Lazos de Lujuria (Los Pecados de Binsfeld nº 3) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

SIENNA

Desperté con la sensación de que el mundo se inclinaba bajo mis pies.

Las sábanas de Asher se sentían como una armadura fría contra mi piel desnuda.

Intenté moverme, pero mis músculos protestaron con un dolor sordo; un recordatorio vívido de las cuerdas, de su peso y de la forma en que me había reclamado en esta cama.

Mis muslos todavía conservaban el rastro seco de su posesión, una película tensa sobre mi piel que él se había encargado de extender con una devoción perturbadora.

Busqué a Asher con la mano, pero su lado de la cama estaba vacío. Solo quedaba su aroma: sándalo, tabaco y ese rastro metálico de la adrenalina.

Mi teléfono, que alguien había dejado en la mesita de noche de ébano, vibró con una insistencia maligna. Con manos temblorosas, lo tomé. No era una notificación de la fiscalía; era un archivo de vídeo enviado desde un número encriptado.

Lo abrí. El aire se me escapó de los pulmones en un silbido agónico.

Era el vídeo del despacho. Pero no era la toma estática de una cámara de seguridad.

Alguien había editado el metraje con una precisión cinematográfica, haciendo zoom en mis expresiones de entrega absoluta, en el momento exacto en que mi voluntad se quebraba mientras Asher me invadía.

Debajo del vídeo, un texto apareció, goteando veneno:

«Asmodeo te marca por fuera, pero yo te he poseído por dentro mucho antes que él. Él te usa como un animal, Sienna. Yo te veneraré como a una santa... después de que te arranque su rastro de la piel con un bisturí. Falta poco para que vuelvas a casa».

Un grito ahogado escapó de mi garganta. Arrojé el teléfono contra la alfombra. Levi. Tenía que ser Levi. Él nos amenazó en la cena, él tenía el acceso a la red de vigilancia. La envidia lo había empujado a traicionar su propia sangre.

La puerta de la habitación se abrió de golpe, golpeando el tope con un estruendo seco.

ASHER

Entré en la suite exhalando fuego. Mis nudillos estaban rotos y mi camisa blanca tenía salpicaduras de la sangre de mi hermano.

Había dejado a Levi en el suelo del comedor, jurando por la tumba de nuestra madre que él no había filtrado nada, que su servidor privado había sido vulnerado desde «dentro».

No le creí. Levi siempre ha odiado que yo me llevara los mejores activos.

Vi a Sienna hecha un ovillo en el centro de la cama, temblando, con el teléfono tirado como si fuera una granada activa.

—¿Qué demonios pasa ahora? —rugí, acercándome a ella.

—¡Tu hermano! —chilló, cubriéndose con la sábana como si yo fuera el verdugo—. ¡Lo ha enviado! El vídeo... el acosador lo tiene. Me ha escrito. Dice que va a quitarme tu marca... con un bisturí.

Me quedé gélido. La furia contra Levi se transformó en una paranoia de acero.

Si ese vídeo estaba fuera, la seguridad del Edificio Binsfeld era un colador.

Pero mi instinto solo procesó una cosa: un extraño había visto a mi mujer en su momento de mayor vulnerabilidad.

Alguien más se estaba alimentando de su rendición.

—Dámelo —ordené, recogiéndolo del suelo.

Leí el mensaje. El pulso me latía en las sienes con la fuerza de un martillo.

No era el estilo de Levi; mi hermano es sibilino, pero no es un poeta de la mutilación.

Alguien había hackeado al Vigilante de la familia.

Alguien lo suficientemente cercano para saltarse los protocolos de seguridad de Lucien.

Miré a Sienna. Estaba pálida, sus ojos verdes empañados por lágrimas de una rabia que empezaba a mutar en algo más peligroso: dependencia. La fragilidad de su postura me resultó insoportablemente excitante.

—Te advertí que no saldrías de mi vista —dije, mi voz bajando a un tono peligroso—. Y ahora, vas a confesarme cada palabra que ese bastardo te ha escrito.

—¿Confesar? —Se rió con una amargura que cortaba el aire—. ¡Asher, nos están observando en tiempo real! ¡Él sabe lo que pasó en ese despacho!

—Lo sé. Y eso es lo que te vuelve loca, ¿verdad, fiscal? —Me subí a la cama, gateando hacia ella con la elegancia de un depredador—. Saber que mientras yo te rompía, alguien más estaba disfrutando de la función.

SIENNA

Él no estaba allí para consolarme. Estaba usando mi terror para alimentar su dominio, convirtiendo mi miedo en combustible para su propia oscuridad. Intenté retroceder, pero sus manos me atraparon por los tobillos, arrastrándome hacia el centro del colchón con una fuerza implacable.

—Asher, detente... no es el momento para esto...

—Es el momento perfecto —siseó. Sacó una mordaza de bola negra de la mesita de noche—. Regla número cuatro, Sienna: no quiero oír tus mentiras sobre cómo te repugna pertenecerme. Si el mundo va a verte caer, vas a caer bajo mis términos, no bajo los de un cobarde oculto tras una pantalla.

