Lazos de Lujuria (Los Pecados de Binsfeld nº 3) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

SIENNA

El comedor del Edificio Binsfeld se sentía como una cámara de ejecución. Las paredes de mármol negro parecían absorber la luz, devolviendo solo un brillo gélido y opresivo que hacía que el aire pesara en mis pulmones.

Asher estaba sentado a mi lado. Su mano derecha descansaba sobre mi muslo con una familiaridad que ya no era solo posesiva; era territorial. Sus dedos apretaban la seda de mi vestido cada vez que yo intentaba reacomodarme, recordándome quién dictaba mi postura en aquella mesa.

Frente a nosotros, Levi Binsfeld nos observaba.

Si Asher era un incendio devorador, Levi era el frío absoluto de un glaciar.

Tenía el cabello rubio oscuro, peinado con una precisión maníaca, y unos ojos que no parpadeaban.

No me miraba como a una mujer; me analizaba como un sistema que deseaba hackear.

—Es fascinante. —Levi rompió el silencio mientras cortaba su carne con una precisión quirúrgica que me revolvió el estómago—. La fiscal adjunta, la mujer que juró purgar el apellido Binsfeld de Manhattan, ahora cena en nuestra mesa con el aroma de mi hermano impregnado en cada poro.

—La fiscal está bajo mi custodia, Levi. —La voz de Asher fue un trueno contenido—. Limítate a comer y a cerrar la boca.

—Oh, he sido testigo de tu «custodia». —Levi esbozó una mueca que pretendía ser una sonrisa.

Sacó una tableta de su chaqueta y la deslizó por la mesa pulida hacia mí—.

Las cámaras de seguridad del despacho de Asher tienen una resolución exquisita, especialmente los ángulos que enfocan la silla de cuero de la presidencia.

El corazón se me detuvo. En la pantalla, nítida y cruel, estaba la imagen de Asher vendándome los ojos esa misma tarde. Mi rostro, capturado en el momento exacto de la rendición, mostraba una mezcla de terror y una lujuria tan obscena que sentí que mi alma se desangraba.

—¿Qué quieres, Levi? —La voz de Asher bajó a un registro letal.

—Quiero acceso a los archivos sellados del caso Tierras del Norte.

—Levi clavó sus ojos en los míos con una envidia palpable.

Odiaba que Asher tuviera aquel juguete y él no—.

Sé que tienes las claves en tu servidor oficial, Sienna.

Dámelas y este vídeo desaparecerá. Si te niegas, mañana tus colegas verán cómo te doblas ante el hombre que se supone que debes destruir.

Tu carrera, tu integridad... todo convertido en cenizas.

El silencio fue una soga apretándose en mi cuello. Miré a Asher buscando una salida, pero lo que vi fue la erupción de un demonio.

ASHER

La Envidia siempre había sido el veneno de Levi, pero esta vez había cometido el error de intentar arrebatarme lo que yo ya había marcado. No buscaba la información; quería demostrarme que podía manipular mi propiedad.

No hubo advertencia. Me levanté con la violencia de una explosión. Antes de que Levi pudiera reaccionar, lo agarré por las solapas de su traje y lo estampé contra la pared de mármol. Un jarrón de la dinastía Ming estalló a nuestro lado, sembrando el suelo de astillas blancas.

—¡Asher, detente! —gritó Sienna, pero yo ya no era un hombre; era Asmodeo reclamando su altar.

—¿Te atreves a amenazar lo que es mío en mi presencia? —le rugí a mi hermano, estrellando mi puño en su mandíbula. El crujido del hueso fue música para mis oídos—. ¿Crees que me importa ese vídeo? ¿Crees que me importa que el mundo vea cómo la rompo?

Levi intentó zafarse, pero mi rabia era un motor de combustión. Lo agarré del cuello y lo lancé sobre la mesa. La porcelana voló y el vino tinto se derramó como sangre arterial sobre el mantel blanco. Lo levanté de nuevo y lo estrellé contra el ventanal reforzado; el cristal vibró bajo el impacto.

