CAPÍTULO 7
SIENNA
El vestidor era un mausoleo de mármol blanco y espejos infinitos que me devolvían una imagen que ya no reconocía. Estaba desnuda, rodeada de sedas y joyas que eran el botín de mi propia derrota, esperando al hombre que era, al mismo tiempo, mi carcelero y mi único oxígeno.
La puerta se deslizó con un siseo casi imperceptible. Asher entró. No traía el vestido en las manos; traía una pequeña caja de madera de ébano lacada y una mirada que me hizo querer cubrirme, aunque él ya conocía cada relieve de mi piel mejor que yo misma.
—Date la vuelta, Sienna —ordenó. Su voz no admitía réplicas; era el tono de un soberano ante su vasalla.
Obedecí, sintiendo el frío del suelo bajo mis pies descalzos.
Asher se situó detrás de mí. Sus dedos, largos y firmes, trazaron el camino de mi columna antes de abrir la caja.
Dentro descansaba un arnés de cuero negro tratado para ser suave como la seda, con herrajes de oro que fulguraban bajo las luces LED.
—Esto —dijo, pasando una de las correas por mi cintura y tensándola hasta que se hundió levemente en mi carne— es para que recuerdes quién sujeta la correa, incluso cuando estemos rodeados de la élite de la ciudad.
Sus manos se movieron con una precisión que rozaba lo quirúrgico. Sentí el cuero rodear mis muslos, elevando la curva de mis nalgas. Me obligó a abrir las piernas y pasó la correa central. Fue entonces cuando vi el dispositivo: una cápsula de silicona negra, anatómica y silenciosa.
—Asher, por favor... esto es una humillación —susurré, viendo en el espejo cómo posicionaba el juguete directamente contra mi clítoris hipersensible por la noche anterior.
—Es justicia, fiscal. —Ajustó la hebilla final en mi espalda con un tirón seco que me hizo arquear la columna—.
Vas a estar en una sala llena de hombres que quieren mi cabeza y mujeres que codician mi apellido.
Necesito que tu mente esté anclada en una sola cosa: el placer que yo te permito y el castigo que te espera si dejas de mirarme.
Probó el ajuste deslizando dos dedos bajo el cuero. La sola presión del dispositivo ya era una tortura eléctrica sin siquiera estar encendido.
—Ahora, el vestido.
La seda roja era líquida, un tajo de sangre sobre mi cuerpo.
Me ayudó a deslizarla y la tela cayó sobre el arnés, ocultando las correas pero acentuando la forma en que el dispositivo me obligaba a caminar con una sutil y obscena apertura de piernas.
El escote descendía hasta mi ombligo, y la abertura lateral revelaba mi cadera con cada paso.
Asher me abrochó una gargantilla de oro al cuello y se inclinó, su aliento caliente contra mi oreja mientras sacaba el mando de su bolsillo.
—Estás perfecta. Una fiscal por fuera... y mi vicio privado por dentro.
Presionó el botón. La primera vibración, sutil y de baja frecuencia, me arrancó un jadeo que empañó el cristal del espejo. Asher sonrió: la sonrisa del cazador que acaba de asegurar la cerradura de la jaula.
ASHER
La Gala de la Ópera era el ecosistema perfecto para las hienas. El poder de la ciudad se reunía bajo lámparas de araña, ocultando sus garras tras copas de champán. Pero mi atención estaba encadenada a la mujer que caminaba a mi lado.
Sienna mantenía la espalda recta y la barbilla alta; la imagen perfecta de la fiscal incorruptible. Pero yo sentía el leve temblor en su antebrazo y veía cómo sus pupilas se dilataban cada vez que yo aumentaba la potencia desde el mando en mi bolsillo.
—Sonríe, querida —le susurré mientras saludábamos a un comisionado cuya lealtad yo ya había comprado—. La gente va a pensar que no estás disfrutando de mi compañía.
Aumenté la intensidad. Vi cómo sus rodillas flaqueaban un milímetro, pero se recuperó clavando sus uñas en mi brazo. Era una delicia verla librar una guerra interna contra su propio cuerpo en mitad del salón de baile.
De repente, Sienna se tensó. Frente a nosotros, con una copa de martini y una expresión de asco moral, apareció Marcus Vaughn, su antiguo mentor en la fiscalía. Un hombre que creía en las leyes tanto como yo creía en el instinto.
—¿Sienna Holt? —Marcus soltó una risa cargada de veneno—. Hace semanas que no sabía nada de ti. Había oído que te habías vendido, pero verte aquí, del brazo de un Binsfeld... es una imagen patética. Eres una vergüenza para el uniforme que alguna vez llevaste.
SIENNA
Las palabras de Marcus fueron un bisturí en mi orgullo.
Intenté articular una respuesta digna, pero en ese segundo, Asher deslizó su pulgar por el mando, llevando el juguete al nivel máximo.
La vibración fue un estallido volcánico en mi entrepierna.
Mi cerebro se desconectó. Mis muslos temblaron bajo la seda roja y sentí el calor líquido empapando el cuero del arnés.
—El señor Binsfeld ha sido... muy convincente en sus argumentos —logré decir. Mi voz era un suspiro roto. Tuve que apoyarme en el pecho de Asher para no desplomarme ante los ojos de mi antiguo jefe.
—Vámonos, Marcus —dijo la esposa del fiscal, mirándome con una piedad que me dolió más que el desprecio—. No te rebajes hablando con una cortesana.