Me obligó a abrir la boca, bloqueando mi lengua con la esfera fría. Mis gemidos de protesta quedaron reducidos a ruidos sordos. Me giró y, usando su propia corbata de seda, me ató las manos al cabecero de hierro. Estaba expuesta, con el corazón martilleando contra mis costillas.

—Él dice que te va a quitar mi marca —susurró Asher, pasando sus dedos por el interior de mis muslos—. Pues vamos a darle algo más que mirar. Vamos a dejarle claro que no hay un solo centímetro de tu cuerpo que no lleve mi sello grabado.

Se deshizo de su ropa con una urgencia violenta. Su cuerpo se cernió sobre mí como una sombra. No hubo preliminares. Tomó un pequeño frasco de cera roja que mantenía a temperatura en un calentador junto a la cama.

Sentí el primer goteo sobre mi vientre. El calor extremo me hizo saltar, un grito ahogado contra la mordaza.

Luego otro sobre mis pechos, justo encima del corazón.

El dolor fue breve pero intenso; un pinchazo de fuego seguido de una calidez que se solidificaba rápidamente, atrapando mi piel en una costra roja y brillante.

Asher siguió goteando la cera con deliberada lentitud: sobre mis costillas, sobre el interior de mis muslos y, finalmente, sobre mi monte de Venus.

Cada gota era un castigo y una marca. El dolor se transformaba en un calor punzante que se extendía directamente a mi centro, haciendo que me humedeciera a pesar del miedo.

—¿Sientes cómo te marco para él? —gruñó, observando cómo la cera se endurecía—. Cada capa es mía. Cuando ese hijo de puta vea esto, sabrá que ya te he reclamado de la forma más absoluta.

Cuando terminó, se posicionó entre mis piernas. Su miembro rozó mi entrada empapada, pero no entró de inmediato. Lo frotó contra mí, deslizándolo entre mis pliegues, cubriéndose de mi humedad mientras yo me retorcía contra las ataduras.

—Vas a suplicar mi nombre aunque tengas la boca llena —prometió.

Entró en mí con una sola embestida brutal, profunda y despiadada, hasta que sus caderas chocaron contra las mías.

El estiramiento fue violento, casi doloroso.

Empezó a follarme con embestidas largas y poderosas, cada una más dura que la anterior.

La cama golpeaba contra la pared con un ritmo salvaje.

La cera roja se agrietaba sobre mi piel con cada impacto, enviando pequeñas descargas de dolor que se mezclaban con el placer oscuro que crecía en mi interior.

Asher me sujetó por la garganta con una mano, no para asfixiarme, sino para anclarme, obligándome a mantener la mirada fija en sus ojos azules mientras me deshacía.

—Mírame —ordenó—. Que ese cabrón vea cómo te tomo. Cómo tu cuerpo me reclama como si nunca quisiera que saliera. Tú ya no eres la fiscal; eres mi altar y mi obsesión. Y él solo puede mirar.

Aceleró el ritmo, poseyéndome con una ferocidad maníaca.

Cada embestida golpeaba ese punto que me hacía ver estrellas.

El orgasmo me golpeó como un rayo: un clímax violento que me hizo convulsionar bajo su peso mientras lágrimas de sobrecarga corrían por mis sienes.

Asher no se detuvo; siguió moviéndose a través de mi clímax, alargándolo hasta que mi cuerpo tembló sin control.

Finalmente, se enterró hasta el fondo con un gruñido gutural y se corrió dentro de mí, llenándome con una calidez que sentí palpitar en mis entrañas.

Se quedó allí unos segundos, respirando pesadamente contra mi cuello. Cuando se retiró, su rastro comenzó a escurrirse de mí, mezclándose con la cera roja agrietada. Me quitó la mordaza, pero no desató mis manos.

—Alguien entró en el sistema de Levi —dijo, su voz volviendo a ser de hielo—. Este hombre no es un simple acosador. Es alguien que conoce nuestras frecuencias.

Asher se levantó y tomó su teléfono.

—Dante. Lucien. Reunión en el búnker ahora. Levi ha sido vulnerado. Y traigan a Nikolai; quiero que refuerce el perímetro con fuego real. Si algo se mueve sin autorización, que lo borre del mapa.

Me miró una última vez antes de salir, dejándome sola con la cera roja endurecida sobre mi piel y las muñecas aún atadas al hierro.

—No te muevas de esta cama, Sienna. Si sales de esta habitación sin mi escolta, te encadenaré a ella de forma permanente. ¿Entendido?

No respondí. Solo escuché el eco de sus pasos alejándose. Miré las costras rojas sobre mi vientre y me di cuenta de que, aunque el fantasma estaba fuera, mi verdadera celda tenía paredes de seda y el nombre de Asher Binsfeld grabado en la puerta.