—Ella no es una moneda de cambio, Levi —le siseé, hundiéndole un rodillazo en el plexo solar que le vació los pulmones—. Si vuelves a mirarla, si vuelves a procesar su nombre en esa mente retorcida tuya, te arrancaré la lengua. ¿Me has oído?

Levi escupió sangre, riendo entre dientes con una envidia que le supuraba por los poros.

—Estás enfermo por ella, Asher. La Lujuria te ha vuelto vulnerable.

—No. —Le di un último golpe que lo dejó inconsciente en el suelo—. Me ha vuelto implacable.

Me giré hacia Sienna. Estaba temblando, con las pupilas dilatadas por la violencia. No le di opción. La agarré del brazo y la saqué del comedor a rastras, ignorando sus protestas mientras subíamos hacia mi santuario privado.

SIENNA

Me lanzó sobre su cama king-size con una fuerza que me dejó sin aliento. Estaba fuera de sí; su cabello rubio revuelto y sus ojos azules encendidos por una testosterona letal. Parecía un dios pagano reclamando su botín de guerra.

—¡Me has asustado! —le grité, intentando incorporarme, pero él me empujó de nuevo contra el colchón—. ¡Eres un animal, Asher!

—Deberías estar aterrada. —Su voz era un rugido ronco—. No de Levi. De mí. Porque esta noche voy a grabarte a fuego en la piel a quién perteneces realmente.

Fue hacia un baúl de ébano y sacó una madeja de cuerda de cáñamo roja, tratada con cera. El olor a cáñamo llenó el aire. Mi pulso se disparó. El BDSM no era un juego para él; era su lenguaje de dominio absoluto.

—Asher, por favor… —supliqué, aunque mi centro ya palpitaba con una humedad traicionera que odiaba sentir.

—Regla número tres: obediencia absoluta —sentenció.

Me obligó a sentarme en el borde de la cama.

Con una destreza aterradora, comenzó el shibari.

Las cuerdas rojas cruzaron sobre mi pecho, apretando mis pechos hasta que mis pezones se endurecieron dolorosamente contra el cáñamo.

Llevó mis manos a mi espalda y unió las muñecas; luego bajó la cuerda hasta mis tobillos, forzándome a una postura extrema que dejaba mi sexo completamente expuesto.

Cada nudo era calculado. El cáñamo mordía mi piel, enviando ondas de dolor que se convertían en calor líquido entre mis piernas.

—Levi quería mirarte. —Asher se arrodilló entre mis muslos abiertos—. Quería poseerte con los ojos. Pero este cuerpo... cada centímetro de él... solo yo lo voy a profanar.

Con una navaja pequeña, rasgó mi vestido desde el escote hasta el dobladillo con lentitud deliberada. La tela cayó como una ofrenda rota. Estaba desnuda, atada y expuesta bajo su mirada.

Sus manos recorrieron mi piel con posesión brutal.

Dedos fuertes se hundieron en mis muslos, separándolos aún más.

Sin aviso, introdujo dos dedos profundamente en mi coño empapado.

El sonido obsceno de mi humedad llenó la habitación.

Bombeó con fuerza, curvando los dedos para golpear ese punto sensible una y otra vez, mientras su pulgar presionaba mi clítoris hinchado.

—Mírame —ordenó. Sus ojos eran pozos de lujuria pura.

Se inclinó y su boca atacó mi sexo. Su lengua fue voraz, lamiendo desde mi entrada hasta mi clítoris con lamidas largas y pesadas, succionando el nudo sensible con una intensidad casi cruel.

Introdujo un tercer dedo, follándome con la mano mientras su boca no daba tregua.

El placer era abrumador, casi doloroso. Mis caderas se sacudían contra su rostro, las cuerdas tirando de mi piel con cada movimiento.

