EPÍLOGO
ASHER
El ático de la torre Binsfeld nunca se había sentido tan vivo. El aire, antes estéril y cargado de silencios, ahora vibraba con el rastro de Sienna. La veía dormir en nuestra cama, una mancha de piel pálida sobre la seda negra, con la gargantilla de oro reflejando la luz de la luna.
Había ganado. Había corrompido a la justicia para convertirla en mi devoción personal.
Me serví un whisky y caminé hacia el ventanal. Mi reflejo me devolvió la imagen de un hombre satisfecho, pero en el cristal también detecté el parpadeo de una luz roja en la esquina del techo. Una cámara.
—Sé que estás ahí, Levi. —Hablé en voz baja, levantando mi copa hacia la lente—. Deja de mirar mi vida y búscate una propia.
Sabía que mi hermano no respondería, pero podía sentir su envidia filtrándose por los cables de fibra óptica.
Levi siempre había deseado lo que los demás teníamos, no por el objeto en sí, sino por la paz que nos proporcionaba.
Pobre diablo. No sabía que la paz es una ilusión en esta familia; lo único real es la propiedad.
Dejé la copa y volví a la cama, arrastrándome hacia Sienna. Ella se movió entre sueños, buscando mi calor. La justicia había muerto y, en su lugar, había nacido una reina que solo conocía mi ley.
LEVI
En el sótano del Edificio Binsfeld, el silencio es absoluto, roto solo por el zumbido de los servidores que procesan los secretos de la ciudad. Mi santuario no tiene ventanas; no las necesito. Poseo mil ojos digitales que ven mucho más de lo que cualquier humano podría soñar.
Cerré la ventana del ático de Asher con un movimiento seco del ratón.
Verlo con Sienna me revolvía el estómago.
No porque la quisiera a ella —la fiscal ya estaba marcada hasta la médula—, sino por la libertad con la que Asher se entregaba a su vicio.
Él no se escondía. Él no tenía que mirar a través de un cristal para sentirse vivo.
—Señor Levi. —La voz de Nikolai surgió por el intercomunicador. El jefe de guardia siempre aparecía cuando menos lo quería, como una sombra que se niega a despegarse del suelo.
—Dime, Nikolai.
—El perímetro de la residencia Mendoza ha sido vulnerado según sus instrucciones. Los cortafuegos del sistema de seguridad de la suite principal han caído. Tiene acceso total.
—Buen trabajo. Retírate.
—Como desee. Pero recuerde lo que dijo Lucien... los Mendoza son un nido de avispas. Especialmente ahora que su hermanastro está buscando aliados contra nosotros.
—Yo no busco aliados, Nikolai. Busco información.
Mentí. Nikolai se fue y me quedé solo frente a la pantalla central. Mis dedos volaron sobre el teclado, introduciendo los códigos que acababan de abrir la cerradura digital más importante de mi vida. La pantalla parpadeó y, de repente, el gris del búnker desapareció.
Allí estaba ella. Skylar Mendoza.
Su habitación era una explosión de color, de luz y de vida.
Todo lo que yo no era. Skylar bailaba frente al espejo de su tocador, ajena a que yo estaba allí, en las sombras de su propio techo, diseccionando cada uno de sus movimientos.
Reía sola mientras se cepillaba el cabello, con una alegría tan pura que me quemaba las pupilas.
Era la hermanastra de mi peor enemigo. Era inocente y brillaba con una luz que hacía que mi propia oscuridad doliera.
—Bailas para nadie, Skylar —susurré, acercando el zoom hasta que pude ver el brillo del sudor en su cuello—. Pero pronto, vas a bailar solo para mí.
En una pantalla secundaria, un aviso de seguridad parpadeó. Un acceso no autorizado en la red interna de los Binsfeld. El mismo rastro del «Primogénito» que Lucien y Dante estaban rastreando. El traidor estaba moviéndose de nuevo, borrando huellas en las cuentas del Tesoro.
Pero no me importó. El imperio podía arder si quería.
Apoyé los dedos sobre el cristal, justo donde la imagen mostraba la sonrisa de Skylar. La envidia ya no era solo mi pecado; era mi brújula. Asher tenía su lujuria, Dante su oro y Lucien su trono. Yo iba a tener la luz de los Mendoza. Y esta vez, no me conformaría con mirar.