CAPÍTULO 4
SIENNA
El despacho de Asher en el Edificio Binsfeld no era una oficina; era un trono de cristal y cuero negro suspendido sobre el abismo de Manhattan. A diferencia del casino, aquí el aire se sentía más denso, cargado con el peso de los hilos que movían la ciudad.
—No puedo estar aquí, Asher —dije, plantándome frente a su escritorio mientras él revisaba unos documentos—. Soy Fiscal de Distrito. Mi presencia en el edificio de la familia que estoy investigando es un suicidio profesional. Si alguien me ve...
—Nadie va a verte y, si lo hacen, pensarán que estás cumpliendo con tu deber.
—Respondió él sin levantar la vista. Su voz era un murmullo de barítono—.
Ya me he encargado de tu oficina. Tu superior ha recibido una notificación de que te has tomado una excedencia personal por motivos de seguridad tras el asalto a tu apartamento.
He hecho un par de llamadas... y un par de donaciones.
Estás a salvo aquí, bajo mi supervisión directa.
—¿Me has quitado mi trabajo? —pregunté, sintiendo que la indignación me subía por el pecho como un ácido—. No tienes derecho a decidir sobre mi carrera, Asher. No soy una de tus piezas de ajedrez.
—Te he salvado la vida. —Cerró el expediente de golpe y me miró a los ojos—. Ahora, siéntate. Tenemos mucho que revisar.
Me obligó a instalarme en un escritorio supletorio. Mi única tarea era desglosar registros de propiedad que él mismo me facilitaba. A media mañana, su teléfono privado vibró. Asher frunció el ceño al ver la pantalla.
—Es Levi. —Masculló—. Mi hermano no suele interrumpir a menos que haya detectado algo que desea y yo poseo. La Envidia es un motor peligroso en esta familia. Quédate aquí.
Salió al balcón acristalado para atender la llamada y fue entonces cuando aproveché.
Mis dedos volaron sobre su teclado, entrando en el servidor espejo que Asher usaba para sus asuntos más privados.
Encontré una carpeta encriptada con un nombre que me detuvo el pulso: Proyecto Lilit.
Al abrirla, no encontré certezas, sino sombras.
Notas de Dante y Asher cuestionando los informes forenses de su madre.
«¿Accidente o ejecución ordenada por S.B.
?», decía una anotación a mano. Estaban investigando a su propio padre; sospechaban que Solomon se había deshecho de su esposa.
Pero lo que me detuvo el corazón fue la carpeta titulada con mis iniciales: S.H.
La abrí y el aire de la oficina se volvió sólido. Cientos de fotos. Yo durmiendo, captada desde un ángulo que solo podía ser desde el interior de mi cuarto. Yo en la ducha, una silueta de piel y vapor. Yo llorando en el cementerio frente a la tumba de mi padre.
—¿Buscabas algo, pequeña fiscal?
La voz de Asher, gélida y demasiado cercana, me hizo saltar. Estaba apoyado en el marco de la puerta. Su belleza era ahora una máscara terrorífica bajo la luz del sol neoyorquino.
—Tú... —Mi voz tembló, señalando la pantalla—. Las fotos. Eras tú. Me has estado cazando durante meses. Cada rincón de mi intimidad... lo tenías tú.
ASHER
La vi palidecer y la sangre en mis venas se mezcló con una posesividad oscura.
—Yo no tomé esas fotos, Sienna. —Caminé hacia ella con una lentitud que la obligó a retroceder hasta chocar con el ventanal—. Pero intercepté la señal de quien lo hacía. Alguien instaló cámaras en tu casa hace meses. Yo solo decidí que, si alguien iba a tener el privilegio de observarte, sería yo.
—¡Eres un enfermo! —Me lanzó una bofetada, pero le atrapé la muñeca en el aire con un movimiento seco.
—Y tú eres una mentirosa. —Regla número uno: nunca me mientas. Dices que me odias, pero tu cuerpo clama por el monstruo que te vigila. Sabes que nadie más te conoce como yo te conozco a través de esa lente.
La empujé contra mi silla de cuero. Saqué unas esposas de seda negra de mi escritorio y aseguré sus muñecas tras el respaldo. Antes de que pudiera protestar, le vendé los ojos con un pañuelo de seda. La oscuridad la obligaría a centrarse solo en la traición de sus sentidos.
SIENNA
La oscuridad me tragó por completo. El mundo se redujo a tacto, sonido y el calor que emanaba de él.
Sentí el cuero frío de la silla contra mi espalda y la seda de las esposas que se tensaba cada vez que intentaba forcejear.
Asher no dijo nada. Solo respiraba cerca de mí, como un depredador que observa su presa antes de reclamarla.
Sus manos subieron por mis muslos, separándolos con una firmeza que no admitía réplica. Deslizó la falda hasta mi cintura y rasgó la tela de mi ropa interior de un tirón seco. El aire acondicionado rozó mi piel expuesta. Un gemido traicionero se me escapó.
—Shh... —susurró él, y sentí el frío metálico de un dispositivo vibrando contra mi centro—. Hoy no vas a esconderte, Sienna. Hoy vas a sentir cómo te domino desde dentro.
Encendió el aparato en el nivel más bajo.
