los rascacielos, Sienna despertó. Se acercó a mí, apoyando su cabeza en mi hombro. El metal de la gargantilla se sentía frío contra mi piel.

—¿Qué vamos a hacer mañana? —preguntó. Su voz sonaba más oscura, cargada de una seguridad nueva.

Miré hacia la ciudad, donde las luces seguían brillando para millones de personas que creían en la justicia.

A mi lado no había una víctima, sino una mujer que había encontrado su verdadero poder en la rendición más absoluta.

El peso del candado sobre su pecho era el ancla que nos mantendría unidos mientras el resto del mundo se consumía.

Bajo la luz plateada de la madrugada, el Edificio Binsfeld se alzaba como una torre de marfil oscuro, guardando el secreto de la fiscal que aprendió a amar al demonio que la encadenó.