CAPÍTULO 8
SIENNA
El trayecto de vuelta de la gala fue un descenso a los infiernos en un coche de lujo. El liquido de Asher se secaba entre mis muslos, una costra de sumisión que me recordaba mi capitulación en el palco, mientras la nota del stalker palpitaba en mi puño cerrado como una brasa ardiente.
Al bajar del vehículo, el aire gélido de Manhattan me golpeó la cara, pero el verdadero frío me caló los huesos al entrar en el vestíbulo del Edificio Binsfeld.
Asher caminaba delante de mí; su espalda ancha bajo el esmoquin irradiaba una furia tan densa que los guardias retrocedían a su paso, bajando la mirada con temor.
—Asher, espera —dije. Mi voz era apenas un hilo. Mi teléfono acababa de vibrar con una notificación que terminó de demoler lo que quedaba de mi mundo.
Era un correo oficial de la Fiscalía. Mis ojos recorrieron las palabras con horror: «...suspensión administrativa inmediata... conducta impropia... riesgo de seguridad... se le ordena entregar sus credenciales y mantenerse alejada de cualquier sede judicial».
—Me han suspendido —susurré, sintiendo que el suelo de mármol se abría bajo mis pies—. Marcus lo ha hecho. Me han dejado fuera, Asher. Sin placa, sin autoridad... soy un blanco fácil.
Asher se detuvo en seco y se giró. Su rostro, esculpido por las sombras del vestíbulo, no mostró compasión. Mostró victoria.
—Ya no eres una fiscal, Sienna. Ahora solo eres mi mujer. —No fue un consuelo; fue una sentencia de propiedad—. Sube. Necesito que descanses antes de que empiece la cacería.
Subimos al ático en un silencio sepulcral. Pero al abrir la puerta de mi suite, el aire se volvió irrespirable. Un olor metálico a sangre y a productos químicos inundaba la estancia. Al encender la luz, un grito se me quedó atascado en la garganta.
Las paredes estaban cubiertas de fotografías.
Cientos de ellas. Eran capturas de pantalla del vídeo de Levi: yo arqueada en el despacho, yo rindiéndome sobre la mesa de caoba, mis pupilas desapareciendo bajo el peso de Asher.
Alguien había usado sangre para pegar las fotos a la pared, dibujando círculos concéntricos que convergían en mi cama.
En el centro de la almohada, una nota solitaria esperaba: «Él te marca con su esencia; yo te marcaré con tu propia sangre. Mañana será el final de tu farsa».
ASHER
La paranoia que infectaba mi sangre finalmente hizo metástasis.
Alguien había profanado el centro de mi santuario.
Alguien había tocado las paredes donde ella dormía.
La lujuria es posesiva por naturaleza, pero cuando se cruza con la ira de un Binsfeld, se convierte en un hambre de control absoluto.
Miré a Sienna; estaba al borde del colapso, sus ojos verdes fijos en la galería de su propia humillación pública.
—Basta —rugí, rodeando su cintura con un brazo de hierro para sacarla de allí—. No volverás a pisar esta habitación. Jamás.
—¡Asher, ha estado aquí! ¡Ha respirado mi aire! —gritaba ella, sus uñas dejando surcos en mis brazos mientras luchaba contra la realidad.
—Nadie volverá a tocarte —le prometí, pero mis pasos no se dirigieron a otra habitación de invitados.
Bajamos por el ascensor de servicio hasta el nivel -4.
El búnker que solo yo usaba cuando el mundo exterior se volvía demasiado ruidoso para mis pecados.
La puerta blindada se abrió a una estancia que era el sueño de un hedonista y la celda de una diosa: paredes de hormigón pulido, sábanas de terciopelo gris plomo y cadenas de acero inoxidable que relucían bajo una iluminación carmesí, perpetua y opresiva. No había ventanas. No había fugas.
SIENNA
—¿Qué es este lugar? —pregunté, retrocediendo, pero el clic magnético del cierre automático sentenció mi destino.
—Tu seguridad —respondió Asher, arrojando su chaqueta al suelo—. Y mi paz mental.
Se acercó a mí con un juego de correas de cuero negro. Antes de que pudiera procesar cualquier idea de huida, me acorraló contra una de las columnas centrales, que tenía anillas de acero incrustadas directamente en la estructura.
—No voy a permitir que te muevas, Sienna. Ni un centímetro que yo no autorice. Si ese bastardo logra entrar aquí, te encontrará exactamente donde yo te deje: encadenada, expuesta y completamente mía.
Me obligó a elevar los brazos. El sonido definitivo de los grilletes de acero cerrándose alrededor de mis muñecas resonó en el silencio del búnker.
