Lazos de Lujuria (Los Pecados de Binsfeld nº 3) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

SIENNA

Me miré al espejo del baño de la suite este. El vapor de la ducha aún empañaba el cristal, pero no podía borrar la marca violácea que los dientes de Asher habían dejado en mi clavícula. No era una caricia; era un sello. Parecía el hierro de marcar de un ganadero reclamando su reses más valiosa.

—Eres una estúpida, Sienna —le susurré a mi reflejo, aunque mis pupilas dilatadas me devolvían una verdad que me negaba a procesar.

Sobre la cama de seda me habían dejado un vestido.

Era de satén negro, tan fino que se sentía como una caricia líquida, con la espalda descubierta hasta el nacimiento de las nalgas.

No llevaba lencería; la tela era lo único que separaba mi piel del aire acondicionado del ático.

Me sentía expuesta, vulnerable y peligrosamente receptiva.

Al bajar las escaleras hacia el comedor, el eco de una voz masculina me detuvo. No era la de Asher. Era una voz gélida, precisa, con el sonido metálico de una guillotina.

—Es una imprudencia, Asher. Una fiscal es un pasivo, no un activo.

Estás arriesgando el flujo de caja por un capricho de entrepierna.

—La voz de Dante Binsfeld cortó el aire—.

No podemos permitirnos distracciones. Entre el dólar que falta en las cuentas de tránsito y el cargamento que los rusos interceptaron en el puerto, estamos bajo la lupa.

Si la fiscalía usa a esta mujer como excusa para una orden de registro masiva, ni siquiera Lucien podrá cubrirte el cuello.

Al llegar al final de la escalera, lo vi.

Sentado a la cabecera de la mesa estaba el hombre que gestionaba el imperio: Dante Binsfeld.

Mammon. El Tesorero. Si Asher era un incendio incontrolable, Dante era el cero absoluto.

Sus ojos grises me recorrieron como si fuera una cifra en un balance general que no terminaba de cuadrar.

Asher estaba apoyado contra el aparador, sosteniendo un vaso de cristal tallado. Al verme, sus ojos azules se encendieron con una luz depredadora que me hizo tensar los muslos instintivamente.

—Sienna —ronroneó Asher, enderezándose—. Llegas justo a tiempo. Mi hermano Dante tenía curiosidad por conocer a la mujer que ha convertido nuestras licencias en su cruzada personal.

Dante no se levantó. Mantuvo su postura impecable, observando cómo el satén se moldeaba a mi cuerpo con cada uno de mis pasos.

—Es pequeña —observó Dante, volviendo su atención a su copa de vino tinto—. Y parece cara de mantener. ¿Vale la pena el riesgo diplomático, hermano? Lucien no estará contento si esto termina en un asedio policial.

Asher caminó hacia mí y rodeó mi cintura con un brazo firme, pegándome a su costado. El calor de su cuerpo atravesó el vestido como si este no existiera.

—Vale cada maldito segundo de caos, Dante —respondió Asher, su voz vibrando en mi oído—. La justicia tiene un sabor mucho más dulce cuando está de rodillas.

ASHER

Ver a Sienna con ese vestido era una forma de masoquismo que yo mismo había diseñado. La seda marcaba cada una de sus reacciones, traicionando su agitación frente a la mirada analítica de mi hermano.

—Siéntate —le ordené, señalando la silla a mi derecha.

Ella dudó. Vi la chispa de rebelión en sus ojos verdes, esa resistencia que me hacía querer quebrarla una y otra vez.

—No tengo apetito —respondió, intentando mantener la dignidad frente a Dante.

Dante soltó una risa seca, carente de humor.

—Parece que tu «invitada» no conoce las reglas de la casa, Asher. En la mesa de los Binsfeld, la obediencia es el primer plato. Deberías instruirla mejor.

Sentí una punzada de posesividad territorial. Tomé a Sienna por el antebrazo y la obligué a sentarse, inclinándome sobre ella para que mi aliento le rozara la sien.

—Regla número tres, Sienna —susurré, asegurándome de que Dante viera el dominio en mis gestos—. Obediencia ciega. No me hagas repetirlo.

La cena fue un campo de minas. Dante hablaba de los muelles y de una anomalía en las cuentas —ese maldito dólar perdido que traía de cabeza a la familia—, pero mis sentidos estaban en otro lugar. Bajo el mantel de lino, mi mano comenzó su propio juego.

—Dante cree que eres una debilidad, una distracción —dije en voz alta, manteniendo una expresión neutral mientras mis dedos encontraban su rodilla y empezaban a subir por la cara interna de su muslo.

Sienna se puso rígida. Sus uñas se clavaron en el borde de la mesa de caoba.

—Y yo creo que su familia sufre de un delirio de grandeza —respondió ella, intentando que su voz no temblara—. El hecho de que tengan el dinero de la ciudad no significa que posean su alma.

Dante enarcó una ceja, casi impresionado por su audacia. Pero mi mano ya había alcanzado el centro de su humedad. Estaba empapada. Hundí un dedo con una presión deliberada, trazando su feminidad mientras ella seguía hablando de leyes y moralidad.

—¿Te encuentras bien, fiscal? —preguntó Dante con una sonrisa cruel. Él lo sabía. Los Binsfeld olemos la excitación a kilómetros—. Te ves... acalorada.

—El aire en este ático es... pesado —logró decir ella, su respiración volviéndose entrecortada.

—Es la humedad del pecado, Sienna —añadí, aumentando el ritmo de mis dedos bajo la seda—. Se pega a la piel y no te deja soltarte.

Sienna cerró los ojos un segundo, su cuerpo arqueándose levemente hacia mi mano. Estaba derrotada físicamente mucho antes de que llegara el postre.