Se alejaron, dejándome con la dignidad en jirones. Asher no bajó la intensidad. Me guio hacia la pista de baile mientras la orquesta atacaba un vals oscuro.
—Mírame, Sienna —ordenó, rodeando mi cintura para iniciar el baile—. No escuches a los fantasmas. Tú ya no perteneces a su mundo de leyes grises. Me perteneces a mí, y a esta oscuridad que te hace vibrar.
Bailamos. Cada giro hacía que el dispositivo se frotara contra mi piel, llevándome al borde del abismo. Estaba al límite, mi respiración era un jadeo que intentaba camuflar con la música. La mezcla de la humillación pública y la sobreestimulación me estaba volviendo loca.
—Asher... no puedo más... —supliqué, hundiendo mi rostro en su hombro.
—Hazlo. —Su voz era pura lujuria—. Corréte mientras me sostienes la mirada. Que todos estos hipócritas vean cómo te deshaces sin entender por qué.
En ese momento, un camarero pasó rozándonos. Con una agilidad de prestidigitador, dejó una nota doblada en mi mano libre. Me detuve en seco. El miedo fue un jarro de agua fría que no logró apagar el fuego entre mis piernas. Abrí el papel con dedos torpes.
«Llevas su marca de cera, pero yo te quitaré la piel. Disfruta de su juguete, Sienna. Pronto, el único control que importará será el que yo ejerza sobre tus gritos».
ASHER
Vi el terror absoluto en sus ojos y le arrebaté la nota. Mis ojos barrieron el salón como radares. El stalker estaba allí. Había vulnerado mi seguridad en el evento más exclusivo de la ciudad. Una furia posesiva, negra y viscosa, me recorrió las venas.
No apagué el dispositivo. Al contrario, lo subí al máximo.
Arrastré a Sienna hacia uno de los palcos privados, cerrando las pesadas cortinas de terciopelo con un golpe seco que ahogó el sonido del vals.
Afuera, la élite bailaba bajo luces doradas; adentro, el aire era denso, cargado de sudor y pecado.
—¡Asher, la nota! Él nos está mirando —gritó ella cuando la acorralé contra la barandilla del palco.
—Sé que nos mira. —Gruñí contra su oído—. Y quiero que vea esto.
La giré bruscamente, obligándola a inclinarse sobre la barandilla dorada. Levanté la seda roja de su vestido hasta su cintura, dejando su culo expuesto al aire frío. El arnés de cuero estaba empapado y el vibrador zumbaba furiosamente contra su clítoris hinchado.
Me liberé con urgencia. Mi necesidad era ahora una cuestión de territorio. Le aparté el arnés lo justo para posicionarme en su entrada, que palpitaba desesperada.
—Que mire —susurré con odio—. Que vea cómo te reclamo mientras él solo puede fantasear.
Empujé de una sola vez, hundiéndome hasta el fondo en su coño caliente y apretado.
Sienna soltó un grito ahogado que las cortinas devoraron.
No le di tiempo a adaptarse. Empecé a follarla con embestidas brutales, profundas y despiadadas.
Cada golpe de mis caderas hacía que su cuerpo se sacudiera contra la barandilla, que sus pechos se aplastaran contra el metal frío y que el vibrador presionara más fuerte contra su clítoris hinchado.
El sonido húmedo y obsceno de mi polla entrando y saliendo de ella llenaba el palco privado, contrastando brutalmente con la música elegante del vals que llegaba desde el salón principal.
Cada embestida era un reclamo: mía. Cada gruñido contra su nuca era una advertencia para el voyeur invisible: toca lo que es mío y te arrancaré la piel.
—Siente cómo te lleno. —Enredé una mano en su cabello, tirando hacia atrás para que arqueara la espalda—. Tu coño me aprieta como si supiera que soy el único que puede romperte así. Que mire. Que vea cómo te corres para mí mientras él se pudre de envidia.
Sienna temblaba, sus piernas apenas la sostenían. El vibrador seguía martilleando sin piedad mientras yo la poseía cada vez más duro, golpeando ese punto que la hacía sollozar. Sus jugos resbalaban por sus muslos, manchando el lujo del palco.
El orgasmo la golpeó con violencia. Su cuerpo se convulsionó y su interior me apretó en espasmos prolongados.
Gritó contra mi hombro mientras sus uñas se clavaban en la madera dorada.
No me detuve; seguí moviéndome a través de su clímax, alargándolo hasta que sus gemidos se convirtieron en sollozos.
Solo entonces me permití el alivio. Me enterré hasta el fondo con un gruñido animal, derramándome dentro de ella una vez mas, marcándola por dentro mientras el voyeur observaba desde las sombras. Me quedé allí, palpitando dentro de ella, dejando que cada gota de mi semen la reclamara.
Fiinalmente me retiré con la certeza que estaba llena de mis fluídos. Le bajé el vestido y le limpié las lágrimas con el pulgar. Mi voz volvió a ser acero frío.
—Ahora vamos a buscar a ese hijo de puta. Y cuando lo encuentre, Sienna... voy a obligarte a mirar cómo lo destruyo por haber osado desear lo que es mío.
Salimos del palco. Sienna caminaba con las piernas temblorosas, sintiendo mi rastro caliente deslizándose por sus muslos con cada paso; una marca interna y líquida que la quemaba más que cualquier arnés.
La orquesta seguía tocando, pero en el aire ya no quedaba rastro de la fiscal Holt.
Solo quedaba el eco de una mujer que acababa de descubrir que el peligro de afuera no era nada comparado con el demonio que la sostenía del brazo.