Mis brazos quedaron estirados sobre mi cabeza, obligándome a ponerme de puntillas.
Luego se arrodilló y aseguró mis tobillos al suelo, separando mis piernas en una postura vulnerable.
Mi espalda quedó pegada contra el hormigón frío.
—Asher, por favor... esto no es protección, es una cárcel —supliqué, aunque el roce del metal enviaba descargas traicioneras de una excitación que me hacía odiarme.
—Es ambas cosas —sentenció él con voz gélida.
Sacó una navaja táctica. Con un movimiento lento, rasgó la seda roja del vestido de gala desde el escote hasta el dobladillo.
La tela cayó como un cadáver desechado, dejándome desnuda salvo por el arnés de cuero que él me había colocado horas antes.
Asher me contempló durante un largo momento.
Bajo la iluminación carmesí, su belleza parecía la de un ángel caído.
—Él quiere tu piel porque cree que todavía queda algo de la fiscal pura en ti —susurró, trazando con la hoja de la navaja un camino lento por mi abdomen—. Pero voy a demostrarle que ya no queda nada. Solo el vicio que yo he sembrado.
No hubo gentileza. Su necesidad de borrar cualquier rastro del voyeur lo transformó en una bestia de puro control.
Me colocó una mordaza de bola negra, reduciendo mis protestas a gemidos sordos.
Luego me vendó los ojos con seda, sumiéndome en una oscuridad donde el mundo se redujo a la anticipación del dolor y el placer.
Activó el dispositivo del arnés al máximo. El vibrador zumbó furioso contra mi centro, enviando ondas que me hicieron tensar todo el cuerpo contra las cadenas. Me tomó el rostro con fuerza, clavándome los dedos en la mandíbula, y me besó con violencia por encima de la mordaza.
—Mírame —ordenó, aunque yo no pudiera verlo—. Siente que soy lo único que existe.
Entró en mí con una embestida salvaje que hizo que las cadenas tintinearan contra la columna. El impacto fue brutal. El dolor de mis hombros en tensión se fundió con la plenitud de su miembro llenándome por completo. Estaba atrapada: no podía cerrar las piernas ni huir de la sobrecarga sensorial.
Las cadenas repiqueteaban con cada uno de sus movimientos poderosos. El vibrador seguía torturando mi clítoris sin piedad, amplificando cada sensación hasta volverla insoportable. Mis gemidos quedaban ahogados por la mordaza mientras mi saliva escapaba por las comisuras de mis labios.
—Di que prefieres este infierno conmigo antes que cualquier libertad sin mis cadenas —gruñó contra mi oído.
Mi cuerpo respondió por mí. El primer orgasmo me golpeó como un rayo.
Mi cuerpo se convulsionó violentamente contra las ataduras, las cadenas repiqueteando con fuerza mientras mi coño se contraía alrededor de su polla en espasmos intensos y prolongados.
Grité contra la mordaza, el placer tan abrumador que las lágrimas empaparon la venda.
Asher no me dio tregua. Me giró como pudo dentro de las limitaciones de las cadenas, quedando yo de espaldas a él, aún con los brazos estirados sobre la cabeza y las piernas abiertas.
Entró en mí de nuevo por detrás con una embestida aún más profunda y posesiva.
Sus manos se clavaron en mis caderas, tirando de mí hacia atrás con cada embestida salvaje.
La nueva posición hacía que su polla golpeara puntos aún más sensibles, mientras el vibrador seguía castigando mi clítoris sin descanso.
El segundo orgasmo fue más devastador. Me hizo sollozar contra la silicona de la mordaza, mientras mi mente se fragmentaba.
Ya no era Sienna Holt. Era un cuerpo inmovilizado, un receptáculo de su lujuria y su protección obsesiva.
Finalmente, Asher llegó al límite. Se enterró hasta el fondo con un gruñido gutural y se derramó dentro de mí con una fuerza que sentí palpitar en lo más profundo.
Se retiró lentamente y me quitó la venda y la mordaza. Mis labios estaban hinchados y mi rostro cubierto de lágrimas. Me soltó los grilletes solo para que mis piernas cedieran; colapsé contra su pecho.
Me llevó en brazos hasta la cama de terciopelo negro y volvió a marcarme con su rastro, extendiéndolo por mi piel como si quisiera grabar su esencia en cada uno de mis poros.
—Ahora que intente encontrarte —susurró contra mi nuca—. Estás bajo tierra, bajo mi piel y bajo mi nombre. Mañana el mundo sabrá que los Binsfeld no perdonan.
Me quedé dormida escuchando el latido de su corazón, comprendiendo con un terror dulce que el monstruo que me protegía era, en realidad, infinitamente más peligroso que el que me acechaba desde las sombras.