Lazos de Lujuria (Los Pecados de Binsfeld nº 3) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

SIENNA

El amanecer no penetró en las profundidades del búnker.

Solo el zumbido del sistema de filtrado de aire y el peso posesivo del brazo de Asher sobre mi cintura me recordaban que el tiempo seguía avanzando.

Mis muñecas lucían el estigma morado del acero de anoche, y mi piel se sentía tirante, marcada por el rastro seco de su semilla.

La puerta blindada se abrió con un estruendo hidráulico. Aaron Binsfeld, Ira, entró como una tormenta estática. Su sola presencia hacía que el oxígeno de la habitación pareciera inflamable. Era más tosco que Asher, con una mirada que no buscaba placer, sino objetivos que aniquilar.

—Levántate, Asmodeo —rugió Aaron; su voz resonó en el hormigón—. He rastreado la maldita señal. El hacker está operando desde un almacén de curtidos en el muelle viejo. Beltrán ya tiene a los carniceros rodeando el perímetro. Solo esperamos tu orden.

Asher se incorporó con una fluidez depredadora, sus músculos tensándose bajo la luz carmesí. Me miró, y por un segundo, vi una sombra de protección que no era puramente sexual.

—Quédate aquí, Sienna. Estás a salvo bajo tierra —ordenó, pero sus dedos rozaron mi mandíbula con una fuerza que desmentía su aparente calma.

—No. —Me puse en pie, ignorando mi desnudez frente a su hermano—. Ese hombre profanó mi intimidad. Él entró en mi hogar. Yo voy a ver cómo se apaga su luz.

Asher y Aaron intercambiaron una mirada cargada de significado. Aaron soltó una carcajada seca, oscura como un pozo.

—Parece que la fiscal tiene más arsénico en la sangre de lo que pensábamos. Tráela.

ASHER

No la llevé como una espectadora, sino como una extensión de mi propia voluntad. Le puse un chaleco de kevlar bajo una gabardina de cuero negro y le entregué una Glock 19 cargada con balas de punta hueca.

—Si el cañón apunta a algo que respira y no lleva mi apellido, no dudes. —Mi voz sonó tan fría como el metal del arma—. En el mundo de los Binsfeld, la duda es el primer paso hacia la fosa.

Llegamos al muelle bajo una niebla salina que ocultaba los pecados de la ciudad.

El olor a cuero podrido y salitre era asfixiante.

Beltrán y sus hombres se movían como espectros entre los contenedores.

Entramos en el almacén de curtidos, un espacio de sombras alargadas y ganchos de carnicero colgando del techo.

En el centro, rodeado de pantallas que vomitaban el vídeo de nuestra intimidad una y otra vez, estaba él: Ivan Petrov.

El traficante que Sienna había enviado a una prisión de máxima seguridad años atrás.

Sus ojos estaban inyectados en una locura febril, una obsesión que lo había consumido durante su encierro.

—¡Binsfeld! —gritó Petrov, alzando un rifle automático—. ¡Sabía que traerías a tu trofeo! ¡Vine a recuperar lo que la ley me quitó!

El tiroteo estalló con la furia de un volcán.

Aaron era un demonio de pura destrucción, moviéndose entre las coberturas con una precisión quirúrgica, segando vidas con cada ráfaga.

Beltrán avanzaba por el flanco izquierdo; su brutalidad era una danza de eficiencia macabra.

Yo me moví hacia el centro, cubriendo el cuerpo de Sienna con el mío, pero Petrov era un animal acorralado.

Lanzó una granada de humo y el mundo se disolvió en un gris asfixiante.

SIENNA

El humo me quemaba la garganta. El estruendo de los disparos era un martilleo incesante en mis sienes. Perdí el contacto con el calor de Asher.

—¡Asher! —grité, mi mano derecha soldada a la empuñadura de la pistola.

De repente, una silueta emergió de la niebla.