El zumbido suave envió ondas de placer que me hicieron arquear la espalda.
Asher lo movía en círculos lentos, negándome la presión que mi cuerpo gritaba por recibir.
Mi respiración se volvió un desastre. Cada vez que intentaba cerrar las piernas, sus manos fuertes me abrían más, exponiéndome a su mirada que, aunque yo no viera, sentía quemándome.
—Aumenta —ordenó, y el vibrador subió de intensidad.
Ahora el placer era más profundo, más insistente.
Lo deslizó entre mis pliegues empapados, presionando la punta justo en mi entrada sin entrar del todo, luego lo retiraba y volvía a atormentar mi clítoris.
Estaba empapada, goteando sobre el cuero de la silla.
—Dilo. —Su voz era un susurro ronco—. Di que te excita saber que te he estado observando. Que te gusta que yo sea el dueño de tus secretos.
—Te... te odio —jadeé, pero mi cadera se movía sola contra el juguete, buscando desesperadamente el orgasmo.
Asher soltó una risa peligrosa y subió la intensidad al máximo. El placer se volvió casi doloroso, un fuego líquido que me hacía temblar. Justo cuando sentía que iba a quebrarme, lo apartó.
—No... —supliqué con la voz rota—. Asher, por favor...
—Pídemelo bien, fiscal. Pídeme que te mire mientras te deshaces.
—¡Mírame! —grité, perdiendo la poca cordura que me quedaba—. ¡Mírame siempre, Asher!
Me quitó la venda de los ojos en ese preciso instante.
La luz del despacho me cegó un segundo. Cuando pude enfocarlo, Asher estaba de pie entre mis piernas abiertas, la camisa desabrochada, los ojos azules ardiendo con una hambre que parecía infinita.
Era el rey de la Lujuria hecho carne: hermoso, cruel, absolutamente dueño de cada segundo de mi placer.
Se arrodilló, pero no para darme alivio.
Su lengua reemplazó al vibrador, lamiendo mi coño con lamidas largas y lentas, chupando mi clítoris con una presión perfecta mientras dos dedos suyos se hundían profundamente en mí, curvándose para golpear ese punto que me hacía ver estrellas.
Me folló con la boca y la mano sin piedad, llevándome al borde una y otra vez, deteniéndose justo antes de que me corriera, hasta que lloré de frustración y necesidad.
Solo cuando estuve sollozando su nombre como una plegaria, se levantó. Se bajó la cremallera con calma deliberada, liberando su polla gruesa, pesada y completamente dura. La frotó contra mi entrada empapada, deslizándola arriba y abajo, cubriéndola con mis jugos.
—Mírame a los ojos —ordenó.
Y se hundió en mí de una sola embestida lenta y profunda.
El estiramiento fue exquisito, casi demasiado.
Sentí cada centímetro de él abriéndome, llenándome por completo.
Asher gruñó de placer y empezó a moverse: primero con embestidas largas y controladas, saliendo casi por completo antes de volver a enterrarse hasta el fondo, golpeando mi cervix con cada envestida.
La silla crujía y se deslizaba sobre el mármol con cada embestida poderosa.
Sus manos se clavaron en mis caderas, sujetándome exactamente donde quería.
Aceleró el ritmo, follándome más duro, más profundo, con una maestría brutal que parecía saber exactamente cómo deshacerme.
Cada golpe de su pelvis contra la mía enviaba ondas de placer oscuro por todo mi cuerpo.
Mis pechos rebotaban bajo la blusa, mis muñecas luchaban contra las esposas de seda, y yo solo podía gemir y jadear su nombre.
—Siente cómo te follo —murmuró contra mi boca, mordiéndome el labio inferior—. Cómo tu coño me aprieta como si nunca quisiera dejarme salir. Eres mía para mirar, para tocar, para romper… y lo estás disfrutando.
El orgasmo me golpeó como una descarga eléctrica.
Mi cuerpo se convulsionó alrededor de él mientras gritaba su nombre.
Asher no se detuvo; siguió moviéndose a través de mi clímax, alargándolo hasta que otro espasmo me atravesó.
Finalmente, se enterró hasta el fondo con un gruñido ronco y se corrió dentro de mí, llenándome con una calidez que sentí palpitar en lo más profundo de mis entrañas.
Se quedó allí, unido a mí, mientras yo temblaba bajo su peso. Sus dedos acariciaron mi rostro con una suavidad que me asustó más que su violencia.
—Has visto lo que ocultamos sobre mi madre —dijo finalmente, su voz recuperando la frialdad del acero mientras me soltaba las muñecas—. Ahora sabes que en esta familia el amor y la muerte son la misma cosa. Y aun así, te has entregado a un Binsfeld.
Me dejó caer sobre la silla, exhausta. Se ajustó el cinturón con una parsimonia insultante.
—Vístete. Esta noche tenemos invitados. Mi hermano Levi viene a cenar y tiene la mala costumbre de codiciar lo que es mío. Y tú, Sienna, eres la propiedad más valiosa que he exhibido en años.
Salió del despacho sin mirar atrás. Me quedé sola, envuelta en el olor a sándalo y en el rastro de su posesión, preguntándome cuánto tiempo pasaría antes de que el resto de los hermanos Binsfeld decidieran que ellos también querían una parte de mi alma.