El primer orgasmo me golpeó como un latigazo: mis paredes se contrajeron violentamente alrededor de sus dedos, un chorro caliente escapó de mí mientras gritaba su nombre hasta quedarme sin voz.

Asher no me dejó recuperarme. Se levantó, se desabrochó los pantalones y liberó su polla gruesa, venosa y completamente erecta. La frotó contra mi entrada empapada, deslizándola arriba y abajo, empapándose de mis jugos.

—Siente cómo te voy a destruir —gruñó.

Entró en mí de una sola embestida brutal, hasta el fondo.

El estiramiento fue intenso, casi demasiado.

Empezó a follarme con embestidas profundas y salvajes, cada golpe haciendo que la cama crujiera y que las cuerdas se clavaran más en mi piel.

Mis pechos rebotaban con fuerza, los pezones rozando el cáñamo rojo.

Cada vez que se hundía completamente, sentía su polla golpear mi cervix, enviando descargas de placer oscuro por todo mi cuerpo.

—Más profundo —jadeé, perdida en la vorágine.

Asher aceleró, follándome con una ferocidad animal. El sonido húmedo y obsceno de nuestra carne chocando llenaba el aire. Me llevó al segundo orgasmo en minutos: un clímax violento que me hizo convulsionar, gritando mientras mi coño lo apretaba con fuerza.

Sin salir de mí, me giró con brusquedad. Quedé de rodillas sobre la cama, todavía atada, el culo en alto y completamente expuesto. Sentí cómo recogía mi propia humedad y la extendía hacia mi ano. La presión de su polla contra esa entrada prohibida fue lenta pero implacable.

—Relájate —ordenó con voz ronca—. Vas a tomarme entero.

El dolor inicial fue agudo, un ardor que me hizo jadear.

Poco a poco, el estiramiento se convirtió en una plenitud oscura y abrumadora.

Asher entró centímetro a centímetro hasta que estuvo completamente enterrado en mi culo.

Empezó a moverse con embestidas firmes y profundas, cada vez más rápidas, más duras.

Una mano se enredó en mi pelo, tirando de mi cabeza hacia atrás mientras la otra se deslizaba entre mis piernas para frotar mi clítoris hinchado.

El tercer orgasmo fue el más intenso y oscuro: una ola de placer que me hizo sollozar, el cuerpo temblando sin control mientras mi ano se contraía alrededor de su polla. Asher gruñó como un animal y se derramó dentro de mí con fuerza, chorros calientes llenando mi interior.

Se retiró lentamente. Me desató solo las piernas, manteniendo mis muñecas atadas a la espalda.

Me giró boca arriba y se colocó sobre mí.

Metió dos dedos en mi coño y en mi ano, extrayendo su semen mezclado con mis fluidos.

Con una obsesión casi religiosa, comenzó a extender ese líquido espeso por todo mi cuerpo: por mis muslos, mi vientre, mis pechos marcados por las cuerdas rojas.

Luego volvió a empujar sus dedos dentro de mí, forzando su semen de vuelta a mi interior, una y otra vez, como si quisiera marcar cada rincón de mí.

—Esto es mi sello. —Su voz era apenas un susurro contra mi oído—. Quiero que sientas cómo gotea de ti durante horas. Quiero que cada vez que te muevas, recuerdes que no hay un solo rincón de tu cuerpo que no haya sido reclamado por mí.

Miré hacia abajo, exhausta. El rastro de nuestra unión resbalaba lentamente, dejando surcos brillantes sobre mi piel y las sábanas negras.

El olor a sexo y castigo era denso, casi sofocante.

Asher me cubrió con la sábana de lino, pero no se alejó.

Se quedó observándome en la penumbra, como el dueño de una obra de arte que acaba de terminar de pintar con sangre y deseo.

El silencio del ático se cerró sobre nosotros, pero en mi interior, el eco del cuero y la seda seguía vibrando, recordándome que la fiscal Holt había muerto en algún momento entre el primer nudo y la última caricia.