Era Petrov. Se abalanzó sobre Asher desde un ángulo muerto con un cuchillo de combate que brillaba con intención homicida.

Asher logró girarse, pero su bota resbaló en un charco de aceite y sangre.

Petrov se le echó encima, el acero buscando el espacio entre las vértebras de Asher.

—¡Muere con tu ramera, Binsfeld! —rugió Petrov, descargando todo su peso.

Asher luchaba con sus brazos potentes frenando la hoja a milímetros de su garganta, pero Petrov tenía la ventaja de la inercia.

Vi el reflejo del metal rozando la piel del hombre que me había encadenado.

Mi cerebro se desconectó de la civilización.

No hubo leyes ni el recuerdo de mi padre.

Solo vi al hombre que me había despertado del letargo.

El hombre que me había reclamado como suya.

Levanté la Glock. El brazo no me tembló.

—¡Sienna, no lo hagas! —gritó Asher, pero no por piedad hacia el enemigo, sino porque sabía que ese disparo mataría a la fiscal Holt para siempre.

Alineé la mira con la nuca de Petrov. Mis manos, las mismas que ayer se retorcían en grilletes de seda, estaban firmes como el mármol.

Bang.

El retroceso fue una sacudida eléctrica que me recorrió hasta el alma. El sonido fue absoluto, un punto final en mi biografía. La cabeza de Petrov estalló hacia adelante y su cuerpo colapsó como un fardo de carne inerte sobre Asher. El silencio que siguió fue más violento que la balacera.

Asher apartó el cadáver con un gesto de asco y se puso en pie, salpicado por la sangre de su acosador.

Se acercó a mí, con ojos azules ardiendo con un orgullo maníaco.

Me arrebató el arma y me arrastró hacia un rincón oscuro, contra un contenedor de acero frío, mientras sus hermanos terminaban la limpieza de la estancia.

—Lo has hecho —susurró, su aliento mezclado con el sabor amargo de la pólvora—. Has matado por mí.

—He matado por nosotros —respondí, mientras mi pecho subía y bajaba con una adrenalina que me hacía sentir invicta.

Asher no esperó. Me levantó la gabardina, buscando desesperadamente con sus manos la piel que Petrov nunca pudo poseer. Sus dedos se hundieron en mi humedad, que ahora emanaba de una excitación post-mortal que me avergonzaba tanto como me encendía.

—Mírame. —Su voz se rompió—. Mira en lo que te has convertido. Ya no hay rastro de la justicia en ti, Sienna. Solo queda la sangre y la devoción. Eres una Binsfeld en espíritu.

Me tomó allí mismo, con una ferocidad que hizo que el metal del contenedor vibrara.

Fue un acto desesperado, un bautismo de fluidos, pólvora y violencia.

Mis uñas rasgaron sus hombros y mis dientes marcaron su cuello con la misma rabia con la que él me marcaba a mí.

No había cuerdas; solo dos monstruos reconociéndose entre los cadáveres.

—Dilo —gruñó él, mientras llegábamos juntos a un clímax que se sintió como una ejecución—. Di quién eres.

—Soy tuya... ¡Soy de Asher! —grité, mientras mi voz se perdía entre las vigas oxidadas del almacén.

Cuando terminamos, él me limpió el rostro con el dorso de su mano ensangrentada, una caricia que era, simultáneamente, una profanación y una unción.

—Vamos a casa. —Rodeó mi cintura con su brazo—. Tenemos un nuevo mundo que construir sobre estas cenizas. Mañana la justicia te buscará, pero solo encontrará el eco de la mujer que solías ser.

Salimos del almacén. El sol empezaba a teñir de naranja el horizonte sobre el muelle, pero para mí la luz de la moral se había extinguido definitivamente.

Mientras miraba las manos de Asher, todavía manchadas de la sangre que yo había derramado, supe con una claridad aterradora que no existía ningún otro lugar en el mundo donde quisiera estar.