—Hermano, déjanos —sentencié, mirando a Dante—. La fiscal y yo tenemos que repasar algunas cláusulas de su... contrato de permanencia.

Dante se levantó, ajustándose los gemelos de oro con una parsimonia irritante.

—No la rompas demasiado rápido, Asher. Lucien podría querer usarla como moneda de cambio si la fiscalía aprieta demasiado el nudo.

Cuando Dante salió y el ascensor cerró sus puertas, el silencio del ático se volvió ensordecedor.

SIENNA

En cuanto la puerta se cerró, me puse de pie con la fuerza de un resorte. La humillación me quemaba más que el rastro de su tacto.

—¡Eres un animal! —le grité, con lágrimas de rabia asomando a mis ojos—. ¡Me has usado como un trozo de carne frente a tu hermano! ¡Me has rebajado a nada!

Asher no se inmutó. Se levantó con la elegancia de un ángel caído y comenzó a quitarse el cinturón de cuero negro. El sonido del metal al salir de la hebilla fue como un latigazo en el aire.

—Rompiste la regla de la obediencia frente a mi familia, Sienna —su voz era un susurro letal—. En este mundo, el desafío tiene un precio que se paga con el cuerpo.

—¡No soy tu esclava! —exclamé, retrocediendo.

—No —dijo él, atrapando mis muñecas con una sola mano en un movimiento que no vi venir. Me hizo girar con una brusquedad que me dejó sin aliento, pegando mi espalda contra su pecho ardiente—. Eres mi propiedad hasta que yo decida lo contrario. Y vas a aprender que mis órdenes no son sugerencias.

Me obligó a inclinarme sobre la mesa. El frío de la madera contra mis pechos a través del fino satén me hizo sollozar. Mis manos quedaron inmovilizadas sobre mi cabeza con una sola de las suyas.

—Mírame, Sienna. Regla número dos.

Me obligó a levantar la cabeza hacia el espejo veneciano del comedor. Me vi allí: la fiscal adjunta, con el vestido subido hasta la cintura y las piernas abiertas. Asher pasó el cinturón lentamente por la parte posterior de mis muslos, una caricia fría y amenazante.

—Cada vez que me desafías... yo te domino más.

El primer golpe cayó. El cuero impactó contra mi piel con un chasquido seco, enviando una descarga que me hizo jadear.

El dolor fue inmediato, intenso... pero detrás de él llegó una ola de calor que se concentró directamente entre mis piernas.

El segundo golpe fue más bajo, más cerca de donde ya palpitaba.

Sentí cómo mi coño se mojaba aún más, cómo la humedad empezaba a resbalar por mis muslos.

—Mírate —susurró Asher contra mi oído—. Cómo te mojas con cada golpe. Tu cuerpo ya sabe quién manda aquí.

Un tercer impacto, más fuerte. El escozor se mezcló con un placer oscuro que me hizo arquear la espalda.

Mis paredes internas se contrajeron, vacías y desesperadas.

Estaba vergonzosamente mojada, y él podía verlo todo.

Asher soltó el cinturón y escuché su cremallera bajar.

La cabeza caliente de su miembro rozó mi entrada, deslizándose lentamente entre mis pliegues hinchados.

—Tan mojada para mí... —gruñó.

Entró de una sola embestida profunda, abriéndome centímetro a centímetro hasta enterrarse completamente. Sentí cada vena, cada pulso llenándome. El placer fue tan intenso que me arrancó un grito ahogado.

Asher empezó a moverse: primero lento y deliberado, dejando que sintiera toda su longitud saliendo casi por completo antes de volver a hundirse hasta el fondo.

Luego aumentó el ritmo, follándome con embestidas fuertes y precisas que hacían que mis pechos se aplastaran contra la madera fría y que mi culo enrojecido ardiera con cada choque de sus caderas.

Cada embestida era profunda, carnal. Su polla golpeaba ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas, una y otra vez, sin piedad.

El sonido húmedo y obsceno de nuestra carne chocando llenaba el comedor.

Mis jugos resbalaban por mis muslos, mezclándose con su fluído.

Asher me sujetaba las muñecas con fuerza, controlando cada movimiento, demostrándome que mi placer ya no me pertenecía.

—Siente cómo te follo —murmuró contra mi nuca, acelerando el ritmo—. Cómo tu coño me aprieta, cómo pide más aunque tu mente se resista.

El orgasmo me golpeó con violencia brutal.

Mis piernas temblaron sin control, mi coño se contrajo alrededor de su polla en espasmos intensos y prolongados, ordeñándolo mientras yo gemía su nombre entre sollozos de placer.

Asher se enterró hasta el fondo con un gruñido gutural y se corrió dentro de mí, llenándome con chorros calientes y espesos que sentí palpitar en lo más profundo.

Se quedó unos segundos dentro, respirando pesadamente contra mi piel, disfrutando de cómo mi cuerpo seguía temblando y contrayéndose alrededor de él. Luego salió despacio, dejando que su semen caliente resbalara por mis muslos y cayera sobre el suelo de madera.

—Mañana —dijo con voz gélida, mientras se recomponía— empezarás a trabajar en mi despacho privado. No saldrás de mi vista. Y si vuelves a desafiarme frente a mi familia... la consecuencia no será tan placentera.

Me dejó allí, inclinada sobre la mesa, con el vestido arrugado y el escozor del cuero todavía latiendo en mi piel.

Escuché sus pasos alejarse y el sonido del ascensor cerrándose.

En la superficie pulida de la caoba, una pequeña mancha de mi propio llanto y su semen era lo único que quedaba de mi integridad.

El ático volvió a sumirse en ese silencio de cristal, uno que me recordaba que, aunque la puerta estuviera abierta, yo ya no tenía adónde huir.